EVA PERÓN
HISTORIA DEL PERONISMO
Clases:
1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9
Introducción
Para mí, humilde mujer del
pueblo argentino, sería empresa difícil y aventurada hablar en este acto
extraordinario si no me sintiese, en cierto modo, obligada a decir todas las
cosas que esta nueva realidad del movimiento peronista ofrece a los argentinos.
Me animo a hablar porque, como mujer, como argentina y como
la más fervorosa y apasionada peronista, nada puede haber más grande que hablar
de Perón y de su doctrina extraordinaria.
Desde este sitio, nuestro primer maestro, el general Perón,
va a enseñarnos su doctrina: el Justicialismo, que él nos ha dado arrancándola
de la claridad genial de su inteligencia y del fuego ardoroso de su corazón.
Aquí, en esta escuela, que viene a dar forma a una esperanza
más de nuestro Líder, a uno de sus anhelos más queridos, se enseñará su doctrina
de amor y justicia. Por eso he querido que el Partido Peronista Femenino
adornase esta casa con todo su cariño, porque, en cierto modo, éste será el
hogar común de todos los peronistas argentinos.
También he decidido que en la sede central de la Fundación
que presido se construyan los locales y comodidades necesarios para que esta
Escuela funcione después en ese lugar, que será privilegiado de mi corazón y que
aspira a ser como la niña de los ojos de Perón.
Porque la Fundación y el Partido Peronista Femenino no
quieren otra cosa, ni hacen otra cosa, que lo que Perón quiere y no aspiran a
otra gloria que no sea el cariño de su único Líder, cuyos sueños maravillosos
tratan de cumplir en su trabajo de todos los días.
Por eso he ofrecido a la Escuela Superior Peronista, como
local definitivo, la sede central de la Fundación, y espero verla pronto
funcionando allí, infundiendo, en la inteligencia y en el corazón de los
peronistas de mi patria, el fuego sagrado del Justicialismo con que Perón está
iluminando los caminos de la Nueva Argentina; de ese Justicialismo que tendrá
que alumbrar los caminos de la humanidad si el mundo quiere salvarse de la
destrucción y de la muerte.
Pero pienso que en esta Escuela Superior no sólo habrá que
enseñar lo que es el Justicialismo.
Será necesario enseñar, también, a sentirlo y a quererlo,
para que después cada alumno que surja a la lucha por la causa de ese
Justicialismo, sepa realizarlo y sepa vivirlo y, si es menester, sepa también
morir en defensa de los grandes principios de su ideal.
Les pido a los compañeros peronistas, que como profesores
enseñarán en esta Escuela Superior, que no solamente inculquen en la
inteligencia y en el corazón de sus alumnos la doctrina de Perón. Es necesario
que les enseñen, sobre todo, lo que es Perón, y que les enseñen a quererlo como
él se merece que lo quieran todos los argentinos.
Por eso, cuando me pidieron unas palabras para inscribir en
el frente de esta sala, elegí una frase muy clara y muy honda: "No concibo el
Justicialismo sin Perón".
Muchas veces le he oído decir al General que los hombres
pasan y que quedan solamente las doctrinas. Hace unos cuantos días, el 24 de
febrero [1951], nos dijo que había llegado el momento de reemplazar a Perón por
el Justicialismo.
He meditado mucho en esas palabras, y quiero creer en ellas;
quiero aceptarlas, porque las ha dicho Perón, cuya palabra es sagrada para todos
los peronistas de verdad... ¡Pero mi corazón se resiste a que Perón pueda ser
sustituido por su doctrina!
¡Y yo sé que siento como siente el pueblo! Si el pueblo
pudiese hablar, con una sola voz le diría a su Líder algo así como esto, por
ejemplo: "Esta bien, mi General, que su doctrina sea una cosa grande..., ¡pero
nosotros lo queremos a usted!"
Porque los pueblos necesitan darse a un hombre más que a una
idea... Les resulta más fácil querer a un hombre que amar a una doctrina, porque
los pueblos son todo corazón.
