¿Qué es la Política?

"We few, we happy few, we happy band of brothers …"
Henry V, before the battle of Azincourt

 

Este es un pequeño ensayo introductorio sobre a un tema vital pero al mismo tiempo desconocido: la política y lo político. Comprende un análisis del concepto de la política y una interpretación de lo político, que resultan de suma importancia por cuanto hoy en día es común escuchar en los medios de prensa las opiniones de diversos personajes relacionados con la política nacional resaltando el carácter "técnico" de sus declaraciones y pretendiendo con ello mostrar una imagen de neutralidad e imparcialidad respecto de la política, habida cuenta de que en general lo político en estos tiempos se encuentra contaminado. Nadie desea llamarse pues político y más bien parece ser que, contrariamente, lo técnico sí está revestido de un aura positiva.

No obstante, al conocer lo que en realidad significa la política y lo que es lo político, se cae en la cuenta de que cuando alguien afirma que es un técnico o se presenta como tal para ser visto al margen de lo político, no sólo incurre en un error sino que adopta una posición contradictoria en sí misma y por lo demás absurda.

Por lo pronto, hay que entender que la política no es una actividad mala o negativa sino todo lo contrario. Además, también hay que recalcar que la política es una actividad extremadamente compleja, que no puede ser llevada a cabo por cualquier persona que simplemente tenga la intención de participar en ella. Los resultados de esta tendencia a masificar la actividad política -que dicho sea de paso no solamente ocurre en el Perú sino también en el extranjero- demuestra cómo es que hay muchas personas que ignoran realmente el significado de la práctica política y desconocen lo que representa el conocimiento político, pues para ser un político de verdad, los buenos deseos e inclusive la honestidad no basta.

De la misma manera y a pesar de lo deseable que pueda ser en el contexto de hoy, tampoco basta que los que participan en política tengan una conducta ética y moral intachable. Antes que ser un hombre honrado o interesado en la política, se requiere fundamentalmente tener conocimiento político.

Si se sale a la calle y se pregunta a la gente, por ejemplo, sobre el desempeño del actual Congreso de la República, muy probablemente se encontrará alguna señora que saliendo del mercado manifestará que "ese señor tiene cara de buena gente", que "esta persona ya tiene experiencia en política" o alguna otra respuesta similar. Ahora, qué es lo que significa esto? Solamente que las personas que uno encuentra en la calle emiten opiniones políticas, tal cual puede hacerlo el vendedor de la esquina, el chofer de taxi, el cura de la parroquia y el empresario que sale de su fábrica en su mercedes benz; es decir, cualquiera. Sin embargo, si la política y lo político es tomado en serio, ello no es suficiente y de hecho puede ser hasta peligroso. Así, es fundamental para iniciarse en el ámbito político hacer una meridiana distinción entre conocimiento político y opinión política. La opinión política es algo que tiene un carácter general y que apela a un gran universo (pues todos tenemos una) mientras que el conocimiento político no puede caer en este terreno tan vago y al mismo tiempo tan expandido en términos cuantitativos.

Una buena manera de visualizar la distinción entre conocimiento y opinión es mediante el siguiente ejemplo. Si dibujamos una circunferencia, la opinión política es el segmento constituido por una recta que trazada del centro de la circunferencia a su periferia. Si la circunferencia es una rueda de bicicleta, la opinión política la conforma los rayos de la misma. Entonces, se puede ver que cuando se pregunta a la gente por su opinión sobre un tema político x, quizá el ambulante o el taxista tengan una opinión al respecto, pero será una opinión parcial ya que estaría ubicada en una pequeña parte de la rueda, pues estas personas seguramente tiene acceso a la televisión y quizá a algún diario (no a todos) y, en ese sentido, la información con que cuentan sobre el mundo político es evidentemente reducida y parcial. Por su parte, un ama de casa se situará en otro segmento de la rueda, en tanto principalmente conocerá su ámbito doméstico y lo que ocurra en su vecindario, por lo que podrá tener ciertas ideas pero no necesariamente una visión amplia y concreta de la situación política. Un empresario quizá tenga conocimiento (si se es un macro empresario) de la bolsa de valores, de lo que ocurre fuera del Perú, así como de las causas económicas y financieras que determinan el precio de las acciones, mientras que uno pequeño conocerá, más bien, lo que ocurre en su ámbito o esfera comercial. Pero, de igual manera, su conocimiento sólo les va a permitir tener una opinión política desde su propio segmento de la rueda, desde el lugar específico en que se encuentren. Finalmente, un abogado conocerá muy bien las leyes que expide el Estado Peruano, también lo que le manifiestan sus clientes y algunos otros temas relacionados con su profesión, pero no necesariamente contará con todo el conocimiento que se requiere para actuar en política.

