En Defensa
de la Pequeña
Empresa
La pequeña empresa española se
está hundiendo. La injusta competencia de los colosos
-ya sean hipermercados o grandes almacenes-,
la aplastante política de impuestos y la creciente inseguridad social,
son las causas del inexorable empobrecimiento de los pequeños empresarios.
Las repercusiones de estas tres amenazas no
tardan en hacerse notar. El pequeño
propietario se encuentra cada vez con mayores
dificultades, no sólo para vender su producto o servicio, sino para
conseguir el más modesto crédito bancario. Y por si fuera
poco, en el caso de las empresas de servicios, es ahora cuando más
tienen que invertir en su propio negocio instalando sistemas de seguridad
costosísimos que le defiendan de una plaga delictiva que el Estado
no es capaz de fumigar.
Los delincuentes. Tampoco cuenta con la libertad
de otros gremios para encajar la subida
de costes. Y tampoco posee el espíritu
de unión que tienen los obreros de fábrica, ni el poder de
disuasión de un gremio sindicado.
Sin el vigor económico de un gran potentado
industrial y sin la capacidad de organización
de otras clases más modestas, el pequeño
empresario va perdiendo su papel en la economía nacional para dar
paso a la super-empresa comunal que absorbe por igual productos, que servicios
que al pequeño empresario, ahora trabajador asalariado.
No debe ser así. Las razones que empujan
a defender a la pequeña empresa no nacen de
un simple prurito de defender ìal débil
contra el fuerteî, ni por rutinaria oposición a la política
del Gobierno. A la pequeña empresa se le debe defender como se debería
defender la independencia económica de un pueblo. Si es necesario
revolverse contra el sistema económico, se le combate. Lo importante
es mantener con vida estas pequeñas unidades de producción
que al igual que todos los engranajes de una máquina económica,
cumple con su función y son indispensables como cualquier otra ocupación.
Aquí se exponen las características
más singulares de lo que es una pequeña empresa, los
virus que la amenazan y las respuesta que
el Estado (el Gobierno) debería dar a esta situación. Dado
que la pequeña empresa agraria o marítima es de vital importancia
para la economía, sólo ser mencionada a modo de comparación
puesto que este tipo de empresas necesitan un tratamiento más cuidadoso,
más especializado y, sobre todo, más extenso.
En lo que toca a la pequeña empresa
de producción o de servicios, es el objeto
fundamental de estas páginas. La pequeña
empresa es la célula primordial de la economía y deber del
Estado y de la sociedad es defenderla.
¿QUÉ ES UNA PEQUEÑA EMPRESA?
Dejando de lado las definiciones jurídicas
sobre lo que es una pequeña empresa, hay que
entenderla como la propiedad trabajada y administrada
directamente por el dueño. Así, la pequeña empresa
vendría a ser el minifundio, los establecimientos de servicios al
detal, los pequeños talleres y algunas profesiones liberales. La
frontera entre una pequeña empresa y una grande no seria,
pues, una frontera jurídica sino social. Una cooperativa agraria,
de esas que fundan los agricultores para elaborar, envasar y comercializar
- sus productos, tiene todas las características de una pequeña
empresa sin llegar a serlo en términos mercantiles. La pequeña
empresa se diferencia de la gran empresa en que el productor, el
propietario, el trabajador o el comerciante
están vinculados a su trabajo por nudos
afectivos. Del mismo modo que un artesano
contempla la obra acabada como extensión de su voluntad, el pequeño
propietario gestiona su negocio como extensión de su personalidad.
No es cuestión de citar aquí la postura de éste o
aquel filósofo corroborando la propiedad como extensión del
hombre, ya que cualquier individuo ha sentido alguna vez el gusto por la
obra salida de sus propias manos. Cultivar y recolectar hortalizas tendría
entonces una valoración similar que venderlas en las fruterías
populares, a expensas de que el primero sea un productor y el segundo el
vendedor de un servicio. (Sabemos que en los pueblos pequeños productor
y vendedor son la misma persona). Tampoco es hora de analizar cual de los
dos es más vital para la comunidad. Nuestro interés está
en descubrir. las peculiaridades de la pequeña empresa.
La pequeña empresa tiene la virtud de
otorgar al propietario un cierto sentido de
participación en la sociedad. El individuo
puede disponer de su albedrío mejorando la producción, organizando
su negocio o acercándose al consumidor y advirtiendo sus gustos
y necesidades. Toda decisión nace en el propietario y es ejecutada
por el
propietario. En todo caso, entre la decisión
y la acción no llegan a mediar más de dos o tres personas,
generalmente conocidas entre sí.
El pequeño empresario no siente la molicie
que puede sentir el trabajador de una gran
empresa que comúnmente no sabe de dónde
vienen las decisiones ni por quién se toman. La personalidad del
pequeño propietario no se ve constreñida a la del simple
engranaje de una omnímoda máquina. Al contrario, el pequeño
propietario vive satisfecho de su trabajo porque él es quien toma
las decisiones.
Un modelo de comunidad económicamente
equilibrada tendería a distribuir los comercios
detallistas y las unidades de producción
de modo que la competencia se moviera siempre dentro de los márgenes
de la digna subsistencia y del honor comercial. Evidentemente, estamos
hablando de modelos generales, pues en algunos casos los economatos podrían
tener cabida siempre y cuando no afectaran a la economía comunal.
Pero esto es territorio de la economía política y no de un
examen realista del problema.
Los excesos de la pequeña empresa
son muy simples de enunciar. cuando no hay
competencia el negocio se convierte en monopolio
y se tiende a descuidar la oferta y desatender al comprador. Cuando abundan
las unidades de producción en relación a la demanda, también
se pierde el espíritu cívico porque cada unidad gana menos
y cada propietario intenta atraer al comprador con argucias desleales:
se empieza a abrir los domingos, bajan los precios, intrusismo, soborno,
etc. Tanto una como otra rompen la convivencia comunitaria y tan grave
es una como la otra para el equilibrio social pues originan odios y recelos.
En las comunidades en las que se establece
una distribución equilibrada de la propiedad y
de los beneficios (distribución equilibrada
de la sociedad no es lo mismo que distribución igualitaria ya que
el espíritu emprendedor y la capacidad de trabajo son potencias
desiguales para cada persona), son el mejor ejemplo del socialismo práctico.
Cada cual siente que su papel es necesario para los demás. Existe
una interrelación que al principio suele ser económica o
contractual, pero con el tiempo se transforma en una relación orgánica,
independientemente e incluso espiritual. En este punto la comunidad ya
está
madura para emprender tareas con un claro
objetivo altruista: el bien común. Las
asociaciones de vecinos, las bandas de música,
las organizaciones deportivas y culturales nacen del altruismo comunitario
al margen de la rentabilidad económica. Y evidentemente aquí
ya dejamos de hablar de pequeños empresarios para hablar de comunidades
en las que el trabajador asalariado, el patrón, el empresario, el
funcionario y todos los estratos de la sociedad tienen cabida.