La Historia nos ha mostrado muchas veces que los pueblos dan
su vida más fácilmente por un hombre que por una doctrina.
Cuando los cristianos morían cantando en las arenas del circo
romano, brindaban su vida por una nueva doctrina, pero solamente se acordaban de
Cristo.
Cuando los franceses, en 1800, caían en los campos de batalla
buscando la gloria de un imperio, es cierto que morían por Francia, ¡pero ellos
sentían que Francia era Napoleón!
En esta Escuela Superior Peronista habrá que enseñar el
Justicialismo, pero eso no servirá de nada si aquí no aprenden los argentinos a
querer a Perón, porque cuando llegue el día de la luchas y tal vez sea necesario
morir, los mejores héroes no serán los que enfrenten a la muerte diciendo: "La
vida por el Justicialismo", sino los que griten: "¡La vida por Perón!".
Yo sé que es necesario y urgente que el Justicialismo sea
conocido, entendido y querido por todos, pero nadie se hará justicialista si
primero no es peronista de corazón, y para ser peronista, lo primero es querer a
Perón con toda el alma.
Por esa razón necesitamos que vengan aquí solamente los
peronistas de alma; esos que siempre se sienten capaces de volver a hacer un 17
de Octubre; los que consideran que es un honor tan grande dar la vida por Perón
como darla por la Patria misma.
Aquí no necesitamos muchas inteligencias, sino muchos
corazones, porque el Justicialismo se aprende más con el corazón que con la
inteligencia.
Por eso también tengo fe en el triunfo del Justicialismo de
Perón, porque está en los corazones más que en las inteligencias... Y la prueba
es que los primeros predicadores de esta doctrina han sido los trabajadores, los
más humildes argentinos, los que antes de comprender el Justicialismo lo habían
sentido, porque habían querido y lo quieren a Perón con toda el alma.
Yo he querido decir todas estas cosas y aun dejarlas escritas
en las paredes de la Escuela Superior Peronista, porque creo firmemente que el
Justicialismo de Perón vencerá sobre los hombres y sobre los siglos, pero con
una condición: que no se le deje convertir en una cosa fría, que llegue a la
inteligencia sin pasar primero por el corazón. Yo sé que esto no sucederá jamás,
y esa es la razón de mi fe en el Justicialismo, porque nosotras las mujeres
peronistas, que somos las que creamos el alma de nuestro pueblo, nos
encargaremos de que eso no suceda jamás, y antes que los argentinos pasen por
esta Escuela Superior, para aprender la doctrina de Perón, les enseñaremos, en
la cuna y en el hogar, que a Perón hay que quererlo como se quiere a la Madre y
a la Patria.
Yo le deseo a esta Escuela Superior Peronista toda suerte de
triunfos y una larga vida de fecunda tarea. Las mujeres peronistas vendremos a
ella para aprender cómo se puede servir mejor a la causa de nuestro único y
absoluto Líder, y pondremos en el trabajo de aprender todo nuestro fervor y toda
nuestra fe mística en los valores extraordinarios del Justicialismo, pero nunca
nos olvidaremos, jamás, de que no se puede concebir el Justicialismo sin Perón.
PRIMERA
CLASE DICTADA EL 15 DE MARZO DE 1951
Es para mí un placer y un honor muy grande poder hablar a los
peronistas desde esta tribuna y, sobre todo, poder hacerles llegar mi modesta
voz en una de las materias más queridas para los peronistas: "La historia
del peronismo". Cuando el director de la Escuela Superior Peronista me
pidió que yo dictase un curso extraordinario en ella, advertí su gran
importancia y quise medir la responsabilidad que significaba para mí el narrar,
en cierto modo, el extraordinario capítulo de nuestra historia que estamos
viviendo y que las generaciones venideras sabrán apreciar, porque en él estamos
construyendo la grandeza de la Nación.
