Mitos y Leyendas
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Enviado por aquiles el 11 May 2008 | Categoría: Filosofía y Religión, Esoterismo, Mitos y Leyendas
William Peter Blatty, autor de El Exorcista, era un joven estudiante de literatura en la Universidad Jesuita de Georgetown (Washington DC) cuando, en agosto de 1949, leyó una noticia en el diario The Washington Post: “Un sacerdote libra a un joven de Mount Rainier de las garras del demonio”. Veinticinco años después, tras investigar los hechos y cambiar ? a petición del padre Bowdern, sacerdote que practicó aquel exorcismo ? la identidad del protagonista, por la de una niña, escribió una novela de la que se vendieron trece millones de ejemplares. Dos años más tarde la convirtió en el guión de la mítica película del mismo nombre. Según Blatty, Bowdern, obligado por el juramento de secreto a no hablar del exorcismo, le dijo únicamente: “Puedo asegurar que el caso en que me vi implicado era auténtico”.
El arzobispado local ha eludido en diversas ocasiones la entrega de los documentos oficiales respecto a este caso, “por razones serias y validas” según sus propias palabras, pero nunca ha negado su existencia. Hoy, sin embargo, conocemos todos los detalles gracias a Tomas B. Allen quien, cuarenta años después, consiguió que el padre Halloran ? uno de los nueve jesuitas que asistieron a Bowdern ? le facilitara un diario del exorcismo. Este escrito fue hallado en 1978, durante las obras del Hospital de los Hermanos de los Pobres de Saint Louis, en una de cuyas habitaciones, clausurada hasta esa fecha, se produjo el exorcismo último y definitivo. Se trata de veintiséis páginas mecanografiadas en las que se recogen los testimonios de 48 personas que asistieron a la víctima y contemplaron de cerca su endiablado estado.
El maligno se manifiesta
Todo empezó con el ruido de un suave goteo en casa de los Mannheim ? los nombres son falsos ?, en Mount Rainier (estado de Washington). Allí vivía Robbie, un chico de 13 años, con su abuela materna, su madre y su padre. El persistente sonido se inició un sábado por la noche. El niño y su abuela se hallaban solos y realizaron una gira por las habitaciones buscando el origen del ruido. Al entrar en el dormitorio de la anciana, vieron que en un cuadro en el que se representaba a Jesús estaba torcido y se movía como si alguien golpeara la pared tras él. El goteo cesó para dar paso al chirrido de unos arañazos tras la pared, “como si una garra rascara la madera”. Los arañazos continuaron oyéndose durante once días. Comenzaban hacia las siete de la tarde y paraban a media noche. Curiosamente, se detuvieron el día en que murió Harriet, una tía espiritista de Robbie, que había enseñado al muchacho a manejar el tablero ouija. A partir de aquel momento, Robbie pasaba horas enteras jugando con la ouija, intentando entrar en contacto con su querida tía difunta. Fuera ésta o no la causa de la posesión, el hecho es que los fenómenos paranormales comenzaron a producirse a su alrededor sin interrupción. Al irse a dormir oía pasos junto a su cama y, durante el día, objetos y muebles pesados se deslizaban por el aire o se volcaban solos. Sus parientes podían ver girar vertiginosamente las sillas en que Robbie se sentaba. Él insistía en que no era culpa suya. Pero la fenomenología crecía y llegó a un punto de paroxismo la noche en que, para ahuyentar el miedo del chico, su abuela y su madre se acostaron con él. De pronto el colchón levitó y colcha y sábanas ? completamente estiradas ? se elevaron ante sus ojos como si algo invisible tirara de las esquinas.
La familia consultó a médicos, psiquiatras y psicólogos, que declararon normal a Robbie. También a médiums que diagnosticaron una crisis de adolescente que pasaría a su tiempo. Pero Robbie ya no podía siquiera ir al colegio: su pupitre daba saltos y golpeaba los de los demás niños. Había comenzado a volverse hosco y reservado. Además, durante las noches tenía pesadillas en las que parecía hablar con alguien. Sus padres se dirigieron a un sacerdote luterano llamado Schulze quien, creyendo estar ante un poltergeist, rezó por el muchacho. Pero, tras pasar una noche con él y ser testigo directo de la aterradora fenomenología que rodeaba a Robbie y, sobre todo, al aparecer el 26 de enero sobre el pecho del niño unos arañazos en forma de letra, “como si alguien los hubiera trazado desde dentro con un cuchillo”, Schulze comenzó a pensar que un poder maligno había invadido al muchacho.
Es sabido que la posesión demoníaca se manifiesta, progresivamente, de tres formas: infestación (el demonio actúa sobre la materia circundante y produce fenómenos telequinéticos de toda índole); obsesión (atormenta a la víctima sin hacerla perder el conocimiento pero de modo evidente); y posesión (invade el cuerpo de la persona y lo trata como propiedad suya). Para Schulze, Robbie estaba a punto de pasar a la tercera fase, así que recomendó a la familia consultar a un sacerdote católico: “Ellos entienden de estas cosas”. Y es que, mientras las iglesias luteranas no conceden ninguna credibilidad teológica a la existencia del demonio, la católica tiene una larga tradición de exorcismos que se remonta a los realizados por Jesús. Además, desde los comienzos de la Cristiandad, cuentan para practicarlos con un ritual que se formalizó en 1614 bajo el nombre de Rituale Romanum.
Enviado por aquiles el 31 Ene 2008 | Categoría: Ciencia, Filosofía y Religión, Ciencias Alternativas, Esoterismo, Mitos y Leyendas
En todo el planeta se escuchan historias sobre un mundo paralelo, habitado por seres semejantes a nosotros, pero que se dejan ver en contadas ocasiones. A veces se afirma que tal o cual humano ha estado allí: en la Tierra de la Eterna Juventud. Pero ¿se trata sólo de un mito o realmente existen los universos paralelos y las puertas de acceso que únicamente descubren unos pocos privilegiados?
Si alguna vez tiene la oportunidad de viajar al Landerdale escocés posiblemente tenga la oportunidad de escuchar la historia de Tomás de Erceldonne, a quien en vida llamaron “el Verídico” y “el Versificador”: un poeta de prestigio que vivió bajo el reinado de Alejandro III, rey de Escocia. Al menos en lo fundamental, su fama se debía mucho más a su condición de vidente que a su talento lírico. Sus acertadas predicciones le valieron la admiración de sus compatriotas.
Sin duda, el hecho de que se tratara de un hombre culto y de éxito social otorga especial interés a sus afirmaciones, puesto que en su caso debemos descartar que éstas respondieran a la voluntad de obtener el reconocimiento público de sus méritos. Semejante relato sólo podía dañar su reputación adhiriéndole la etiqueta de mitómano extravagante. Sin embargo, según su propio testimonio, en una ocasión se vio envuelto en una serie de acontecimientos misteriosos, que muchos autores no han dudado de calificar de acceso a una “discontinuidad en la trama espacio-temporal”: una rotura en el tejido dimensional que le habría llevado a un mundo paralelo. Y, en cualquier caso, incluso si es del todo escéptico respecto a esta posibilidad, hay que reconocer que Erceldonne debió estar muy convencido para arriesgar su impecable fama comunicando estas experiencias.