LOS PELIGROS DE LA PEQUEÑA EMPRESA.
Del mismo modo que un cuerpo saludable se desploma
a causa de una enfermedad, la
pequeña empresa también cuenta
con sus virus. Actualmente los problemas fundamentales con los que se enfrentan
los pequeños propietarios son: la competencia de grandes empresas
de servicios (hipermercados y multinacionales), la política de impuestos
y la inseguridad ciudadana. Todo ello causa la disgregación de la
comunidad orgánica y a su vez actúa como incitante a la competencia
desleal entre los mismos propietarios.
- Hipermercados, multinacionales y grandes
almacenes.
Los hipermercados y los grandes almacenes compran
grandes cantidades de cada género
con el privilegio de obtener precios más
baratos (rappel) y ofrecer los productos más baratos. El pequeño
empresario no puede competir de ningún modo con estos colosos. Se
sabe que un comercio compra al por mayor pero en pequeñas cantidades.
Bajar los precios al nivel de los hipermercados reduciría las ganancias
de los pequeños propietarios casi al nivel de subsistencia mínima.
Y por más que el individuo de la calle encuentre siempre más
ventajas en los hipermercados, hay que ver si realmente son ventajosos.
¿De verdad se compra mejor y más barato en los hipermercados
y grandes almacenes?
Un hipermercado reúne bajo un mismo
techo casi la totalidad de las pequeñas empresas
de servicios que en otras circunstancias estarían
diseminadas por los barrios. Desde la galería de alimentación
hasta la tienda de ropa, todo, absolutamente todo producto susceptible
de ser vendido encuentra su punto de comercialización en un hipermercado.
Es por ello que hay que detenerse a estudiar estas megalópolis de
servicios, examinar punto por punto los pros y los contras, y demostrar
si en realidad benefician a la comunidad y a la economía en general.
La pequeña empresa está en juego.
Las razones en las que se apoya el consumidor
para dirigirse presurosamente a los
hipermercados son más o menos estas:
a) Un horario amplio. De 10 de la mañana
a 10 de la noche.
(Los grandes almacenes de 10 a 8).
b) No cierran al mediodía.
c) Los sábados no cierran por la tarde.
d) Todos los artículos están a mano.
e) Es más rápido.
f) Se puede escoger más y mejor.
g) En el carrito cabe todo. Es útil.
h) En general, todo está más barato.
i) El local es amplio, panorámico, confortable, con aire acondicionado y ambiente musical.
j) Ciertos alimentos (carnes, quesos) están plastificados higiénicamente.
k) El aparcamiento es muy amplio.
l) Hay muchas cajeras para pagar. En
caso de que se nos acabe el dinero siempre hay a
mano, dentro del local, algún cajero
permanente de un banco o caja de ahorros.
Aparentemente, un mercado popular, de esos
que reúnen a un conglomerado de pequeños
propietarios, no puede competir con estos
mastodontes de la alimentación y los servicios. Pero estudiando
fríamente el acto de comprar los resultados son totalmente opuestos.
El hipermercado no solamente sale más caro monetariamente sino que
socialmente es nefasto para la economía comunitaria. Primero examinaremos
las razones de índole familiar y luego el perjuicio social.
a) Los hipermercados no están distribuidos
por los barrios sino generalmente aparecen
fuera de las aglomeraciones urbanas o en ciertos
barrios aparentemente ìafortunadosî. Esto obliga al consumidor
a desplazarse en automóvil, lo que supone un gasto adicional en
combustible (ida y vuelta) que no se tiene en cuenta a la hora de comprobar
la factura. Quien no disponga de vehículo lo tiene peor, pues no
se va a esos sitios a comprar cuatro bagatelas sino a demostrar el poder
económico por la cantidad de bolsas que se llevan, y esta carga
en el autobús o en el taxi es una auténtic pesadilla. En
cambio, la multitud de galerías populares diseminadas por la ciudad
permite ir y venir en menos tiempo del que
se tarda en estacionar en un hipermercado,
con el consiguiente ahorro de energía y de dinero.
b) El viejo truco de poner los artículos
a mano, aparte de hacerlos menos higiénicos,
supone una trampa inocente para el consumidor,
ya que, movido por la gula o por la tentadora presentación, toma
más de lo que necesita y mete en la cesta productos superfluos que
se ahorraría en un mercado popular. Cuando llega a la caja, no
es raro que se sorprenda de la factura.
c) No hay tal rapidez en la compra pues es
sabido que ciertos alimentos tienen que ser
pesados y precintados. En los días
de faena se hace la misma cola ente la sección de pescados del ìhiperî
que en una pescadería común. Después hay que esperar
turno en la caja y empujar el carrito hasta el automóvil y cargarlo.
d) La calidad de los géneros es en muchos
casos discutible o incomprobable. Por poner un
ejemplo, en más de una ocasión
se ha multado a estas casas por servir carne de ínfima calidad.
Por otro lado, el consumidor no puede verificar el producto hasta llegar
a casa, y ahí advierte que debajo del suculento y rojizo filete,
aparece una escuchimizada hilera de lonchas llenas de nervio.
Asimismo, la sobreacumulación de inmensas
partidas de productos que se venden con
lentitud acarrea un deterioro general que
hace que, al cabo de los meses, cuando se pone en venta, haya perdido sus
cualidades básicas e incluso se torne dañino.
e) Es interesante saber que el carrito de la
compra no fue puesto en los supermercados
para comodidad del cliente. Fue inventado
en 1937 por N. 5. Goldman en Oklahoma City, EE.UU., después de observar
que los clientes sólo podían llevarse los productos que cabían
en una bolsa. Ahora con el carrito de ruedas los clientes del Sr. Goldman
cargan más
productos... y pagan más.
En definitiva, se tarda más, se paga más y no hay tal calidad.
Las contrarrazones de orden humano son otras:
a) ¿Se encuentra en los hipermercados
o grandes almacenes la cordialidad que se haya en
los pequeños negocios o en los
mercados populares?
Los hipermercados, como todo gran negocio,
las cadenas de montaje y todo trabajo en el
que el obrero no sienta nada como suyo, están
totalmente deshumanizados. están montados exclusivamente para sacar
el dinero del consumidor. En caso de que le falte dinero, no espere el
cliente que se lo fíen como en la tienda del barrio. tendrá
que retirar éste o aquel producto y soportar la vergüenza de
la critica susurrada. En el mejor de los casos sacará dinero del
cajero automático, que siempre está disponible, y romperá
la economía casera del mes.
