Juan D. Perón
La Fuerza es el Derecho de las Bestias
| "LA FUERZA ES EL DERECHO DE LAS BESTIAS". Cicerón. |
[Transcripto de la Tercera Edición, 1974]
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Capítulo I * |
Capítulo
I
En
este libro, deseo presentar un panorama sintético de la situación argentina,
mostrando simple y objetivamente el reverso de una medalla de simulación,
falsedad y calumnia.
Frente al azote inaudito de la dictadura militar, deseo mostrar cómo la fuerza puesta en manos de marinos y militares sin honor, puede llegar a ser el mayor peligro para el orden constitucional y la seguridad de la nación.
Presentar
también el triste ejemplo de la Argentina, en la cual se ha despojado al pueblo
de sus derechos esenciales, abatido al gobierno Constitucional elegido por el
70% del electorado, masacrado a sus obreros y establecido un régimen de terror.
Demostrar que yo, en diez años de gobierno no costé una sola victima humana al
país, en tanto la dictadura lleva sobre su conciencia la muerte de millares de
argentinos. Que mientras yo preferí abandonar el gobierno antes de ver
bombardeadas las ciudades indefensas, estos simuladores han torturado a
numerosos ciudadanos, de los 15.000 presos políticos, sin causa ni proceso, que
llenan las cárceles.
Deseo
asimismo mostrar la verdad de esta simulación, donde un general temulento y
ambicioso se nombra Presidente por decreto, luego por decreto se declara Poder
Legislativo y asume también por su cuenta el Poder Judicial. Cómo estos
simuladores de la libertad ocupan con tropas la redacción de los diarios,
encarcelado y reemplazando su personal, al día siguiente de ponderar la
libertad de prensa. Y muchas cosas más que evidencian la tragedia del pueblo
argentino bajo la férula de una banda de asaltantes, Bandidos y asesinos.
El
tremendo mal que estos hechos arrojan sobre el concepto y buen nombre de las
fuerzas armadas de la República, no tiene remedio. Sin embargo, no todos los
jefes y oficiales tienen la culpa. Por fortuna el Ejército ha permanecido fiel
al deber, salvo casos excepcionales.
Cuando
me refiero a los jefes y oficiales, lo hago sobre los que faltaron a la fe
jurada a la Nación y en manera alguna a la Institución que no tiene nada que
ver con ellos. Espero en cambio la reacción institucional en defensa de los
prestigios comprometidos por los ambiciosos que la usaron en su provecho y
beneficio personal.
En
estas páginas no encontraréis retórica porque la verdad habla sin artificios.
La dialéctica ha sido innecesaria porque la elocuencia de los hechos la
superan. Mi elocuencia es la verdad expresada en el menor número de palabras.
No
dispongo en la actualidad de un solo dato estadístico anotado. He recurrido sólo
a mi memoria y al profundo conocimiento que poseo de mi país. Por eso he
preferido hacer un libro ágil, al alcance de todos, informativo y crítico.
El
arte de gobernar tiene sus principios y tiene sus objetivos. Los primeros
conforman toda una teoría del arte, pero son sólo su parte inerte. La parte
vital es el artista. Muchos pueblos eligen sus gobernantes convencidos de su
acierto. La mayor parte de las veces se verán defraudados, porque el artista
nace, no se hace.
Sin
embargo, los objetivos son claros. El gobernante es elegido para hacer la
felicidad de su pueblo y labrar la grandeza de la Nación. Dos objetivos antagónicos
en el tiempo. Muchos obsesionados por la grandeza y apresurados por alcanzarla
llegan a imponer sacrificios sobrehumanos a su pueblo. Otros preocupados por la
felicidad del pueblo olvidan la grandeza. El verdadero arte consiste
precisamente en hacer todo a su tiempo y armoniosamente, estableciendo una
perfecta relación de esfuerzo para engrandecer al país sin imponer a la
comunidad sacrificios inútiles. Es preferible un pequeño país de hombres
felices a una gran nación de individuos desgraciados.
Al
hombre es preferible persuadirle que obligarle. Por eso el verdadero gobernante
es, además de conductor, un maestro. Su tarea no se reduce a conducir un pueblo
sino también a educarlo.
