LA EDAD DE SOMBRA
René Guénon
La doctrina hindú enseña que la duración de un ciclo humano, al que da el nombre de Manvantara, se divide en cuatro edades, que marcan otras tantas fases de un oscurecimiento gradual de la espiritualidad primordial; son esos mismos períodos que las tradiciones de la antigüedad occidental designaban por su parte como edades de oro, de plata, de bronce y de hierro. Al presente nos encontramos en la cuarta edad, el Kali-Yuga o "edad de sombra"; y nos encontramos en ella, dicen, desde hace ya más de seis mil años, es decir, desde una época muy anterior a todas las que son conocidas por la historia "clásica". Desde entonces, las verdades que en otros tiempos eran conocidas por todos los hombres se han hecho cada vez más ocultas y difíciles de alcanzar; los que las poseen son cada vez menos numerosos, y si el tesoro de la sabiduría "no humana", anterior a todas las edades, no puede perderse jamás, se rodea de velos cada vez más impenetrables, que lo disimulan a las miradas y bajo los cuales resulta extremadamente difícil de descubrir. Por esto es por lo que por todas partes se trata de algo que se ha perdido -al menos en apariencia y en relación con el mundo exterior- y que deben reencontrar aquéllos que aspiran al verdadero conocimiento; pero se dice también que lo que así está oculto se hará visible al final de este ciclo, que será al mismo tiempo, en virtud de la continuidad que liga todas las cosas entre sí, el comienzo de un ciclo nuevo.
El mundo moderno, ¿irá hasta abajo de esta pendiente fatal, o bien, como ha ocurrido a la decadencia del mundo grecolatino, se producirá un nuevo enderezamiento también esta vez, antes de que se alcance el fondo del abismo hacia el que se ve arrastrado? Parece que una parada a medio camino no sea ya apenas posible, y que, después de todas las indicaciones suministradas por las doctrinas tradicionales, hayamos entrado verdaderamente en la fase final del Kali-Yuga, en el período más sombrío de esta "edad de sombra", en este estado de disolución del que no es posible salir más que mediante un cataclismo, porque no es un simple enderezamiento lo que es va necesario, sino una renovación total. El desorden y la confusión reinan en todos los dominios; han sido llevados a un punto tal que superan con mucho todo cuanto se había visto precedentemente, y, surgidos del Occidente, amenazan ahora con invadir el mundo entero. Nosotros sabemos que su triunfo no puede ser jamás más que aparente y pasajero, pero, en un tal grado, parece ser el signo más grave de todas las crisis que la humanidad haya atravesado en el curso de su ciclo actual. ¿No hemos llegado a esa época anunciada por los Libros sagrados de la India, "en que las castas serán mezcladas, en que la familia misma ya no existirá"? Basta con mirar alrededor de sí para convencerse de que este estado es realmente el del mundo actual, y para comprobar por todas partes esa decadencia profunda que el Evangelio llama "la abominación de la desolación". No hay que disimular la gravedad de la situación; conviene enfrentarse con ella tal como es, sin ningún "optimismo", pero también sin ningún "pesimismo", puesto que, como decíamos con anterioridad, el fin del viejo mundo será también el comienzo de un mundo nuevo.
La crisis del mundo moderno