Tradiciones
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Enviado por aquiles el 24 Dic 2007 | Categoría: Educación, Historia, Filosofía y Religión, Tradiciones
La Navidad es una fiesta de vocación universal, una noche de paz y de amor en la que los cristianos conmemoramos lo que para otros es un mito: la encarnación del hijo de Dios en la tierra por amor y compasión hacia la humanidad. Pero, los mitos ? como la fe ? lejos de reducirse a imágenes inexistentes, son expresiones de fuerzas motoras que trascienden la mente humana y dan sentido a nuestra existencia. De ahí que el significado fraterno y universal de la Navidad la sitúe más allá de cualquier consideración lógica. Ello no nos impide indagar en el fundamento histórico y mitológico de nuestras creencias sobre el nacimiento de Jesucristo y las circunstancias que lo rodearon.
Las concepciones católicas sobre la vida de Jesús, al igual que muchas de nuestras costumbres navideñas, se basan no sólo en los libros del Nuevo Testamento, sino que deben mucho a la tradición de los cristianos primitivos y a los evangelios apócrifos (escondidos u ocultos). Algunos de éstos gozaban de similar validez y popularidad a la de los cuatro evangelios canónicos en los primeros siglos del Cristianismo, siendo rechazados luego, como textos de origen o autenticidad dudosos, debido a sus abundantes fantasías orientales, o bien como sospechosos de herejía o poco recomendables. Pese a esto, en ellos y no en otras fuentes encontramos ? por ejemplo ? los nombres con los que hoy designamos a los tres Reyes Magos, a los padres de la Virgen María, o al centurión Longinus; en ellos aparecen el asno y el buey que hoy colocamos junto al pesebre, y lo que es más importante, en algunos de ellos se fundamentan los dogmas marianos y el culto a la Virgen, dando multitud de curiosos detalles sobre el nacimiento e infancia de Jesús.
Aunque hoy ningún especialista bien informado pone en duda la existencia real de Jesús, es universalmente reconocido que ? como personaje histórico ? sabemos muy poco de él, ya que en los documentos del siglo I que se conservan apenas se dice nada, aunque hay sobradas referencias respecto a sus seguidores.
Cuantos textos que hablan de su vida fueron escritos o reelaborados por la comunidad cristiana y vienen mediatizados por la fe y la creencia en su naturaleza suprahumana. Así habría que entender las referencias a su nacimiento e infancia.
“Ello se debe ? explica el Padre Antonio Salas, doctor en ciencias bíblicas y director de la Escuela Bíblica de Madrid ? a que la comunidad cristiana comenzó su experiencia de fe a partir de su muerte y resurrección. Es a partir de ésta cuando deseando los primitivos cristianos saber más sobre la vida de su líder, para calmar su inquietud surgen los llamados Relatos de la Infancia, limitados a los dos primeros capítulos de los evangelios de Lucas y de Mateo, que primero circularon sin tales fragmentos; éstos ?condicionados por la mentalidad y el entorno del siglo I, totalmente distintos a los nuestros ? fueron elaborados desde la fe, la cual no deforma los hechos, sino que les da un sentido que la simple historia no consigue descubrir, un sentido que sólo puede valorar quien comparte idéntica vivencia de fe”.
Como la función de los evangelios no era la de servir de crónica histórica, nada nos dicen sobre cuando tuvo lugar la Natividad. Esta fecha se mantuvo sin precisar durante mucho tiempo y no existe tradición autorizada por la Iglesia que la confirme. Así lo recordó Juan Pablo II, explicando que “los expertos no se ponen de acuerdo sobre la fecha exacta, aunque se admite comúnmente que el monje Dionisio el Exiguo cometió un error cuando en el año 533 propuso calcular los años que habían transcurrido desde el nacimiento de Jesucristo”.
¿Cuándo nació Cristo?
Mateo asegura que nació en tiempos de Herodes el Grande y permaneció en Egipto hasta la muerte de éste, mientras que Lucas nos dice que el nacimiento en Belén se debió a un censo ordenado por César Augusto, siendo Quirino gobernador de Siria (bajo cuya jurisdicción se encontraba Palestina). Estas afirmaciones, cronológicamente, parecen irreconciliables.