Así
como no podemos concebir un hombre sin alma, es inconcebible un pueblo sin
doctrina. Ella da sentido a la vida y congruencia a los actos de la comunidad.
Es el punto de partida de la educación del pueblo.
Sobre
el concepto armónico de la relación, los gobiernos deben adoctrinar y
organizar a las comunidades para reducirles en medio de la incomprensión de
algunos y de los intereses de otros. Una legión de adulones lo influenciaron
para desviarlo y otra de enemigos para detenerle. Esa es la lucha. Saber
superarla no es cosa simple. Para lograrlo el pueblo es el mejor aliado, sólo
él encierra los valores permanentes, todo lo demás es circunstancial.
La
violencia en cualquiera de sus formas no afirma derecho sino arbitrariedades.
Recurrir a la fuerza para solucionar situaciones políticas es la negación
absoluta de la democracia. Una revolución aun triunfante no presupone sino la
sin razón de la fuerza. El gobierno se ejerce con la razón y el derecho.
Doblegar violentamente a la razón y al derecho es un acto de barbarie cometido
contra la comunidad. Recurrir al pueblo es el camino justo. Un gobierno es bueno
cuando la mayoría así lo afirma. Las minorías tendrán su influencia pero no
las decisiones, que corresponden a la mayoría. Una minoría entronizada en el
gobierno mediante el fraude o la violencia constituye una dictadura, arbitraria
y la antítesis de todo sentido democrático.
Un
flajelo político del que aun no estamos exentos, son las dictaduras militares.
Producto de la traición de la fuerza, confiada a menudo a la ambición de los
hombres. Su destino es siempre el mismo: llegan con sangre y caen con ella o por
el fruto de su propia incapacidad prepotente. La soberbia de la ignorancia no
tiene límites.
Hombres
inexpertos, faltos de capacidad y a menudo de cultura, caen pronto en las demasías
de la fuerza. No atinan a la persecución porque la consideran una debilidad.
Una legión de ignorantes ambiciosos y venales ejercen el mando. Otra legión de
adulones y alcahuetes les rodea y les aplaude para sacar ventajas: eso es un
gobierno militar.
A
menudo se cree que una dictadura militar es un gobierno fuerte. El único
gobierno fuerte es el del pueblo. El de los militares es sólo un gobierno de
fuerza.
La
escuela del mando difiere totalmente de la escuela del gobierno. Un militar sólo
puede ser gobernante si es capaz de arrojar por la ventana al general que lleva
adentro, renunciar a la violencia y someterse al derecho.
Generalmente
los gobiernos militares de facto son dictaduras, son masacres y fusilamientos.
Es consecuencia del predominio del derecho de las bestias ancestralmente
viviente en la subconciencia de los individuos que desconocen o desprecian al
derecho de los hombres.
Normalmente
esta clase de “dictaduras profesionales” por ambición de poder y de mando
comienzan como el pescado, a descomponerse por la cabeza. Una serie de golpes de
estado produce sucesivamente desplazamiento hasta que aparece un Marat,
generalmente el peor de todos, encargado por la Providencia para producir el epílogo.
En
la tarea de hacer feliz al pueblo y labrar la grandeza de la Patria, el gobierno
debe empezar por equilibrar lo político, lo social y lo económico. Las
dictaduras militares comienzan desequilibrando lo político con la revolución,
luego en el gobierno, como un elefante en un bazar, lo destruyen todo. Las
consecuencias aparecen pronto. El caos se presenta por desequilibrio, entonces
el fin está cercano.
Los
hombres de las dictaduras militares, están siempre “enfermos de pequeñas
cosas”. Miran unilateralmente y ven sólo un pequeño sector del panorama.
Ignoran que el éxito no es parcial ni se elabora sólo con aciertos. No saben
que el éxito es un conjunto de aciertos y desaciertos donde los primeros son más
que los segundos. Es que las “pequeñas cosas” constituyen los dominios del
bruto.
La
técnica moderna de la propaganda y la guerra psicológica ha puesto en sus
manos un nuevo instrumento: la infamia. Así estos gobiernos han agregado a la
brutalidad de la fuerza un nuevo factor, el de la insidia, la calumnia, y la
diatriba. Con ello, si han descendido en la fuerza han descendido mucho más en
la dignidad.
