EL TABOR
Otto Rahn
"Todos los puros perecieron entre las llamas, excepción hecha de Esclaramonde, guardiana de la preciosa reliquia. Que una vez cerciorada de que el Grial se encontraba en lugar seguro, oculto en el interior de la montaña, subió a la cima del Tabor, se transformó en una blanca paloma y voló hacia los montes de Asia. Esclaramonde no ha muerto."
Cuando el sol se va de Provenza y Languedoc, se arquea en cirros de oro sobre los Pirineos que, intrépidos y nobles, se elevan en el azul del cielo. Cuando las sombras de la noche se han cernido ya sobre la llanura provenzal, continúan aún largo tiempo siendo bendecidos y transfigurados por los rayos del sol poniente. Los provenzales denominan, aún hoy en día, "monte de la transfiguración", "Tabor", al pico del Saint-Berthelemy, una de las cumbres más hermosas de los Pirineos.
El tabor pirenaico se encuentra entre el "Olmès", el valle de los olmos, y el "Sabarthès", el valle de Sabart, donde la Madre de Dios dicen que prometió a Carlomagno la victoria sobre los sarracenos.
Un solitario y pedregoso sendero lleva del idílico Olmès a los desfiladeros y cuevas del Sabarthès: El camino de los Cátaros, el camino de los Puros.
Subiendo por ese camino a la cumbre del Tabor existe un lago de montaña de aguas oscuras y encajonado por rocas escarpadas. Los habitantes de la aldea de Montségur, cuyas casas se adosan como panales de miel a las paredes rocosas que dominan la garganta de Lasset, lo llaman Lac es truites (lago de truchas) o Estang Mal (estanque de los pecados).
"¡No tire usted piedras, pues es la cuna del trueno! Si arroja una piedra, se desencadenará una tormenta y un rayo le aniquilará. EL Maligno tiene su morada en el lago. Esta es la causa de que no haya peces en él..."
"¿Y por qué le llamáis el lago de las truchas?"
"Propiamente habría que llamarlo Lac des Druides. Puesto que fueron los druidas quienes arrojaron en él oro, plata y piedras preciosas. Ocurrió cuando aún no había nacido nuestro Señor y Salvador. Las gentes morían en masa víctimas de una enfermedad inexplicable. Una persona que por la mañana se encontraba perfectamente bien, podía a la tarde estar ya muerta.
Jamás hasta entonces una enfermedad tal había devastado estos montes. En aquellas circunstancias, los omniscientes druidas aconsejaron a cuantos se encontraban en tan apurada situación que echaran todo su oro y plata al lago, como tributo a los poderes subterráneos, poderes que eran señores de la enfermedad y de la muerte. En carros de ruedas de piedra llevaron hasta el lago las riquezas y las arrojaron en sus insondables aguas. A continuación los druidas trazaron un círculo mágico alrededor del estang. Todos los peces que allí había murieron, y sus aguas, de verdes, se tornaron negras. A partir de aquel momento las gentes se vieron curadas de la terrible enfermedad. Todo el oro y toda la plata será de aquel que sea capaz de romper el círculo mágico. Pero tan pronto como uno toque el tesoro, morirá de la misma enfermedad que arrebató en otros tiempos a los hombres antes de que echaran al lago su oro."
Siguiendo el camino, y pasando por la cumbre del Tabor, se adentra en las cuevas del Sabarthès, última morada de los cátaros, donde, lejos del mundo y ensimismados, meditan sobre la suprema Minne.
Las cuevas de Sabarthès son tan numerosas, que podrían albergar a toda una ciudad. Junto a las grandes cuevas que penetran leguas y leguas en las montañas existen también multitud de grutas y nichos formado por los salientes y entrantes de la roca.
Las paredes de estas grutas y nichos nos muestran aún con claridad dónde estaban encastrados los tirantes de carpintería y como existieron auténticas ermitas; pero de todo ello, debido al fuego y al paso de los siglos, sólo nos han quedado paredes calcáreas calcinadas por el fuego y corroídas por el tiempo, algunos restos de madera embetunados o carbonizados, unos dibujos y unas inscripciones.
El escarpado sendero discurre por entre los menhires, hasta llegar al gigantesco vestíbulo de la "catedral" de Lombrives. Esta es la entrada a un maravilloso reino subterráneo, donde la historia y la fábula han encontrado refugio ante un mundo que se ha hecho tan prosaico. El camino se adentra en las profundidades de la montaña por entre las estalactitas de cal blanca como el jazmín y por entre paredes de mármol pardo oscuro y de brillante cristal de roca.
Una sala de más de cien metros de altura era la auténtica catedral de los herejes. La tierra, hechura de Lucifer, había tenido que entregarles su morada más preciosa a fin de que pudieran presentir la hermosura que el artista de verdad había creado más allá de las estrellas. Para no olvidarse de ellas, ni del sol, ni del disco plateado de la luna, únicas "revelaciones" del dios que es amor y luz, una mano hereje los había dibujado en la pared marmórea de la cueva. El agua, gota a gota, sin interrumpir su ritmo, va cayendo al suelo desde la bóveda, perdida en la noche eterna. Aún hoy en día forma con sus estalactitas como bancos de iglesia para todos aquellos que desean detenerse en este mundo de maravilla.