En los mercados, galerías y comercios
del barrio, le gente se conoce y el trato es más
familiar. Además, en muchísimos
casos se fía la compra y se retrasa el pago hasta fin de mes. Aunque
parezca un argumento flojo, hoy día, en España, con sus millones
de parados, los pequeños comercios y sus ìfiaosî permiten
al que cobra
desempleo y, aun, al que nada cobra, llegar
hasta fin de mes o hasta la próxima chapuza. En los hipermercados
y grandes
almacenes que no sueñe el trabajador
con 'fiaosî y cosas por el estilo,
pues El no cuenta como amigo sino como bolsillo.
b) Evidentemente el propietario-trabajador
debe cerrar a mediodía para comer. Una
cadena de almacenes o un hiper, sin
embargo, tienen el mismo horario diurno
ininterrumpido que una siderúrgica. Detrás del
primer turno vienen el segundo y el
tercero. Esto incurre en competencia
desleal igual que aquellos que roban fruta y la
venden en los barrios humildes a golpes
de altavoz. Entonces se da el pistoletazo
para una imparable carrera de trapicheos en la
que lo más normal es abrir incluso
los domingos. A continuación
sigue la conversión del negocio en un bazar. las carnicerías
se convierten en panaderías-
lecherías-mantequerías;
las farmacias en droguerías; las bodegas en bares. Cual las fichas
de un dominó, un pequeño
propietario empuja a otro y Este a su
vecino. Desaparece por completo el lado humano del
trabajo para convertirse en una
lucha despiadada para ganar dinero y
hundir al vecino.
El ciudadano medio que no ve más
que la utilidad aparente de las cosas piensa que los
horarios continuos y la venta de pan
en la carnicería es una bendición.
No se percata de que estos son los primeros síntomas de
la disolución comunitaria. Aquí
pierde el pequeño comerciante
y gana el magnate (generalmente extranjero) a quien le
importan un pimiento los avatares del
consumidor y del productor.
Las contrarrazones del índole económica son más contundentes:
La totalidad de hipermercados instalados
en España pertenecen a firmas francesas,
americanas, anglo-holandesas y suizas.
El español juega aquí
el papel más Ínfimo de la escala productiva, ya que se limita
a
ìtrabajar paraî o a ìconsumir
paraî
consorcios extranjeros que se llevan
las ganancias y que destrozan la economía de los
pequeños propietarios.
No hay beneficio económico alguno.
Los que creen que las grandes compañías extranjeras
dan sustento a muchas familias
españolas se equivocan de parte
a parte. Lejos de fomentar las riqueza nacional estas
multinacionales empobrecen a la clase
media y la encaminan hacia el conglomerado
anónimo que deshumaniza, proletariza y roba
a los trabajadores españoles un
tipo de empresa que debería ser
explotada por los pequeños empresarios.
Todos los que trabajan en un hipermercado
-hay que recordarlo- son asalariados. Ni
siquiera son profesionales en su ramo.
Así, descubrimos al joven que
transcurre todo el día rebanando lonchas de jamón, o a un
individuo en la sección de carnes
que apenas sabe servir ìcarne
al corteî.
Gran parte de esos trabajadores están
contratados a tiempo parcial con lo que el ìhiperî se
evita los gastos que acarrean los
contratos fijos (indemnizaciones, trienios,
pluses, etc.).
Mucha gente no sabe que los hipermercados
juegan lucrativamente con el margen de 90
días que le conceden los
suministradores. Estas casas acostumbran
a pasar la factura 30, 60 ó 90 días después del
suministro. Durante ese tiempo el
ìhiperî podría haber
facturado millones de pesetas que pone limpiamente en un banco con
el interés del plazo fijo. El
beneficio viene por parte doble: 1º
Por la venta directa del producto, 2º Por el interés que
ese dinero produce. De este modo
recupera con creces todo lo que no ha
ganado por almacenamiento o en ìofertasî para el
consumidor.
Está visto que por cada cien familias
sustentadas por una gran empresa se condena a la
ruina a 1.000 más. A la larga la
pequeña empresa entra en crisis
y el dueño no tiene más remedio que incurrir en
competencia desleal o cerrarla v entrar al
servicio de una gran compañía
(general mente extranjera).
En el campo estos casos se dan todos
los días con los pequeños agricultores que tarde o
temprano liquidan sus tierras, las
venden a otras empresas y marchan a
la ciudad fracasados y desarraigados.
Socialmente la existencia de los hipermercados
es condenable ya que destruye los
cimientos de las comunidades de trabajo y
transforman a los pequeños propietarios
en trabajadores asalariados - para entes
desconocidos.
Económicamente es condenable porque
la economía nacional pierde libertad y pasa a
depender de los arbitrios de grandes
Sociedades Anónimas, Multinacionales
o Grupos Bancarios siempre más preocupados de
la Utilidad mercantil que del bien
común. Tarde o temprano la vida
económica del país pasa a depender -como en los países
tercermundistas- de los proyectos
de la multinacional, que instala y desmantela
industrias en este o aquel país en razón a la
baratura de la mano de obra y a la
cercanía de los mercados.
- Impuestos y más impuestos.
Otro de los gravísimos obstáculos
que debe sortear la pequeña empresa es el desamparo
en que la sume el Estado. Día tras
día el pequeño propietario
va asistiendo a su funeral. El margen de los beneficios se va
estrechando mientras se acumulan
los impagos , las cuentas de material,
de energía y las deudas. El pequeño empresario
contempla cómo a fin de mes el saldo
de la caja es inferior al del mes pasado
y más bajo aún que el de los años anteriores.
Nada más en impuestos el pequeño
empresario está obligado a traspasar al Estado casi la
mitad de sus beneficios. Las
cotizaciones a la Seguridad Social,
el descarado y progresivo encarecimiento de la materia
prima (maderas, papel, semillas,
abonos, metales, tejidos...) y de .
la energía, luz, agua, derivados del petróleo, gas) nunca
va paralelo al cada vez mas
lejano ìprogreso económicoî.
Al reducirse el margen de beneficios el pequeño propietario
echa mano de la ayuda familiar
que usualmente viene a cubrir el puesto
de un reciente despedido. Aún así, los pedidos
comienzan a escasear y el pequeño
empresario tiene que buscar desesperadamente
nuevos clientes (sobre todo las empresas
de transformación) que le exigen
condiciones humillantes. Es la cara
despiadada del capitalismo financiero y del libre
mercado. Cuando la demanda es pobre
y la oferta abundante la economía
se convierte en una pelea de hienas. Sobornos, regalos,
ofertas especiales; todo vale para
mantener a la empresa en pie. En esta
etapa los vínculos altruistas de la comunidad ya
han dejado de existir. La vida se ha
convertido en un ìsálvese
quien puedaî, cada vez más hostil e individual y nada parecido
a
los fundamentos de las
comunidades sólidas.
