MONTSEGUR
Miguel Serrano
En el atardecer, el caballero logró encontrar a Sans Morlane. Le halló en la catedral, hacia la entrada de la nave izquierda, parado sobre la losa de una tumba. Estaba embozado en una capa azul.
-Me han dicho que tú podrás ayudarme a entrar a Montsegur.
-¿Eres por acaso un cátato? ¿Has recibido el consolamentum?
-No, pero he tenido un sueño de amor. He visto a mi amada al otro lado de un puente levadizo, junto a la entrada de un castillo, que tiene cinco puertas, y ella me decía algo cuyo secreto deberé guardar. Sé que tendré que cruzar ese puente, antes de que las cinco entradas se cierren en definitiva.
-Montsegur sólo tiene dos entradas, una al Norte y otra al Sur. Realmente, tiene una sola, pues la del Norte está reservada para los Perfectos.
-Dos nombres he escuchado en sueños: Montabor y Montsegur...
-¿Eres un cátaro?
-Si no lo fuera, ¿cómo conocería tu nombre? ¿Cómo sabría que estás muerto y que ahora te hallas parado sobre la losa de tu tumba?
-Tienes razón. Sólo alguien que viva en el futuro, que venga a visitamos desde el futuro y ya no nos pueda hacer daño. Ve a Fanjeaux, busca allí al último cátaro. Le encontrarás setecientos años más tarde. Se llama Roques Marceau. Y, si puedes, ve también a Esclermunda. En verdad, ella es una paloma.
El caballero abandonó la ciudad de Carcasona, llena de flores y cantos de ruiseñor, para alcanzar hasta Fanjeaux, cubierta de nubes bajas, con ruido de armas y una pesada atmósfera de guerra. En una calleja perdida, encontró al último cátaro, Roques Marceau. Le miró a los ojos y no necesitó decirle nada. El hombre le reconoció.
-En alguna parte nos hemos visto -dijo-. ¿Vienes a que te haga el horóscopo, o a que trace los colores de tu alma? El mozuelo no está conmigo esta vez para pasarme los pinceles.
-No, sólo vengo a que me señales el camino de Montsegur.
-De nuevo preguntas por un monte. Te lo dije ya en alguna parte, Montsegur no está afuera, sino dentro de ti. ¿Por qué sigues buscando en lo externo?
-Debo ir. Además, deseo ver a Esclermunda, si esto aún fuera posible. Dicen que ella construyó Montsegur.
-Siguiendo el camino de los sueños -dijo el último cátaro. Le guió por unas callejuelas hasta el lugar donde setecientos años atrás se levantara el castillo de Fanjeaux, en la Rúa de Castello.
-¡Pura ruina! ¡Nada queda ya, ni una piedra sobre piedras!
-Es que has regresado muy tarde, cuando han transcurrido siglos desde que el castillo de Montsegur fuera tomado y destruido...
-A veces creo estar soñando. No sé si he soñado el pasado o el futuro.
-Escucha, ya que has venido nuevamente, te revelaré el secreto. Allá, en la base del monte, en un recinto sombrío, en una celda cuadrangular, duerme, desde tiempos inmemoriales, una bella mujer. Nadie la ha despertado. Se dice que los Perfectos la mantienen dormida a la espera de alguien que vendrá de lejanas tierras y tiempos. Cuando despierte, se destruirá Montsegur y los Perfectos perecerán en el fuego.
-Vengo a luchar por Montsegur. No seré yo quien despierte a esa dormida.
-Los Perfectos saben lo que hacen, no se equivocan. Son dirigidos desde afuera de ellos mismos, por alguien que les piensa o sueña. Tal vez por la Dama que duerme. La destrucción de Montsegur es su triunfo. ¡Ve y despierta a la Dama! ¡Salva a Montsegur!
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El caballero partió solo y se perdió en los montes. Encontró una gruta y se refugió en ella. Allí permaneció días, tal vez meses.
Hasta la gruta llegó el trovador, trayéndole alimento. Fue su compañero invisible.
-Has hecho bien en venir a una gruta. Los Perfectos han grabado signos en estos muros. Mira ese pez, esa paloma, y ese rostro.
El caballero descubrió el rostro en la roca de la gruta, en el lugar más sombrío. Era un rostro de mujer, con los cabellos sueltos y, en su mirada, en todo, tenía un toque primigenio que le llenaba de recogimiento. El diseño del rostro estaba realizado por las hendiduras y promontorios en la húmeda roca. Tal vez fuera dibujado por los hielos de una edad perdida, o por hombres de una raza muerta. Había algo que impulsaba a adorarlo. Hizo su santuario de ese rincón de la gruta.