Nos explicaremos: durante los primeros siglos de nuestra era se contabilizaban los años a partir del presunto momento de la fundación de Roma, el año 1 AUC (ab urbe condita), hasta que el teólogo y astrónomo Dionisio el Exiguo calculó ? valiéndose de una sencilla comparación de fechas ? que Jesús nació en el 753 AUC y fechando los acontecimientos a partir de ese año, conocido como 1 Anno Domini, posteriormente aceptado como el año 1 dC (después de Cristo), el comienzo de la Era Cristiana, siendo citados los años anteriores a la misma como aC. Sin embargo, el estudio posterior de los documentos de la época determinan que Herodes fue coronado en el 716 AUC (37 aC), muriendo en el 749 AUC (4 aC).
Hasta aquí, tan sólo detectamos el error debido al cual Jesucristo habría nacido, al menos, 4 años “antes de Cristo”. El problema reside en que ? mientras ningún evangelio fecha la Natividad según cualquiera de las convenciones cronológicas usadas en la época o en el Antiguo Testamento ? sabemos por la detallada crónica de Josefo que el censo de Quirino tuvo lugar en el año 6 ó 7 dC, tras la deposición y exilio del hijo de Herodes, pasando Judea a ser gobernada directamente por los romanos y teniendo a Coponio como primer procurador. Esto ocurrió en el noveno año de su reinado, el año 5 dC, momento en el que el Jesús de Mateo debía tener, al menos, 9 años. Mientras algunos comentaristas cristianos admiten que Lucas se equivocó en diez años al datar el censo, otros han mantenido que el nacimiento coincidió con un censo anterior (del que no ha quedado constancia documental), durante un supuesto primer mandato de Quirino sobre aquella zona, del 6 al 4 aC. Pero muchos críticos sostienen que ? aun en tal caso ? en el 4 aC los romanos no pudieron ordenar censo alguno en Belén, porque carecían de jurisdicción al estar gobernada por Herodes.
Lo único que sabemos con certeza es que, como corresponde al “Príncipe de la Paz”, Jesús nació durante la pax romana inaugurada por Augusto, y que ? pese a ciertos estallidos rebeldes en Palestina ? ha sido el periodo pacífico más prolongado que ha conocido el mundo mediterráneo a través de su historia.
Con respecto al día exacto en que el nacimiento tuvo lugar, la situación es igualmente incierta. En torno al año 130 el papa Telesforo instituye la fiesta de la Navidad, que ? al parecer ? se venía conmemorando desde el 98 dC y cuya fecha sufrirá muchas variaciones (celebrándose tan pronto el 28 de marzo como el 2 de enero, el 2 o el 19 de abril, el 20 de mayo o el 29 de septiembre, según el gusto y cálculos de los diversos intérpretes), hasta quedar fijada en el 6 de enero, día en el que ya la festejaban las comunidades cristianas orientales.
Sin embargo, la Iglesia no tarda en advertir que muchos fieles no le dan mayor importancia y se empeñan en seguir participando en la gran festividad solar del solsticio de invierno que tenía lugar en torno al 25 de diciembre. En ella se conmemoraba el nacimiento del dios de la luz, Mitra, “el Sol Invicto”, cuyo culto ? desplazando al del solar Apolo ? había florecido a lo largo del Imperio Romano del siglo I al III, anticipándose al triunfo del Cristianismo. Además, el 24 de diciembre era el último día de las Saturnales, fiestas solsticiales de la fecundidad instauradas en el 274 aC, durante las cuales se interrumpía toda actividad pública y se daban diversas muestras de buena voluntad, desde la igualdad de trato otorgada a los esclavos hasta la entrega de regalos y el establecimiento de una tregua pacífica en las contiendas. La alegría desbordante que las caracterizaba, acabó convirtiéndolas en unos días de jolgorio y desenfreno, peculiaridades que se han mantenido prácticamente intactas hasta hoy.
De hecho, las festividades de la antigüedad occidental tenían un carácter solar y se centraban en los equinoccios y los solsticios, aunque la diferencia de los antiguos calendarios con el actual y la dislocación provocada por la precesión de los equinoccios han causado una confusión de fechas, lo que no impide que sigamos celebrando nuestras fiestas los mismos días en que lo hacían nuestros ancestros. Y casi todos los pueblos de la antigüedad contaban con una solemne celebración nocturna, en honor a sus dioses o héroes solares, en torno al solsticio (que en latín significa “el sol se detiene” y corresponde al 21 de diciembre en nuestro calendario), el más corto del año, aquél en el cual el Sol permanecía menos tiempo en el horizonte y a partir del cual cesaba su declinación, señalando ? por tanto ? el comienzo de la victoria de la Luz sobre las tinieblas que amenazaban con cubrir la Tierra, privándola de su fuente de vida, al impedir que el Sol volviese a ascender. El fenómeno se da en forma opuesta en el hemisferio sur, en donde el 21 de diciembre es el día más largo del año.