Una de las costumbres de los estados
modernos y de los gobiernos ineficaces consiste en
sangrar a la clase media para tapar
los errores económicos de la
Administración. En el caso de la pequeña empresa caen uno
tras otro los impuestos que el
propietario soporta con estoicismo y,
a veces, con una total falta de respuesta. El pequeño
empresario no tiene el mismo
empuje para la rebelión que pueda
tener un obrero, pues nunca cree que ha llegado el
momento en que ìhay que romper las
cadenas porque nada tiene que perderî.
aquí es donde el pequeño empresario siempre es
criticado, y generalmente con
razón, por hacer gala de espíritu
pequeño burgués.
El propietario de la tienda, de la huerta,
del taller es más inclinado a criticar de boca las
ineptas medidas del gobierno que a
arriesgarlo todo para acabar de una
vez con esa inicua política impositiva. El propietario
busca la mayor utilidad dentro de un
estado de cosas más o menos ordenado,
que le permita acumular ganancias y vivir
holgadamente. No es frecuente que una a
la lucha por su pan las condiciones
podrían económico total de ámbito nacional. A estas
alturas todavía quedan empresarios
que piensan que la crisis no les alcanzará
pues aún obtienen beneficios sustanciosos. Los
consorcios internacionales llevarán
a la práctica sus suelos monopolísticos
y de una forma u otra todos sin excepción
terminarán siendo siervos de su capital.
- Sólo ante el delincuente.
La última de las grandes taras
de la pequeña empresa es, hoy más que nunca, la
inseguridad personal. Un banco encaja un
atraco millonario con un simple movimiento
de cuentas. Una gran empresa apenas sufre
con un robo. Pero el pequeño
propietario llega a perder casi todo
el fruto de su trabajo por culpa de un atraco. En el
peor de los casos la propia vida.
Si la política de impuestos ya
esquilma inmisericordemente la modesta economía del
propietario, el robo directo culmina la
insensatez del Estado. Un Gobierno y
unas leyes inútiles hasta para proteger el
fundamental derecho a la vida y a la
seguridad personal son las causas únicas
y directas del crimen callejero. Es la pequeña
empresa la que más atrae a todo tipo
de rufianes para ejercer sus fechorías.
No son los despachos jurídicos ni los gabinetes
políticos los objetivos primordiales
del delincuente. Es la pequeña
empresa.
El dinero líquido que se mueve
continuamente en la pequeña empresa es el cebo más
apetitoso del ladrón. El metálico
y la
desprotección animan al delincuente
a asaltar los pequeños comercios y vaciar la caja. El
delincuente jamás deseará atracar
a
otras profesiones mejor pagadas pero
que cobran a través de entidades bancarias. Su
objetivo es el pequeño propietario,
generalmente un comerciante sin protección
ante tales siniestros. El pequeño propietario
sabe por experiencia o por los
comentarios de otros propietarios, que
en tales casos lo mejor es el ìdejad hacerî. De lo
contrario se arriesga a perder la vida
o poner en peligro la de un cliente,
familiar o ayudante, y hasta ser juzgado por agredir al
delincuente. También sabe que a
un desenlace fatal por causa de ìdefensa
propiaî puede seguir la venganza de sus
secuaces.
De este modo, los partes de robos, atracos,
violaciones de propiedad se convierten en una
rutina que el pequeño empresario
cumple con la misma indiferencia con
la que todas las mañanas abre las puertas del
negocio. La sensación de impotencia
deja paso al conformismo y a la esperanza
de que algún día alguien resolverá sus más
acuciantes problemas.
Y como efecto de esta nueva situación
y para mitigar la enfermedad, la pequeña tienda se
va transformando en fortín. Doble
cerrojo en las puertas, candados, rejas
infranqueables, cristales antibala, sistemas de
alarma, puertas blindadas...
Los impuestos y la feroz competencia
no son todavía insostenibles según la ideología del
Estado. como para que el pequeño
empresario tenga además que invertir
los cuartos en su propia seguridad. Las fuerzas del
orden público, como un resorte sin
tensión, ya no significan tranquilidad
para el pequeño propietario. Todo lo que el Estado se
lleva en impuestos para invertir
en supuestas mejoras del nivel de vida
de los españoles se queda en agua de borrajas,
pues al español medio no le queda
otra salida que defenderse por su cuenta
y esperar que el próximo atraco no sea tan
violento.
Los clientes, cual si fueran rateros
comunes, son tratados desconfiadamente a través de
ventanillas y rejas (estancos,
loterías, farmacias), puertas
con apertura automática (joyerías, tiendas de objetos
valiosos).
El propio cliente entra hostil a un lugar
tan resguardado. Ya no existe aquella libertad tan
confortable de los negocios en los
que entre el cliente y el propietario
no había recelos. Todo lo contrario. Algunos artículos
aparecen precintados con bandas
magnéticas demostrando que antes
del trato amable y desinteresado, el propietario busca
el dinero sin más .
Este ambiente de recelo y desconfianza
se va apoderando de toda la comunidad. Los
pequeños propietarios, ante el
abandono del Estado y el acoso del delincuente,
se convierten en una masa heterogénea
que intenta salir a flote adulterando
los productos o internándose
en las fronteras de los negocios vecinos. Aquel socialismo
práctico del ìdoy y me dasî,
ìyo
por tí y tú por míî
, es ahora el ìyo contra tíî. Los lazos afectivos pasan
a mejor vida. La
armonía comunitaria se
autodestruye.
Pero todavía no es suficiente.
Un nuevo azote hace acto de presencia. Se trata de la
amenaza terrorista por excelencia: el
impuesto revolucionario.
No contentos con aguijonear mortalmente
a la gran empresa española, el terrorismo
marxista salta al ámbito de la pequeña
empresa para exprimirle hasta el último
duro. Ya no son las provincias de siempre las
afectadas por este ìsíndrome
de los
gobierno débilesî , sino
cualquiera que rebose de pequeños empresarios. Por paradójico
que resulte, el Estado y el
terrorismo de izquierda se unen para
dar el pisotón a las pequeñas unidades de
producción. El uno con impuestos legales;
el
otro con impuestos ilegales. Pero al
fin y al cabo ambos acorralan al pequeño empresario
con la misma acritud. O el presidio
o la muerte. ¿Cabe mayor injusticia?.
