SIDDHARTA
H. Hesse
-¿Te cuentas también tú entre los que buscan, venerable, a pesar de tus muchos años y de llevar el habito de los monjes de Gotama?
-Aun siendo viejo, repuso Goyinda, no ceso de buscar. Jamás dejaré de hacerlo: ese parece ser mi destino. Y creo que tú también has buscado. ¿Quieres darme un consejo, venerable?
Siddharta declaro:
-Qué podría decirte, venerable? Quizá que has buscado con demasiado ahínco. Que a fuerza de buscar, no has podido encontrar.
-¿Cómo es eso? -preguntó Govinda.
-Cuando alguien busca -continuó Siddharta-, fácilmente puede ocurrir que su ojo sólo se fije en lo que busca; pero como no lo halla, tampoco deja entrar en su ser otra cosa; no puede absorber ninguna otra cosa, pues se concentra en lo que busca. Tiene un fin y este obsesionado con él. Buscar significa tener un objetivo. Encontrar, sin embargo, significa estar libre, abierto, no tener ningún fin. Tú, venerable, quizá eres realmente uno que busca, pues persiguiendo tu objetivo, no ves muchas cosas que están a la vista.
-Todavía no te comprendo muy bien, -objetó Govinda-. ¿Qué quieres decir?
Y Siddharta contestó:
-Hace tiempo, venerable, hace muchos años, que ya estuviste aquí una vez, Junto a este río, y en su ribera hallaste a una persona durmiendo; entonces te sentaste a su lado para velar su sueño. Pero no reconociste a la persona que dormía, Govinda.
Asombrado y como hechizado, el monje miró a los ojos del barquero.
-¿Eres tú, Siddharta? -preguntó con voz temblorosa-. Tampoco esta vez te habría reconocido! ¡Te saludo de corazón, Siddharta, y me alegra profundamente volverte a ver! Has cambiado mucho amigo... ¿ Así qué te has convertido en barquero?
Siddharta sonrió amablemente.
-Pues sí, en barquero. Hay quien debe llevar muchos hábitos, y yo soy uno de ellos, amigo. Bienvenido seas, Govinda, y quédate esta noche en mi choza.
Govinda pasó aquella noche en la cabaña, y durmió en el lecho que antes fuera de Vasudeva. Interrogó mucho a su amigo de juventud, y Siddharta se vio obligado a contarle su vida.
La mañana siguiente, cuando llegó la hora de partir, preguntó vacilante Govinda:
-Antes de continuar mi camino, Siddharta, permíteme hacerte una pregunta.
¿Tienes una doctrina? ¿Tienes alguna fe o creencia que sigues, que te ayuda a vivir y obrar bien?
Siddharta declaró:
-Bien sabes, amigo, que ya de joven, cuando vivía con los ascetas en el bosque, desconfiaba de las doctrinas y los profesores y les di la espalda. No he cambiado de opinión. Sin embargo, he tenido muchos maestros desde entonces. Incluso una bella cortesana fue mi instructora por largo tiempo, así como un rico comerciante y unos jugadores de dados. También lo ha sido en una ocasión un discípulo de Buda; estaba sentado a mi lado, en el bosque, cuando yo me había adormecido en mi peregrinar. También de él aprendí, y le estoy agradecido de corazón. Sin embargo, de quien más aprendí fue de este río y de mi antecesor, el barquero Vasudeva. Era una persona muy sencilla; no se trataba de ningún filósofo, ya pesar de ello, sabía tanto como Gotama: era un perfecto, un santo.
Govinda exclamó:
-¡Tal parece, Siddharta, que aún te gusta bromear! Te creo y sé que no has seguido a ningún profesor. ¿Pero tú, con tus conocimientos y razonamientos, no has encontrado esta doctrina que te ayuda a vivir? Si quisieras explicarme alguna de esas teorías, alegrarías mi corazón.
Siddharta repuso:
-Si, he tenido ciertos conocimientos y pensamientos en los que me he concentrado de vez en cuando. A veces durante una hora, o durante todo un día. He tenido conciencia de estos conocimientos, en la misma forma en que a veces percibimos los latidos del corazón. He pensado mucho, pero me sería difícil comunicarte algunos de esos pensamientos. Sin embargo, lo que más se me ha grabado, Govinda, es el siguiente razonamiento: La sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un sabio intenta comunicar suena siempre a simpleza.
Esto es lo que he descubierto.
-¿Bromeas? -inquirió Govinda.
