MENSAJE DEL GENERAL PERÓN A LOS ARGENTINOS DEL AÑO 2000
Este texto que les brindamos a continuación, escrito por el General Perón en 1950, fue enterrado en la plaza de mayo para que fuese desenterrado en el año 2000. Lamentablemente, como nada noble puede esperarse de quienes arrasaron con la democracia y las banderas de soberanía, justicia y libertad en 1955 para entregarnos a los imperialismos, el texto cayó en las manos destructoras de los gorilas que derrocaron al único gobierno nacional elegido por el pueblo de la manera más justa y transparente de la historia. Recordemos y tengamos en cuenta los acontecimientos de aquéllos años para poder comprender de manera total el contenido de las siguientes líneas, sin olvidarnos de la dura reconstrucción de Europa luego de la segunda Guerra Mundial, el comienzo de la llamada "guerra fría" y diferentes conflictos internacionales. Su contenido, como el de todos los documentos doctrinarios legados por el General, tiene una permanente vigencia que no ha podido ser superada por el tiempo.
Jóvenes
argentinos:
La
juventud argentina del año 2000 querrá volver sus ojos hacia el pasado y
exigir a la historia una rendición de cuentas encaminadas a enjuiciar el uso
que los gobernantes de todos los tiempos han hecho del sagrado depósito que en
sus manos fueron poniendo las generaciones precedentes y también si sus actos y
sus doctrinas fueron suficientes para llevar el bienestar a sus pueblos y para
considerar la paz entre las naciones.
Por
desgracia para nosotros, ese balance no nos ha sido nada favorable.
Anticipémosnos a él para que conste al menos nuestra buena fe y
confesemos lealmente que ni los rectores de los pueblos ni las masas regidas,
han sabido lograr el camino de la felicidad individual y colectiva.
En
el transcurso de los siglos, hemos progresado de manera gigantesca en el orden
material y científico y si cada día se avanza en la limitación del dolor, es
solamente en su aspecto físico, porque en el moral el camino recorrido ha sido
pequeño.
El
egoísmo ha regido muchas veces los actos de gobierno y no es el amor al prójimo,
ni siquiera la comprensión o la tolerancia, lo que mueve las determinaciones
humanas.
Esa
acusación resulta aplicable tanto a los pueblos como a los individuos.
Cierto de que en uno y en otros se dan ejemplos de altruismo, pero como
hechos aislados de poca o ninguna influencia en la marcha de la humanidad.
Es
cierto que en ocasiones parece que se han dado un gran impulso en favor de los
nobles ideales y de las causas justas, pero en realidad nos llama a sí y nos
hace ver que todo era una ilusión.
Apenas terminada una guerra, ponemos nuestra esperanza en que ha de ser
Apenas
un conflicto social ha sido resuelto, vemos asomar otro de más grandes
proporciones, no siempre solucionado por las vías le la inteligencia y de la
armonía, sino por la coacción estatal o de las propias partes contendientes más
fuertes, no el de mejor derecho.
Frente
a esta lamentable realidad: ¿de qué han servido las doctrinas políticas, las
teorías económicas y las lucubraciones sociales?
Ni las democracias ni las tiranías, ni los empirismos antiguos ni los
conceptos modernos han sido suficientes para aquietar las pasiones o para
coordinar los anhelos. La libertad misma queda limitada a una hermosa palabra
de muy escaso contenido, pues cada cual entiende y la aplica en su propio
beneficio. El capitalismo se vale de ella no para elevar la condición de los
trabajadores procurando su bienestar sino para deprimirles y explotarles. Los
poseedores de la riqueza no quieren compartirla con los desposeídos sino
acapararla y monopolizarla. E inversamente los falsos apóstoles del proletariado
quieren la libertad más para usarla como un arma en la lucha de clases que para
obtener lo que sus reinvindicaciones tengan de justas.
No
ha empezado a alborar el liberalismo económico cuando para impedir sus abusos
tiene el Estado que iniciar una intervención cada día más intensa a fin de
evitar el daño entre las partes y el daño a la colectividad. Pero tampoco su
intervencionismo constituye remedio eficaz porque o es partidista, o trata de
anular las libertades individuales y con ellas a la propia persona humana.
El
mundo ha fracasado. Mas este fracaso ¿será tan absoluto que no deje un mínimo
resquicio a la esperanza? Posiblemente
podamos mantener el optimismo con la ilusión de que el avance de la humanidad
hacia su bienestar es tan lento que no lo percibimos, pero de cada evolución
queda una partícula aprovechable para el mejor desarrollo de la humanidad. El
avance es invisible y está oculto por sus propios vicios a que antes he
aludido, pero no por eso deja de existir.
Se
haría más perceptible si cada uno de nosotros se despojase de algo propio en
beneficio de sus semejantes, si tratase de dirimir las disputas
con la razón y no con la violencia. Dentro de mis posibilidades así he
procurado hacerlo y en este sentido he orientado mi labor de gobernante. Válgame
por lo menos la intención y sea ella la que juzguen y valoren mis críticos del
porvenir.
La
humanidad debe comprender que hay que formar una juventud inspirada en otros
sentimientos, que sea capaz de realizar lo que nosotros no hemos sido capaces.
Esa es la verdad, es la amarga verdad que la humanidad ha vivido y es también
la verdad más grande que en estos tiempos debemos sustentar sin egoísmos,
porque éstos no han conducido más que a desastres.
En
nuestra querida Argentina el panorama descripto se ha sentido sin ser cruento,
pero en el orden general los hechos prueban que ha sido el acierto la resolución
que ha precedido nuestra realidad. La independencia política que heredamos de
nuestros mayores hasta nuestros días, no había sido efectivizada por la
independencia económica que permitiera decir con verdad que constituímos una
nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.
Por
eso nosotros hemos luchado sin descanso para imponer la justicia social que
suprimiera la miseria en medio de la abundancia; por eso hemos declarado y
realizado la independencia económica que nos permitiera conquistar lo perdido y
crear una Argentina para los argentinos, y por eso nosotros vivimos velando
porque la soberanía de la Patria sea inviolable e inviolada mientras haya un
argentino que pueda oponer su pecho al avance de toda prepotencia extranjera,
destinada a menguar el derecho que cada argentino tiene de decidir por sí
dentro de las fronteras de su tierra.
Contra
un mundo que ha fracasado, dejamos una doctrina justa y un programa de acción
para ser cumplido por nuestra juventud: ésa será su responsabilidad ante la
Historia.
Quiera
Dios que ese juicio les sea favorable y que al leer este mensaje de un humilde
argentino, que amó mucho a su Patria y trató de
servirla honradamente, podáis, hermanos del 2000, lanzar vuestra mirada
sobre la Gran Argentina que soñamos, por la cual vivimos, luchamos y sufrimos.
| JUAN DOMINGO PERÓN |
|
Presidente de la Nación Argentina |