Yo me alegré, entonces, porque hablar de la historia del
movimiento peronista, era, en cierto modo, recordar con ustedes, con los
alumnos de esta escuela, con hombres y mujeres peronistas de corazón, todas las
jornadas de lucha y de gloria de nuestro movimiento, vividas en estos pocos
años, en una Patria tan cara para nosotros. Cuando el doctor Mendé me habló para que dictara esta clase, pensé que si
bien significaba una gran responsabilidad, hablar de la historia del movimiento
peronista era un honor para mí, que había vivido sus difíciles momentos, su
gestación, sus triunfos y la culminación de sus realidades. Por eso acepté
dictar este curso.
Pensé que estos siete años del movimiento peronista podían medirse
con los pocos años de mi vida, porque los he vivido con gran intensidad. Y digo
pocos años, porque para mí es lo mismo que para aquella viejita a quien San
Martín le preguntó qué edad tenía, y que contestó al Libertador que era muy
niña, porque tenía la edad de la Patria. Para mí la vida empieza el día en que
mi camino se encontró con el camino del general Perón, día que yo siempre he
llamado con orgullo "mi día maravilloso". Es por eso que desde el día
en que conocí al general Perón, yo le dediqué mis ensueños de argentina y
abracé la causa del pueblo y de la Patria, dando gracias a Dios de que me
hubiese iluminado para que, joven aún, pudiera brindar mi vida al servicio de
una causa tan noble como es ésta de Perón.
Yo me di cuenta de que la historia del peronismo necesitaba una
explicación y de que esa explicación sólo se puede dar ubicando al peronismo en
la historia de nuestro pueblo, y, más aún, en la historia del mundo. Y advertí
que era también necesario poseer algunos conocimientos de historia universal y
de la filosofía de la historia; y aunque siempre he tenido un amor
extraordinario pro la historia, reconozco que solamente me he detenido en las
páginas de los grandes hombres, porque he querido siempre hacer un paralelo
entre los grandes hombres y el general Perón. Es que la comparación de nuestro
Líder con los genios de la humanidad siempre me resultó interesante, y he
llegado tal vez por mi fanatismo por esta causa que he tomado como bandera
–y todas las causas grandes necesitan de fanáticos, porque de lo
contrario no tendríamos ni héroes ni santos-, a hacer un paralelo entre los
grandes hombres y el general Perón.
Todos ellos –los grandes hombres del pasado- lucharon por un
imperio, por encontrarse a sí mismos... pero el general Perón lucha por algo
más grandes: lucha por encontrar la felicidad del pueblo argentino. Solamente
con estos conocimientos de historia, en los que he me detenido bastante, y con
el gran amor por la causa de Perón, yo voy a tratar de cumplir aquí con este
curso y explicarles a ustedes la historia de nuestro movimiento, como lo veo en
medio de la historia del mundo y de la historia de los pueblos.
El General, en su discurso inaugural, hizo un elogio a la
intuición femenina; yo creo también en la intuición femenina de una manera
especial y me permito recurrir a esa intuición en esta Escuela en que las
alumnas y alumnos de una cultura superior pueden colaborar conmigo para tratar
de profundizar y de ahondar nuestra historia del peronismo. La intuición no es
para mí otra cosa que la inteligencia del corazón; por eso es también facultad
y virtud de las mujeres, porque nosotras vivimos guiadas más bien por el
corazón que por la inteligencia. Los hombres viven de acuerdo con lo que
razonan; nosotras vivimos de acuerdo con lo que sentimos; el amor nos domina el
corazón, y todo lo vemos en la vida con los ojos del amor.
Yo aquí, como mujer y como peronista, voy a tratar de profundizar
la historia del peronismo con el corazón. Los hombres sienten y sufren menos
que nosotras; no es un defecto, la naturaleza que es sabia sabrá por qué lo ha
hecho. Pero nosotras las mujeres, cuando amamos a un niño, cuando amamos a un
anciano, tratamos de consolidar su felicidad. Los hombres con más facilidad
pueden destruir, pueden matar. Ellos no saben lo que cuesta un hombre;
nosotras, sí.