Al considerar a estas fiestas como paganas, los cristianos desanimaron a muchos conversos que sentían la alegría con que las vivían como una necesidad.
De poco valieron las opiniones críticas de los que ? como Clemente de Alejandría ? ridiculizaban a quienes buscaban la fecha del nacimiento de Jesús, obteniendo los más dispares resultados, o de los que ? como Orígenes ? consideraban impropio festejar su aniversario “cual si fuera un rey faraón”.
Una vez más, se impuso la tendencia sincretista de la Iglesia primitiva, que ? consciente de su arraigo ? decidió, asimilar muchas fiestas, creencias y costumbres paganas, convirtiendo a numerosos dioses locales en santos, vírgenes, ángeles o demonios, y levantando sobre sus ancestrales santuarios nuevos lugares de culto cristiano. Y así, a mediados del siglo IV, se decidió fijar la celebración de la Navidad el 25 de diciembre, día en el que se había venido festejando la Epifanía y la adoración de los reyes magos, en un hábil trueque de fechas. El acierto de semejante decisión fue mayor dado que el Nuevo Testamento (al igual que algunos evangelios apócrifos) había dado a Cristo un carácter luminoso y hasta solar. El hecho sólo queda ensombrecido por la irónica paradoja de que ? según los documentos de la época ? quien verdaderamente nació un 25 de diciembre fue… ¡Nerón!
La naturaleza originalmente pagana de la celebración del 25 de diciembre como la fiesta de la Luz ? muy extendida en el mundo antiguo ? no la pone en duda ningún estudioso y, aún hoy, permanece claramente reflejada en multitud de tradiciones populares. Muchas prácticas universalmente extendidas en el mundo cristiano, como la entrega de regalos o el leño de Navidad, tienen su raíz en la celebración precristiana de esta fecha, en la cual ? encendiendo un fuego con leña ? se ayudaba mágicamente al Sol (que había llegado a su punto más bajo de manifestación anual) a recuperar su fuerza ígnea.
Hoy, la crítica neo-testamentaria no ignora que tal fecha contradice el relato evangélico. Lucas habla de unos pastores que pernoctan al aire libre, turnándose para vigilar sus rebaños; y sabemos ? por las investigaciones meteorológicas ? que la media de temperatura en Belén durante el mes de diciembre es de unos 2,8 ºC bajo cero, lo que ? teniendo en cuenta que el clima de Judea no parece haberse modificado sensiblemente durante los últimos 2000 años ? refuerza el testimonio del Talmud de que los rebaños salían a los campos desde marzo hasta principios de noviembre, permaneciendo en sus establos durante la estación invernal. Está, además, el hecho de que las heladas de tales fechas dificultarían aún más el supuesto desplazamiento de la Sagrada Familia a Belén.
Resulta curioso, no obstante, que se cuidara la coherencia de ciertas fiestas. Si la concepción de María tuvo lugar inmediatamente después de la Anunciación, que conmemoramos el 25 de marzo (nueve meses antes de Navidad) y que ? según Lucas ? sucedió al sexto mes de quedar embarazada su prima Isabel, es lógico que se celebre el nacimiento de su hijo Juan Bautista el 24 de junio, seis meces antes que el de Jesús.
¿Dónde nació Cristo?
Según el profeta Miqueas, el Mesías debía nacer en Belén. Y a Belén hace Lucas que se desplacen sus padres con motivo del censo, dejando claro que María y José vivían en Nazaret de Galilea y allí creció Jesús. A Belén se trasladan los Reyes Magos para adorarle, según Mateo. El motivo principal del censo romano ? que se realizaba en el Imperio Romano cada 14 años ? era calcular los bienes y recursos humanos con vistas a la recaudación de impuestos y al reclutamiento militar. Los eruditos han discutido hasta la saciedad sobre lo absurdo de hacer empadronarse a los ciudadanos en su lugar de nacimiento, con el formidable dislocamiento social que esto supondría, incluso para las tropas, obligadas a vigilar y ordenar el enorme tráfico, mientras que resultaría mucho más sencillo censarles en su lugar de residencia, limitándose a preguntarles dónde nacieron. Además, dado que José debería pagar los impuestos donde vivía, no tenía sentido inscribirle en Belén.