En resumen, la opinión política representa una visión parcial de la política desde un particular ámbito de acción o, si se quiere, desde una particular forma de vida. Sin embargo, cuando se expresa la necesidad de contar con conocimiento político, lo que se debe tener en cuenta, volviendo al ejemplo, es que tal conocimiento es el que se ubica en el centro de la rueda y que, por tanto, permite tener una visión completa de la realidad. Si la circunferencia representa la ciudad o el Estado, quien actúe desde la política debe colocarse en el centro de los mismos, a fin de poder acceder a todas sus partes, pues conocimiento político es conocimiento del todo.

Para ello, debe quedar muy claro que quién entra en la política tiene que conocer todos los ámbitos del quehacer social, lo que exige muchos años de estudio y de reflexión, tanto de temas prácticos como fundamentalmente de temas teóricos. En definitiva, la primera idea que hay que tener muy en cuenta para involucrarse en serio en el ámbito político, es hacer esta distinción meridiana entre opinión y conocimiento.

Algunos contestarán que lo expuesto es una idea poco democrática por que no considera a todos como iguales. A ellos hay que recordarles que cuando nace, la política tuvo un carácter diferenciado y, de hecho, la jerarquía correspondía a la estructura orgánica y funcional típica de toda ciudad antigua. No obstante, la existencia de jerarquías no hace a una sociedad injusta o totalitaria. En realidad, si se toma el concepto mismo de la política, se encontrará que proviene en concreto del término griego Polis, que significa ciudad. Una ciudad es una unidad e incluso se le puede considerar como un órgano viviente, aunque, en términos prácticos, bastaría decir que es un conjunto de personas que habitan en un espacio determinado y cerrado y que en base a ello mantienen relaciones físicas que generan lazos de amistad. Por cierto, al existir esta unidad cabe afirmar que todos son ciudadanos, todos son habitantes de la Polis.

Ahora bien, en los orígenes de la Polis los habitantes eran hijos de personas que habían nacido en ella y que, a su vez, provenían de un antepasado común o que descendían de un héroe fundador, lo que significaba que a partir de tal origen común se generaba un lazo de sangre que se iba extendiendo a medida que nacían nuevas personas en la ciudad. Había allí, entonces, una relación fundamental que permitía mantener la unidad de la ciudad. Empero, hay que aclarar que la sangre no tenía un significado biológico, por que evidentemente el héroe fundador no era un héroe de tipo físico, sino trascendental, que se encontraba más allá del espacio y del tiempo, lo que le otorgaba a la idea de la sangre otras características, no necesariamente materiales, pero que establecían una identificación común con un principio de origen, con un principio fundador.

El hecho de ser descendiente de este héroe fundador implicaba que los demás individuos que habitaban en el mismo espacio común conformado por la Polis también compartían esta identificación. Por tanto, se podía considerar a los otros ciudadanos de la Polis como hermanos y mantener con ellos una relación de confianza que permitía tener fe en los demás. Esta fe implicaba creer lo que los demás decían, pues se asumía que todos se mostraban como lo que en realidad eran, sin cubrirse con ropajes ni tratando de decir o parecer algo distinto. Otra característica de la Polis era que a su interior se realizaban diversas actividades y dado que todos no podían hacer de todo, era muy importante saber diferenciar las aptitudes y talentos de cada uno. De allí que la Polis operaba también en función al reconocimiento de linajes y tradiciones, respondiendo a un modelo orgánico y corporativo de ciudad.