Cuando una mujer tiene la intuición de que un hijo que está lejos
está enfermo o le ha pasado una desgracia, es que siente y ve con los ojos del
alma y el corazón; es que la mirada se ha alargado más allá; es la mirada del
amor, que es la que siente, que es la que presiente y lo ve todo. Es por eso
que yo he querido ser, como mujer argentina, la eterna vigía de la Revolución,
porque quiero ser una esperanza dentro de nuestro movimiento, para poder
colaborar con la obra patriótica y ciclópea de nuestro Líder de construir una
nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.
Pero para poder lograr la obra ciclópea del general Perón, hay que
buscar la luz en otros factores: en el pueblo y en el Líder. La historia del
peronismo que yo vengo a dictar aquí, no será más que la historia de ellos, de
esos grandes amores de mi vida, que junto con la Patria llenan todo mi corazón.
Para que esta historia de siete años que todos nosotros vivimos tan felizmente
sea explicada, tenemos que empezar aceptando que debemos comenzar por definir
quiénes fueron sus personajes. Pero en realidad, si se analiza a fondo todos
los personajes de las épocas de los pueblos, hallaremos allí dos clases de
personajes: los genios y los pueblos, y aquí, en la historia del peronismo, no
hay más que dos personajes, solamente dos: Perón y el pueblo. Y es por eso que
estos dos personajes, o sea el genio y el pueblo van escribiendo con tintas
brillantes y obscuras, los millares y millares de capítulos que componen la
vida de la humanidad.
En general la historia del mundo es la suma de esas dos historias
que corren juntas. Yo sé que sobre este tema de los pueblos y de los grandes
hombres es mucho lo que se ha escrito y que quizá mis puntos de vista en esta
materia sean discutibles, pero yo tengo sobre toda otra explicación, una
ventaja extraordinaria. Nosotros estamos viviendo una época maravillosa, una
época que no se da en todos los países ni tampoco en todos los siglos, y ésta
es una verdad indiscutible. Los críticos, los supercríticos, los detractores de
Perón, podrán escribir la historia como les parezca, como se les antoje,
deformando o tergiversando, o decir la verdad, pero lo que no podrán decir,
explicar ni negar jamás, es que el pueblo lo quiso a Perón.
Explicar este hecho, es casi explicar toda la historia del
peronismo, pero este hecho resultaría inexplicable si no repasamos en la
historia universal, el problema de los pueblos y de los hombres o el problema
de los hombres y de los grandes pueblos. Hoy quiero decir sobre esto solamente
algunas cosas, algunos conceptos generales, para analizar en una segunda clase,
ya profundamente, en particular, el tema de los pueblos en la historia, y
luego, en otra clase, la apasionante materia de los grandes hombres, para
después abordar el tema de la agrupación de hombres en el mundo y tomar después
el de las revoluciones, para llegar así a nuestra revolución justicialista, y
hacer la comparación, que será siempre ventajosa, porque nuestra revolución ha
sido hecha por un grande hombre apoyado por un pueblo que buscaba su felicidad
y cuyo camino le marcó su conductor.
Solamente quiero hoy analizar un problema un poco general: el de
los grandes hombres, narrando algunas anécdotas para explicar cosas o casos que
son a veces inexplicables.
Cuando nosotros, desde este balcón alto del siglo XX damos vuelta hacia el pasado, advertimos en seguida que
la historia del mundo no es un camino que viene recto hacia nosotros. No; la
historia que nosotros vemos desde aquí se nos parece un camino montañoso, que
tiene sus valles y sus montes; los valles son los ciclos vacíos de los grandes
pueblos, los ciclos en que los pueblos han perdido su tiempo luchando sin
objetivos y sin grandes ideales. Los montes son aquellas etapas altas del
camino, en que se ha dado el milagro de que el hombre encuentra la manera de
conducir a un pueblo hacia sus altas regiones, o de que un pueblo ha encontrado
a un hombre que lo ha sabido conducir para escribir una página brillante en la
historia de la humanidad.