Por otra parte, es muy difícil que tal acontecimiento, con las indudables protestas que habría provocado, hubiese pasado inadvertido para cronistas rigurosos como Josefo. Finalmente, en el caso de que José hubiese debido desplazarse, lo más sensato hubiese sido dejar a Maria ? a punto de dar a luz ? en Belén, sin someterla a los indudables peligros que suponía tal viaje en aquella época. Todos estos razonamientos no impidieron que la historia del nacimiento en Belén echase raíces en la imaginación popular, hasta el punto de que se dice que ? en torno al año 50 ? circulaban por Belén árboles genealógicos de gente que pretendía estar emparentada con la familia de Jesús, a quien identificaban con el hijo del carpintero procedente de Belén.
Sin embargo, mientras Mateo dice simplemente que nació en Belén, permitiendo suponer que viviese allí su familia, en Marcos ? el más antiguo de los evangelios ? se cita a Jesús únicamente como nazareno, y en todos los demás se le liga continuamente a Nazaret, hablando de él como galileo. El evangelio de Juan explica incluso que algunos se preguntaban si el Cristo podía venir de Galilea y no de Belén, como dice la Escritura, sin molestarse en replicar tal afirmación. Por todo ello se ha mantenido que el viaje a Belén fue una forma de dar cumplimiento a la profecía.
Pero otros muchos investigadores han argumentado que Jesús nació en otro lugar de Galilea. Se basan en que Nazaret no aparece en ningún documento de la época o anterior, y en que la ciudad que hoy se conoce con ese nombre es relativamente moderna. Aunque Mateo diga que José habitó en Nazaret “para que se cumpliese lo dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno”, nadie ha podido encontrar una predicción bíblica que refrende tal afirmación.
<¿Nació Cristo en una gruta, un establo, una casa o un portal? Lucas afirma que sucedió en un pesebre, imagen que ha pervivido hasta hoy, mientras Mateo habla de una casa. Pero a mediados del siglo II la tradición sitúa el nacimiento en una cueva, según Justino y Eusebio. Esta disensión tal vez se entienda a la luz de los Apócrifos de la Infancia y el Protoevangelio de Santiago, que colocan el pesebre en una gruta como ? según san Epifanio ? haría la versión original del evangelio de Lucas.
Pudo haber una razón de peso para esta supuesta modificación: la caverna evocaba demasiadas imágenes paganas. Oscura, aislada, misteriosa, la cueva posee una vocación religiosa natural. Concebida como “centro del mundo” o como vientre materno, en ella celebraban sus ritos nuestros remotos antepasados. En diversas tradiciones era un lugar que permitía pasar de la tierra hacia el cielo y viceversa. No es extraño, por tanto, que en ella nacieran algunos dioses.
Y, a raíz del Concilio de Nicea (325 dC), el primer historiador eclesiástico, Eusebio, mantuvo que Jesús había nacido en una cueva sobre la que luego se edificó un grandioso templo cristiano. Según san Jerónimo, desde tiempos de Adriano hasta Constantino, junto a Belén hubo un bosque consagrado a Adonis, dios al que se lloraba en la misma gruta donde ? en un principio ? se creía nació Jesús. Pero hay aún quienes dan la razón a Mateo cuando habla de una casa, suponiendo que el natalicio pudo tener lugar en una de las cuevas acondicionadas como hospederías u hospicios, que contaban con habitaciones espaciosas y que ? teniendo en cuenta la época ? podían ser establecimientos públicos confortables, bien alejados del portal de Belén que hoy nos imaginamos. Los críticos se han preguntado por qué no se alojaron en casa de amigos o parientes, ya que ? según Lucas ? era la ciudad natal de José.
Diversos autores han demostrado que la práctica totalidad de los detalles del nacimiento e infancia de Jesús se repite en muchos otros dioses, o salvadores de la Humanidad. En ocasiones, hasta los nombres de sus madres-vírgenes se parecen enormemente al de María: la de Buda y la del egipcio Hermes se llamaban Maia, Maya la del hindú Agni y la del siamés Codom, Myrra la de Adonis y Baco-Dionisos.