EL ESPÍRITU PEQUEÑO BURGUÉS.
Una constante de los movimientos revolucionarios
ha sido la de arremeter contra el
espíritu pequeño burgués.
El espíritu
pequeño burgués no es
otra cosa que buscar la tranquilidad social a través de la utilidad
económica. Concibe la vida como
una pacífica sucesión
de negocios en los que hay que por significar cambios en hay que
evitar los sobresaltos, ya por
significar cambios en sí, ya
por no arriesgar nada. Ganar dinero arriesgando poco: ese es
el credo del pequeño burgués.
No hay que engañarse. El pequeño
propietario tiene mucho de pequeño burgués. En
verdad es su peor defecto. En tiempos
de prosperidad la pequeña célula
productora es el punto de reunión, de diversión, de
conocimiento, de tradición. Los
pequeños propietarios son, en
este caso, los conservadores de ciertos aspectos
fundamentales de la convivencia social. Pero
en tiempos de crisis los pequeños
empresarios son bastante reacios a unir a sus
reivindicaciones económicas unas
reivindicaciones políticas de
largo alcance (no es su gremio el único que sufre). Incluso le
cuesta reconocer que las ideas se
agrietan y que tiene que dejar paso
a otras nuevas.
La diferencia más acusada entre
el obrero asalariado y el pequeño empresario es que el
obrero, cuando presiente que su
puesto peligra, está dispuesto
a secundar una idea política revolucionaria. También los
jóvenes (estudiantes preferentemente)
son un grupo social bien dispuesto hacia
los cambios contundentes, más por impulso
natural que por condiciones
socioeconómicas. Pero el pequeño
empresario -el pequeño burgués- no se pone tan
fácilmente al servicio de un cambio
de
estructuras. Las razones saltan a la
vista. Por un lado, la dispersión de los pequeños
propietarios en trabajos particulares no
les otorga la misma cohesión
que unos trabajadores de astilleros. El vínculo a la propiedad
que antes resultaba una virtud, se
convierte en un obstáculo para
la unión. Entre un obrero y otro existe más vinculación
que
entre un empresario y otro.
Los pequeños empresarios no poseen
la fuerza de disuasión que tiene un sindicato, un
gremio o una asociación de
trabajadores.
Aunque en su conjunto las pequeñas
empresas absorben más mano de obra que las
grandes empresas, casi no se les
reconoce como una fuerza peculiar e
independiente a la hora de las negociaciones
colectivas.
De otro lado, la numerosa mano de obra
al servicio de las pequeñas empresas no trabaja
en las mismas condiciones que para
la gran empresa. En primer lugar, no
tienen la misma relación gremial entre ellos como la
que tiene un obrero metalúrgico
con su homónimo. En segundo lugar,
la vinculación al patrón es más estrecha por lo que
transige con ciertas actitudes que
un comité de empresa no permitiría
jamás. En tercer lugar, en ciertas ocasiones se les
contrata bajo condiciones difícilmente
fiscalizables por el Estado. Mientras
es muy fácil determinar las condiciones económicas y
laborales de un obrero, el Estado
no tiene ojos suficientes para velar
por el bienestar del trabajador de la pequeña empresa.
Por así decirlo, el trabajador de la
pequeña empresa está aislado
(que no significa necesariamente que esté en peores
condiciones), tanto en sus relaciones con
el resto de los trabajadores como por
el especial régimen jurídico laboral que se aplica a
las empresas con menos de 50 ó 25
trabajadores.
Éstas y las anteriores características
son propias del espíritu asocial y burgués. El
propietario de la empresa y sus
trabajadores se cierran en sus negocios
y ven pasar con indiferencia las filas de los
desocupados, las manifestaciones por el
derecho al pan y las revoluciones. Sólo
se ponen en movimiento cuando sus cotos son
invadidos por la crisis financiera o
por la inseguridad. De nuevo olvidan
que existen otra personas con los mismos o con
peores problemas. Por lo demás, no
incluirán dentro de sus reivindicaciones
un programa que abarque la justicia social para
otros gremios como los jornaleros,
campesinos, obreros,... Aunque, bien
es verdad que en la sociedad actual, en pleno
desmoronamiento, cada grupo social
sólo protesta por su reducido
interés económico, lo que da lugar a una sociedad en
compartimentos estancos, como si fuera
un río sin esclusas.
No obstante, las pocas veces que las
pequeñas empresas se han echado a la calle han
demostrado un asombroso poder de
convocatoria y una presión fuera
de lo común. Pero también ha sucedido que al poco
tiempo todo ese poder se esfuma
rápidamente y los pequeños
empresarios se esconden en sus agujeros como una colonia
de hormigas.
LAS PROFESIONES LIBERALES.
La exclusión de las profesiones
liberales no ha sido deliberada. En realidad existe menos
similitud entre un profesional y un
artesano que entre un artesano y un
pescador. La mayoría de las profesiones liberales
-abogados, arquitectos, publicistas,
economistas, técnicos-administrativos-,
no dependen de la gestión de la propiedad para
vivir. En su fuero interno eso les
exime de andar vociferando consignas,
como también de proteger ciertas cualidades
relacionadas con la propiedad. De ahí
que este tipo de profesional sea el
trampolín de toda la propaganda consumista y de las
ideas cosmopolitas. Sin ningún
vínculo a la tierra ni a la sangre
ni a la herramienta, el profesional liberal es el mejor
ejemplar del buen burgués: la
uniformidad del café, la prensa
mundialista, el almuerzo de negocios, la tarjeta de crédito,
la siesta, la vuelta al café, la
reunión con los amigotes y las
noches de frivolidad. Es el ejecutivo agresivo, el ìhombre de
su tiempoî, con toda la tropa de
secretarias, ayudantes y oficinistas,
consumidores de cigarrillos, alcohol y moda.
En honor a la verdad, hay que añadir
que mientras más nos acerquemos a las grandes
concentraciones humanas, más común
resulta encontrarse con estos ejemplares
de la futilidad. Las ciudades pequeñas y los
pueblos no son buen caldo de cultivo
para esta clase de burgués. Allí
el profesional está más entregado a su labor social como
médico, veterinario, ingeniero, que
a atender las últimas decadencias
importadas por la metrópolis.