Algunos creen que la historia la hacen solamente avanzar las
grandes personalidades: éstos son los individualistas de la historia. Carlyle, por ejemplo, decía en su gran obra: "Ros herus" que "la historia universal es, en el
fondo, la historia de los grandes hombres".
Otros en cambio, afirman que la historia es obra exclusiva de los
pueblos: son los colectivistas de la historia. Ellos son los que afirman, por
ejemplo, que aun cuando San Martín no hubiese venido a conducir a los ejércitos
criollos a su destino de gloria, otro hubiera ocupado su lugar y hecho lo
mismo.
Yo creo que la verdad aquí, como en tantas partes, reside en una
tercera posición. Nada haría un pueblo sin un conductor, ni hada haría un gran
conductor sin un gran pueblo que lo acompañase y lo alentara en sus grandes
ideales. Y tampoco vale un pueblo preparado para recibir a un genio, si el
genio no nace allí, en ese siglo y en ese pueblo.
Los genios no tienen explicación en el medio en que nacen. No son
los pueblos ni los siglos las causas de los grandes genios. Por eso muchas
veces la historia tiene que resignarse a dar como única explicación del genio
la que dio de Napoleón, llamándolo simplemente el hombre del siglo, el corso singular, o el escultor de su tiempo.
A veces, como en el caso de Napoleón, ni el mismo genio se
explica, y debe acudir a una frase inexplicable: "yo soy un trozo de roca
lanzado en el espacio". De él pudo decir tal vez con cierta razón, uno de
los historiadores de la época: "Napoleón llegaba de edades remotas",
lo que es dar una explicación a algo inexplicable.
Los grandes hombres no tienen su causa en el medio en que se
desarrollan, pero tampoco los pueblos solos pueden avanzar en la historia sin
tener quien los conduzca. Por eso es que no todos los siglos ni todos los
pueblos tienen la gracia de encontrar al hombre que necesitan. Y es una verdad
indiscutible que los pueblos sienten necesidad de grandes encarnaciones; es así
como pueblos que no las han tenido, han exaltado ciertas figuras imaginarias,
como hicieron los romanos con Rómulo y los españoles con el Cid, figuras
mitológicas, convirtiéndolos en personajes más o menos gloriosos, que pasaron a
ser arquetipos de la nacionalidad.
Al mirar la historia de la humanidad desde este punto de vista no
encontramos otra cosa que pueblos en busca de grandes hombres y, también,
muchas veces hombres en busca de grandes pueblos. Cuando se encuentran los dos,
entonces el siglo se viste de gloria y marca en la historia una página
brillante, para que en ella se escriban sus hazañas y sus nombres. Lo
importante es que los dos, pueblo y genio, se encuentren.
A ustedes les parecerá extraño que yo, una mujer humilde de la
Patria, al tomar un tema eminentemente partidario como la historia del
peronismo, esté divagando entre pueblos y grandes hombres y haya ido a tocar la
historia universal para hablar de una cuestión tan contemporánea como la
nuestra. Pero es que quiero hacer con ustedes un estudio profundo de la
historia del peronismo, porque Perón, que es para mí de los grandes, no sólo
por sus grandes obras sino también –como lo vamos a ver en clases
posteriores- por sus pequeñas cosas, ha realizado esto que repasando la
historia no hemos visto en ningún otro hombre, con la perfección con que las
lleva a cabo un hombre singular de los quilates del general Perón.
La historia del peronismo, como la definiré más adelante, se
reduce a dos personajes: el genio y el pueblo, Perón y los descamisados. Para
tomarla, hay que tomarla profundamente, y yo quiero llevar esto un poco por la
historia universal, para después situarnos en la historia que nosotros los
argentinos estamos escribiendo a diario con nuestro apoyo, con nuestra fe y con
nuestro trabajo silencioso y a veces de renunciamiento,
para colaborar con la obra ciclópea y patriótica del general Perón.