La
revolución argentina del 16 de septiembre de 1955 y su incestuoso producto, la
dictadura militar, no han escapado a ninguna de las reglas de esta clase de
abortos políticos. Ellos necesitan explicar una revolución injustificable.
Como no encuentran en los actos de gobierno ni en las acciones administrativas
nada que pueda darle pie ni siquiera a sus falsedades, se han dedicado a
denigrar a nuestros hombres mediante la calumnia personal.
Una
escandalosa campaña publicitaria de calumnias y de injurias ha sido lanzada
para destruir nuestro prestigio y vulnerar nuestro predicamento en las masas
populares. Allí es donde comprobamos hasta dónde pueden descender los hombres
cuando la pasión ciega su razón, el impulso anula su reflexión y la palabra
llega a adelantarse al pensamiento.
Todo
es ataque personal, preferentemente íntimo. Se investiga para la publicidad. No
se han ocupado de nada que presupongan las anunciadas irregularidades
administrativas. Todo se ha reducido a asaltar y saquear nuestras casa y
mencionar lo que poseemos sin interesarles si es bien o mal habido.
Su
afán de substraer toda investigación a la justicia demuestra el fin
perseguido. Ellos saben que substraer un juicio de sus jueces naturales es un
vicio de insanable nulidad por disposición constitucional. ¿Qué persiguen
entonces con esas investigaciones inconstitucionales?, simplemente difamar,
calumniar, destruir.
En
nuestro país no lo conseguirán porque el pueblo conoce la verdad. En el
extranjero es menester explicarlo, porque no se nos conoce. Lo hacemos a través
de este libro aunque para ello debamos “chapalear en la inmundicia”. No
siempre nos es dado elegir. Asombra que tanta infamia deba ser comentada, pero,
a veces el corazón del hombre se impresiona en la falsedad cuando no encuentra
la verdad para creer.
Asunción.
Declaraciones del 5 de octubre de 1955
Formuló
declaraciones a la United Press el ex Presidente Perón
Nueva
York, 5 (UP). – En el servicio central de New York la United Press transmitió
el texto íntegro de las declaraciones que el ex presidente argentino, general
Juan Perón, hizo al gerente de la oficina de la Agencia en Paraguay, Germán Chávez.
El
siguiente es el texto de las preguntas hechas por el corresponsal de la United
Press, y las respuestas del general Perón.
P.
- ¿Puede, el señor general, dar una información sobre los sucesos político-militares
argentinos, que culminaron con su renuncia a la presidencia de la Nación?
R.
– Estallada la revolución, el día 18 de septiembre la escuadra sublevada
amenazaba con el bombardeo de la ciudad de Buenos Aires y de la destilería de
Eva Perón, después del bombardeo de la ciudad balnearia de Mar del Plata. Lo
primero, de una monstruosidad semejante a la masacre de la Alianza; lo segundo,
la destrucción de diez años de trabajo y la pérdida de cientos de millones de
dólares. Con ese motivo, llamé al Ministro del Ejército, General Lucero, y le
dije: “Estos bárbaros no sentirán escrúpulos en hacerlo, yo no deseo ser
causa para un salvajismo semejante”. Inmediatamente me senté al escritorio y
redacté la nota que es de conocimiento público y en la que sugería la
necesidad de evitar la masacre de gente indefensa e inocente, y el desastre de
la destrucción, ofreciendo, si era necesario, mi retiro del gobierno.
Inmediatamente la remití al General Lucero quién la leyó por radio, como
Comandante en Jefe de las fuerzas de represión, y la entregó a la publicidad.
