
Los
NS fueron los primeros en legislar leyes contra la vivisección,
contra la caza, en favor de los animales y del entorno.
Walter
Darré, Ministro de Agricultura nacionalsocialista,
es considerado como el primer político ecologista
en el poder de la historia... y el último por ahora.
Los Nacionalsocialistas fueron los primeros en legislar
leyes contra la vivisección, contra la caza, en favor
de los animales y del entorno. Luc Ferry, quien, con el
título de uno de sus últimos libros, ha despertado
un sonado escándalo en Francia recientemente, anota
en esa obra: "No se debe a ninguna casualidad, en este
sentido, el que sigamos debiendo, aun hoy en día,
al régimen nazi y a la voluntad personal de Hitler
las dos legislaciones más elaboradas que la humanidad
jamás haya conocido en materia de protección
de la naturaleza y de los animales."
La promulgación, en los años treinta, de las
sucesivas leyes ecologistas del III Reich no debe entenderse,
por tanto, como un mero acto propagandístico ni tampoco
como algo accesorio dentro del concepto global del orbe
que tenían los ideólogos nazis.
Luc Ferry recoge en su libro El Nuevo Orden Ecológico
un capítulo dedicado a la "ecología nazi",
con especial mención de las leyes proclamadas en
Noviembre de 1933, Julio de 1934 y Junio de 1935 (en el
primero, segundo y tercer año del Nacionalsocialismo
en el poder). La primera, fechada el 24 de Noviembre de
1933, es decir, muy poco después del advenimiento
del hitlerismo al gobierno del Estado, recibió el
nombre de Reichs Tierschutzgesetz (Ley del Reich de Protección
de los Animales) y se basaba en una frase pronunciada por
el recién estrenado canciller y con la que la nueva
ley abría su texto al modo de cita: "En el nuevo
Reich no debe haber cabida para la crueldad con los animales".
Los ideólogos que la redactaron, Giese y Kahler,
teorizarían años más tarde sobre este
"corpus" legal en su libro El Derecho alemán
de la protección de los animales. El 3 de Julio de
1934 esta batería legislativa se amplía con
la Ley del Reich de la Caza (Reichsjagdgesetz), que la limitaba,
y el 1 de Julio del año siguiente con la Ley de Protección
de la Naturaleza (Reichs-Naturschutzgesetz).
Luc Ferry, pese a que sus tesis sean ciertamente contrarias
al Nacionalsocialismo, al constatar la existencia de esta
avanzada legislación ecológica, no puede evitar
afirmar lo siguiente:
"Un
hecho sorprendente: aun siendo estas tres leyes las primeras
del mundo que tratan de compaginar un proyecto ecológico
de envergadura con el afán de una intervención
política real, no se encuentra el menor rastro de
ellas en la literatura actual dedicada al entorno (salvo
contadas alusiones esgrimidas por los adversarios de Los
Verdes, bastante vagas por basarse en referencias de segunda
mano). Se trata sin embargo de una serie de textos muy elaborados,
absolutamente significativos de una interpretación
neoconservadora de lo que más adelante se llamará
ecología profunda".
Todavía hoy, dentro del movimiento ecologista, pueden
distinguirse estas dos tendencias, la que llamaríamos
"occidental" que se preocupa por acumular cosas
(legislaciones, guardería, técnicos, presupuesto)
y la que trata, en tradición oriental, de dejar las
cosas como están, no tocar nada, dejando a lo sumo,
que el medio se rehabilite por sí solo ante la ausencia
de contacto humano. Pese a plasmarse en extensos textos
legales, la Ecología Nacional-Socialista pertenecía
al segundo tipo por cuanto daba un valor en sí al
entorno y a lo "previo", al margen de la intención
del hombre y de su aparición en el mundo. Era, en
este sentido, antihumanista y anticartesiana o, si se prefiere,
a-humanista. Creería en una naturaleza "exterior
al hombre y anterior a él". Sería la
Urlandschaft (Tierra Original).