Si tal como se ha dicho, la confianza solamente se establece en una ciudad donde habitan personas que están integradas por lazos como los que se ha señalado, la historia nos enseña también que en el momento en el que se manifestaban estas relaciones de confianza y amistad ya habían comenzado a plantearse dudas con respecto a la existencia del héroe fundador, que afectaba la veracidad de toda la narración mítica que le daba explicación y sentido a la Polis y cuestionado su justificación en el espacio y el tiempo.

Un ejemplo claro lo dan los sofistas, quienes eran personajes que estaban orientados hacia la política o, mejor dicho, hacia el espacio público, pero con claras intenciones personales y quizá hasta crematísticas. En este sentido, se convirtieron en grandes maestros del arte de la retórica pero no ligada al convencimiento -que implica el concurso de la razón- sino a la persuasión. Su objetivo era que aquellas personas que normalmente procedían de familias adineradas aprendieran el arte de la persuasión de manera tal que pudiesen ocupar cargos de relevancia en el gobierno. Como se puede ver, para los sofistas la política comenzaba a parecerse a una técnica de gobierno y manipulación que tenía que ver cada vez menos con la felicidad de la colectividad en su totalidad.

Los sofistas relativizaban cualquier concepción de verdad. Más bien, afirmaban basarse en realidades empíricas y limitaban la condición de verdad solamente a hechos visibles y a cosas fácticas, con lo que toda la idea del héroe fundador quedaba relegada al plano de la religión y la filosofía al no poder ser constatada de manera empírica. En resumen, los sofistas, al comenzar a criticar el fundamento religioso del origen común, comenzaron a fragmentar la ciudad. Al caer la duda sobre el principio fundador ya no fue posible reconocer a los otros ciudadanos como hermanos pues ya no se compartía con ellos la misma sangre. Todos comenzaron a tener ideas distintas y a sentirse diferentes del resto; inclusive se veía en el antiguo hermano a un enemigo al que se no le debía ninguna lealtad. Es en este momento de disolución de la Polis, precisamente, cuando nace la filosofía política, dándole una nueva interpretación al término "política" que, inclusive, va a ser muy relevante para nosotros en la actualidad.

Los sofistas al dudar del principio fundador generaron una relativización de valores que derivó en una forma de pensamiento individualista, en el que cada quien podía pensar a su manera y en el que no se veían a los demás como parte de la familia sino simplemente como personas o individuos diferentes. En estas circunstancias la ciudad comenzó a sufrir un proceso de fragmentación y fractura debido principalmente a la disolución del principio trascendental que le daba unidad y significado. En otras palabras, se produjo una transformación de un cuerpo orgánico a un modelo mecánico cuyas partes individuales no se entienden como órganos integrantes sino como agregados artificiales, autónomos e independientes. De allí que la tarea asignada a la filosofía política clásica halla sido la de recuperar la unidad y el modelo orgánico y corporativo de la ciudad.

En este contexto también puede apreciarse la política en la siguiente ecuación: Política - Polis - Polemos, donde Polemos es un término griego que se entiende como el conflicto, lucha o contradicción que precisamente ocurrió a consecuencia de la expansión en la ciudad del pensamiento de carácter individualista. Esta Polemos, entonces, puede ser entendida específicamente como la lucha para recuperar la unidad que se estaba perdiendo o que ya estaba perdida. Este es el otro significado importante de la política o de la Polis ligado a la política.