-No. Digo lo que he encontrado. El saber es Comunicable, pero la sabiduría no. Puede, vivirse, nos sostiene, hace milagros; pero nunca se puede explicar ni enseñar. Esto es lo que ya de joven sospechaba, lo que me apartó de los profesores. He encontrado otra idea que tú, Govinda, seguramente tomaras por broma o chifladura, pero en realidad se trata de mi mejor pensamiento. Es éste: ¡Lo contrario de cada verdad es igualmente cierto! O sea: una verdad sólo se puede pronunciar y expresar con palabras si es unilateral. Y unilateral es todo lo que se puede expresar con pensamientos y declarar con palabras. Unilateral es todo lo mediocre, todo lo que carece de integridad, de redondez, de unidad. Cuando el venerable Gotama enseñaba al mundo por medio de palabras, lo tenía que dividir en SANSARA y NIRVANA, en ilusión y verdad, en sufrimiento y redención. No hay otra alternativa para quien desea enseñar. No obstante, el mundo, mismo, lo que existe a nuestro alrededor y en nuestro propio interior, nunca es unilateral. Jamás un hombre o un hecho es del todo SANSARA o del todo NIRVANA, nunca un ser es completamente santo o pecador. Creemos que así es porque tenemos la ilusión de que el tiempo es algo real. Y el tiempo no es real, Govinda. Lo he experimentado muchísimas veces. Y si el tiempo no es real, también el lapso que parece existir entre el mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y la bienaventuranza, entre lo malo y lo bueno, es una ilusión.
-¿Que quieres decir? -preguntó Govinda perplejo.
-¡Escucha bien, amigo, escucha bien! El pecador, que lo somos tú y yo, es pecador, pero algún día volveré a ser Brahma, alcanzará el nirvana, seré Buda... pero fíjate bien: ese "algún día" es una ilusión. ¡Es sólo metáfora! El pecador no está en camino hacia el Buda, no está evolucionando, aunque no nos lo podamos imaginar de otra forma. No; en el pecador, ahora y hoy, ya está presente el Buda, su futuro ya vive en él. El Buda en potencia que se alberga en el interior de cada persona, en ti, en mí, debe ser reconocido y respetado. El mundo, amigo Govinda, no es imperfecto, ni se encuentra evolucionando lentamente hacia la perfección. No, él es perfecto en cualquier momento. Todo pecado ya lleva en sí el perdón; todos los lactantes, la muerte; todos los moribundos, la vida eterna.
Ningún ser humano es capaz de ver en qué punto del camino se hayan los otros: En el ladrón y en el jugador está el Buda; en el brahma, existe el ladrón. Al meditar profundamente, existe la posibilidad de anular el tiempo, de ver toda la vida pasada, presente y futura a la vez, y entonces todo es bueno, perfecto: es brahma. Por ello me parece que todo lo que existe es bueno: tanto la muerte como la vida, el pecado o la santidad, la inteligencia o la necedad: todo necesita únicamente mi afirmación, mi conformidad, mi comprensión amorosa: entonces es bueno para mí y nada podrá perjudicarme. He experimentado en mi propio cuerpo, en mi misma alma, que necesitaba el pecado, la voluptuosidad, el afán de propiedad, la vanidad, y que precisaba de la más vergonzosa desesperación para aprender a vencer mi resistencia, para instruirme a amar al mundo, para no comprarlo con algún mundo deseado o imaginado, regido por una perfección inventada por mí, sino dejarlo tal como es, amarlo y sentirme feliz de pertenecer a él. Estos son, Govinda algunos de los pensamientos que he tenido.
Siddharta se inclinó, levantó una piedra del suelo, y la sostuvo en las manos.
-Esto -declaró mientras la manipulaba- es una piedra y dentro de poco tal vez se convierta en polvo, en tierra, de allí pasará a ser planta o animal o quizá un ser humano. En otro tiempo hubiera dicho: "Esta piedra sólo es piedra, sin ningún valor, pertenece al mundo de Maya; pero como en el círculo de las transformaciones también puede llegar a ser un ente humano y un espíritu, y por ello es valiosa." Así habría pensado en otro tiempo. Pero ahora pienso: "Esta piedra es una piedra, al mismo tiempo es animal; también un dios, también un Buda; no la venero ni la amo por lo que algún día podría llegar a ser, sino porque ya es y siempre ha sido todas estas cosas, desde siempre. Y precisamente esto que ahora se me presenta como una piedra, que ahora veo en forma de piedra, merece mi amor por ser lo que es. Le doy valor y sentido a cada una de sus líneas y huecos, a sus colores, a su dureza, al sonido que produce cuando la golpeo, a la sequedad o humedad de su superficie.
Hay piedras que al tocarlas parecen aceite o jabón, y otras semejan hojas o arena, y cada una es diferente y venera al OM a su manera; cada una es Brahma, pero a la vez es una piedra, cualesquiera que sea su textura, y esto es precisamente lo que me complace y me maravilla y es digno de admiración. Pero no hablaré más sobre esto. Las palabras no expresan bien los pensamientos: en cuanto se pronuncia algo, ya cambia un poquito, se distorsiona, pierde sentido. Y también esto es bueno y me parece justo, que la sabiduría y tesoro de una persona parezca necedad y locura a otra".