Ante los muchos pedidos de camaradas de Lima y del
interior del País, de mayor información sobre el héroe Antonio Huachaca,
presentamos un artículo sobre su gesta épica en defensa del Imperio Peruano.
Debemos señalar que el MNSDP es una organización NacionalSocialista y
como tal, defensora de los valores de la Arianidad y de Occidente. Sin embargo,
nos toca hoy rendir homenaje a un indio que defendió la Peruanidad y al
Imperio, conciente que le debía a Occidente y al Hombre Blanco su elevación
como ser humano, al brindarle su idioma, cultura y religión, alejándolo del
primitivismo y la degeneración propias de su raza. En agradecimiento, Huachaca
defendió al Perú Imperial de las ideas igualitaristas y caóticas de la mal
llamada “independencia”; fue en fin, un indio agradecido, no como cierto
indio que se las da de “presidente”, que gusta de revolverse en el
fango de degeneración y la mediocridad y ni siquiera es capaz de reconocer a su
propia hija ...
LOS ÚLTIMOS ESTANDARTES DEL REY
Los
comuneros de la sierra de Huanta en Ayacucho (Perú) son conocidos con el nombre
de Iquichanos por el pueblo de San José de Iquicha. Ellos desde tiempo fueron
amantes del Rey, a quien consideraban como un padre común, un enviado de Dios
que se convirtió para ellos en el Inca Católico. Por esto el vínculo de
vasallaje que los unía a la corona estaba potenciado por una poderosa relación
sacral.
La
conmoción que significó el ocaso de la Monarquía Católica en las Pampas de
Quinúa se evidenció desde el primer momento. El signo visible de esto lo
tenemos al observar que inmediatamente después de la batalla de Ayacucho
(9-IX-1824) las guerrillas indígenas realistas ajusticiaron al Teniente Coronel
Medina quien, como mensajero, llevaba a Lima los partes de esa victoria para Simón
Bolívar.
Partiendo
de este hecho, se inició un movimiento de resistencia indígena contra la República,
contra el «infame gobierno de la patria» como ellos decían. Por esta razón
las represalias no se hicieron esperar; «En castigo por su militancia realista,
la provincia de Huanta fue grabada en 1825 con un impuesto de 50.000 pesos por
orden del Libertador» (Méndez: 1992, p. 23). Esta militancia leal y
persistente era de vieja data y había sido reconocida en 1821, cuando el Virrey
La Serna le otorgó a la ciudad un escudo con una divisa que rezaba «jamás
desfalleció».
La
conmoción que representaba el cuestionamiento del régimen republicano lo
apreciamos claramente cuando el 6 de agosto de 1826, segundo aniversario de la
Batalla de Junín, dos escuadrones de patrióticos «Húsares de Junín» se
sublevaron en Huancayo y marcharon para unirse con los monárquicos de Huanta.
Como consecuencia de este suceso se originó una represión indiscriminada
contra las comunidades Iquichanas.
La
situación se hizo tan crítica que el Mariscal Santa Cruz, encargado del mando,
tuvo que salir en secreto de Lima (17-VII-1827) a pacificar la región, para lo
cual dio en Huanta un indulto general que reforzaba una Ley de Pacificación,
que había sancionado el Congreso (14-VII-1827). Un nuevo indulto dado por el
Presidente La Mar meses después evidencia que en realidad la pacificación era
aparente.
El
problema era de principio, la República era considerada por los andinos como
enemiga de su pueblo y de su Fe. Así, las comunidades siguieron a Antonio
Navala Huachaca, un nativo que había jurado defender a su Rey, y la Fe Católica.
Tan grande fue su fidelidad y firmeza en el combate, que durante la Guerra de
Separación, el Virrey lo recompensó ascendiéndolo al alto rango de Brigadier
General de los Reales ejércitos del Perú.
Tal
era la personalidad del caudillo que el campesinado huantino llegó a
identificarse absolutamente con su líder y su causa, proclamándolo en las
montañas y en los desfiladeros andinos a gritos de Navala Victoria!!! y que
eran respondidos por un Mamacha Rosario!!! en recuerdo de Nuestra Señora.