En resumen, por un lado la política se encuentra ligada a la unidad y a la gran corporación, mientras que, por el otro, está vinculada a la lucha por la unidad contra las corrientes que propagan la disolución, que en su momento produjeron la fragmentación de la Polis. A consecuencia de esta polarización o fragmentación no sólo se perdió la noción de la unidad sino que también a medida que el tiempo pasaba, se dieron más conflictos que tuvieron como característica la de ser conflictos anónimos; es decir, fueron conflictos en los que cada sujeto defendía su propia verdad o principio, que evidentemente era diferente al de los demás. Así, lo que antes era un espacio de unidad se transformó en un escenario constituido por individuos que luchan por sus ideas o principios mientras la ciudad -como unidad- prácticamente desaparecía.

Esta, en el fondo, es la historia que se va a ir repitiendo a medida que pasa el tiempo y que, por tanto, también forma parte del nacimiento de la filosofía política moderna. En efecto, durante los siglos XVI y XVII ocurrieron una serie de guerras civiles que ocasionaron que una unidad religiosa, como era la católica, se diluyera totalmente, dejando en su lugar tan sólo un conjunto de facciones en pugna y en lucha por imponer sus propios intereses. Pero, como la fragmentación no es buena para nadie, pues no solamente pone en riesgo la vida de todos sino que también hace infeliz la vida misma, es claro que todo conflicto tiene que acabar en algún momento. Así, las luchas de los siglos XVI y XVII terminaron con la aparición del Estado Moderno, el mismo que se caracterizó por obviar todo tema religioso de la esfera pública o estatal, evitando así, aparentemente, el surgimiento de nuevos conflictos.

Luego de esta breve descripción del origen del concepto de lo político, es necesario acercarse a lo que puede denominarse el concepto antiguo de la política, pues es el que va a producir finalmente la primera concepción de lo político, así como una concepción de la política que, por ser tan cercana a los orígenes de la tradición clásica, debería ser mantenida -como de hecho se percibe- aún hoy en día.

Siendo ya una realidad en la Polis la presencia de los sofistas y la inestabilidad producida por la tendencia individualista -si se quiere pragmática- de privilegiar el ámbito de la opinión (recuérdese que los sofistas hablaban muy bien pero lo hacían solamente buscando persuadir), se empezó a afianzar una dinámica nueva en el plano político. A partir de entonces, se buscó contar con la simpatía del grupo, para que apoyara y se adhiriera al discurso y a las conclusiones de lo que les fuese dicho. En efecto, cabe recordar que la persuasión básicamente se dirige a los niveles superficiales de la naturaleza humana, manteniéndose en el plano retórico. La persona que recurre a la retórica va a tratar de crear imágenes, plantear ejemplos, evocar emociones y sentimientos y, en general, va a emplear todos los modos necesarios para conmover al auditorio que tenga al frente. Esto va a ser un rasgo típico del plano de la opinión, que siempre va a ser epidérmica, simple y muy relativa. Lamentablemente, este rasgo de los sofistas se aprecia aún en nuestra vida cotidiana cuando, por ejemplo, vemos como fluctúan las encuestas políticas según el estado de ánimo de la gente o como los políticos invocan sentimientos y emociones en lugar de exponer ideas y propuestas concretas. Queda claro entonces, que la opinión no es fija ni constante sino absolutamente relativa y voluble y que, por el contrario, el conocimiento político es estable y fijo. Por consiguiente, una ciudad no puede ser constituida sobre ideas relativas o volubles, pues simplemente jamás podrá haber estabilidad.

La filosofía política de todo gobierno antiguo tenía una única virtud y era la de resolver la pregunta sobre el mejor régimen político. Esta inquietud implica tener en cuenta dos hechos sumamente importantes. Primero, la preocupación por la búsqueda del mejor régimen político significa estar consciente (saber) que existe el buen régimen político, por lo que se parte de una verdad objetiva dada precisamente por la existencia de dicho régimen. En segundo lugar, también implica reconocer (saber) que se ignora cuál es este mejor régimen político; ignorancia que finalmente motiva a ir en su búsqueda. Esto, además, exige un espacio de libertad y de discusión para aproximarnos a este mejor régimen político. Justamente la visión científica e inclusive la visión legal de la política no van a tener esta característica de apertura, debido a que se mueven en función de conceptos cerrados y reglas fijas que no permiten su discusión, oposición ni cuestionamiento.

