LA TEOLOGÍA CATARA DE LOS DOS PRINCIPIOS

 

    Del catarismo quedan pocos documentos, debieron ser bastante numerosos, pero debido a las persecuciones que sufrieron desaparecieron su gran mayoría. Sin embargo se han conservado dos tratados dogmáticos y dos rituales. Uno de estos tratados, conservado en Florencia, es un manuscrito latino de los años de 1260 aproximadamente, resumen de una importante obra que el doctor cátaro Juan de Lugio, de Bérgamo, había compuesto en 1230: El libro de los dos Principios.

    Así pues, los cátaros no pueden concebir que un Ser único haya podido crear al mismo tiempo el Reino incorruptible, en el que no hay lugar para el Mal, y el Mundo transitorio en el cual el Mal se manifiesta. Lo que supone, por consiguiente, dos principios creadores distintos y opuestos.

    - Por un lado, las realidades espirituales, invisibles y eternas: es el Reino del Dios bueno, del «Dios legítimo», del «Dios vivo y verdadero», del «Dios de Justicia y de Verdad» del que emanan las almas «como los rayos emanan del sol». Este Reino es «la Tierra nueva y el Cielo nuevo» de los que habla San Juan en su Evangelio y en el Apocalipsis; «nuevos», es decir «otros», absolutamente diferentes, en esencia, de la tierra y del cielo visibles.

    - Por otro lado, ese mundo visible, conjunto de realidades materiales y temporales, condenadas a la corrupción y a la destrucción. En este Mundo es donde se manifiesta el Mal: los cuerpos de carne conocen el sufrimiento, la degradación, la muerte; todos los vicios, todas las desgracias, todos los males van unidos a la condición material. San Juan lo dijo: el Mundo «se asienta todo él sobre el Mal».

    Podríamos multiplicar hasta la saciedad las citas del Nuevo Testamento tomadas por los cátaros para apoyar esta oposición fundamental entre el Mundo y el Reino: «Lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno», «El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán», «Mi Reino no es de este Mundo», «Yo no soy de este Mundo».

    Esta creencia fundamental del catarismo se apoya en tres tipos de argumentos:

    - Un argumento de pura lógica formal sacado de Aristóteles: «Los principios de los contrarios son contrarios. El Bien y el Mal son contrarios; tienen, pues, principios contrarios». Y para corroborar este argumento, los cátaros citan el Evangelio de San Mateo: «Un árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni uno malo frutos buenos».

    - Otro argumento escriturario, es decir sacado de las Escrituras, en este caso del tercer versículo del Evangelio de Juan: Per ipsum omnia Jacta sunt, et sine ipso nihil Jactum est. Los católicos lo traducen: «Todo ha sido hecho por Él (Dios) y nada se ha hecho sin Él», pleonasma negado por los cátaros. Ellos lo traducen por: «Sin Él se ha hecho la Nada». Es decir, claro está, el Mundo visible. Interpretación ésta, que suscitó en su época muchas polémicas, para saber si el latín nihil adverbio negativo, podía ser también substantivo. No, decían los doctores católicos. Sí, decían los cátaros, que encontraban numerosos ejemplos en el Nuevo Testamento.

    Pero tropezaban con una dificultad: San Juan dice que Dios ha creado TODO ¿Cómo imaginar, entonces, otra Creación, hecha SIN ÉL, aunque fuera la Nada? Los cátaros argumentaban que TODO no tiene siempre el mismo significado en el Nuevo Testamento: que cuando Juan dice que Dios ha creado Todo, hay que entender «la totalidad invisible», la Creación Buena (omnia invisibilia), pero que hay también una totalidad visible (omnia visibilia) que Dios no ha creado. Prueba de ello es que las Escrituras dicen también: «Todo es vanidad». Entonces no puede tratarse del mismo TODO, pues Dios no hubiera creado una totalidad vana. Así pues, hay una Mala Creación, que tiene su propio principio.

    - El tercer argumento es de naturaleza existencial: es el negar, de manera casi visceral la creencia de que un Dios, todo bondad, haya podido crear las condiciones que permiten al Mal manifestarse, es decir la materia y el tiempo, o sea el Mundo. Para los católicos, al ser Dios todopoderoso, el mal puede formar parte de sus designios impenetrables. Los cátaros invertían, en cierto modo, la jerarquía de los atributos divinos.

    Sí, Dios es todopoderoso, dicen, pero sólo en el Bien, pues todo su poder está limitado por su bondad infinita. Puesto que Él es todo Amor, no puede permitir el Mal sin contradecirse o renegarse.

    Esto presupone la existencia, distinta de Dios, de un principio creador del Mundo en el cual se manifiesta el Mal. Pero distinto no quiere decir semejante. Ese principio es increado y es co-etemo del Dios bueno. Mas no es un «Dios Verdadero». A veces es llamado el «Dios extraño», pero no se ha de poner en el mismo plano que el Otro. Es el Príncipe de este Mundo, el Príncipe de las Tinieblas, el Enemigo Malo. Mas no tiene la existencia absoluta que sólo el Dios Verdadero posee. Es el principio negativo, corruptor, destructor y no «creador» en el verdadero sentido.

    Su «creación» debe comprenderse como una tentativa permanente de destrucción de la Buena Creación: frente al Espíritu, él «inventa» la Materia, para precipitar la caída del Espíritu, atrayéndolo. Frente a la Eternidad «inventa» el Tiempo, para que todo se corrompa al durar. Su finalidad es que el Reino se hunda y se descomponga en el Mundo. Es un poder puramente «destructor», que al oponerse a Dios, es, en cierto modo, su envés, pero de ninguna forma, su igual, ni en valor, ni en Ser.

    Así es como los catáros explicaban la experiencia del Mal y, sobre todo, de la «gravedad» del Mal.