Cuando hay tormenta en el valle de Ariège, toda la montaña retumba con el estrépito de las aguas que, precipitándose de forma atronadora, intentan abrirse camino a través de las porosidades calcáreas de la roca, Cuando Lucifer, el dios de la tempestad y de la muerte, abate sobre el mundo tembloroso su martillo chispeante, tiembla la montaña en sus cimientos.
Una escalera de piedra conduce de la catedral de los herejes a la otra parte de la cueva de Lombrives. Hasta el pie humano después de caminata de varias horas, se detiene aterrorizado ante un abismo de cientos de metros de profundidad.
Allí se encuentra un gigantesco bloque rocoso, sobre el que el agua, gota a gota, ha esculpido una maravillosa estalagmita en forma de maza, a la que los campesinos de Ornolac llaman la "Tumba de Hércules".
Hércules, después de haber robado los bueyes de Gerión, fue acogido en la "salvaje mansión" de Bebryx, rey de los berbices. Sedujo a su hija Pirene, abandonándola después. Esta, temiendo la cólera de su padre y anhelando volver a ver su amor, se escapó de su casa. Andando por los caminos del mundo, bestias feroces cayeron sobre ella. Pirene, indefensa, reclamaba a gritos la ayuda de Hércules; pero cuando éste llegó era demasiado tarde: ya había muerto. Al verla empezó a llorar. Sus gemidos hicieron temblar las montañas, y todas las rocas y cuevas repitieron como un eco el nombre de Pirene que él, entre sollozos, iba repitiendo. Luego la enterró. El nombre de Pirene no perecerá jamás, pues los montes llevan para siempre su nombre.
"Trono del rey Bebryx" y "Tumba de Pirene" son los nombres que llevan los tres soberbios grupos de estalagmitas que se encuentran en el corazón de la cueva de Lombrives, al borde de un lago lleno de misterios. El agua va cayendo sin cesar sobre la tumba de Pirene, como si la montaña llorara a la desdichada princesa real.
Montségur defendía el acceso al Tabor y a las cuevas de Ornolac, que a su vez se hallaban protegidas en el otro costado del Tabor por el castillo de Foix, la ciudad fortificada de Tarascon y las fortificaciones de los hijos de Balissena: Miramont, Calamés y Arnave. Los Hijos de Belissena vigilaban las vías de acceso al Tabor en Mirapoix, Montréal, Carcassonne, Rocafissada, Belastra, Quéribus y demás ciudades y castillos, cualesquiera que sean sus nombres.
En Montségur, los caballeros más nobles de Occitania protegían a la Iglesia del Amor. ¡Las montañas, en torno a las cuales y a lo largo de los milenios se había entretejido el mito y la fábula; las cuevas, en cuyo laberinto mágico pervivía el recuerdo de los antepasados y de las civilizaciones ancestrales; los bosques y las fuentes, en los que sabían inspirarse para sus cantos y oraciones, eran sagrados para los occitanos! El Tabor era su gran santuario nacional.
La noche de la caída de Montségur, un fuego se hallaba encendido en la cumbre nevada del Bidorta. No era una hoguera, sino un fuego de alegría. Cuatro cátaros, mostraban a los "perfectos" de Montségur, que se disponían a morir , que la Mani estaba a salvo.
En su condición de cátaros hubiera preferido, junto a sus hermanos, tomar el camino de las estrellas en la hoguera del Camp des Crémats. Cuando subían por el camino de los cátaros atravesando el "valle del encanto" y bordeando el lago de los druidas en su ascensión escarpada hacia el Tabor y el Bidorta, cuando, al norte, veían llamear las hogueras del Montségur, lo que ponían a salvo no era ni oro ni plata, sino el "Deseo del Paraíso".
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Los campesinos del pueblecito de Montségur, suspendido sobre la garganta del Lasset, cual nido de abejas al pie de las rocas sobre las que se asienta el castillo, cuentan que el domingo de Ramos, mientras que el sacerdote dice misa, el Tabor se rasga en un lugar oculto en la espesura del bosque. Allí es donde se encuentra el tesoro de los herejes. Pobre de aquél que no haya abandonado el monte antes de que el sacerdote entone el it misa est. Con estas palabras se cierra el monte, y quien busca el tesoro muere por las picaduras de las serpientes que lo guardan...
Los campesinos del Tabor no han olvidado este "tesoro", que no puede encontrarse sino cuando los demás están en la iglesia. La Inquisición, a pesar de su poder y crueldad, no pudo borrar el recuerdo de lo que aquellos montes habían contemplado hacía setecientos años.
Cruzada contra el grial