La pregunta por el significado de la búsqueda del mejor régimen político conduce inevitablemente a muy diversas opciones, siendo incluso ocioso mencionar las principales clasificaciones como, por ejemplo, la aristotélica. Sin embargo, sí es necesario intentar resolver la interrogante de qué sería un buen régimen político.

¿Dependerá éste de la realidad? Es decir, debe el régimen acomodarse al contexto? ¿Debe tener las características de un régimen puro o de uno mixto? ¿Qué significa un régimen mixto? Tales son algunas de las principales preguntas que hay que formular -e intentar responder- si se quiere llegar a conocer cuál es el mejor régimen político. En realidad, si bien es cierto que el contexto es importante hay que tener en cuenta que las formas de gobierno trascienden el espacio y el tiempo, y en ese sentido, lo esencial va a ser la proximidad al régimen mixto que significa simplemente compartir lo mejor de cada una de las formas de gobierno puras que existen: el gobierno de uno, el gobierno de algunos y el gobierno de muchos (que se debe entender finalmente como el gobierno de todos). Dicho en otras palabras, es necesario intentar una combinación prudente entre todas estas formas de gobierno. Así, por ejemplo, lo ideal sería que el mejor régimen político sea el gobierno de todos, pero eso sería obviar lo que con énfasis hemos mencionado anteriormente -la distinción entre opinión y conocimiento- pues no todos tienen conocimiento político y, por tanto, promover un régimen en el que gobiernen todos implicaría incorporar ese gran espacio que constituye la opinión, lo que sería totalmente catastrófico. Esto mismo sería igual en el caso del régimen de muchos.

Normalmente, en el contexto antiguo cuando se hablaba de "uno o de algunos", se refería a aquellas personas que estaban más próximas al pensamiento y la acción política. Sin embargo, sería incorrecto afirmar que el gobierno mixto procuraría un gobierno solamente de uno o algunos, porque, al ubicarse dicha clasificación dentro de una comunidad orgánica y funcional, se colige que siempre sería necesaria la presencia y la labor de los muchos también.

Efectivamente, la idea de la constitución o de régimen mixto tendría que considerar la incorporación de cada uno de estos sectores dentro de la representación, pero asumiendo siempre la necesidad de cierta jerarquía por el mismo hecho que los pocos estarían más próximos al conocimiento y los muchos a la opinión.

Esto no significa, hay que insistir, que se trate de un régimen injusto o arbitrario, porque finalmente la tarea de la Filosofía Política, la tarea que tenían encomendada los pensadores que estaban en ese plano, era la de educar a los que se encontraban más lejos del conocimiento a fin de que pudiesen incorporarse paulatinamente a este nivel. Esto en el fondo era un proceso hacia el estrato superior, al que se llamaba educación o Paideia, y era lo que finalmente buscaban tanto Sócrates como Platón y Aristóteles. Dicho de otro modo, lo que se buscaba -el objetivo- era transformar opiniones en conocimiento, específicamente transformar opinión política en conocimiento político.

Hemos referido que la presencia del principio de identidad (sangre común) permitía la generación de confianza entre las personas. Sin confianza no es posible conseguir estabilidad en la ciudad y la confianza solamente se va a manifestar cuando existe un principio que unifique a todos los miembros de la ciudad. En el contexto antiguo, tanto en el mundo pre-cristiano como en el mundo cristiano, la religión era el principio unificador. Por el contrario, el contexto moderno se caracteriza por la muerte de los principios. No obstante, es preciso señalar que existió un espacio intermedio entre el mundo de la religión y el del escepticismo donde aparecieron ciertos principios unificadores aunque finalmente débiles. Nos referimos a las ideologías que intentaron llenar el vacío dejado por la religión, que ciertamente permitieron una identificación y facilitaron una relación de confianza entre las personas que la compartían.