Cierto día, mientras paseaba por los bosques de Huntlybank, próximos al célebre monasterio escocés de Melrose, Tomás vio llegar a una hermosa mujer montada a caballo. Impresionado en un primer momento por la belleza de la dama, no tardó mucho en reponerse y comenzar a cortejarla. Ella contestó a los requerimientos advirtiéndole que, si accedía a sus pretensiones, debería convertirse en su esclavo. Lo que hasta el momento era una escena bucólica se convirtió repentinamente en un suceso extraño e incluso aterrorizante.
La mujer cambió de aspecto instantáneamente para transformarse en una anciana deforme. Tomás no se echó atrás. Estaba profundamente impresionado por el primer aspecto de la interlocutora y afirmó, como hipnotizado, que no le importaba. La mujer le instó a que le siguiera. Entonces, se introdujeron en una gruta y comenzó un viaje delirante entre tinieblas y sonidos anómalos.
Al cabo de lo que parecieron tres jornadas, salieron a un jardín de increíble belleza. Su guía había recuperado sus primeros rasgos, e incluso había ganado en hermosura y juventud. Quiso probar unas manzanas, pero ella no se lo permitió. Después llegaron hasta una mansión palaciega donde estaba preparada una gran mesa. Los comensales bailaban de tres en tres y el poeta gozó de innumerables placeres y diversiones.
Así transcurrieron los días, hasta que la mujer le indicó que debía abandonar el país. Cuando su anfitriona le preguntó cuánto tiempo creía haber permanecido allí, Tomás le contestó que unos siete días. Ella, sin embargo, afirmó que habían transcurrido siete años.
En un instante volvió a estar en el bosque. La mujer se despidió de él y le dijo que le otorgaría el don de “una lengua que no podía mentir”. No pocos problemas le causo aquel regalo, que a menudo le puso en evidencia, ya en nuestro espacio-tiempo, frente a la Iglesia y el propio Rey. Todo lo que afirmaba Tomás de Erceldonne, llamado “el Verídico”, resultaba ser cierto inexorablemente.
La Tierra de la Eterna Juventud o la Tir Tairngiré (la Tierra de la Promesa), también conocida como el Imperio de la Esperanza; el País de la Alegría o el País Nebuloso, recibe, en las lenguas celtas, otras denominaciones significativas, como las irlandesas Tir Nan Og (la Tierra de la Juventud), o Tire Nam Beo (la Tierra de los Vivos). Se trata de un mundo maravilloso en el cual el tiempo transcurre de forma diferente. Pero ¿es esto posible? ¿Puede un ser humano vivir en un tiempo ralentizado en alguna parte, de modo tal que a su regreso hayan pasado años mientras él siente que sólo han transcurrido unos pocos días?
Es elocuente observar que mientras en el pasado estos relatos comunicaban una experiencia inexplicable y considerada imposible a la luz del conocimiento contrastado, en nuestro siglo la moderna física teórica ha descubierto una legalidad cósmica que no sólo nos permite explicar el mecanismo que haría posible la existencia efectiva de estos universos paralelos, sino también la coherencia de los viejos relatos al señalar dónde podrían situarse las puertas de acceso a esos mundos; es decir, si para la ciencia del siglo XIX semejantes afirmaciones debían ser descartadas como fabulaciones o delirios, para la de nuestros días la respuesta tajante a la pregunta de sí esto es posible, es… ¡sí!
Ni siquiera tendríamos que abandonar nuestro Universo. Tiempo y movimiento están interrelacionados. Una de las conclusiones más sorprendentes de la teoría de la relatividad de Einstein es la conocida como “dilatación temporal”, según la cual para alguien que se moviera mucho más rápidamente que un observador (en reposo relativo respecto a ese ente en movimiento), el tiempo transcurriría más lentamente. Esto ya ha sido demostrado. Un avión sincroniza relojes muy precisos en su interior con los de tierra antes del despegue. Ya en el aire, alcanza una gran velocidad. A más velocidad mayor será el “retraso”. De hecho, si se pudieran alcanzar velocidades próximas a la de la luz, la diferencia podría ser de años. Conociendo la diferencia de tiempos, y suponiendo que el viajero recorre el espacio a una velocidad constante, gracias a una de las ecuaciones de las llamadas Transformaciones de Lorentz, podríamos conocer la velocidad del viajero.
Ahora bien, Tomás de Erceldonne creía haber pasado una semana en el extraño jardín de la bella “cazadora”. Sin embargo, afirma que en la Tierra habían transcurrido siete años. Si Tomás hubiera accedido a algún lugar en movimiento respecto de la Tierra, podríamos calcular la velocidad a la que el jardín, con todos sus habitantes, se estaba moviendo. Aplicando la transformación temporal de Lorentz obtenemos que esa velocidad habría sido aproximadamente de 299.788,9 km. por segundo. Es decir 0,99 veces la velocidad de la luz, que es aproximadamente de unos 299.790 km. por segundo. ¿Y qué hubiera ocurrido si llegan a alcanzar la velocidad de la luz? Para nosotros, los habitantes de ese lugar serían fotones, partículas de luz. Para ellos, el tiempo se habría detenido. Vivirían en un eterno presente. Respecto de nosotros serían inmortales. Hasta se podría decir que, especulando desde este punto de vista, comerse la manzana de ese mítico jardín sería equivalente a “alcanzar la luz”, el conocimiento, el secreto de la eterna juventud y el dominio del espacio-tiempo.
El Universo como entelequia
La relatividad einsteniana hace de la velocidad de la luz el límite máximo que puede alcanzarse en nuestro Universo; y, sin embargo, en los laboratorios NEC el equipo del Dr. Lijun Wang consiguió acelerar un haz láser hasta 300 veces dicha velocidad. Se podía decir que la luz había llegado a su destino en el experimento antes de haber sido emitida. Una contradicción, o quizá no. ¿Y si la velocidad de la luz constituyera la frontera entre el Universo material y otro de cuya existencia y dimensiones no tenemos percepción alguna? ¿Es ahí adonde fueron el bueno de Tomás y el haz del doctor Lijung?
La visión del átomo de los físicos del siglo XIX, como la última partícula material y tangible, se viene abajo en nuestro siglo. La sensación de solidez del Universo es una falsa impresión de nuestros sentidos. El propio Lord Kelvin disentía de sus contemporáneos y la idea de que los átomos fueran algo sólido le parecía ridícula. Él adelantó el concepto de átomo como un mero vórtice de energía, cuyo movimiento provocaba la aparición de la materia dando la impresión de algo tangible. Otros grandes físicos como Maxwell, Thomson o Von Helmholtz, se adhirieron a la idea. En última instancia, la materia es una mera fachada que esconde energía en movimiento. ¿Y si ese movimiento en los vórtices que son los átomos alcanzara velocidades más altas que las de la luz? Entonces, quizá entraríamos en un Universo más amplio, con su propio límite de velocidades; un Universo cuya sustancia no sería la materia que conocemos, inaccesible para nuestros sentidos y con sus propias formas de existencia. Tal vez, la energía de ese otro mundo, ralentizando su movimiento, explique las extrañas aportaciones de energía que recibe el cosmos material.
