LA CRUZADA CONTRA EL CATARISMO
Muy pronto, la Iglesia romana se puso en guardia para poner obstáculos al desarrollo de una religión que, al mismo tiempo se oponía al dogma oficial, y por otro lado amenazaba a esta Iglesia hasta en lo más profundo de sus estructuras y de sus instituciones. Los cátaros, claro está, no pagaban el tributo a una Iglesia que consideraban como la Iglesia del Diablo, puesto que al adorar al Dios del Génesis, adoraba al creador del Mundo visible.
En los lugares en los que los poderes secundaron a los de Roma, la represión fue terrible. Sin embargo, allí donde la feudalidad y los cónsules urbanos se negaron a asociarse a la represión, el catarismo pudo desarrollarse casi libremente, y llegó a institucionalizarse. Tal fue el caso de Bosnia, de las ciudades lombardas y del Languedoc. Allí ya no se trataba de «sectas» entregadas al suplicio en cuanto se las descubría y se localizaban; sino de una verdadera «contra-Iglesia» que se oponía abiertamente a Roma, que se organizaba, y que tenía sus propias estructuras económicas y sociales. En suma, un mundo nuevo que amenazaba con suplantar al orden establecido.
La represión del catarismo en el Languedoc fue una inmensa tragedia. La magnitud de los acontecimientos tuvo consecuencias políticas que constituyen una importante página de la historia del país de Oc y de Francia, puesto que terminó entregando a la corona de los Capet todo el Languedoc, que en aquella época se sentía más atraído por Barcelona que por París. Ardientemente deseada por el papa Inocencio III desde 1198, la «Cruzada contra los Albigenses» se puso en marcha en 1209. Durante nueve años los barones del Norte, conducidos por Simón de Montfort entraron a sangre ya fuego por todo el país, arrojando a las hogueras a los Perfectos y Perfectas, diezmando a la población sin distinción de religión e incautándose de las tierras conquistadas. Sólo un príncipe católico intervino contra ellos: Pedro II, rey de Aragón, conde de Barcelona. Pero fue muerto en la batalla de Muret, en 1213, y Simón de Montfort fue proclamado por Roma Conde de Toulouse.
De 1216 a 1224 los señores occitanos emprendieron una guerra de liberación que les permitió recuperar sus dominios: el catarismo volvió a ocupar el lugar que antes tuviera. Pero la cruzada del rey Luis VIII, en 1226 condujo a la irremediable derrota de los señores occitanos, corroborada en 1229 por el Tratado de París que reconocía la conquista y la anexión. La Inquisición tomó el relevo de los caballeros del Norte instituyendo la caza de Perfectos y Perfectas. Necesitó un siglo entero para desemboscarlos, capturarlos y quemarlos uno a uno; para desmantelar su Iglesia y extirpar de las mentes y de los corazones la religión de los Dos Principios. Pero el catolicismo tuvo también una acción espiritual. Se crearon para este menester, las órdenes mendicantes, Dominicos y Franciscanos, que proponían a las gentes de fe un modelo de vida apostólica, que no hallaban antes nada más que en el catarismo, y les daba la posibilidad de «tener un buen fin» sin apartarse de la Iglesia romana. En Italia también el catarismo terminó por extinguirse en el siglo XIV, bajo los efectos combinados de la violencia inquisitorial y el atractivo que ejercían los conventos de los nuevos monjes.