Haciendo un paréntesis, es oportuno recordar como a lo largo de los años se ha mencionado y escrito tanto sobre la crisis de los partidos políticos sin haberse encontrado una explicación razonable, cuando ésta en realidad es relativamente muy simple: no puede haber partidos políticos sin ideología. Tampoco puede haber partidos políticos sin intelectuales que manejen la ideología y que puedan transmitirla a las jerarquías más bajas del partido. Porque todo partido político tiene que ser jerárquico. Además, un partido político representa también un proceso de aprendizaje. Se puede ingresar como miembro de base al partido, pero gracias al constante estudio y a la participación en la vida corporativa se va a ir ascendiendo. De esta manera la ideología se irá transmitiendo a cada uno de los militantes y estamentos del partido. Pero, para que ello funcione así es fundamental la ideología, la misma que tiene que ser compleja porque si fuese simple cualquiera podría tener acceso a ella y no se necesitarían maestros, líderes ni instructores, ni tampoco se podría hablar de distintas instancias; es decir, sencillamente no habría partido político.

Retomando el hilo de la exposición, hay que subrayar, entonces, que la identidad permite la cooperación y coordinación y que sin estos elementos la Polis tendería sucumbir y podría finalmente desaparecer. En este sentido, se torna relevante absolver la pregunta sobre el concepto de lo político en el contexto antiguo. A un nivel interno, la política es filosofía política y apunta a la búsqueda del mejor régimen político, pero queda por saber lo que ocurre con la política hacia fuera, en el plano externo. Partiendo del mundo griego, se advierte la presencia de una pluralidad de identidades; es decir, un conjunto de Polis: Esparta, Creta, Atenas, Tebas, etc. Cada una de ellas representaba una identidad política, pues el mundo, desde la caída, siempre ha sido un pluriverso y no un universo y siempre ha estado constituido por distintas colectividades y distintas corporaciones que se han diferenciado por su historia, tradiciones, etnias etc.

Desde el momento de la caída (entendida ésta como la idea metafísica de la fragmentación de la unidad primigenia), el uno deviene en pluralidad y se genera la tensión. Esta situación que aparece narrada en el discurso teológico como la pérdida del paraíso por parte de Adán y Eva, pero que puede ser recordada por el mito o el imaginario colectivo a través de múltiples relatos como el despedazamiento del cadáver de Osiris o inclusive con el del cuerpo de Tupac Amaru, ha generado entonces que el plano real se manifieste siempre en términos de pluralismo y diferencia; es decir, que esté configurado por muchas corporaciones políticas que van a distinguirse entre sí.

Este análisis real arriba a otra definición de lo político: la distinción entre amigo y enemigo, que es la categoría que debe emplearse en el ámbito político externo. Por ejemplo, Esparta pudo haberse aliado con Creta por ciertas circunstancias, como cuando supieron que Tebas, que era una polis muy grande y fuerte, deseaba tomar su territorio. Cuando Tebas decidió oponerse colectivamente a Esparta y a Creta, se convirtió en un enemigo político, por que estaba poniendo en peligro la existencia de las colectividades espartana y cretense. La relación política era entonces una relación entre amigo y enemigo, lo que no implicaba necesariamente algo negativo o peyorativo ni incorporaba un juicio de valor. El enemigo político es un enemigo público y la definición de un enemigo público es la de una corporación, un cuerpo que abiertamente se enfrenta o que por lo menos potencialmente representa un peligro para la colectividad.

El término enemigo público debe ser entendido en su real medida, el enemigo debe ser debidamente identificado para ser combatido como lo que es. El enemigo no era objeto de odio, prejuicio o desprecio desde un inicio. No se podía sentir odio por el enemigo, porque ello hubiese hecho posible pensar incluso en su aniquilamiento, lo que no era adecuado por que, primero, no va con la naturaleza humana y, segundo, porque el enemigo era también una Polis, que circunstancialmente se había tornado enemiga. Lo que se intentaba era simplemente neutralizar al enemigo y no aniquilarlo. Por lo menos esa era una regla clásica que debería mantenerse hoy.