En el límite de esas regiones, el espacio colapsa sobre sí mismo y los “viajeros” vivirían en un continuo presente. Es realmente un reino de la eterna juventud, donde es concebible hablar a la vez de metafísica, o “parafísica”, término acuñado por Sir Victor Goddard para definir la realidad paralela de la que supuestamente procederían los OVNIs: mundos invisibles para nosotros, pero que si pudieran ser percibidos veríamos que coinciden “espacialmente” e interpenetran el nuestro.
El átomo como vórtice de energía es una piedra fundamental en los postulados de la física hiperdimensional.
Físicos y matemáticos se han habituado al concepto de hiperespacio y a los modelos de Hilbert, que sirven de base a la teoría de las Supercuerdas, que explica nuestro Universo como el resultado de la resonancia energética de un espacio hiperdimensional. Cualquier matemático puede idear un espacio de Hilbert, con un número de dimensiones fijado de antemano y con su propia geometría. Si a cualquiera de esos espacios le dotamos de alguna forma de sustancia habremos creado un Universo. ¿Vivimos en un Cosmos hiperdimensional donde nuestro dominio está limitado, como un subconjunto, sólo a tres de dichas dimensiones? En este caso, para un ser que percibiera más dimensiones debería ser divertido observar nuestro asombro cuando los objetos de su región se proyectan en la nuestra.
A muchos se les habrá ocurrido que Tomás de Erceldonne, como tantos protagonistas de relatos semejantes, pudo ser abducido. Otros quizá se inclinen más por la hipótesis de la intrusión en algún espacio-tiempo distorsionado, como el que se produce en los alrededores de los llamados agujeros negros. No tenemos la respuesta. Pero sí resulta curioso que las entradas a ese mundo mítico, según los relatos, están situadas en puntos concretos del planeta y lleven siempre a dos lugares: a alguna tierra sumergida o más allá del mar.
Enviado por aquiles el 26 Dic 2007 | Categoría: Actualidad, Miscelánea, Mitos y Leyendas
Vecinos de la localidad de Candelaria aseguran que vieron a una criatura con extraños rasgos e inusuales movimientos, que cambiaba de tamaño luego de internarse y salir del monte.
Un pequeño pueblo en el sudoeste de la provincia de Misiones, Candelaria, está conmocionado por la supuesta presencia de un lobizón en la zona.
Varios vecinos afirman haber visto a un hombre lobo, o al menos, a un individuo que reunía características parecidas a la mítica criatura.
De acuerdo con la información publicada por el diario local Actualidad Sur, un grupo de jóvenes del barrio 36 viviendas de la localidad de Candelaria avistó a un curioso ser “con cabello largo y barba”, que además realizaba “movimientos y gestos de una manera muy poco común”.
Sorprendidos, fueron a ver quién era, pero “cada vez que se acercaban al individuo, éste se alejaba”. “Lo siguieron y finalmente se internó en el monte”, detallan.
Oscar Espinoza, una de las personas que estuvo presente esa noche y que vio al supuesto hombre lobo junto a sus amigos, señaló: “Nos asustamos mucho y cuando nos acercamos a ver quién era, se escapó y volvió a entrar al monte, una calle antes de la parada del colectivo, entre las calles Maipú y Paraguay”.
También, precisarion que el peculiar hombre “olía a podrido” y el perro que estaba con el grupo “quedó embobado, no reaccionó”, ante la presencia del supuesto lobizón.
Origen del mito
La leyenda, originada en las historias europeas sobre los “hombres lobos”, se refiere a la metamorfosis que sufrirían los séptimos hijos varones, tras una seguidilla sin hermanas, los martes y viernes, con cambio de luna.
Según la tradición, el maleficio da como resultado la transformación, a partir de la adolescencia, en un ser que mezcla características perrunas y porcinas, que se alimenta de excrementos y niños no bautizados.
La amplia difusión popular de la leyenda y la marginación de varones nacidos en esa circunstancias dio origen -para contrarrestarla- a la tradición del padrinazgo por parte del Presidente de la Nación al séptimo hijo, legalizada bajo el mandato de Juan Domingo Perón en 1973.
Fuente: DERF
Enviado por aquiles el 14 Oct 2007 | Categoría: Ciencia, Actualidad, Mitos y Leyendas
El hallazgo reciente de más de una decena de piedras de gran peso y tamaño con la forma de platillos voladores en China, ha revivido el enigma de los discos Dropa, la presunta evidencia de una expedición de extraterrestres que en naves espaciales visitaron la Tierra hace más de 12.000 años.
Según el rotativo ruso, Komsomolskaya Pravda, los platillos voladores de piedra fueron hallados a finales de pasado mes de septiembre, durante excavaciones en una mina de carbón cerca a la aldea Juangú, en la provincia de Tzianshi.
Las piedras, de casi tres metros de diámetro y al menos 400 kilogramos de peso, tienen la forma de un platillo volador con una protuberancia cóncava en el centro y por su apariencia, parece que fueron labradas con instrumentos mecánicos.
En el lugar del curioso hallazgo trabaja una expedición de científicos chinos, y algunos medios de prensa aseguran que las piedras tienen relación con los famosos discos Dropa, un extraño descubrimiento hecho por un arqueólogo chino en las montañas de Bayan Kara Ula, cerca al Tíbet, en 1938.
Según la versión más difundida, el arqueólogo Chi Pu Tei, catedrático de la Universidad de Pekín y estudiantes exploraron cuevas en esa montaña que durante muchos siglos fue la morada natural para muchas tribus trogloditas autóctonas. Los expedicionarios encontraron tumbas con esqueletos cuyos cráneos eran anormalmente grandes, torso y extremidades frágiles y apenas 138 centímetros de estatura.
También se encontraron cerca de 700 discos de piedra de 30 centímetros de diámetro con agujeros en el centro de 20 milímetros de ancho y surcos, denominados ?Piedras Dropa?, en alusión a los Dropa o pastores nómadas que habitan la mayor parte del norte del Tíbet.
En las paredes había relieves del Sol, la Luna, estrellas, la Tierra y líneas que unían la Tierra con el cielo. Los discos y las pinturas tenían una antigüedad aproximada de 12.000 años, mucho más que las pirámides de Egipto.
Los discos y otros hallazgos de la expedición fueron trasladados a la Universidad de Pekín, y en 1958 el profesor Tsum Um Nui expuso una teoría según la cual los surcos eran jeroglíficos desconocidos.
Según Tsum, los signos narran la historia del aterrizaje forzoso de la nave espacial y la matanza de la mayor parte de los sobrevivientes por habitantes del lugar.
Supuestamente, Tsum reportó su descubrimiento en 1962, pero la Universidad de Pekín no recomendó su publicación porque estimó que los criterios de interpretación de los jeroglíficos carecían de argumentación científica.
Posteriormente, en 1965, las autoridades del Alma Mater autorizaron la publicación de materiales relacionados con los discos Dropa, que en esencia corroboraron la teoría de Tsum sobre la sonda tripulada interplanetaria.
Entonces, los científicos chinos expusieron fotos de los discos Dropa que de hecho, son similares a los discos Bi, que se encuentran por millares en varias regiones de China.