Aún así, el vínculo
con la herramienta no llega a ser tan acusado como el de un campesino
con su apero o un carpintero con
su cepillo. Tampoco llega a sufrir descaradamente
los estragos propios de las pequeñas
empresas: competencia de colosos,
impuestos e inseguridad. Por esta razón,
si bien son tan necesarios a la comunidad como
cualquier trabajador, el profesional
se desgaja de los problemas mas acuciantes
de las pequeñas empresas. Además, el
profesional liberal autónomo que trabaja
por su cuenta como lo podría
hacer un comerciante, siempre podrá aguantar mejor las
embestidas de los impuestos, pues la
elasticidad de los precios de su trabajo
(un dentista, un abogado) les da carta blanca para
cambiar las tarifas. Razón que
aumenta la dispersión de las
pequeñas empresas y que aleja la posibilidad de un frente
común.
MARXISMO Y LUCHA DE CLASES.
Los marxistas saben muy bien que el pequeño
empresario no es un buen ìagente históricoî
de la subversión. La indolencia
de estos gremios ante la verborrea marxista
no se debe tanto al espíritu pequeño burgués
que los hace proclives a la
inacción, como a una negativa
abierta de los pequeños empresarios a considerar su
propiedad como ìpropiedad de todosî.
Se les puede movilizar por otras razones:
injusticia, abusos y hasta por la violencia, pero
nunca moverán un dedo para ceder
un palmo de su coto personal a ideas
no muy claras sobre la administración comunal.
El pequeño propietario es un pionero
que ha levantado o continuado una empresa con su
diario esfuerzo. No conoce otro
esfuerzo que el suyo ni otra materialización
de ese esfuerzo que su pequeña parcela,
negocio o taller. Menos aún entiende
la
ìlucha de clasesî como
un fenómeno inevitable del mundo moderno. En todo caso, conoce
la ineficacia de un gobierno que
no cesa de poner trabas a su trabajo
personal.
Tampoco el aprendiz, el ayudante o el
trabajador al servicio de la pequeña empresa toma
ìconciencia de claseî. El patrón
de
la pequeña empresa no es una
persona anónima. Está ahí con él, diariamente.
Esto crea un
vínculo entre ambos que impide
al trabajador concebir esta autoridad
como la de una persona ìintrínsecamente perversaî,
que le exprime hasta la última gota
de sudor. Todo lo más, aprende
a percibir la mezquindad humana en éste o aquel patrón,
como lo puede percibir en
cualquier ejemplar del género
humano.
Las cofradías de pescadores, por
poner un ejemplo, se resisten a escindirse en bandos
antagónicos. Entre el armador, el
capitán, los oficiales y los
pescadores hay tal espíritu de cuerpo, y tal es la necesidad de
uno por otro, que las ideas
disociadoras marxistas rebotan cual
pelota de goma en una pared de granito. Las
cofradías son organizaciones más
compactas que otros gremios a causa
de la dureza de las condiciones de vida que les
impone la unión necesaria para
garantizar la subsistencia.
Sin embargo, los marxistas tratan de
encontrar fundamentos para su ìlucha de clasesî en
las discrepancias laborales.
Recordemos que esta doctrina tiende
a profundizar los conflictos, enfrentando una clase
con otra en vez de buscar la justicia
social para la comunidad de trabajo.
Su obstrucción mental les impide ver los conflictos
como lo que realmente son: un
producto de la intransigencia y del
egoísmo humanos. En tal caso es la propia justicia del
Estado la que debe establecer la
concordia. Y en caso de que perviva
la injusticia, entonces la lucha debe ser contra el
Estado y no contra los empresarios.
Cuando la clase política olvida
sus deberes, la justicia pertenece al pueblo, sin distinción
de clases.
Conflictos de todo tipo se pueden ver
en cualquier clase, gremio, asociación (incluso en el
matrimonio), y sería grotesco
querer aplicar a tales conflictos la
microscópica visión de la ìlucha de clasesî.
La
mezquindad humana es la culpable. Aquí
el Gobierno es el responsable de velar
por la armonía social sin distinción de origen.
Es así que la pequeña empresa
es una horma en el zapato de las teorías marxistizantes. El
espíritu de independencia y de
autonomía de estos propietarios
no alcanza a entender el ìtabúî de la propiedad según
el
más ortodoxo marxismo. Quizás
en
un tiempo este pequeño empresario
fue un obrero manual que tuvo la oportunidad y la
valentía de luchar aisladamente por
su
pan. Quizá nadie como él
conozca lo que es levantar una empresa de la nada. Con esfuerzo
y afrentando los múltiples
inconvenientes que acarrea este tipo
de aventura, construyó poco a poco su prosperidad y
aseguró modestamente la
existencia de su familia. Esto le inclina
a desconfiar de las ideologías que abolen la
propiedad. La razón es simple: su
propiedad es parte de él, es
él mismo, un trozo de su ser.
Si alguna vez toma ìconciencia
de claseî lo hará más por razón de marginación
social que
por haber descubierto su papel en
ìla liberación de los
pueblos oprimidosî. No hay vuelta de hoja. El pequeño empresario
dista mucho de ser un instrumento
de la izquierda, pero tampoco de ninguna
ideología. Son las dos caras de una moneda que
casi nadie puede utilizar, a veces
en detrimento del propio empresario.
LA RESPUESTA: DISOLVER EL SISTEMA ECONÓMICO.
La existencia de la pequeña empresa
está amenazada. La amenaza la competencia de
grandes consorcios que empobrecen al
pequeño empresario, que no puede
competir ni en precio ni en diversidad. La amenaza un
Estado negligente tanto por la
inicua política de impuestos
como por su inepcia ante la delincuencia común, azote del
pequeño propietario. La amenaza una
ideología -el marxismo- que sólo
utiliza la protesta de los pequeños empresarios para
encauzar los desatinos de una teoría
económica que fomenta el odio
entre las clases.
Del mismo modo que un barco que hace
agua por todas partes, la pequeña empresa se va
diluyendo en el marasmo de un
despiadado capitalismo. Ante tan desastroso
panorama algunos pequeños empresarios
han reaccionado formando
cooperativas de trabajo o de consumo.
Aquí sale a flote el primario sentido de la unión
para preservar la existencia.
Cooperativas agrarias, cooperativas
de alimentación, cooperativas de servicio, en suma,
vuelta a los antiguos gremios. El
instinto de conservación se superpone
a cualquier deseo personal. Se trata de hacer frente
a los colosos utilizando las
mismas armas: precios especiales por
compras en grandes cantidades, diversidad de
productos, publicidad, promoción,
ofertas,... Aún así, la
situación puede hacerse insostenible. No todos los pequeños
empresarios tienen acceso a esta clase de
servicios. Además, lo que para
un hipermercado o una gran empresa significa organizar
muchos trabajadores bajo una
misma cabeza, aquí se troca en
muchas cabezas que desean decidir sobre algunos asuntos.
Tampoco cuentan con el capital
suficiente para instalar grandes cadenas
de distribución o hipermercados, lo que a su vez
supondría hacer competencia
desleal a los pequeños empresarios
del ramo.