Lejos, se deslizaba el torrente. En la soledad de las noches oía voces, como venidas de un tiempo lejanísimo. Las palabras le eran incomprensibles, pero estaban allí, como suspendida en el aire húmedo.
El caballero empezó a vivir en sueños. El aire enrarecido de la caverna era propicio a las alucinaciones. Le pareció que una mujer entraba a la gruta. No tenía rostro. Caminaba hasta el fondo, tomaba el rostro de la roca y se lo colocaba sobre el cuerpo.
-Ahora puedo hablarte, porque tengo boca -dijo, con majestad-. Puedo hacerlo en nombre de todos ellos, porque soy el Maestro de sus Maestros. Los Perfectos me pertenecen totalmente. Vengo de lejos. Con los cátaros y los trovadores me estoy apoderando de toda esta región. Soy la Madre. Sólo yo conozco el secreto.
-Me parece que ya he oído en algún otro lugar esas palabras -replicó el caballero-. Mejor será que pregunte directamente a los Perfectos.
"Apresúrate", le dijo una voz, parecida a la del trovador, "porque luego, cuando todo desaparezca, lo que ocurrirá muy pronto, ya no habrá ningún medio de enterarse de la verdad. Nadie sabrá quiénes fueron realmente los Perfectos, ni qué fue con certeza Montsegur".
El caballero salió de la gruta y llamó a voces al trovador. Los ecos del monte le respondieron. Esa noche durmió de bruces sobre la hierba.
De amanecida, el trovador le trajo leche de cabras montaraces.
-¿Dónde te ocultas? Te he llamado a gritos. ¿Sabes cuánto tiempo más deberé penar en esta gruta? Debo ir a Montsegur. Se me ha dicho que me queda poco tiempo, que el castillo está sitiado.
-Se dice que la preparación dura veinte años... ¿Cuánto llevas aquí?
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Ella dormía, se dice, desde hace siglos, en la base de la montaña donde se edificara el castillo de Montsegur. Allí la encontraron los Perfectos, y la dejaron dormir porque sabían que al despertarla vendría el fuego que devoraría el castillo y sus celdas. Sin embargo, esperaban el acontecimiento con serenidad, en ese especial estado que produce el amor fati.
El castillo tenía un corredor secreto que se comunicaba con la base de la montaña. Abajo, sobre un lecho de piedra, en una habitación cuadrada, dentro de un círculo, sumergida en una substancia especial, cubierta con un velo transparente, como de novia, ella dormía. Cruzaba sus manos sobre el pecho v sus bucles le bajaban hasta la cintura. Sus pies de nieve estaban desnudos y de toda ella se desprendía una vibración que quemaba como el hielo. Era esto lo que hacía conocer que no estaba muerta, sino dormida.
A mitad de la noche, a veces, se levantaba sin hacer ruido y ascendía dormida el largo corredor en espiral, hasta llegar a la cumbre del monte. Los Perfectos, que vigilaban estáticos, sabían de inmediato que ella se había levantado de su lecho, de su tumba, en el fondo de la montaña y que venía subiendo. No hacían ni decían nada. Unicamente aumentaban su concentración. Adentro del castillo más de un caballero, más de un servidor, sentiría pasar una sombra blanca por las habitaciones, la vería acercarse un instante al fuego de la gran sala, como queriendo calentar sus miembros, para seguir de largo por los corredores apenas iluminados por las estrellas, hasta ir a detenerse junto a un centinela de guardia en una encumbrada torre. Más de uno suspiraría en sueños al sentirla pasar.
Y en la torre más alta, ella atisbaba las distancias con sus ojos que no ven, recorriendo el valle, la selva, para descubrir si su caballero vendría al fin.
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Llegó el fin de las nieves en los Pirineos. El caballero salió de la gruta y fue hacia Montsegur. Su corazón conocía ya el rumbo. No podía errar.
Por el camino, se le unió el trovador. El caballero le saludó, diciéndole:
-¡Vamos al combate! ¡Vamos a destruir en nosotros todo lo que puede perecer! Canta una canción que nos ayude a cruzar las filas de los ejércitos enemigos.
Subieron el sendero del monte hasta la empinada cumbre, y se encontraron frente a la entrada del castillo de Montsegur.