Generalmente, los discos Bi son pequeños, son hechos de jade o nefrita, con un pequeño agujero redondo o cuadrado en el centro, aunque no tienen los jeroglíficos como los discos Dropa.
Según otras fuentes, los discos Dropa tienen propiedades peculiares con elevadas concentraciones de cobalto y otros metales que les confiere una dureza especial. La resistencia de los discos Dropa, más elevada que el granito ponen en relevancia de la tecnología que se tuvo que aplicar para grabar los jeroglíficos, de por sí difíciles por su reducido tamaño.
Sea cual sea su naturaleza, origen, o significado, las piedras Dropa siguen siendo un objeto de vivo interés para arqueólogos y antropólogos.
La mayoría de los expertos consideran que la historia que narra sus jeroglíficos de los discos Dropa es uno de los tantos mitos que existen en los pueblos antiguos que cuentan que sus descendientes vinieron a la Tierra desde otras estrellas. Otros, que consideran factible que la Tierra fue poblada por extraterrestres, estiman que las piedras Dropa tienen un valor incalculable porque son la primera evidencia de esas visitas.
Mientras, el enigma de las piedras Dropa sigue oculto.
Fuente: Minuto Digital de España
Enviado por aquiles el 06 Oct 2007 | Categoría: Educación, Mitos y Leyendas
Roma, la “Ciudad Eterna”, que supo ser la capital política del Imperio más importante de la Historia del hombre y que hoy es el centro de poder del catolicismo, reconoce un origen legendario que aunque pretendió ser refutado por los investigadores actuales, hoy vuelve a surgir como posiblemente verídico, al menos en parte.
La historia que los patricios le contaban a sus hijos era la siguiente: Después de la Guerra de Troya, en las que los griegos lograron hacerse con el control de la capital liderados por héroes como Aquiles y Ulises, un príncipe Troyano, Eneas, (hijo de Anquises y de la Diosa Afrodita), se lanzó a la mar huyendo de su ciudad en busca de un nuevo territorio donde poder vivir… La fortuna lo llevó después de diversas peripecias por la mediterránea hasta la península itálica, donde Eneas funda Lavinium mientras que su hijo, de nombre Ascanio, funda la ciudad de Alba Longa. Posteriormente y después de sucesivos reinados aparece la figura del Rey Numitor, del que se tiene una mayor información y de la que es origen la “historia de Rómulo y Remo”.
Numitor, rey de Alba Longa, es destronado por su hermano Amulio, quien temiendo que alguien de su familia le usurpara el trono, tal y como él mismo había hecho, ordena que su sobrina Rhea Sylvia (hija de su hermano Numitor) se convierta en Vestal (consagrada a los dioses y virgen) y de esta manera asegurarse que no tendrá descendencia. Sin embargo, el Dios Marte desciende de los cielos y engendra en ella a los gemelos Rómulo y Remo.
La madre de éstos, sabiendo que corría peligro la vida de sus hijos, pone a los bebés en una cesta y los hace ir a la deriva del río Tíber esperando que alguien pueda salvarlos de una muerte segura. En la orilla fueron rescatados por una loba (a la que los romanos llamarán afectuosamente “La Gran Loba”) que los amamantó, hasta que unos pastores del lugar los pusieron a salvo, criándolos y cuidándolos hasta que crecieron.
Después del paso de los años, Rómulo y Remo, descubren sus orígenes divinos y monárquicos y deciden acabar con el hombre que les condenó, su tío Amulio. Tras de restaurar el orden, asesinando a su tío y dando de nuevo el poder a su abuelo Numitor, se les asigna la propiedad de las tierras que les vieron crecer, en el monte Palatino.
Rómulo escogió una de las Siete Colinas, y con un arado trazó un círculo (llamado “Pomerium”), consultando a los dioses (según tradición etrusca) para saber quién de los dos hermanos debía ser el Regente de esa tierra, bajo el procedimiento de recuento de aves (aves que sobrevolaban en ese momento el cielo). Rómulo llegó a contar 12, mientras que su hermano Remo contó 6, así pues el primer regente sería Rómulo, pero su hermano gemelo Remo se mofó de lo que estaba llevando a cabo saltando de un lado al otro sobre la línea que su hermano había trazado. Rómulo viendo que su hermano estaba cometiendo un sacrilegio con la Celebración Sagrada le dio muerte, haciéndose único Regente de la ciudad que llevaría por nombre Roma. A la vera del Pomerium se eregiría la primera muralla de la urbe.
Ni Rómulo ni Remo ni nadie, en verdad, pudo imaginarse que ese pequeño territorio alrededor del Palatino, limitado por el primitivo pomerium, algún día habría de transformarse en el imperio más grande que haya conocido la historia. Nada de aquel precario asentamiento podía prefigurar la derrota de Aníbal, la República y el Imperio, el asesinato de Cesar y el esplendor de Augusto o la serena cultura de Adriano, ni el advenimiento de los seguidores de Cristo.
Tal es la leyenda que los poetas romanos (como Virgilio) cantaron y los historiadores romanos (como Tácito y Tito Livio), con ligeras variantes, aceptaron, fijando la fundación en el año 753 a. de C., fecha que devino oficial. Los historiadores de los siglos XIX y buena parte del XX, en cambio, desestimaron la tradición y la historia de Roma universalmente aceptada sostuvo que los orígenes de la ciudad se remontaban a un conglomerado de aldeas dispersas alrededor de las siete colinas, unificadas más tarde por los reyes etruscos que hacia el 625 a. de C. desecaron los pantanos, pavimentaron por primera vez el Foro (centro de la vida cívica romana por siglos) y unificaron políticamente a los habitantes de las Siete colinas. La historia de los primeros reyes de Roma (Rómulo, Numa Pompilio, Tulio Hostilio) se catalogó como “puramente legendaria”. Lo mismo ocurrió con la fecha fundacional (753 a. de C.). A los ojos de los historiadores, Roma había empezado a funcionar como una ciudad más de un siglo después. Pero la investigación muchas veces obra a favor de la leyenda.

En 1987, el arqueólogo Andrea Carandini de la Universidad de Pisa, excavando intensivamente el monte Palatino encontró una configuración del suelo que se extendía en línea recta por varios metros: la formación del terreno que habitualmente señala la presencia de una muralla.
No una sino tres murallas superpuestas aparecieron; la datación de la más antigua dio una fecha muy próxima a la fundación legendaria: fines del siglo VIII a. de C. En noviembre de ese año, Carandini encontró algo todavía más jugoso: evidencias de la existencia de un surco de diez metros de ancho y tres de profundidad a lo largo del borde exterior de la muralla: el mismísimo Pomerium.
Así la actual historiografía de Roma, a la luz de los nuevos hallazgos arqueológicos, logró recuperar el peso de la tradición.