Según el autor Wilhem Heinrich Riehl, esta concepción
de la naturaleza habría tenido su más alta
apreciación y alcance "en la visión de
los pueblos del Norte". En esta línea anota:
"El pueblo alemán tiene necesidad del bosque
y aun en el caso de que ya no tuviéramos la necesidad
de la leña para calentar el hombre exterior [...]
no por ello dejaría de resultar igual de necesario
para calentar el hombre interior. Tenemos que proteger el
bosque, no sólo para evitar que la estufa se enfríe
en invierno, sino para que el pulso del pueblo siga latiendo
caliente, alegre y vital, para que Alemania siga siendo
alemana".
Y
continúa: "Durante siglos nos han ido hinchando
la cabeza con la idea de que el progreso era defender el
derecho de las tierras cultivadas. Pero hoy en día,
es un progreso reivindicar los derechos de la naturaleza
salvaje junto al de los campos. ¡Y no sólo
los de los terrenos arbolados, sino también los de
las dunas de arena, de las marismas, de las garrigas, de
los arrecifes y de los glaciares!".
En la Ley del Reich de Protección de la Naturaleza
(Reichs-Naturschutzgesetz) del 1 de Julio de 1935 se proponía
la institución de "Monumentos Naturales",
es decir, "creaciones originales de la naturaleza cuya
presentación resulta de un interés público
motivado por su importancia y su significación científica,
histórica, patriótica...", además
se demarcan las "zonas naturales protegidas",
verdaderos Parques Nacionales.
La
creación de estas medidas tratan de paliar una situación
que se glosa en el preámbulo de la ley:
"Nuestra
campiña nacional (heimatliche Landschaft) ha sido
profundamente modificada en relación con las épocas
originales, su flora ha sido alterada de múltiples
maneras por la industria agrícola y forestal así
como por la concentración parcelaria unilateral y
el monocultivo de las coníferas. Al mismo tiempo
que su hábitat natural iba reduciéndose, la
fauna diversificada que vivificaba los bosques y los campos
ha ido menguando".
Si tanta preocupación despertaba la suerte de las
dunas, de las marismas y de las garrigas, no nos sorprenderá
que la ya citada Reichs-Tierschutzgesetz otorgue similar
derecho a existir per se a los animales. A diferencia de
la legislación proteccionista europea ("civilizada")
que ya ciertamente existía en esos años, la
judicatura Nacional-Socialista no protege al animal por
considerar que la vejación del mismo hace descender
al hombre en la escala de su propia dignidad, sino que "se
reconoce que el animal debe ser protegido en cuanto tal".
Tampoco
diferencia entre animal doméstico y animal salvaje,
como hace la legislación francesa primando siempre
al primero, sino que el objeto de la protección de
la ley comprende "a todos los seres vivos designados
como tales", no aceptándose ninguna distinción
entre "animales superiores o inferiores, como tampoco
entre animales útiles y nocivos para el hombre",
con lo que llegan al mismo punto que alcanzó la Iglesia
Romana en el medievo, protegiendo a conejos o ratas de cloaca
por ser también "Hijos de Dios". Esta ley
llegaba a pormenores como el de prohibir la vivisección
o el cebado de las ocas, o a consignar prolijamente en qué
condiciones debía producirse el traslado de reses
de ganado por ferrocarril.
Hace
no mucho aparecieron unas imágenes en TV en las que
se contemplaba cómo eran brutalmente maltratados
los animales que iban a un matadero en Holanda: golpes continuos
con varas, animales con graves desgarros musculares, violencia
gratuita contra el ganado vacuno... En estas llamadas "democracias"
sólo cuenta el beneficio económico y frente
a esto poco les importan los derechos de los animales. La
brutalidad con que son tratados los animales en los mataderos
de la "Europa democrática" hubiese sido
impensable en los mataderos del Tercer Reich.