El día 19, de acuerdo con el contenido de la nota, el Ministro Lucero formó
una junta de generales, encargándole de discutir con los jefes rebeldes la
forma de evitar un desastre. Esta junta de generales se reunió el mismo día 19
e interpretó que mi nota era una renuncia. Al enterarme de semejante cosa llamé
a la residencia de los generales y les aclaré que tal nota no era una renuncia
sino un ofrecimiento que ellos podrían usar en las tratativas. Le aclaré que
si fuera renuncia estaría dirigida al Congreso de la Nación y no al Ejército
ni al Pueblo, como asimismo, que el presidente constitucional lo era hasta tanto
el Congreso no le aceptara la renuncia. La misión de la junta era sólo
negociadora. Tratándose de un problema de fuerza, ninguno mejor que ellos para
considerarlo, ya que, si se tratara de uno de opinión, lo resolvería yo en
cinco minutos. Llegados los generales al Comando de Ejército según he sabido
después, tuvieron una reunión tumultuosa en la que la opinión de los débiles
fue dominada por los que ya habían defeccionado. Esa misma madrugada, del 20 de
septiembre, fue llamado mi Ayudante, Mayor Gustavo Renner, al comando, y allí
el General Manni le comunicó en nombre de los demás que la junta habían
aceptado la renuncia (que no había presentado) y que debía abandonar el país
en ese momento. En otras palabras, los generales se habían pasado a los
rebeldes y me imponían el destierro.
P.
- ¿A qué causas atribuye el estallido revolucionario? ¿Cree usted que influyó
para ello el conflicto con la iglesia? ¿Y el contrato sobre la explotación
petrolífera?
R.
– Las causas son solamente políticas. El móvil, la reacción
oligarco-clerical para entronizar al “conservadorismo” caduco. El medio, la
fuerza movida por la ambición y el dinero. El contrato petrolífero, un
pretexto de los que trabajan de ultranacionalistas “sui generis”.
P.
- ¿Estaba en gobierno del señor general en antecedentes de la conspiración
dirigida por el General Lonardi y otros jefes militares? ¿Es exacto, que la
marina de guerra, prácticamente, estuvo en actitud de rebeldía desde el 16 de
junio último?
R.
– El gobierno estaba en antecedentes desde hacía 3 años. El 28 de septiembre
de 1951 y el 16 de junio de 1955 fueron dos brotes abortados. No quise aceptar
fusilamientos y esto les envalentonó. Si la marina fue rebelde desde el 15 de
junio, lo supo disimular muy bien, pues nada lo hacía entender así.
P.
– El señor general en su carta renuncia del 19 de septiembre, decía que quería
evitar pérdidas inestimables para la nación. ¿Con las fuerzas leales a su
gobierno, podría haber prolongado la lucha? ¿Con probabilidades de éxito?
R.
– Las probabilidades de éxito eran absolutas, pero para ello, hubiera sido
necesario prolongar la lucha, matar mucha gente y destruir lo que tanto nos costó
crear. Bastaría pensar lo que habría ocurrido si hubiéramos entregado las
armas de nuestros arsenales a los obreros que estaban decididos a empuñarlas.
Siempre evité el derramamiento de sangre por considerar este hecho como un
salvajismo inútil y estéril entre hermanos. Los que llegan con sangre con
sangre caen. Su victoria tiene siempre el sello imborrable de la ignominia, por
eso los pueblos, tarde o temprano, terminan por abominarlos.
P.
– Se ha publicado que la Alianza Nacionalista constituía una especie de
fuerza de choque. ¿Qué hay de cierto en esto?
R.
– La Alianza Nacionalista era un partido político como los demás, combativo
y audaz; compuesto por hombres jóvenes, patriotas y decididos. Eso era todo. El
odio hacia esa agrupación política no difiere del odio que esta gente ha
demostrado por los demás. El espíritu criminal, cuando existe voluntad
criminal, es más bien cuestión de ocasión para manifestarse. Por eso la
masacre de la Alianza es producto de un estado de ánimo y de una ocasión.
P.
- ¿Exactamente a las 8 del martes 20 buscó usted refugio en la embajada del
Paraguay? ¿Es verdad que el señor general pasó la noche anterior y toda la
madrugada del 20 en la residencia presidencial?
R.
– Es exacto.
P.
- ¿Considera usted que en la actual situación política argentina el partido
peronista podrá desarrollar sus actividades? ¿Cree usted que la CGT mantendrá
su anterior estructura y organización? ¿Qué opina el señor general de la
orientación futura de los sindicatos obreros?
R.
– El partido peronista tiene a todos sus dirigentes presos, perseguidos o
exiliados. En esta forma está proscripto. La masa sigue firme y difícilmente
podrá nadie conmoverla.
P.