Para completar este ensayo, es necesario ocuparse, al menos brevemente, del sentido de la política moderna. Para empezar, en el contexto moderno ocurrieron ciertos hechos o acontecimientos que cambiaron completamente el mundo clásico o antiguo. Lo primero fue la aparición de la distinción entre espacio público y espacio privado o, lo que es lo mismo, entre espacio político y espacio moral. La raíz de esta dicotomía o separación tuvo que ver con la aparición de un concepto que ha resultado muy caro para la modernidad: el concepto de autonomía. La autonomía, que permite al individuo ser dueño de su propio destino y que constituye una forma de libertad absoluta o de poder absoluto del individuo, implicó un vuelco profundo en el orden y sentido de la Polis clásica. A partir de entonces, todos los sujetos que vivían en la ciudad se reconocieron como sujetos autónomos, como sujetos que tenían su propia ley; consecuentemente, fue muy difícil que pudiesen continuar aceptando la existencia de un principio universal y objetivo. Así, prontamente perdieron la capacidad de permanecer integrados como colectividad; cada quien pretendía ser autónomo y eso generó el surgimiento de muchos planes de vida, muchos de los que llegarían a ser divergentes y antagónicos. Pero, al mismo tiempo, hubieron planes de vida que sí fueron importantes para la colectividad como, por ejemplo, convertirse en maestro o médico, mientras que otros como la prostitución eran considerados claramente dañinos. No obstante, lo más grave de todo fue que todos los planes de vida tenían que ser respetados por igual, pues cualquier discriminación hacia un plan de vida en particular equivalía a tomar como minusválidos o no tomar en serio a quienes optaban por los planes considerados por otros como dañinos o negativos o simplemente inferiores.

Esto definitivamente puso en peligro una circunstancia que en el contexto antiguo se consideraba esencial y se tomaba muy en cuenta, esto es, la valoración de las aptitudes, talentos y capacidades de cada uno para poder realizar ciertas actividades. Nadie duda que se necesita contar con determinadas capacidades o dones para realizar adecuadamente ciertas actividades o profesiones y, precisamente, la sabiduría del individuo con conocimiento político radica en saber ubicar a cada persona en su función, según sus propias aptitudes y según los requerimientos de cada caso. El error surge, más bien, al colocarse a alguien que no tiene aptitudes para determinada labor en un rol que no le corresponde, en cuyo caso, además, el perjuicio será generalmente para todos.

La autonomía individual, no obstante, en un momento dado empezó a desencantarse, dando paso al mundo de la legalidad y del derecho que se caracterizaría por volcar el espacio público al servicio del espacio privado. Así pues, el Estado pasaría a orientar su actividad hacia la protección de la seguridad y la vida de los sujetos autónomos. Esto es en realidad el nacimiento del Estado absolutista, que fue la primera forma de Estado que existió en Occidente. Cuando, aparentemente, se resolvió el problema de la seguridad, la gente percibió que había demasiada concentración de poder en el Estado, por lo que una vez que se vio superada la situación de caos e inseguridad, la gente comenzó a exigir otras cosas. La seguridad ya no era suficiente. En este momento era ya más relevante el tema de la libertad individual y, en especial, el tema de la propiedad privada, dándose el nacimiento de una forma de estado que puede ser llamada Estado Liberal. Este Estado estaría destinado fundamentalmente a la protección de la vida, la libertad y la propiedad. Se trataba, en buena cuenta, de una defensa radical del ámbito doméstico como espacio propio del sujeto autónomo, donde sus intereses y expectativas quedarían ligados a un mundo estrecho y reducido constituido por la familia, los amigos y el trabajo. A medida que pasaba el tiempo, este mundo privado se iba haciendo mucho más importante y relevante, mientas que el espacio público colectivo -que mal que bien todavía podía recordar el sentido de la política antigua- iba a serlo cada vez menos. Finalmente, el espacio público sólo interesaría en función de la utilidad que pudiera significar para el mundo doméstico.