Al otro extremo, en el umbral, le esperaba ella.
-Yo soy tú -le dijo.
Y él pudo cruzar ahora ese umbral.
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Le fue mostrando las celdas, las disposiciones de las torres, los corredores secretos. También le enseñó el recinto en la base del monte, donde guardara por edades el tesoro de los cátaros.
Desde las altas almenas le señalaba las cumbres y los valles. En la luz mortecina del crepúsculo, le explicaba:
-El sol se pone sobre estas cimas que por siglos fueran refugios de hombres puros y de magos. Cuando las grandes aguas desbordadas sumergieron el continente central de los hombres dioses, cuando la tercera luna cayó sobre la tierra, aquí se guardaron las claves Salvadas del Diluvio. Ellas van circulando de mundo en mundo. Lo que se ha llamado Grial, es una piedra celeste que cayó sobre nuestro astro. De mano en mano ha ido el tesoro. Vino de Oriente, salió por la puerta sur de un templo, o de una montaña. En el talismán está grabado el secreto en lengua indescifrable, con signos desconocidos. Cuando Montsegur caiga y el talismán sea llevado a tierras más lejanas, su vibración, su no revelada historia, transformará el alma de los peregrinos que aún visiten estas ruinas...
La delicada mano, se levanta contra el sol del atardecer, para señalarle las distintas cumbres:
-Allá se encuentran las cavernas y la Montaña Negra, donde se prepara a los buscadores. Nos separa de ese otro monte el Lago de la Muerte. Cuando Montsegur sea consumido por el fuego, el tesoro deberá ser transportado de centro en centro, hasta alcanzar un día la montaña que hay en Venus, su último refugio, donde reconstruiremos, con un trozo terrestre, la Corona, tal como fuera de hermosa antes de romperse...
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Muchas veces recorrió el castillo, desde su base subterránea hasta las almenas más empinadas, pero nunca cruzó la puerta del Norte.
-Conozco ya bien este castillo -dijo-; lo he recorrido muchas veces; me siento un prisionero, como si al ir y venir, me estuviera topando en un punto alto, en una última almena. Antes de la batalla final, pienso que debería cruzar la puerta del Norte y visitar a los Perfectos, para que ellos me preparen. Llévame a cruzar esa puerta...
Ella le guió hasta el umbral de la puerta Norte del castillo.
Y él supo que debería continuar solo.
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Junto al abismo, había un aire seco y transparente. Un pequeño hacinamiento de cabañas entre ralas verduras y piedras. Un rocío de luz morada y una tenue brisa.
Aún había nieve en la cima. Avanzó hacia una cabaña al borde del precipicio. No tenía ventanas y su angosta puerta estaba abierta. Una como luz violenta le hizo detenerse en el umbral. Sentado sobre el suelo, con el busto erguido, y las piernas cruzadas, se hallaba el Perfecto. Tenía los ojos abiertos e inexpresivos; una sonrisa, no de la boca, sino de la luz que le envolvía y que él mismo proyectaba, parecía estar insinuándose. Tal vez no se encontraba allí, porque cuando habló, su voz no se escuchó en sus labios, que permanecían inmóviles, sino un poco hacia el techo de la cabaña:
-Diaus vos benesiga.
Permaneció largo rato en silencio. Le costaba hablar. La lengua y los labios se hacían como de piedra.
-Quiero saber, -dijo al fin- ¿dónde estamos?
-¿No comprendes, viajero -respondió la voz- que visitas una ruina de un castillo destruido hace setecientos años, que todo lo que dentro del castillo has visto no es sino la sombra de algo que fue en la tierra y que ahora se transporta en la luz de un astro? Allí también voy. En verdad, tú has venido en el futuro. Debo admirarme de que hayas podido cruzar los enrevesados planos de la luz. Te has extraviado, o te has transplantado a un tiempo paralelo, donde también existe Montsegur y se cumple eternamente la historia análoga de su caída; pero con una intensidad diferente. Hay tiempos paralelos, hay planos que no se tocan, aun cuando se entreveren, hay acontecimientos semejantes, simultáneos, como ecos de campanas dentro de universos cerrados y que no se afectan mutuamente. Así, aquello que aconteció en la tierra, ha tenido existencia anterior, o simultánea, en alguna otra concentración de la luz, de un modo parecido, pero a la vez diferente. Allí estamos, entonces, tú y yo, en aquel otro drama de Montsegur, igual, pero distintos adentro.