Decía un gran escritor, en sus "Reflexiones de la historia
del mundo", que no le es dado a cada época tener su grande hombre y no le
es dado tampoco a cada genio encontrar su siglo, y tal vez haya en alguna parte
grandes hombres para grandes cosas que no existen. Mucha gente piensa que los
grandes hombres no podrían surgir en estos tiempos de progreso y de
civilización, que han creado grandes masas de hombres cuya cultura superior
impediría que se desarrolle un hombre o un personaje extraordinario, que
solamente podría llegar a conducir hombres poco cultos u hombres y mujeres poco
civilizados. Pero este argumento se derrumba: el culto de los héroes no es de
los incivilizados sino de los civilizados. Será tal vez, sin duda, mucho más
difícil que una personalidad genial triunfe en un pueblo culto, pero allí donde
triunfe ese hombre, tendrá también el derecho de ser honrado con el título de
grande. Más aún, podemos afirmar con la experiencia de la historia, que los
pueblos más cultos son los que han tenido siempre la suerte de ser iluminados
por los meteoros de los genios y creo que a veces los grandes hombres se
encuentran, por esta misma razón, en el mismo siglo y aun en el mismo pueblo,
como Aristóteles y Alejandro, como Goethe y Napoleón
y como Bolívar y San Martín. Muchas veces incluso la historia nos muestra cómo
estos grandes hombres se enfrentan unos a otros, y así se ha dado el diálogo de
Alejandro con Diógenes: ¿Qué quieres de mí? –preguntó
Alejandro a Diógenes-. Que te alejes de mí porque me quitas el sol –le
respondió Diógenes-. Y dice la historia que Alejandro se fue murmurando:
"Si no fuera Alejandro, quisiera ser Diógenes".
Evidentemente la aparición de hombres extraordinarios en la
historia, no está sujeta a ninguna ley. Los genios conductores pueden aparecer
en medio de pueblos cuya masa tenga un nivel cultural inferior. La historia es
creación de los hombres que saben iluminar el siglo con la marca de su propio
carácter y sus propias realizaciones y que se destacan de sus contemporáneos,
como una montaña en medio de una llanura. Por eso son grandes.
La historia es también la creación de los pueblos, porque los
pueblos sin conductores casi no avanzan en la historia, como tampoco la
historia avanza nunca sin grandes pueblos aunque tengan grandes conductores,
porque éstos sucumben por falta de colaboración, a veces por cobardía y a veces
por incomprensión. A mí me ha de ser un poco difícil presentar aquí la figura
de nuestro gran conductor, porque solamente tengo la elocuencia de una mujer
sencilla, de pueblo. Presentarlo a Perón o descubrir su personalidad, es tan
difícil como a un poeta o a un pintor querer pintar o descubrir al sol. Para
ver cómo es el sol, que salgan y lo vean, y aun viéndolo, se deslumbrarán. Yo,
para poder describirlo a Perón, los invito a ustedes a que salgan y lo vean.
Me he preguntado, estudiando un poco a los grandes hombres para
poder también estudiar a un hombre extraordinario de los quilates del general
Perón: ¿cómo podría remediarse esto de que los grandes pueblos y los genios, no
se encuentren en el mismo siglo? Creo que he ha sido posible llegar a una
conclusión, conclusión que es más bien producto de un razonamiento lógico, que
me ha sido dado por la experiencia de nuestro movimiento en la historia de
nuestro pueblo y en la historia del mundo.
Nuestro pueblo ha vivido una larga noche, hasta encontrar a un
genio como es el general Perón. Y ha podido mantener sus valores morales y
espirituales intactos, para reconocer al genio, apoyarlo, iluminarlo y darle fe
con su cariño, con su consecuencia y con su tenacidad constante ante los
debates de los intereses más crudos del más rancio capitalismo.