Sitios consultados: Mystery Planet/Leyendas Paganas
Enviado por aquiles el 31 Ago 2007 | Categoría: Miscelánea, Historia, Mitos y Leyendas
Artículo escrito por Scott Corrales
Una visita casual a cualquier librería de ocasión casi seguramente resultará en el descubrimiento amarillentas “pulpas” de portada sugerente de las décadas de 1930 y 1940. Estos vetustos tomos de fantasía describen, en su mayor parte, los encuentros de fornidos héroes contra seres demoníacos o bestias inmundas, a menudo contra trasfondos exóticos y extravagantes. Edgar Rice Burroughs envió a su famoso “Tarzán” al legendario reino africano de Opar a la misma vez que H. Rider Haggard dejaba a su protagonista, Allan Quartermain, a merced de Ella, La Que Debe Ser Obedecida en la ciudad perdida de Kor. Más de una generación de lectores a la vuelta del mundo pasó sus años mozos - y no tan mozos - leyendo sobre las osadas escabullidas y encuentros cercanos de docenas de personajes fantásticos que se abrieron paso en mundos que existieron exclusivamente en las mentes de sus creadores, un paisaje repleto de ciudades perdidas y los restos de civilizaciones perdidas.
Pero una vez que nuestras manos han depositado los viejos libros de edición rústica sobre los anaqueles de nuevo, y vedamos la entrada a nuestra mente de cualquier pensamiento escapista, aún nos queda la interrogante de los “reinos perdidos”. ¿Acaso existieron alguna vez? Y de ser así, ¿qué habrá sido de ellos? ¿Nos sería posible dar con los restos de poderosos reyes y reinas, grandes héroes y villanos, bajo las arenas del Sahara, o del Gobi, o hasta del Mojave?
GARAMA, LA CIUDAD BAJO LAS ARENAS
“Allí vivieron hombres llamados garamantes, una gran nación que siembra en la tierra lo que han puesto en la piedra…estos garamantes se desplazan en sus cuadrigas, persiguiendo a los etíopes.”
Heródoto, Las Historias, IV. 183
En el cenit de su poderío, Roma controlaba casi toda Europa al este y al sur del Rin y el Danubio (con la provincia transdanubiana de Dacia siendo agregada después), Asia Menor y el Levante, y el norte de África desde Marruecos hasta Egipto. Más allá de estas fronteras sólo merodeaban tribus bárbaras, pequeños reinos clientes (como los Bosforianos) e imperios hostiles (los partos). La provincia romana de África, granero del imperio y cuna de poetas, filósofos y emperadores, se extendía mucho más hacia el interior del Sahara de lo que los muestran los libros de historia, poniéndola en contacto a las tribus nómadas del desierto y el reino de los garamantes.
Tal parecería que los inquietos fantasmas de los garamantes lucharon mucho por darse a conocer al hombre actual. En 1914, el arqueólogo italiano Salvatore Aurigemma se topó con un fascinante mosaico de la era romana en la aldea de Zliten, al sur del antiguo puerto de Leptis Magna, en la actual Libia. El mosaico representaba una joven devorada por un leopardo mientras que dos víctimas más la misma suerte. Estas víctimas sacrificatorias se distinguían por sus narices aguileñas, pelo lacio y barbas que les identificaban como garamantes. Casi 20 años más tarde, el francés Pierre Belair descubriría la alucinante cantidad de 100,000 tumbas en las cercanías de la olvidada capital de los garamantes.
Conocida por su designación actual de Germa, la antigua ciudad de Garama se encuentra en la región de Libia moderna denominada Fezzán, una versión arabizada de “Fazania”, el nombre que concedieron los antiguos a dicha región. El reino de los garamentes era, según Heródoto, “un reino más grande que Europa” defendido por guerreros “que perseguían a los trogloditas etíopes” en sus carrozas por pura diversión. Las imágenes de estos vehículos han sobrevivido el paso de los siglos en los muros de piedra y desfiladeros de la región, especialmente en Djebel Zenkekra, donde pueden hallarse otras figuras que se remontan a una antigüedad de siete mil años, a pesar de que el Sahara se hacía cada vez menos apto para la vida humana y animal. Los garamantes y sus cuadrigas corresponden a la época señalada entre el 1250 y el 1000 A. de C.; algunos estudiosos los han querido identificar con los “pueblos del mar” que asediaron a Egipto desde el Mediterráneo oriental. Al ver fracasados sus planes por controlar la cuna de los faraones, esta cultura guerra bien pudo haberse asentado en Fazania, al oeste de Egipto.
También se hace mención de los garamantes en un texto sumamente curioso del siglo XVI titulado “Reloj de Príncipes” y escrito por el cronista Antonio de Guevara (1480-1525). El vigésimo segundo capítulo de la citada obra ostenta el título: “De cómo el gran Alejandro, tras la derrota del rey Darío en Asia, pasó a conquistar la Gran India y lo que fue de los garamantes”. Guevara coloca a los caballeros garamantes no en África sino en “las montañas Ripeas” de la India, diciendo que “este pueblo bárbaro conocido como los garamantes” jamás había sido conquistado por los persas, medos ni romanos (sic) debido a su gran pobreza y la falta de recompensa material para los conquistadores. Pero Alejandro Magno, reconocido entre todos los conquistadores por su gran curiosidad innata, les envió una embajada para exigir tributo”.
Guevara, citando el “De antiguitatibus grecorum” de Lucio Bosco, agrega que los garamantes “todos tienen casas iguales, y que todos los hombres llevaban la misma clase de ropa, y que ningún hombre era más rico que sus vecinos”.
¿Era tan grande el reino de los garamantes como lo pintaba Heródoto?
Enviado por aquiles el 26 Ago 2007 | Categoría: Educación, Historia, Mitos y Leyendas
Para muchos, una ciudad mitad mito y otro tanto realidad. Su grandeza, su destrucción y el famoso Caballo de Troya siguen siendo los grandes enigmas de esta legendaria urbe a la que cantó Homero en su célebre Ilíada.“¡Oíd, tribus innúmeras de aliados que habitáis alrededor de Troya! No ha sido por el poder ni por el deseo de reunir una muchedumbre por lo que os he traído de vuestras ciudades, sino para que defendáis animosamente de los belicosos aqueos a las esposas y a los tiernos infantes de los troyanos…” Las palabras que el gran caudillo troyano Héctor, “el de tremolante casco”, dirigió en vísperas de la batalla a sus aliados que combatían contra el acoso griego, dan vida a uno de los capítulos de La Iliada; la obra de Homero donde se da cuenta del sitio y destrucción de Troya.
Pero, ¿Qué fue Troya? Nombrarla equivale a evocar una ciudad situada a horcajadas entre la realidad y el mito; una leyenda cuyos destellos iluminaron la imaginación de muchas generaciones; una guerra de diez años, tan célebre como feroz, que dejaría en ruinas a esa urbe inmortal.
