::El 20-N, por José Luis Corral
Se quiera o no, el 20 de Noviembre se ha convertido en un día señaladísimo en el siglo XX. Cita con la muerte de personas muy significativas. El acabarse de una vida terrena, marcando con su final toda una etapa, de modo que a partir de esa muerte las cosas ya no son como antes lo fueron porque esas personas influyen de manera decisiva en sus contemporáneos y aun en los que toman el relevo sobre la faz de la tierra. Así, ¿qué habría sucedido si José Antonio hubiera vivido?. ¿Habría chocado con el Caudillo?, ¿habrían colaborado?, ¿quién hubiera predominado?. En caso de tener poder suficiente ¿habría galvanizado a las masas y hallado fórmulas inéditas de justicia social, de participación y entendimiento? , ¿o su espíritu impulsivo nos habría metido en la Segunda Guerra Mundial? ¿y cuál hubiera sido el resultado de ésta entonces?; ¿se hubiera adaptado a las circunstancias adversas, democratizado, cambiado, desviado?, ¿habría fracasado a la hora de poner en práctica sus teorías?. Todo un universo de futuribles y acasos se nos ofrece. Pero todo fue tal y como sucedió. Si la Providencia Omnipotente hubiera querido que los destinos de España fueran regidos por él, no cabe duda que las balas de los fusiles anarquistas jamás habrían encontrado su pecho. Así como la Providencia hubo de torcer el destino del futuro Caudillo de España para que se frustrara su anhelo de ser marino y se le abriera el horizonte de la fiel Infantería, África y la Legión, Alhucemas y su "baraka", la herida mortal en el vientre, Zaragoza, Baleares, Canarias, Marruecos y la salvación de España.
La misma madrugada que José Antonio se nos marchaba Antonio Rivera, el ángel del Alcázar, el combativo dirigente de la Acción Católica. Dios pudo darle más años de vida. Pero tampoco sabemos, aunque suene ofensivo planteárselo y suponer que su vida hubiese sido distinta a lo que fue durante el tiempo en el que el Señor nos lo regaló en la tierra, tampoco sabemos si habría sido un paladín fervoroso de la España más acendradamente católica, o si al compás de los vientos eclesiales no hubiera seguido los caminos de otros fervorosos católicos de entonces como el Padre Llanos o Joaquinito Ruiz Jiménez. Sí, ya sé que parece irreverente, atrevido, irrespetuoso, suponer en una vida pura, ejemplar y santa hasta el supremo sacrificio, que pudiera luego traicionar o cambiar o desvirtuarse, simplemente. Pero dejadme pensar en alta voz. Que el 20-N es de vigilia, reflexión, rumiar una y otra vez todo aquello. Lo que fue. Lo que pudo ser. Lo que no fue. Lo que quiero decir es que los designios del Señor son inescrutables, pero que sobre todo en lo tocante a la muerte, Él sabe muy bien a quién llama y cuándo lo llama. Estamos en sus manos y Él es el Señor de la Historia. Me decía un sacerdote que morimos siempre en el mejor momento. En cuanto a los elegidos, no me cabe la menor duda.
Cuando el que se nos va deja un vacío muy grande su figura se agiganta. Con ese ser vivo entre nosotros más tiempo las cosas podían haber sido de otro modo. Y esa inquietud que nos deja su ausencia, su desaparición, se convierte en acicate para intentar suplir lo que él no pudo hacer. Quizá ahí está el quid del 20-N y su celebración rememorada y repetida de año en año.
También con Franco, a punto de cumplir los 83 años, porque vemos en toda su intensidad la importancia de la desaparición de un anciano.
Somos un pueblo necrófilo, que ama a los muertos y los recuerda. Eso hace Tradición. Por eso el 20-N es ya una Tradición. Y la Tradición no es simple nostalgia, sino el camino por el que se hace la Historia. Caminando por él nos dirigimos por ruta segura al futuro. Olvidando el camino de la Tradición, andamos y desandamos, perdidos y cansados. Por eso nos recordaba el Generalísimo que "los pueblos que olvidan su Historia están condenados a repetirla". Así pues, no somos los españoles de la Tradición los que condenamos a España a la tragedia de sus momentos más amargos, sino los que hicieron tabla rasa de los juramentos y depósitos sagrados que recibieron.
Pero mientras quede encendido el fuego sagrado de nuestra lealtad, de nuestros principios, de nuestra Tradición, será posible que encienda e ilumine a todo nuestro pueblo. Por eso quieren apagarlo. Por eso nos persiguen. No por nuestro número, sino por nuestro significado. Como se ha de apagar hasta la última pavesa si se quiere evitar la reproducción del incendio, así tratan de aniquilarnos a nosotros para que no prenda el fuego que portamos en nuestros compatriotas. En nosotros está el fuego de la Verdad. Llevamos un tesoro en vasijas de barro, como decía San Pablo. Es el Santo Grial de nuestros principios. Sólo nosotros lo tenemos. No nos lo dejemos arrebatar.
Durruti
Hubo otro muerto la madrugada del 20 de Noviembre de 1.936. Fue el máximo lìder de los anarquistas. Un asesino consumado y sin escrúpulos. Su signo es bien distinto. No murió por las balas de sus enemigos formales, contra los que combatía en el frente de batalla, sino por sus aliados comunistas. No es una muerte ejemplar, como las de aquellos, ni podía serlo, sino turbia y por sorpresa, sin tiempo a arrepentirse ni salvar su alma. Si aquellos sufrieron purificadoramente, ya la enfermedad, ya la ansiedad de un injusto fusilamiento próximo, éste tiene toda la eternidad para sufrir lo que no sufrió en vida y él hizo sufrir a los demás. Mucho se ha especulado con esta muerte, pero hubo cuatro testigos. El sargento Manzanas, comunista, que fue quien lo mató a bocajarro con 6 tiros, de los que cinco le entraron de frente y el último por la espalda al caer, y que al día siguiente salió en avión fuera de España; el chófer que debía trasladarlo; un toledano de Gálvez aún vivo e Isidro el de "Malacatín", falangista de la vieja guardia y que puede contarlo a todo el que quiera oírlo. Aquello fue parte del proceso de toma del poder por los soviéticos en el mes de noviembre del 36, Paracuellos y Santiago Carrillo incluido. Sin embargo, esa muerte es irrelevante, porque aunque hubiera seguido vivo la historia no habría cambiado ni un ápice.
Y otros
Hay más muertos violentamente el 20-N. Se trata de dos dirigentes batasunos, Santiago Brouard primero, a raíz del asesinato del senador socialista Enrique Casas, lo que puso coto a la caza de socialistas; y posteriormente Josu Muguruza. También a estos les alcanzó la muerte violenta y repentinamente, sin que seguramente tuvieran tiempo de arrepentirse. Quienes les mataron sabían de la significativa fecha del 20-N. Así se daba una pista falsa sobre la ultraderecha. Lo que se llama echarle el muerto a otros, táctica en la que son especialistas los marxistas. Tampoco esos muertos son ejemplares ni determinantes para la vida de sus coetáneos. Pero ayudan a incrementar la necrología del 20-N. ¿Quién se lo iba a decir a ellos cuando brindaban con champán el 20-N del 75?.