Lo
cierto es que en Huanta el Estado Republicano fue realmente abolido por Huachaca
que desde su Castillo, sus tribunales y sus cabildos administraba el poder
nombrando a sus delegados o alcaldes, así como organizando diezmeros1 que
recaudaban fondos para la causa de «Su Majestad Católica».
Pero
esto no fue lo único: «Este seudo Estado llegó a disponer la movilización de
mano de obra para la "refacción de puentes y caminos" y más
sorprendente aún, sus atribuciones abarcaron reglamentación del orden público,
estableciendo patrones éticos de conducta para los individuos bajo su
jurisdicción». (Méndez: 1991, p. 183).
En
este mismo orden de cosas, existía un Ejército Iquichano de rifles, lanzas y
hondas que estaba muy bien organizado en Guerrillas y Columnas de Honderos,
todos uniformados2 y con una oficialidad bien disciplinada. Al lado de la
infantería estaba también la caballería denominada Los Lanceros de Santiago
conocidos por su bravura (Cavero: 1953, p.183). Este ejército si bien tenía
una estructura regular era apoyado por mujeres y jóvenes constituyendo en sí
una verdadera cruzada popular.
El
caudillo andino en una carta al Prefecto republicano manifestaba su crítica al
nuevo régimen diciendo: «Ustedes son más bien los usurpadores de la religión,
de la Corona y del suelo patrio... ¿Qué se ha obtenido de vosotros durante
tres años de vuestro poder? la tiranía, el desconsuelo y la ruina en un reino
que fue tan generoso. ¿Qué habitante, sea rico o pobre, no se queja hoy? ¿En
quién recae la responsabilidad de los crímenes? Nosotros nos cargamos
semejante tiranía»3.
El
12 de Noviembre de 1827, los iquichanos sorpresivamente tomaron Huanta después
de una débil resistencia del batallón «Pichincha» al mando del huidizo,
sargento mayor Narciso Tudela (Cavero: 1953, p.197). Los iquichanos estaban
dirigidos por su caudillo, el «General Huachaca», y por los comandantes de las
fuerzas guerrilleras, entre los que destacaban el vasco francés Nicolás
Soregui, Francisco Garay, Francisco Lanche, Tadeo Chocce, tratado de excelentísimo
coronel, Prudencio Huachaca, hermano del caudillo, y el presbítero Mariano
Meneses, Capellán del ejército iquichano.
En
las alturas de Iquicha se había alzado nuevamente el estandarte monárquico.
Sus planes eran de la mayor envergadura, tomar Huanta, liberar Huamanga y
Huancavelica, y por fin, la «Restauración del Reino»4, extirpando a los
republicanos, proclamando un ideario contrarevolucionario y antiliberal, el que
se ve apoyado por clérigos como: «el padre Pacheco, llamado en documentos
oficiales el Apostata y el sacerdote Navarro, quienes acostumbrados a enardecer
los ánimos y a convencer a las masas desde el púlpito, cambian los hábitos
clericales por la casaca de guerrilleros para dirigir los combates con sable en
mano y pistola de chispa al cinto» (Cavero: 1953, p.197).
En
estos cruzados de Dios, vemos al bajo clero ortodoxo dirigiendo la logística de
los indígenas excluídos, mientras eran acusados y excomulgados por el alto
clero liberal por «apostasía», y ello por haberse alejado de la sumisión
burocrática que significaba patronato republicano.
Ante
los sucesos de Huanta, el prefecto de Ayacucho, Domingo García Tristán, preparó
la defensa de la capital departamental constituyendo una alianza defensiva entre
los gremios y oficios de la ciudad, conocidos como "cívicos" y los
Andahuaylinos y Morochucos, comunidades históricamente enemigas de los
huantinos.
En
la mañana del 29 de noviembre de 1827, se produjo el esperado ataque a
Ayacucho, donde el ejército campesino iquichano izaba sus banderas con la cruz
de Borgoña a gritos de ¡Viva el Rey! Pero los Morochucos y Andahuaylinos, bien
armados y en número de 2000 lograron contener el ataque y contrarrestarlo en la
Pampa de Arcos.