Evidentemente, el problema es un problema
de Estado. La legislación es demasiado
permisiva y generosa para con los
grandes capitales (nacionales y extranjeros).
Los bancos ofrecen muchas mas facilidades
a las grandes compañías que
a las
pequeñas empresas. Medidas que
atentan contra una justa distribución de nuestra riqueza
económica y especialmente para
las pequeñas industrias y comercios.
Entonces, si el Estado, el Gobierno y
la clase política descuidan sus deberes para con este
gremio, no le queda al pequeño
empresario otra salida que protestar.
Protestar contra el Gobierno y exigirle que legisle,
que distribuya y que gobierne. Y es
aquí donde el pequeño
empresario debe comprender que este estado de cosas es culpa del
propio sistema económico. La
crisis de la que tanto se habla no es
el efecto de un microorganismo enquistado en el
sistema, ni la solución es extirparlo.
La
crisis es del propio sistema económico
-el libre mercado- que falta, que no funciona, que es
letal para la comunidad. Un
sistema que permite que sus unidades
económicas se destrocen mutuamente y sin piedad,
un sistema al que le importa más
la utilidad económica que la
utilidad social, un sistema que depende de movimientos
monetarios ejecutados a miles de
kilómetros de distancia (en Wall
Street), ¡ES UN SISTEMA MORTAL!
Un sistema cuya característica
más resaltante es la de hundirse en catástrofes económicas
después de períodos de
prosperidad y sin razón aparente;
un sistema que produce millones de - parados a pesar de
que todo está por hacer. un
sistema que proletariza a la clase ,
media, deshereda a las más modestas y enriquece a
unos pocos, !ES UN SISTEMA
ANTISOCIAL!
Un sistema -el capitalismo financiero-
en el que el dinero es lo que crea el trabajo y no al
revés; un sistema cuyas grandes
empresas están vendidas a las
multinacionales; un sistema en el que desaparecen las
pequeñas propiedades para fundirse
en
una gran propiedad anónima al
servicio de la especulación bursátil, !ES UN SISTEMA
ANTINACIONAL!
No se trata ya de que los pequeños
empresarios se unan para hacer frente ì a las
multinacionales. Tampoco se trata de
presionar a} Estado para que dulcifique
las impuestos. Se trata de cambiar radicalmente
e} sistema.
Hay que entender que en esta situación,
cuando la política (el parlamentarismo) está
subordinada a la economía (el
capitalismo financiero), nada cambiará
si no se derrumban los cimientos de la máquina
económica. La situación es muy
peligrosa porque toda la organización
social, jurídica, laboral, política e, incluso, el sistema
de valores, están sujetos por
una pinza económica que los inmoviliza.
Los cambios políticos que se han
sucedido desde hace algunos años en este país, no han
tenido otra finalidad que servir de
tapadera a unos cambios económicos
que no hacen sino torpedear la economía nacional.
Se ha propiciado el avance de
compañías, bancos y sociedades
extranjeras a la búsqueda del dinero de los españoles. Se
habla mucho de libertad pero el
individuo de a pie sabe que está
perdiendo las más elementales: el derecho a la vida y al
trabajo. En cambio, bancos y
poderosas firmas internacionales han
interpretado esta libertad como cabe hacer en toda
democracia: usurpando lenta pero
inexorablemente las propiedades que
antes correspondían a pequeños empresarios
españoles. Incluso, han logrado cambiar
las costumbres nacionales por modelos
de consumo extranjeros para facilitar la venta de
sus productos y suavizar la
penetración. La publicidad ha
conocido un despegue ilimitado. Es claro: está al servicio del
que paga y quien mejor paga es
la gran firma extranjera. Es más,
las mismas agencias de publicidad son en su mayoría
extranjeras.
Este retroceso de la pequeña empresa
ante los consorcios internacionales, retroceso
favorecido por los impuestos, la
inseguridad social y la negligencia
del Gobierno, sólo tiene una solución: crear los
FUNDAMENTOS PARA UNA NUEVA
ECONOMÍA:
1º La pequeña empresa como
unidad económica tiene un papel de primer rango en la
economía nacional. Por tanto,
-debe ser regulada se modo que no origine
competencia desleal dentro de un mismo sector
comercial. Hay que evitar que un
solo establecimiento monopolice gran
número de actividades.
-debe ser estimulada por el Estado los impuestos y abaratando los créditos. disminuyendo
-debe fomentarse la inversión en mejoras técnicas y sociales
-debe permitirse la instalación
de pequeñas empresas sólo cuando no desequilibre
económicamente a los anteriormente
instalados. Así se evita la superabundancia
de determinadas empresas y comercio que no
alcanzan a satisfacer holgadamente
las necesidades de los propietarios.
2º La pequeña empresa como unidad social mental para la armonía comunitaria. Por tanto,
- debe prohibirse que las propiedades
rústicas sean divididas por herencias o hipotecadas
por créditos
- deben estimularse los trabajos artesanales
que tanto aportan al espíritu creativo, y
alrededor de los cuales se mantienen
tradiciones y costumbres arraigadas.
- deben fomentarse las organizaciones
filantrópicas (deportivas, educativas, culturales...)
para establecer vínculo más
humano y más auténtico
en toda la comunidad - debe procurarse que los trabajadores al
servicio de las pequeñas empresas
no sean objeto de abusos irresponsables.
Por tanto, deben estar protegidos laboral,
médica y socialmente.
- debe inculcarse a todo ciudadano que
comprar en pequeños establecimientos del barrio
crea relaciones verdaderas entre los
vecinos y espanta toda posibilidad de
instalación de oligopolios. En definitiva, la pequeña
empresa, al igual que todos los
resortes económicos de la nación,
tiene su puesto dentro de la diversidad de una sociedad
de nuestro tiempo, e inserta en la
unidad social mayor que es el destino
común de un pueblo, de una cultura, de una nación.
Por tanto, la consigna es:
!DEFENDERLA!
APÉNDICE
LOS GREMIOS MEDIEVALES.
En la Edad Media existieron diseminados
por Europa unas organizaciones de artesanos
que regularon con gran acierto la
vida económica de las ciudades.
Por aquellos años las mayores
aglomeraciones humanas llegaban hasta los cuarenta mil
habitantes. Esto dio pie a la
formación de mercados; alrededor
de los mercados creció una masa de pequeños
propietarios (guarnicioneros, marmolistas,
carpinteros, talabarteros, herreros,
cerrajeros, etc.), que con su destreza manual
transformaban la materia prima con
métodos cada vez más perfeccionados.