- ¿Qué planes tiene usted para el futuro? ¿Es verdad que proyecta ir a
Europa, y radicarse temporalmente en España, Italia o Suiza? Si es así, ¿cuándo
proyecta viajar a Europa?
R.
– Permaneceré en el Paraguay, primero, porque amo profundamente a este pueblo
humilde pero digno, compuesto de hombres libres y leales hasta el sacrificio.
Segundo, porque entre mis honores insignes tengo el de ser ciudadano y General
del Paraguay, y tercero, porque me gusta. A Europa no pienso ir porque no es
necesario y porque no tengo dinero suficiente para hacer el turista en estos
momentos, a pesar de la riqueza que me atribuyen mis detractores ocasionales.
P.
– Lógicamente hay gran expectativa sobre sus futuras actividades, señor
general. ¿Piensa usted permanecer al frente de la jefatura del partido
peronista?
R.
– Dicen que un día el Diablo andaba por la calle se descargó una tremenda
tormenta. No encontrando nada abierto para guarecerse, se metió en la iglesia
que tenía su puerta entornada y, dicen también, que mientras el Diablo estuvo
en la iglesia se portó bien. Yo haré como el Diablo, mientras esté en el
Paraguay honraré su noble hospitalidad. Si algún día se me ocurriera volver a
la política me iría a mi país y allí actuaría. Hacer desde aquí lo que no
fuera capaz de hacer allí no es noble ni es peronista. El partido peronista
tiene grandes dirigentes y una juventud pujante y emprendedora ya sea entre sus
hombres como entre sus mujeres. Han “desensillado hasta que aclare”. Tengo
profunda fe en su destino y deseo que ellos actúen. Ya tienen mayoría de edad.
Les dejé una doctrina, una mística y una organización. Ellos la emplearán a
su hora. Hoy imperan la dictadura y la fuerza. No es nuestra hora. Cuando llegue
la contienda de opinión, la fuerza bruta habrá muerto y allí será la ocasión
de jugar la partida política. Si se nos niega el derecho de intervenir habrán
perdido la batalla definitivamente. Si actuamos, ganaremos como siempre por el
70% de los votos.
P.
– El gobierno provisional argentino ha hecho declaraciones diciendo que
implantará un régimen de libertad y democracia. ¿Cree usted que todos los
partidos políticos inclusive el peronista, podrán actuar libremente?
R.
– La libertad y la democracia basada en los cañones y en las bombas no me
ilusionan, lo mismo que las declaraciones del gobierno provisional. Yo ya
conozco demasiado de estos gobiernos que no basan su poder en las urnas sino en
las armas. La persecución despiadada y la difamación sistemática no abren
buenas perspectivas a una pacificación. De modo que creo lo peor. Dios quiera
que me equivoque. Ello sólo sería, si esta gente cambiara diametralmente, lo
que dudo suceda.
P.
– Cualquier manifestación del señor General, la United Press tendrá mucho
gusto en difundir en más de 5.000 diarios y estaciones radiotelefónicas que en
todo el mundo tiene el servicio de esta Agencia de noticias.
R.
– Por lo que hemos podido escuchar, cuanto sostiene el gobierno de facto es
falso por su base. No podrían justificar su revolución ante el Pueblo. Ya en
sus declaraciones comienzan por confesar ingenuamente que harán lo que nosotros
hemos hecho y respetarán nuestras conquistas sociales. Si son sinceros es un
reconocimiento tácito, si no lo son, peor aún.
Nosotros
representamos el Gobierno Constitucional elegido en los comicios más puros de
la política argentina en toda su historia. Ellos son sólo los usurpadores del
poder del Pueblo. Si llamaran a elecciones libre, como las que aseguramos
nosotros, las volveríamos a ganar por el 70% de los votos. ¿Cómo entonces
pueden ellos representar la opinión pública?
Esta
revolución, como la de 1930, también septembrina, representa la lucha entre la
clase parasitaria y la clase productora. La oligarquía puso el dinero, los
curas la prédica y un sector de las fuerzas armadas, dominadas por la ambición
de algunos jefes, pusieron las armas de la República. En el otro bando están
los trabajadores, es decir el Pueblo que sufre y produce. Es su consecuencia una
dictadura militar de corte oligarco-clerical y ya sabemos a dónde conduce esta
clase de gobierno.