A fin de cuentas, tal vez tenga razón san Agustín cuando explica ? como ya lo hizo Orígenes 150 años antes ? que “los antiguos conocían también lo que ahora llamamos la religión cristiana, que existía ya desde los más remotos comienzos hasta que Cristo apareció en carne y hueso. Desde entonces, el nombre de Cristo fue dado a la verdadera religión”.
Enrique de Vicente
Fuente: MysteryPlanet.com.ar
Enviado por aquiles el 07 Ago 2007 | Categoría: Educación, Historia, Sociedad, Filosofía y Religión, Nacionalismo, Tradiciones, Biografías
En este 7 de agosto los Argentinos honramos muy especialmente a San Cayetano, Patrono de los Trabajadores. Los Nacionalistas no podemos olvidar que el símbolo del 7, que representa a este Santo, es precisamente el que exhiben los Estandartes del Partido Nuevo Triunfo, que adoptó el número por este extraordinario hombre que entregó todo lo que tenía en favor de los más humildes de su Patria.
Aprendamos de San Cayetano y de todos los grandes hombres y mujeres que con sus buenas acciones y sacrificios se han transformado en las antorchas que iluminan el camino de la Humanidad, y que nuestros enemigos pretenden hacernos dejar de lado.
¡Viva Kalki! ¡Viva Argentina!
Aquiles
Vida y Obra de San Cayetano
En el año 1480 nace Cayetano. Su padre es Gaspar, Conde de Thiene y su madre María Porto. Tiene dos hermanos: uno mayor, Juan Bautista y Alejandro, el menor. A los dos años quedan huérfanos de padre.
Con el comienzo del nuevo siglo, poco después del descubrimiento de América, Cayetano cursa la carrera de abogado. Sus compañeros lo eligen delegado estudiantil en la Facultad y sus profesores lo alaban por las altas notas obtenidas. Responde con sencillez: “Creo que valgo por lo que soy, y no por lo que los demás digan de mí.”
El Papa Julio II nombra a Cayetano, Conde de Thiene, en un importante puesto en la Cancillería de los Estados Pontificios.
Uno de sus secretarios escribe: “A pesar del puesto; Cayetano no se da ninguna importancia. Viste con sencillez, atiende a todo el mundo aunque sea fuera del horario de oficina. Siempre activo donde lo necesitan. Trata a todos igual, ya sean ricos o pobres. Si mantiene esta actitud tan servicial llegará a ser un hombre muy importante…”
Con un grupo de diplomáticos logra evitar la guerra entre la República de Venecia y los Estados Pontificios, cuyos resultados podrían haber sido desastrosos. Gracias al acuerdo Cayetano gana enorme prestigio y comienza a sentir los halagos de la gloria.
Sin embargo, Cayetano sabe que su vida necesita seguir el camino de Jesús. Así explica: “Siento que día a día mi vida suspira por amar a Dios. Mis años de abogado me enseñaron que el pueblo necesita palpar a Dios a través de las obras de los cristianos, de su acción, de sus enseñanzas, de su entrega. Quisiera hacer siempre la voluntad de Dios: esto deseo, y a esto aspiro. Ahora voy a dar otro rumbo à mi vida. Mi camino es dejar todo sin mirar atrás. Uniré mi propia vida a la Cruz de Cristo. Seré sacerdote.”
A los 36 años, el 30 de septiembre de 1516, Cayetano es ordenado sacerdote. Comienza su acción apostólica en Venecia.
Le preocupa el excesivo lujo de los palacios y la miseria de los suburbios. Se propone “no dejar de luchar hasta que vea a los cristianos correr hambrientos para nutrirse del Pan Sagrado.”
Organiza el primer Hospital de Enfermedades Infecciosas y cuando no queda dinero para pagar el sueldo a los mejores médicos de la ciudad ni para alimentar a los enfermos, ordena la venta de su biblioteca, lo último que queda de sus bienes: “Jamás dejaré de entregar lo mío a los necesitados hasta que me vea en tal pobreza que no me quede ni siquiera un metro de tierra para mi tumba, ni tenga un centavo para mi entierro.”
Son tiempos difíciles. En Alemania Martín Lutero, un monje, proclama la separación del Papa y se independiza de la Iglesia de Roma. Cayetano responde con un nuevo proyecto: “Creo que la Iglesia es siempre la Iglesia. Como esposa de Cristo no tiene ninguna mancha, ninguna arruga, es blanca y pura; pero por culpa de los hombres aparece corrompida… Quisiera presentar ante los ojos del clero un grupo de sacerdotes que vivan juntos, cumplan con el celibato, no busquen el dinero, sepan ser pobres… entonces el ejemplo arrastrará y comenzaremos la reforma desde nosotros mismos.”