Sin embargo, hasta el día de hoy continúan alzándose algunas voces que cuestionan desde el presunto emplazamiento de las ruinas troyanas, en la costa turca del Asia Menor, hasta la existencia de la ciudad legendaria (y de su máximo cantor, Homero). Inclusive, su destrucción abre aún hoy un sinfín de interrogantes, pese a la famosa artimaña del Caballo de Troya, en cuyo vientre un puñado de soldados griegos encabezados por el valeroso Diomedes atravesó sus murallas al despuntar el alba. Y por si no bastara tanto enigma, se han descubierto varias Troyas, una encima de la otra. A la que se suma otra teoría, más reciente, de un filósofo mexicano, Roberto Salinas Price, que se despacho con la sensacional afirmación de que Troya no habría estado en Asia, en el valle delimitado por los ríos Escamandro y Simois, sino a orillas del Mar Adriático. Nada menos que en la actual Serbia…
El juicio de Paris. Detonante de la guerra de Troya
Todo había empezado cuando al apuesto París, uno de los cincuenta hijos del rey troyano Príamo, y hermano de Héctor y de la vidente Casandra, el dios Zeus le ordenó una engorrosa misión; dictaminar cuál era la diosa más bella entre Hera, Atenea y Afrodita. París se inclinó por esta última, que, dicho sea de paso, lo había sobornado prometiéndole el amor de Helena de Esparta, la mujer más hermosa del mundo entonces conocido. Pero había dos factores en contra de tales amoríos: Helena era griega y por añadidura, estaba casada con el rey espartano Menelao. Lo cierto es que al entregar la manzana “de la discordia” a Afrodita, en premio a su triunfo en el primer certamen de belleza de la historia, Paris se ganaba la venganza de las deidades despechadas. Y daría cumplimiento, así, a la profecía según la cual Troya sería destruida por su causa. Ocurrió, en efecto, que Atenea y Hera persuadieron a Príamo a que enviara a Paris a la corte de Menelao: presa de una fulminante pasión por Helena, Paris la sedujo y raptó, llevándosela a Troya. Menelao, su hermano Agamenón, rey de Micenas y Ulises, se asociaron para rescatarla. Primero reclamaron la devolución de la joven, lo que les fue negado. Todos los príncipes griegos se conjuraron entonces contra la insolencia troyana. Se desató así la Guerra de los Diez Años, en la que hasta aquellos dioses volubles y rencorosos participaron ayudando o saboteando a unos y a otros.
Otras versiones del mito juran que Zeus estaba harto de tantos hombres sobre la tierra, y provocó una “guerra depuradora”.
Hasta hace relativamente poco tiempo no habían salido a la luz pruebas creíbles sobre la existencia de Troya, o de las varias Troyas superpuestas. Ni sobre su arrasamiento. Ni su localización geográfica. Las exploraciones llegarían a contar hasta nueve Troyas destruidas y reedificadas unas sobre otras: la sexta, de la que aún subsistían las fuertes murallas de piedra rectangulares, sería la saqueada por los griegos en el siglo XII antes de Cristo. Más exactamente: hacia 1260 a.C. La novena capa correspondería a una época muy posterior, a los tiempos del Imperio Romano.
El asedio de Troya duró una década. Y aquí hay otro misterio: según Homero, los griegos en ningún momento bloquearon la urbe sitiada; no interceptaron sus provisiones; tampoco intentaron derruir sus fortificaciones; acamparon inclusive bien lejos de la ciudad. Eso sí: constantemente los bandos rivales se hostigaban y trenzaban en salvajes enfrentamientos. Los carros estremecían la tierra al mando del auriga. Por todos lados las piras de cadáveres humeaban oscureciendo el día; más allá, una pelea entre decenas de soldados podía interrumpirse bruscamente para admirar el duelo personal. Por ejemplo, cuando Aquiles atravesó con su pica el cuello de Héctor, atando luego su cuerpo al carro cuyos caballos azuzó. cuenta Homero: “Gran polvoreda levantaba el cadáver mientras era arrastrado; la negra cabellera se esparcía por el suelo; la cabeza, antes tan graciosa, se hundía en el polvo. Porque Zeus la entregó a los enemigos para que allí, en su misma patria, la ultrajaran”. Zeus, que al igual que Atenea se había entrometido para sellar el fin del comandante troyano. Un fin no muy diferente del que tendrían otros guerreros como Patroclo, Polidoro y el mismo Aquiles.
Caballo de Troya
En cuanto al fin de Troya, las enciclopedias recuerdan que Ulises aconsejó pactar un falso armisticio con los troyanos, quienes recibieron alborozados la proposición. Entonces Ulises, en testimonio de amistad, les ofreció un gigantesco caballo de madera explicándoles que era una ofrenda a los dioses. Para entrarlo a la sitiada Troya fue preciso derribar todo un sector de la muralla. En su entraña aquel caballo alojaba a un puñado de griegos, que al llegar la noche abrieron las puertas de la plaza: el amanecer vio a los sitiadores dueños de la ciudad.
Aquí entra en escena un personaje singularísimo, el arqueólogo aficionado y aventurero alemán Enrique Schliemann. El llamado “el bucanero de la arqueología”, que vivió entre 1822 y 1890. Trabajó en una tienda siendo adolescente; se embarcó como peón de limpieza en barcos mercantes, naufragó, y en Holanda se dedicó a los negocios, incluyendo contrabando de té. A los 36 años había amasado una fortuna. Su descomunal energía se volcó luego al estudio apresurado de la arqueología. Y ya en 1868 hundió la pala por primera vez en donde La Ilíada imaginó a Troya: al pie de dos manantiales, uno caliente y el otro helado, que fluyen al río Escamandro. Pero allí no encontró ni rastros de la metrópolis del rey Príamo. Fue recién en 1871 cuando este “Sherlock Holmes” de la antigüedad clavó la zapa en Hisarlik, una pequeña colina a unos cinco kilómetros de la costa egea. Precisamente, en medio de los ríos Escamandro y Simois, y en la semiárida región más tarde bautizada Tróade.
El increíble Schliemann comenzó por abrir una larga zanja con tal ímpetu que, de entrada, arrasó parte del primer nivel: unas ruinas de la época neolítica, de la que sólo quedaban algunos habitáculos y restos de hachas y cuchillos de piedra. El arrojado explorador alcanzó a identificar otras cuatro ciudades, la segunda de las cuales contando desde el plano más profundo pertenecía ya a la Edad de Bronce. Se la dató aproximadamente entre los años 3.300 y 2.500 antes de Cristo. Pero Schliemann quedó convencido de que esa era la Troya de Homero. Eran notables los vasos de plata y bronce hallados allí, al lado de diademas, puntas de lanzas, pendientes, y otras joyas de oro así como lingotes de cobre y plata. El entusiasmo del germano no tenía límites: cuando descubrió esos adornos preciosos en 1873, creyó haber hallado “el tesoro de Príamo”. Para protegerlo de las manos de burócratas y ladrones, y poder sacarlo clandestinamente de Turquía se lo fue entregando a su segunda esposa, Sophia Engastromenos, de solo 17 años.
Heinrich Schliemann fue quien descubrió Troya. Sería Dörpfeld, el ayudante y continuador de la labor schliemanniana, quien identificó la verdadera Troya homérica como la sexta, o más seguro la séptima de las encontradas sucesivamente. En total, apenas se trataba de unas pocas docenas de viviendas en una superficie también irrisoriamente pequeña: sólo 139 metros en su lado menor, y 183 en el mayor. Dimensiones que, por su vulnerabilidad, tornan todavía más conmovedora (pero también más enigmática e intrigante) la serie de acontecimientos allí ocurridos.
La maravillosa gesta troyana, transcurridos más de treinta siglos, continúa agitando la imaginación y el espíritu, del mismo modo que todavía agita sus playas el viento que sopla sin cesar entre las altas hierbas; un viento que no existe en ningún otro punto de esa zona, y que ya Homero describió. Un viento en cuyo hálito Aquiles sigue arrastrando el cadáver de Héctor, frente a las murallas de la invencible Troya.