Pronto, toda esa fuerza de trabajo sintió la
necesidad de protegerse mediante un
sistema jurídico que dio lugar
al Gremio. En el Gremio se reunían los artesanos por
categorías y especialidades, todos
con el
interés de convivir próspera
y pacíficamente sin estorbarse mutuamente.
Las medidas estaban pensadas fundamentalmente
para evitar los abusos egoístas y la
competencia desleal. Comenzaban por
obligar a los habitantes del burgo a
no comerciar con sus productos fuera de otro sitio que
el mercado público. La finalidad
de estos mercados era múltiple.
De un lado, el ìderecho de tránsitoî conminaba a los
viajantes a pasar forzosamente por la
ciudad para ofrecer sus mercancías
durante cierto tiempo. Sólo después podían continuar
su viaje. Con ello el pequeño
artesano se procuraba todo lo necesario
para la manufactura (materias primas y
herramientas).
La política municipal cuidaba
celosamente de que sus productores salieran favorecidos en
todo lo posible. Así, llegaba
incluso a prohibir la producción
industrial (no la doméstica) en el campo, editando bandos
que aseguraban a los habitantes
del burgo el dominio de determinadas
ocupaciones. También limitaba el comercio a los
mercaderes y forasteros a fechas del
año ya establecidas.
Protegida así la base económica
de la ciudad, el resto de las medidas se encaminaba a
establecer ventajas económicas para
productores y consumidores de la propia
ciudad. El objetivo primordial era el de
suministrar productos baratos y de buena
calidad.
Una de las prescripciones más
importantes consistía en regular el número de artesanos de
cada ocupación. Cuando
escaseaban los artesanos, los munícipes
trataban de encontrar sucedáneos. Y para
mejorar la calidad de los productos se
establecían frecuentes inspecciones.
Con el tiempo se aseguró la baratura de los
productos con tasas de precios que
oscilaban entre cotas siempre asequibles
para la mayoría.
Para eliminar la dañina competencia
interprofesional no cesaron de dictarse normas
restrictivas de los abusos. Cada artesano
poseía un radio de acción
fuera del cual no podía buscar mercado. Las asignaciones de los
distritos comerciales se fijaban de
modo que no dieran lugar a apropiaciones
excesivas que pudieran despertar recelos.
Contra la prosperidad irritante se
establecieron normas como la de no emplear
más de un cierto número de obreros dentro
de una misma industria. La jornada
de trabajo también se limitaba,
así como la cantidad de productos que se podía fabricar por
unidad de producción.
A estas alturas el Gremio ya era una
realidad. Agrupaba en estamentos (aprendiz, oficial y
maestro) a los artesanos
dedicados a labores mancomunadas. El
propio gremio velaba por la explotación de
aquellas empresas que necesitaran una
cuantiosa inversión de capital.
Todo artesano quedaba obligado a pasar
por las etapas citadas antes de producir la ìobra
maestraî, que le otorgaba el título
de ìmaestroî. No se le
permitía la adquisición de materiales más baratos
que el vecino, ni
la retención de conocimientos de
los que se pudiera beneficiar el gremio
en general. Al paso de los años se uniformaron las
tasas de salarios, las condiciones
de la producción y las de venta.
De esta manera la oferta de mercancías era un proceso
idéntico para todos los artesanos.
Respecto a las mercancías estaba
rigurosamente prohibido hacer propaganda de ellas y
usar reclamos llamativos que
pudieran cautivar la atención
del cliente. El trabajo de los colegas valía tanto como el de
uno mismo.
En algunos lugares se puso tanto celo
a la protección del comercio, que se amonestaba
severamente a aquel comerciante que
no hubiese esperado a que se le presentase
el negocio, es decir , a que el cliente mostrase
interés.
Algunas normas dependían de un
ìpacto entre caballerosî. Entre estas normas una de las
más notables era la de no utilizar
luces de colores, ni adornar los escaparates,
ni siquiera exponer los géneros
llamativamente. Todas estas argucias tan
comunes hoy en día, sublevaban
la opinión pública. Vender a plazos era tan despreciable
como emplear la charlatanería para
hacer un negocio, métodos que
nunca utilizaba un comerciante digno por más cerca que
estuviera de la quiebra económica.
Alrededor de los gremios se fue desarrollando
la vida industrial de la Edad Media. No
sólo eran organizaciones de trabajo
sino que llegaban a penetrar en la vida privada del artesano. El bien común
era la norma suprema. Cada gremio velaba por la prosperidad general
y por la educación y adiestramiento de los más jóvenes.
Los aprendices recibían manutención y educación a
cuenta de los maestros artesanos. A la larga se procuraba la manutención
del artesano por dos vías: como obrero industrial y como propietario
de una pequeña empresa.
El vínculo gremial nacía de una
estrechísima relación entre sus miembros, de una justa
regulación del trabajo y de la aportación
que cada artesano hacía a grandes obras comunes, desde una carreta
hasta una catedral. Cual si fueran los diversos órganos y tejidos
de un cuerpo saludable, la máquina gremial vivía protegida
de enemigos interiores y exteriores gracias. al esfuerzo común por
mantener la estabilidad económica y al sentimiento de utilidad personal
que cada artesano aportaba a la comunidad. Sin lugar a dudas, un gremio
era una "comunidad orgánica".
Una reflexión.
Pretender la vuelta a los usos medievales en
un siglo donde las colectividades humanas
son una telaraña económica complejísima,
es un error de parte a parte. La economía es una ciencia que exige
respuestas modernas, es decir, adaptadas a los tiempos que corren. Han
surgido nuevos sectores, nuevos sistemas de producción y nuevas
relaciones económicas. También la moral comercial ha variado.
Hoy por hoy, la artesanía es un entretenimiento poco lucrativo cuyos
productos, si compitieran libremente con las fábricas, no cubrirían
ni los costes de la materia prima.
Sin embargo, hay algo que se debe transportar
del Gremio medieval a nuestro siglo con la
exactitud del cartabón. Es el prurito
de mantener el bien común merced al reparto equitativo de la riqueza
general. Se pueden mantener con vida (con vida saludable) las pequeñas
unidades de producción, regulando el asentamiento de nuevas empresas,
manteniendo los precios asequibles, atenuando los impuestos y asegurando
a la pequeña empresa de enemigos internos (egoísmo, deslealtad
y externos (delincuencia, amenazas). El ìcómoî establecer
estas reglas irrenunciables debe ser un punto no negociable de cualquier
gobierno. Se debe mantener a la pequeña empresa con vida porque
es
beneficioso para la comunidad en general.
Sólo así se podrá hablar de auténticas medidas
populares.
ORDEN NACIONAL
Vascongadas