El Papa Clemente VII aprueba el proyecto a pesar de la oposición de algunos asesores. Cayetano con varios compañeros dicen: “Somos célibes, como lo pide la Iglesia a todos sus sacerdotes. Queremos ser pobres: no poseeremos rentas, ni tierras. Sólo aceptaremos las donaciones espontáneas del pueblo. La riqueza no da al clero ni paz ni libertad para el apostolado. No viviremos ni en conventos ni en monasterios, sino en casas sencillas. Tendremos un superior responsable y dependeremos directamente del Papa. Nos dedicaremos al estudio de la Biblia, a la liturgia, a ayudar a los presos, pobres, enfermos. Nos Ilamamos Clérigos Regulares.”
Los Clérigos Regulares viven en Roma. Han renunciado a todos sus bienes y al grupo se une un obispo, Monseñor Carafa que con los años Ilegará a ser el Papa Pablo IV. Se instalan en una humilde casa de la calle Leonina, en un barrio suburbano.
Surgen alabanzas y críticas. Una noche alguien escribe en la pared: “Carafa, Cayetano, y compañía: no reformen imposibles, reformen sus cabezas de locos.”
Los jóvenes romanos se entusiasman. Comienzan las primeras vocaciones y la casa resulta chica. Se mudan a una nueva vivienda, en las afueras, casi pegados a la muralla de la ciudad.
El 6 de mayo de 1527 las tropas del emperador Carlos V saquean Roma. El Papa huye por un túnel secreto. Las tropas se apoderan de los bienes, incendian casas, violan, profanan templos…
Al llegar a la casa de los Clérigos Regulares les exigen dinero. Los sacerdotes responden que son pobres. La tropa no les cree y torturan a Cayetano enganchando su cuerpo con una soga de la que tiran a través de una polea. Se desmaya. Golpean al resto de los compañeros y se alejan furiosos.
Otros soldados los encuentran. Los llevan prisioneros para pedir el rescate a sus familiares. Si no entregan fuertes sumas de dinero morirán como otros rehenes. Cayetano y sus amigos se sienten más que nunca en las manos de Dios.
A raíz de un banquete entre varios jefes, entusiasmados por el vino y la euforia, el jefe de la guardia los deja ir, convencido de que nadie pagará por ellos. Huyen de Roma en una barcaza y un barco de la República de Venecia los devuelve a la tierra natal.
Cayetano se traslada a Nápoles para comenzar a difundir el espíritu y las energías de los Clérigos Regulares.
Sin perder un instante refuta los argumentos de otros religiosos que se extrañan de su extrema austeridad y del estilo de vida.
Funda un monasterio, refugio para prostitutas arrepentidas y toma la iniciativa de tramitar el establecimiento de un Banco Popular que conceda crédito sin interés, quebrando el criminal negocio de prestamistas usureros.
La actividad de los Clérigos Regulares en Venecia se multiplica:
* atención de hambrientos y enfermos cuando la gran sequía y peste de 1529 a 1532;
* proyecto de fundación de una imprenta para “ganar el pan con el sudor de la frente”;
* organización de una comisión de ayuda a los presos;
* servicios religiosos y asistenciales;
* colaboración con Carafa, que es designado Cardenal, en los estudios preparatorios de un Concilio. Se proyecta una amplia reforma de la Iglesia.
El pueblo de Nápoles se rebela contra el Virrey, representante de Carlos V. Tropas españolas y napolitanas se enfrentan en las calles y en las plazas. La furia de la multitud masacra brutalmente, el ejército imperial degüella sin contemplaciones. Cayetano, con sesenta y siete años, busca un acuerdo entre los rivales. Parece no conseguirlo. Enferma gravemente. Pide la Comunión. A las cinco de la tarde del 7 de agosto de 1547 muere.
El pueblo le atribuye la paz, porque los embajadores del Emperador traen un acuerdo justo.
El 12 de abril de 1671 el Papa lo declara Santo junto con Rosa de Lima y Luis Beltrán (ambos difusores del Evangelio en Latinoamérica), Francisco de Borja y Felipe Benicio.
Fuente: Web del Santuario de San Cayetano en Argentina