Inmediatamente,
después del asalto a Ayacucho, el coronel Francisco Vidal, ocupó la ciudad de
Huanta y se lanzó a la persecución de los indígenas, que se habían refugiado
en las alturas después de producirse la ocupación de la ciudad5. Lo dramático
de estos acontecimientos fue relatado, poco tiempo después de los sucesos, por
el comerciante alemán Heinrich Witt, quien escribía en su diario:
«Las
tropas del gobierno tomaron nuevamente, posesión de la ciudad y si se puede
creer a los huantinos se portaron peor de lo que lo habían hecho los indios, no
sólo saquearon las casas, sino que ni siquiera respetaron la iglesia, de donde
se llevaron las vasijas sagradas hechas de plata, estatuas de ángeles del mismo
valioso metal, flecos de oro y plata, en resumen, todo lo de valor. Un oficial
fue acusado de haber enviado a Huamanga no menos de nueve mulas cargadas de
cosas robadas» (Witt: 1992, p.232).
La
diferencia con el proceder republicano estuvo, como dice Cavero, en que: «Los
iquichanos pelean, únicamente, contra los soldados armados, contra ellos pero
nunca hicieron daño a personas indefensas ajenas al conflicto, ni arrancharon
las propiedades de sus enemigos ni incendiaron los pueblos, se limitaron a
prender fuego a los edificios que sirvieron de cuarteles a sus contrarios como
sucedió con el Cabildo de Huanta, pero los expedicionarios, usualmente llamados
Pacificadores fueron mil veces más sangrientos y crueles porque después de
vencer la resistencia de los guerrilleros masacraron a los indígenas sin
discriminación de ninguno y fusilaron a los prisioneros sin previo proceso de
ninguna clase». (Cavero: 1953, p.57)
Después
de la caída de Huanta comenzó la fase irregular de la campaña conocida como
guerrillera o de los castillos de Iquicha porque las cumbres andinas sirvieron
como fortalezas para la resistencia monárquica del campesinado indígena. El
coronel Vidal organizó una campaña de contramontoneras para reprimir y
exterminar a los «fanáticos» que sostenían la tradición como ancestral
derecho a su auto-determinación.
El
más notable suceso de esta etapa, fue el combate de Uchuraccay (25-VIII-1828),
donde el comandante Gabriel Quintanilla al mando de los bien armados «cívicos»
enfrentaron a los valerosos iquichanos equipados sólo de lanzas y hondas por un
lapso de 2 horas. En este combate cayó valientemente Prudencio Huachaca y el
sargento mayor Pedro Cárdenas, entre otros, así mismo el capitulado Valle que
falleció pocos días después. No habiendo podido capturar al general Huachaca,
los vencedores se ensañaron con su esposa e hijos, los llamados cadetes,
quienes fueron hechos prisioneros y remitidos a Ayacucho.
Poco
después se produjo el último combate contra las fuerzas gubernamentales en
Ccano. Habían transcurrido siete cruentos meses y los republicanos habían
logrado «controlar» a las fuerzas indígenas. Se había capturado a Sorequi,
Garay, Ramos, al Padre Pacheco y al presbítero Meneses. Pero el indomable
Huachaca, como su pueblo no había sido sometido, seguía cabalgando en su
caballo alazan tostado de nombre «Rifle»' y era seguido por su séquito, yendo
de «castillo» en «castillo» y resistiendo a los liberales.
Entre
1828 y 1838, los iquichanos se mantuvieron al margen de la política pero
conservando su orden cerrado y añorando la restauración de su deseado Rey. Del
Pino dice sobre este último año que: «En 1838, Huanta o los iquichanos se
encariñaron con la causa de la Confederación. El Protector Gran Mariscal Santa
Cruz, en su tránsito por aquel lugar, obsequió un vestido de general a un
indio Huachaca confiriéndole tan alta clase por el conocimiento de su audacia y
porque era el primero que representaba la ferocidad de su raza». (Del Pino:
1955, p.29)
En
este hecho, vemos una evidencia de la idea imperial, es decir, pluri-étnica y
poliárquica de la Confederación Perú-Boliviana, la cual respetaba una
heterogeneidad que atentaba contra de la identidad criollo-nacional que
postulaba la burguesía costeña. Esta Confederación venía a significar en
nuestra historia la continuación del Imperio por otros medios6.