Nosotros, como bien dice nuestro Presidente, podemos jactarnos de
que lo mejor que tenemos es el pueblo. La grandeza de Napoleón –volviendo
hacia los grandes de la historia universal-, reside no tanto en haber iluminado
su propio tiempo como en haber creado en el pueblo un estado de conciencia que
ha sobrepasado a su siglo y a su genio. Por eso, a pesar de que Napoleón hizo
padecer tanto a los franceses, éstos siguen inclinándose ante su memoria en Los
Inválidos. Y lo más importante aun es que siguen sintiéndose unidos a él. Y ese
sentimiento, ese estado de conciencia, que por unir a todo un pueblo, puede en
cierto modo llamarse conciencia social, es lo que nuestro querido Líder ha
logrado; y tenemos nosotros que ayudarle a afianzar la conciencia social que
permita que cuando él, el grande, tenga que alejarse de nosotros por la ley de
la vida, el pueblo pueda sobreponerse a los hombres de menos quilates
–porque no todos son grandes hombres- para imponerles su acción. La
doctrina debe estar arraigada en el corazón del pueblo, para que éste pueda
hacerla cumplir al más mediocre de todos los gobernantes que pudiera venir.
Nosotros estaremos unidos al nombre del general Perón, que, por grande,
sobrepasará un siglo. Si no ocurriera así, los argentinos no mereceríamos el
calificativo de gran pueblo, por no haber sabido valorar y aquilatar a un
hombre de los quilates del general Perón.
Cuando un pueblo tiene la desgracia de quedarse sin su conductor,
como decía hace un momento, la verdad histórica nos prueba que solamente puede
seguir su camino en la noche sin perderse, si su conductor desaparecido ha
logrado crear en el pueblo esa conciencia social, dándole unidad, que es como
decir dándole un ideal común, un mismo espíritu, que es el espíritu que forman
y que dejan como un sello permanente e indeleble en los corazones de los
pueblos, los grandes conductores. Yo, que tengo el placer de compartir casi
todas las horas del día con todos los hombres humildes de mi Patria, puedo casi
asegurar desde esta tribuna que el general Perón ha logrado ya esa conciencia
social, que ha inculcado en el pueblo argentino.
Nosotros la tenemos que perfeccionar, y para ello no podemos
distraer la doctrina del genio para crear caudillos; no podemos distraer la
doctrina del conductor, que es la felicidad de todos los argentinos, para
favorecer a un grupo. Para favorecernos a nosotros mismos debemos ser amplios,
grandes como la doctrina del General, y utilizarla para engrandecer a la
Patria; utilizarla para consolidar la independencia económica; utilizarla para
lograr la felicidad del pueblo argentino y utilizarla para que por siempre
sepan todos los pueblos del mundo que los argentinos somos políticamente soberanos,
económicamente libres y socialmente justos.
Esta tribuna se ha abierto para inculcar en todos los peronistas
–y yo me alegro que ustedes sean peronistas que están en la lucha- que no
se dejen llevar por un entusiasmo pasajero, para que piensen que los pueblos
que quieren consolidar un movimiento no tienen más que un hombre grande, y que
los grandes hombres no nacen por docenas, ni dos en un siglo; nace uno, y
tenemos que bendecir a Dios que nos haya favorecido
con el meteoro del genio entre nosotros.
Además, debemos convencernos que no es lo mismo servir a un genio,
que servir a un caudillo; que no debemos tomar la política como un fin, sino
como un medio para servir al prócer y a la causa. Por lo tanto, nosotros nos
debemos sentir apóstoles de la obra y servidores de la causa de un gran hombre.
Los caudillos en nuestro país han utilizado siempre a los hombres
humildes y han utilizado sus puestos de lucha para servir a intereses mezquinos
o bastardos. Ellos, llegados al poder, han olvidado
al pueblo y a veces e incluso lo han desconocido.