Que
es una democracia y que enarbola banderas de libertad, sólo el gobierno
uruguayo y a sus diarios y radios alquilados puede ocurrírsele semejante
barbaridad.
Si
la democracia se hiciera con revolucionarios para burlar la voluntad soberana
del Pueblo, yo sería cualquier cosa menos democrático. El tiempo dará la
respuesta a los insensatos que puedan aún creerlo. Conozco a la gente ambiciosa
desde hace muchos años y yo he de equivocarme fácilmente en el diagnóstico.
Yo
hubiera permanecido en Buenos Aires, si en mi país existiera la más mínima
garantía, porque no tengo nada de qué acusarme, pero, frente a hombres que el
16 de junio intentaron asesinar al Presidente de la Nación mediante el
bombardeo aéreo sorpresivo sobre la Casa de Gobierno, ya que fueron capaces de
masacrar a cuatrocientas personas bombardeando e incendiando el edificio de la
Alianza, donde había numerosas mujeres y niños, ¿qué podemos esperar los
argentinos?
En
presencia de la vil calumnia que ya comienza a hacerse presente, como de
costumbre, desde Montevideo, deseo aclarar el asunto de mis bien para
conocimiento extranjero, porque en mi Patria saben bien los argentinos cuales
son.
Mis
bienes son bien conocidos: mi sueldo de Presidente, durante mi primer período
de gobierno, lo doné a la Fundación Eva Perón. Los sueldos del segundo período
los devolví al Estado. Poseo una casa en Buenos Aires que pertenece a mi señora,
construida antes de que yo fuera elegido por primera vez. Tengo también una
quinta en el pueblo de San Vicente, que compré siendo coronel y antes de soñar
siquiera que sería Presidente Constitucional de mi país. Poseo además los
bienes, que por la testamentaría de mi señora me correspondes, y que consisten
en los derechos de autor del libro “La razón de mi vida”, traducido y
publicado en numerosos idiomas en todo el mundo y un legado que don Alberto
Dodero hizo en su testamento a favor de Eva Perón. Además, los numerosos
obsequios que el Pueblo y mis amigos me hicieron en cantidad que justifica mi
reconocimiento sin límites. El que descubra otro bien, como ya lo he repetido
antes, puede quedarse con él.
A mí
no me interesó nunca el dinero ni el poder. Sólo el amor al Pueblo humilde, a
quien serví con lealtad, me llevó a realizar cuanto hice. Con los bienes de mi
señora, que, por derecho sucesorio me corresponden íntegramente, instituí la
Fundación Evita, nueva entidad destinada a dar albergue a estudiantes pobres
que debían estudiar en Buenos Aires. La mayor parte de los regalos que recibí,
los destiné siempre a premios para pruebas deportivas de los muchachos pobres y
de los estudiantes. Me complacería si el nuevo presidente de facto hiciera lo
mismo, agregando que, en mi testamento, lego todos mis bienes a la Fundación
Evita al servicio del Pueblo y de los pobres.
Durante
diez años he trabajado sin descanso para el Pueblo y, si la historia pudiera
repetirse, volvería a hacer lo mismo porque creo que la felicidad del pueblo
bien vale el sacrificio de un ciudadano.
Mi
gran honor y mi gran satisfacción son el amor del pueblo humilde y el odio de
los oligarcas y capitalistas de mala ley, como también de sus secuaces y
personas que, por ambición y por dinero, se han puesto a su servicio.
Solo
y a mis años, ya he aprendido el reducido valor de la demasía del dinero. Las
investigaciones me tienen sin cuidado porque, sí se hacen bien, probarán mi
absoluta honradez, y si se hacen mal serán viles calumnias como las que se
lanzan hoy sin investigar nada. Yo estoy en paz con mi conciencia y no me
perturbarán las inconciencias ajenas.
No
pienso seguir en la política porque nunca me interesó hacer el filibustero o
el malabarista y, para ser elegido presidente constitucional no hice política
alguna. Me fueron a buscar, yo no busqué serlo. Ya he hecho por mi pueblo
cuanto podía hacer. Recibí una colonia y les devuelvo una patria justa, libre
y soberana. Para ello hube de enfrentar la infamia en todas sus formas, desde el
imperialismo abierto hasta la esclavitud disimulada.