Fuente: Mystery Planet
Enviado por aquiles el 13 Jul 2007 | Categoría: General, Esoterismo, Mitos y Leyendas
¿Sufres de paraskavedekatriafobia, o lo que es lo mismo, aversión a los viernes que caen en 13? Si evitas pisar las grietas de la banqueta, pasar por debajo de una escalera, toparte con un gato negro para mantener lejos la mala suerte, la respuesta más segura es que sí.
El temor a los viernes 13 es entonces parte de tu vida, pero ¿sabes exactamente de dónde proviene la idea de que son de mala suerte? Siempre hay un poco de historia detrás de cada superstición.
“Las leyendas y mitos como el del viernes 13 fueron creados por una religión tratando de satanizar a otra”, dice Jeannie Banks Thomas, profesora de inglés y directora del programa de folclore en la Universidad de Utah.
“A principios del siglo VI, los misioneros cristianos de Inglaterra viajaron a otros países como Alemania y Rusia, con el afán de erradicar otras religiones”, dijo Banks Thomas.
“Frigg o Freyja, diosa del cielo, el amor y la fertilidad, es una de las más respetadas deidades en la mitología nórdica, pero como el cristianismo se expandió por todo Europa, sus misioneros condenaron a esta divinidad y fue considerada como una bruja.
“Debido al consecuente rechazo que esto fue generando, la gente que aún la adoraba no tuvo más remedio que esconderse en cuevas para venerarla en secreto. Y claro, el resto de la sociedad empezó a verlo como algo malo”, apuntó Banks Thomas.
Se especula que los rituales de esta “secta” se realizaban los viernes y de ahí quedó la creencia de que ese día de la semana era cuando se adoraba a las brujas. Se fue fijando entonces la creencia de que los viernes eran los días de los malditos.
Otra más de las raíces de este mito es que el número 13 es considerado de mala suerte, especialmente en la cultura cristiana. Novelas como El código Da Vinci, de Dan Brown, hablan de la creencia de que un viernes 13 fue la fecha en que los miembros de la Orden del Temple (grupo de carácter religioso y militar cuya historia también está llena de leyendas) fueron arrestados y asesinados por el rey Felipe IV, El Hermoso.
Otra teoría asegura que a este número se le adjudica el calificativo de “siniestro” porque con Jesús, ya eran 13 las personas a la mesa durante La última cena; después de compartir esa comida, Cristo fue encarcelado y crucificado, por cierto, en un viernes.
En España, el día considerado de mala suerte es el martes 13 y en Grecia el jueves, pero la cultura anglosajona invade al mundo, y el mito del viernes 13 no ha sido la excepción, como lo demuestra la saga fílmica del mismo nombre, cuyo protagonista es el asesino Jason Voorhees.
Lo que el viernes 13 se llevó
Donald Dossey, miembro del Centro del Manejo del Estrés y el Instituto de las Fobias, en Asheville (Carolina del Norte) realizó un estudio sobre los efectos del viernes 13 en la población anglosajona.
En éste estimó que se pierden de 800 a 900 millones de dólares en los negocios, pues hay mucha gente que no toma vuelos o no trabaja en esos días. Hay quien se aterra tanto, que no puede ni levantarse de la cama.
Estas mismas instituciones han declarado que son cerca de 17 millones las personas que sufren de estos “síntomas” en un día así. A pesar de ello, las aerolíneas, Delta y Continental Airlines aseguran que en esos días no sufren de bajas en su tripulación.
Otro estudio que analiza los daños del “día siniestro” muestra que en los treceavos días del mes que caen en viernes hay un incremento en accidentes de tráfico.
Aunque en México no es tan representativa esta fecha como en nuestro vecino del norte, es frecuente que muchos edificios u hoteles no tengan piso 13 ni habitaciones con ese número. También hay quien no se sienta en una mesa donde haya otras 12 personas.
Sin embargo, la misma superstición ha creado formas de “evadir la maldad” o crear un salvoconducto, como traer patas de conejo consigo o arrojar sal hacia atrás sobre el hombro izquierdo. “En realidad, éstas sólo son formas de tranquilizar la mente humana ante el estrés y miedo, o cuando sentimos que no tenemos mucho control sobre nuestra vida”, concluyó Banks Thomas.
Fuente: Diario El Universal de México
Enviado por aquiles el 10 Jun 2007 | Categoría: Filosofía y Religión, Ciencias Alternativas, Esoterismo, Mitos y Leyendas
Las Almas Viejas
Las leyendas humanas mencionan a menudo hechos extraños ocurridos en lugares extraños. Para muchos, es suficiente decir “¡Bah, sólo se trata de fantasías!”. Para otros, detrás de las leyendas más delirantes puede esconderse una realidad que desafía a nuestra inteligencia y capacidad de averiguar las verdades más allá de la superstición o de la deformación de datos por el paso de los siglos.
Entre las leyendas más arcaicas de la humanidad están las de los Continentes Perdidos, que refieren cataclismos espantosos y el aniquilamiento de razas completas que fueron humanas o humanoides y desarrollaron civilizaciones avanzadas.
La más famosa de las leyendas sobre este tema es la de la Atlántida, y tal es su importancia, que en este sitio web podrá encontrar varias referencias en diferentes artículos. Aunque las raíces de esta leyenda arrancan del antiguo Egipto, llegaron a nosotros a través del gran filósofo Platón, el Ateniense.
Hiperbórea
También ha llegado hasta nosotros, a través de los antiguos griegos y romanos la información sobre otra isla legendaria: Hiperbórea, la Patria de seres tan hermosos, sensitivos e inteligentes, que apenas se creyera que fuesen humanos.
Las tradiciones son mencionadas por los griegos Heródoto y Diodoro, y los romanos Virgilio y Plinio. Cuentan que muy al Norte, más allá de donde nace el viento norte o Bóreas, existió una isla maravillosa rodeada por altísimas montañas de hielo. Dicen que los habitantes de Hiperbóreas eran seres de blancura de nácar, casi translúcidos, y en particular sus mujeres eran de una belleza y un ingenio por encima de lo humano.
La luz del sol reverbereaba en los acantilados vertiginosos de hielo cristalino. Según Virgilio, los pocos navegantes que alguna vez alcanzaron hasta sus proximidades vieron aquella tierra bendita rodeada de un halo de luz indescriptible, tan arrobadoramente bella, que cayeron de rodillas cantando plegarias a los dioses.
A pesar de estar rodeada de nieves eternas, el sol que reflejaban los ventisqueros calentaba la atmósfera y la tierra. Como si fueran espejos cóncavos, los hielos concentraban el poder vivificador de los rayos solares. Así, en hiperbóreas el clima era paradisíaco, semi tropical, y cada palmo de tierra era un vergel.
Sin embargo, nadie pudo llegar en verdad hasta el interior de ese edén, pues se encontraba por completo aislado por las escarpas infranqueables de hielo.
Más llegó un día en que los polos cambiaron de lugar, y la maravillosa Hiperbóreas se hizo inhabitable, quedando completamente cubierta por glaciares. De los Hiperbóreos muy pocos salvaron la vida. Principalmente hubo sobrevivientes mujeres, que lograron huir por un pasaje secreto, un túnel, que llegaba hasta el sur de la actual Alemania.
