Sagrado y profano

 

   Cuando en aquel memorable y patético discurso en plena campaña electoral la antropóloga Eliane Karp afirmaba el carácter "sagrado" de su marido ignoraba que su esposo y su acción política representaban más bien la negación absoluta de cualquier forma de sacralidad en la política.

Así pues, resultaba paradójico cómo, aunque se anunciaba aquella cualidad trascendente del futuro gobernante, una vez llegado éste al poder su accionar se ubicaría dentro de lo que sería la práctica tradicional en la política moderna, esto es, la banalidad, la apertura total y evidentemente a la secularización.

Tratándose esto de un tema complejo, voy a tratar de explicar lo que en buena cuenta significa lo sagrado y lo profano en la vida política y cómo es que la política contemporánea ha tendido desde hace mucho tiempo a borrar toda distinción entre una y otra, estableciendo más bien una política totalmente profana. Finalmente, también buscaré demostrar por qué se hace imposible hablar de política sin sacralidad.

En términos elementales, la sacralidad en política significa ocultamiento, mientras que lo profano representa lo opuesto, vale decir, lo abierto o lo que se muestra. En este sentido, cuando el presidente Toledo aparece en la televisión, o dando declaraciones a los medios, cumple la función de "abrir" la política a todos los ojos. Igualmente, la política en función a las encuestas es una muestra más de la secularización o apertura. Es evidente que la democracia como se entiende y propaga hoy no es sino la forma más explícita de la secularización de la política.

Ahora bien, cuando hablo de ocultamiento no solamente estoy pensando en términos de cotos vedados para el resto de personas, sino también de límites infranqueables que trasladan la política hacia un espacio físico delimitado y nos aleja, por ejemplo, de la "exposición" constante del político ante los medios como la televisión, los diarios o la radio, que son en la práctica espacios "virtuales" o "imaginados". Por ello, el ocultamiento o la sacralidad en la política tiene que ver con la política real, es decir, con la existencia de un espacio concreto y el político aquí ya no podrá ser un producto sujeto al gusto de los compradores o un showman al servicio del entretenimiento, sino un líder humano que tiene cualidades especiales que lo distinguen del resto y precisamente por ello queda revestido de un halo de misterio que lo legitima eficazmente ante la población.

La separación entre lo sagrado y lo profano en la política nos devuelve también el sentido de autoridad que está detrás de esta idea de sacralidad y que el hombre común, aunque no comprenda de estos temas, igualmente lo requiere e invoca aunque sea en su subconsciente.

La política sin sacralidad es un espectáculo y este sesgo contribuye a que el político sea tan timorato al momento de tomar decisiones y a ejercer autoridad. De hecho, una decisión en política nunca podrá dejar a todos satisfechos y el gobernante expuesto por completo ante el público y los medios resultará vulnerable por cualquier lado. En síntesis, devolver la sacralidad a la política significará afirmar su misterio y la existencia de la comunidad y de su liderazgo.

 

Tomado de "Expreso"

 

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