Cuando
llegué al gobierno, en mi país había gente que ganaba veinte centavos por día
y los peones diez y quince pesos por mes. Se asesinaba a mansalva en los
ingenios azucareros y en los yerbales con regímenes de trabajo criminal. En un
país que poseía 45 millones de vacas sus habitantes morían de debilidad
constitucional. Era un país de toros gordos y de peones flacos.
La
previsión social era poco menos que desconocida y jubilaciones insignificantes
cubrían sólo a los empleados públicos y a los oficiales de las fuerzas
armadas. Instituímos las jubilaciones para todos los que trabajan, incluso los
patrones. Creamos las pensiones a la vejez y a la invalidez desterrando del país
el triste espectáculo de la miseria en medio de la abundancia.
Legalizamos
la existencia de la organización sindical declarada asociación ilícita por la
justicia argentina y promovimos la formación de la Confederación General del
Trabajo con seis millones de afiliados cotizantes.
Posibilitamos
la educación y la instrucción absolutamente gratuita para todos los que
quisieran estudiar, sin distinción de clase, credo y religión y sólo en ocho
años construimos ocho mil escuelas de todos los tipos.
Grandes
diques con sus usinas aumentaron el patrimonio del agro argentino y más de
35.000 obras públicas terminadas fue el esfuerzo solamente del primer plan
quinquenal de gobierno, entre ellas el gasoducto de 1.800 kilómetros, el
aeropuerto Pistarini, la refinería de petróleo de Eva Perón (que querían
bombardear los rebeldes a pesar de costar 400.000.000 de dólares y diez años
de trabajo), la explotación carbonífera de Río Turbio y su ferrocarril, más
de veinte grandes usinas eléctricas, etc. etc.
Cuando
llegué al gobierno ni los alfileres se hacían en el país. Los dejo fabricando
camiones, tractores, automóviles, locomotoras, etc. Les dejo recuperados los
ferrocarriles, los teléfonos, el gas, para que los vuelvan a vender otra vez.
Les dejo una marina mercante, una flota aérea, etc. ¿A qué voy a seguir? Esto
lo saben mejor que yo todos los argentinos.
Ahora
espero que el Pueblo sepa defender lo conquistado contra la codicia de sus
falsos libertadores. Esta será una prueba de fuego para el Pueblo Argentino y
deseo que la pase solo y solo sepa defender su patrimonio contra los de afuera y
contra los de adentro. Yo ya tengo bastante con estos diez años de duro
trabajo, sinsabores, ingratitudes y sacrificios de todo orden. El Pueblo conoce
a sus verdaderos enemigos. Si es tan tonto que se deja engañar y despojar, suya
será la culpa y suyo será el castigo.
He
dedicado mi vida al País y al Pueblo. Tengo derecho a mi vejez. No deseo andar
dando lástima como le sucede a algunos políticos argentinos octogenarios.
Preveo
el destino de este gobierno de facto. El que llega con sangre, con sangre cae. Y
esta gente no sólo ha ensangrentado sus manos, sino que terminará tiñendo con
ella su conciencia.
Yo
acostumbro a perdonar a mis enemigos y los perdono. Pero la historia y el Pueblo
no perdona tan fácilmente, a ellos les encomiendo la justicia que siempre
llega.
Yo no me arrepiento de haber desistido de una lucha que habría ensangrentado y destruido al país. Amo demasiado al Pueblo y hemos construido mucho en la Patria para no pensar en ambas cosas. Sólo los parásitos son capaces de matar y destruir lo que no son capaces de crear.
Al
Gobierno y al Pueblo paraguayo mi gratitud por una conducta que ya le conocemos
los que hemos penetrado la grandeza de su dignidad humilde frente a la soberbia
de la insolencia.
En nombre del Pueblo humilde de mi Patria, la Argentina, que lucha todos los días por su grandeza, presento al Pueblo paraguayo mi desagravio por los actos insólitos presenciados durante mi asilo. Algún día el verdadero Pueblo argentino tendrá ocasión de reafirmarme.
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