Como lo atisbaron muchos críticos de la modernidad, el contexto propio de la política moderna representaba un estrechamiento del ambiente público que había quedado subsumido en el espacio privado. En realidad, se trató de una privatización de lo público que podía ser apreciada nítidamente cuando lo económico desplazaba cada vez más a lo político e inclusive lo terminaría por subordinar. Esto hizo que en adelante la política expresara una perspectiva individualista y doméstica, eliminando toda conexión con lo colectivo. Por ello, lo que aparentemente pareció ser a inicios de la modernidad y del nacimiento del Estado moderno un permanente y estable equilibrio en la dicotomía entre el espacio privado y el público, pronto se convertiría en una clara hegemonía y absoluto dominio del primero sobre el segundo.

A consecuencia de ello, cuando hoy en día alguien manifiesta estar interesado en la política o querer desempeñar tal o cual cargo político, o cuando se dice que se necesita ministros políticos, todos -e inclusive el mismo interesado- interpretan y perciben algo negativo, casi intrínsecamente corrupto, ya que actualmente lo político y en general toda actividad política significa simplemente la satisfacción de los intereses privados mediante el manejo de los asuntos públicos. Por lo mismo, es preferible ser llamado técnico que político, por cuanto la técnica sugiere imparcialidad, neutralidad y hasta es entendida como provecho general o bienestar colectivo.

Se desprende de lo expuesto, entonces, la importancia de recuperar el significado de los conceptos de política y de lo político, según se ha tratado en el presente ensayo, lo que sin duda será un trabajo arduo y minucioso para los teóricos, quienes, por ejemplo, tendrán que enfrentarse a un concepto moderno como el de la autonomía individual, que se encuentra demasiado enraizado como para ser desechado. En todo caso, para recuperar el equilibrio entre el ámbito privado -dado por la autonomía individual- y el ámbito público -constituido por la totalidad- , se tendrá que recurrir a diferentes definiciones de autonomía que sean más compatibles con la colectividad, como entenderla no como la mera elección individual sino como autorrealización.

Otro asunto muy importante con el que seguramente tendrán que lidiar los teóricos de la política son los derechos humanos. Ciertamente habrá que preguntarse si existe una mejor manera de garantizar y proteger los derechos y libertades y, acaso, la respuesta será que a través de una ciudad o una república, que son los lugares idóneos para su florecimiento. Pero, para hablar de una ciudad o república, antes que nada deben haber ciudadanos, quienes a diferencia de los simples individuos, anteponen sus obligaciones a sus derechos.

Efectivamente, si la autonomía individual conduce a la disgregación de la ciudad, para mantener su unidad, garantizando y protegiendo los derechos y libertades de las personas, es fundamental priorizar las obligaciones de los ciudadanos. Es decir, la obligación es más importante que el derecho. Primero es el cumplimiento de la obligación con respecto a los demás y después la exigencia, la libertad, la potestad. Lamentablemente esta visión ha sido poco considerada debido a la influencia del discurso legal, pues todo el sistema jurídico ha sido construido sobre la base de la protección de libertades y derechos por encima de todas las cosas.

En definitiva, es impostergable afirmar la necesidad de reclamar el lugar natural y propio de la política; lugar que no puede ser otro que el de la ciudad, pero de la ciudad en concreto y no en abstracto. Así, cuando el discurso de la globalización nos habla de la aldea global o los técnicos de la política presentan la nueva realidad del mundo unificado, en ningún caso se hace referencia a la verdadera ciudad sino tan sólo a una abstracción constituida por derechos abstractos y espacios privados, donde lo único real son los millones de desplazados y marginados por el hambre y la miseria que el sistema imperante genera pero que no reconoce. La verdadera ciudad, en la que la política aspira a buscar el mejor régimen para dicha y bienestar de su población, tiene que ser el espacio ideal para el desarrollo de una vida política sana y con sentido. Es preciso, entonces, despertar en las mentes y corazones de las personas la necesidad de buscar con paciencia y entusiasmo el verdadero significado de la política y lo político. Por el bien de todos.

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