Se dice que los Hiperbóreos se mezclaron con los humanos comunes, dando vastagos de gran belleza y dotados de poderes sobrenaturales como la precognición o adivinación del futuro, y una inteligencia brillante. Dice Diodoro que el Maestro que inició a Pitágoras en los Misterios y en las matemáticas, Ferécides de Siros, habría descendido de hiperbóreos.
Otras tierras legendarias, perdidas en lo profundo de los mares o transformadas en desiertos irreconocibles, son el Continente de Mu. El continente o Gran Isla de Hiva, la Tierra de Gond o Gondwana, la Lemuria.
La leyenda, las tradiciones y las informaciones conservadas en grupos esotéricos de origen muy antiguo, indican que estos continentes fueron aniquilados hace tanto tiempo, que resulta imposible que en ellos puedan haber existido seres humanos. O, al menos, seres humanos como nosotros, de la especie Homo Sapiens.
¿Cómo es posible que se hayan producido cataclismos tan enormes sin que la vida misma fuera aniquilada?
Antes de detallar lo que sabemos sobre esas tierras perdidas, conviene que comprendamos bien el asunto de los viejos cataclismos.
Antes de la Leyenda
Los habitantes de esos mundos habrían tenido, entonces, “alma humana” aunque sus apariencias quizás hayan sido sólo extraños remedos de la figura humana que conocemos. Para la Iglesia Católica, lo que hace humana a una criatura es su alma. Así lo estableció la encíclica “Humani Generis” del 12 de Agosto de 1950, en que el Sumo Pontífice aceptó la teoría de la evolución y la posibilidad de que el cuerpo humano haya sido creado a partir de “materia viva” (por ejemplo, otro animal). Sólo exige la fe católica sostener que Dios creó las Almas humanas en acto inmediato, directo.
Esas leyendas llegan hasta nosotros por escritores de la antigüedad que a su vez citan a otros autores más antiguos los cuales por su parte se refieren a tradiciones que se pierden en la noche de los tiempos… serán entonces otras leyendas las que nos permitirán confrontar, a través de coincidencias o contradicciones, qué puede haber de verdad en todo aquello. Qué pasó antes de que naciera la leyenda.
El muy suspicaz y realista historiador Heródoto, de la antigua Grecia, se mostró siempre reacio a dejarse convencer por relatos fantasiosos. Sin embargo, refiere que en Tebas, Egipto, los sacerdotes de Amón le hicieron saber que en sus papiros arcaicos se indicaba que el Sol había amanecido cuatro veces en forma distinta a la usual. Y que en dos ocasiones había amanecido por el lugar donde ahora se pone.
“Los Nueve Libros de la Historia”
También otros documentos de la antigüedad, conservados en bibliotecas modernas, se refieren a trastornos cósmicos de gran envergadura. El “Papiro Mágico Harris”, el “Papiro Ipuwer” y el “Ermitage”, contienen aluciones a legendarias convulsiones del planeta, en las cuales la Tierra “se dio vuelta”, y “el Sur se hizo Norte”.
¿Quién pudo recordar hechos tan aterradores y antiguos?
La ciencia moderna no ha encontrado rastro alguno que pueda arrojar indicios sobre catástrofes tan enormes a partir del llamado “cuaternario”, es decir, la edad geológica y paleontológica en que se desarrollaron los mamíferos y apareció el ser humano.
Al parecer, si tales cataclismos ocurrieron en verdad, se produjeron cuando aún faltaban milenios, tal vez millones de años para la aparición del Homo Sapiens, la especie a que pertenecemos. ¿Cómo es posible, entonces, que haya recuerdos todavía más antiguos?
Hasta ahora, sólo se perfilan tres posibilidades.
La primera, que tales leyendas carezcan de fundamento y no sean más que sueños de la psiquis atormentada de primitivos visionarios. Cataclismos arquetípicos del inconciente colectivo y no del mundo material, (arquetipos: perteneciente a los símbolos primordiales de toda la humanidad y que dan forma al funcionamiento de la mente humana. Ver C.G. Jung).
La segunda, que tengan una base de verdad, pero que los testigos de tales hechos hayan sido no de la especie homo sapiens sino de una especie anterior a partir de la cual evolucionamos. Y que haya sido un conocimiento tan profundamente traumático y cargado de horror, que llegó a imprimirse en la memoria “raciomórfica” (raciomorfo: La aparente “inteligencia” de los animales que, siendo combinaciones instintivas, a veces pareciera “razonamiento”) de aquellos animales pre-humanos, sin disolverse en el olvido cuando esa especie desapareció y fue reemplazada por el “homo sapiens”.
La tercera posibilidad es que tales leyendas nos hayan llegado a través de testimonios de “otros seres”, que presenciaron las catástrofes y sobrevivieron a ellas, quedando como náufragos en un planeta deformado y distinto, en el que lograron aferrarse a la supervivencia por sucesivas generaciones de degradación sin esperanza. Los últimos descendientes de aquellas razas primordiales pueden, quizás, haber tenido contacto con los primeros de la raza nueva, la nuestra. Y en aquellos contactos pueden haber narrado su infortunio, masticando un pedazo de carne al trémulo abrigo de una hoguera ante un albergue de Cromagnon.
Llenos de compasión y horror, nuestros antepasados ancestrales habrían recordado esas narraciones, repitiéndolas de generación en generación por los sacerdotes y los “cuentacuentos” de la Tribu, hasta que la invención de la escritura permitió fijar la leyenda en el papiro y encontrarla ahora relegada a las cámaras de seguridad de un museo de Francia.
Si pensamos, con nuestra mentalidad moderna, en la posibilidad de que el sol salga por el Oeste y se ponga por el Oriente, consideramos que ello está fuera de toda posibilidad. La superficie terrestre gira a 1.750 kilómetros por hora en torno al eje de la Tierra (Recorre su perímetro de 42.000 kilómetros en el Ecuador, en 24 horas). Una frenada en ese movimiento proyectaría la inercia espantosa de océanos y continentes, aniquilándolo todo. Incluso la atmósfera terrestre saldría disparada, fuera de la gravedad del planeta. Y aún, faltaría encontrar que fuerza inimaginable podría detener el girar de la Tierra y además volverla a hacer girar en sentido contrario.
Es así claro que aquella inversión del curso del sol en el cielo no puede relacionarse más que con un bamboleo del planeta a lo largo de su eje norte-sur. Si una fuerza excepcional pudiera romper la inercia planetaria, éste mundo nuestro cambiaría la ubicación de sus polos en relación con el sol, y se invertirían los conceptos de oriente y occidente sin alterar para nada la inercia del movimiento de rotación de la Tierra.
Así, coinciden las dos leyendas primitivas. Para que el sol salga por occidente, el norte tiene que volverse al sur. Una leyenda justifica a la otra.
Y entre ambas leyendas pueden hacernos más comprensibles las tradiciones antiquísimas que nos hablan de los Continentes Perdidos: Hiperbórea, la Tierra de Mu, Gondwana, Lemuria, La Atlántida.