En cuanto a la limitadora Ley de Reich sobre la Caza (Reichs-Jagdgesetz)
del 3 de Julio de 1934, ésta iba en el mismo sentido
de cuanto se ha dicho:
"El
deber de un cazador digno de este nombre no consiste sólo
en dar caza a la presa, sino también en mantenerla
y cuidarla para que se produzca y se preserve una situación
de la presa más sana, más fuerte y más
diversificada en lo que a las especies se refiere".
El uso de la terminología conceptual del ecologismo
por parte de las publicaciones doctrinales o propagandistas
del Nacional-Socialismo es constatable en artículos
aparecidos en la revista Signal (edición castellana)
durante los años de la Segunda Guerra Mundial. En
uno de ellos (núm. 10, 2 de Mayo de 1943, páginas
36 y 37, en un artículo titulado: El verde corazón
de Norteamérica), un anónimo periodista se
refiere a la catástrofe ecológica que había
tenido lugar en los Estados Unidos en los años precedentes
a causa de la deforestación de las llamadas Bad Lands,
donde todo el "humus" había desaparecido
arrastrado por lluvias y tempestades de viento. Con precisión
se señalan las causas que provocaron esta verdadera
hecatombe, donde millones de familias tuvieron que abandonar
sus tierras y cientos de miles de cabezas de ganado deshidratadas
tuvieron que ser sacrificadas.
La
excelente tierra de labor de los estados de Dakota, Oregón
y anexos aventada por los meteoros, acabó en pocos
años desaguando a través del Mississippi,
en el Caribe, ante los ojos atónitos de los granjeros
y campesinos de esta zona que, aún en nuestros días,
es la más deprimida de los Estados Unidos.
¿Las
causas? La explotación capitalista inmisericorde
de los riquísimos recursos forestales yanquis. Allí
se lee:
"Un
país que contaba entonces entre los más ricos
forestalmente no cuenta hoy con suficiente madera para la
minería porque naturalmente nadie ha pensado en ocuparse
de la economía forestal. Se trata al bosque como
a una mina de la que se puede sacar cuanto se desee. Pero
así se produjo un cambio considerable en el clima
norteamericano. La ciudad de Nueva York, en el mismo meridiano
que Nápoles, tiene un clima casi siberiano. Calor
tropical en verano y frío polar en invierno. Desde
que se arrancaron los árboles pueden producirse sin
dificultad tormentas de polvo en verano y sorprender en
invierno a la ciudad nevadas que cubren sus calles hasta
la altura de un metro".
En
contra de la actitud suicida del granjero americano que
trata a la tierra como objeto de explotación, el
campesino europeo "planta setos por todas partes o
hace crecer grupos de árboles en sus tierras a veces
sin saber por qué. Pero, además de embellecer
el paisaje sirven estas arboledas para un fin sumamente
práctico: proteger los campos y conservar agua para
ellos. Sin árboles y sin setos también se
convertirían nuestros campos en estepas".
La
conclusión a este razonamiento no puede ser otra
que, de nuevo, la defensa de la "biodiversidad"
cultural europea en contra de la uniformización cosmopolita
propugnada por las multinacionales norteamericanas. En ese
Signal existe un grabado que no puede ser más elocuente.
Una fila de ciudadanos norteamericanos desnudos se alinea
frente a una banda cinética de cadena de montaje.
Una serie de blondas señoritas los atavían
en serie y los dejan ya estandarizadamente indumentados
a punto para montarse en una fila de automóviles,
que los esperan al pie de la cadena de montaje. En la esquina
inferior un grupo les contempla atónito. Es Europa
montada sobre el mítico toro y un grupo de europeos
en diferentes hábitos y tocados que no pueden creer
lo que ven. El pie hace referencia al americano "que
vive de conservas" frente a una Europa que cuida y
defiende la diversidad de sus culturas...
EUSKALHERRIA NACIONALSOCIALISTA