Esta
defensa del derecho a la diversidad y la tradición es lo que podría haber
querido sostener el reaccionario García del Rio, en el texto del diario «Perú-Boliviano»
que nos presenta Cecilia Méndez en su excepcional ensayo La República sin
Indios y, donde el articulista critica a los legisladores de la burguesía
porque: «se olvidaron de que cada pueblo encierra en sí el germen de su
legislación, que no siempre lo más perfecto es lo mejor». (Méndez: 1992,p
35)
Mas
la Confederación estaba sentenciada a muerte por la anglófila burguesía de
Chile, que aliada con los «emigrados peruanos» la ahogaron en sangre. Así
ocurrieron las primeras invasiones chilenas y la Batalla de Yungay, tras la cual
vino su disolución el 20 de febrero de 1839.
Para
marzo de 1839, el General Huachaca y los indígenas iquichanos estaban
nuevamente en armas contra una «restauración» criolla, ahora sostenida por
las ballonetas extranjeras. Por ello el ejército católico se despertó de su
sueño guerrero para sitiar nuevamente Huanta que estaba ocupada por el batallón
chileno «Cazadores».
Ante
esta grave situación el Prefecto de Ayacucho, Coronel Lopera, envió de
refuerzo al batallón chileno «Valdivia» que rompió el asedio y comenzó una
cruel expedición en las punas contra la «indiada».
En
junio de 1839, se produjo el combate de Campamento-Oroco, donde el general
Huachaca sorprendió a los «expedicionarios» y en medio de una tempestad los
obligó a una retirada desastrosa. El contingente republicano para vengar la
humillación infringida: «...hizo una verdadera carnicería de hombres, sin
distinguir ancianos, niños, ni mujeres y de ganados» (Cavero: 1953,p.218)
En
este contexto incierto, el Prefecto Lopera propició un acuerdo con las fuerzas
iquichanas para encontrar una salida negociada al conflicto. Por esto, en
noviembre de 1839, se firmó el Convenio de Yanallay, entre el Prefecto y el
Jefe iquichano, Tadeo Chocce. Así con un tratado de paz y no con una rendición
acababa la Guerra de Iquicha. Terminaba la resistencia iquichana, que sostuvo su
caudillo, el Gran General Huacacha, pero este no firmó el pacto; pues prefirió
internarse en las selvas del Apurímac antes de ceder su monarquismo ante los
que creía «anticristos» republicanos.
Cuando
en 1896, los Partidos Civilista y Demócrata decretaron una contribución sobre
la sal afectando los derechos históricos de los huantinos, ellos respondieron
como siempre con la tradición monárquica como privilegio diciendo que: «...desde
los tiempos del rey jamás habían pagado por la sal, que Dios la había creado
de los cerros para los pobres y con la sal se habían bautizado...» (Husson:
1992, p.133).
Bibliografía
1. Cavero, Luis E. Monografía de la Provincia de Huanta. Editoral Rímac.
Lima, 1953.
2.
Cotler, Julio. Clases, Estado y Nación en el Perú. IEP. Lima, 1978.
3.
Del Pino, Juan José. Las Sublevaciones Indígenas de Huanta (1827-36).Aguilar Editoral. Huanta,
955.
4. Fowler, Luis. Monografía del Departamento de Ayacucho. Imprenta Torres
Aguilar. Lima, 1924.
5.
Husson, Patrick. De la Guerra a la Rebelión. CBC. Cuzco, 1992.
6.
La Faye, Jacques, Mesías, Cruzados y Utopías. FCE. México, 1992.
7. Méndez, Cecilia. Los campesinos, la independencia y la iniciación de la
república. En "Poder y Violencia en los Andes". CBC. Cuzco, 1991.- La República
sin indios. En Tradición y Modernidad en los Andes. CBC. Cuzco, 1992.
8. Rioja,
Juan. -México Martir.
Editoral Revista Católica. Texas, 1935.
9. Witt, Henrich. Diario 1824-90. Un Testimonio personal sobre el Perú del Siglo XIX. Vol. 1. Lima, 1991
¡DESPIERTA
PERUANO!, ¡DESPIERTA PERU!