Por eso nosotros, los argentinos, y sobre todo los peronistas, que
tenemos el privilegio de tener un genio, como yo lo califico desde este momento
al general Perón, no nos podemos detener en la baja politiquería de servir a un
caudillo, de querer "levantar" hombres, porque ha aparecido en la
República Argentina un genio y los genios nacen; no se hacen.
Por tratarse de compañeros que están en la lucha honrosa de hacer
conocer nuestra doctrina, de tratar de inculcarla a muchos otros compañeros que
luchan por ideales comunes, me he de referir a este punto expresamente en otra
clase. Yo nunca me he dejado de preocupar lo suficiente cuando veo a hombres
humildes que son utilizados por los políticos en sus intereses mezquinos y bastardos, girando al genio y queriendo vivir bajo su
sombra. No se olviden, compañeros y compañeras, que toda luz tiene sombra;
tratemos nosotros de ser luz, nunca la sombra.
Como este tema sobre los métodos y la acción en las unidades
básicas y su relación con la política mezquina no está dentro del temario de
estas clases, cuando terminen estos cursos voy a pedirle al señor director que
me permita dar una clase especial sobre esta materia, para los compañeros y
compañeras, interpretando y auscultando así los sentimientos de nuestro gran
Líder.
Cuenta la historia que uno de los hombres que estuvo más cerca de
Napoleón fue Fouché; y nadie se explicaba por qué,
siendo Napoleón un genio y un conocedor de hombres, siempre lo tenía tan cerca
y lo distinguía. Pero, siendo que Fouché le era
desleal, Napoleón lo tenía demasiado cerca porque lo conocía demasiado bien y
necesitaba controlarlo.
Tratemos nosotros de estar cerca del corazón del Líder, pero
lealmente con nuestro trabajo honrado, luchando y trabajando para llevar agua
al molino del líder común, que es llevarla al pueblo y a nuestro movimiento.
Nosotros gastamos nuestras energías reconociendo que tenemos un conductor y un
maestro, que tenemos un guía y un Líder. Y pensemos que todas las patrias, al
crear un símbolo, lo han hecho para mantener su unidad espiritual y nacional.
Nosotros, que no hemos tenido que andar por muchos siglos buscando al hombre,
como lo buscaba Diógenes; que lo hemos encontrado, porque él ha venido a
nosotros, nos ha hablado y nos ha traído sus ensueños patrióticos y sus
magníficas realizaciones; nosotros pongámonos entonces a trabajar honradamente,
pongamos el hombro y el corazón para que las futuras generaciones de los
argentinos puedan decir que esta generación ha sido benemérita para la Patria,
porque habiendo encontrado al genio lo supo apoyar y acompañar sin retaceos y
sin mezquindades.
Nosotros hemos encontrado al hombre; no tenemos ya más que un solo
problema: que cuando el hombre se vaya, como dijo nuestro Líder, la doctrina
quede, para que sea la bandera de todo el pueblo argentino.
No ha de ser la aspiración del pueblo argentino –y sobre
todo la de nosotros, los peronistas, a quienes me dirijo al hablar en esta
clase- la de trabajar con ropa hecha. Nosotros queremos una obra de arte, y las
obras de arte no se venden en serie sino que son obras de un artista que las ha
creado. Por lo tanto, no se pueden comprar al por mayor ni fabricarlas todos
los días.
Nosotros tenemos una obra de arte; sepamos aprovecharla para bien
de la Patria; sepamos aprovecharla para nuestros hijos y para todos los que
vendrán, y tratemos que los argentinos del mañana no tengan que decir, al
hablar de ese hombre que está quemando su vida en aras de la felicidad de la
Patria y de su grandeza: ¡Cuánto hicieron sufrir los argentinos, por su
incomprensión, a un patriota! Sobre todo, nosotros, los peronistas que tenemos
el insigne honor de compartir la responsabilidad de construir esta Nueva
Argentina, debemos abrigar la esperanza y juramentarnos trabajando todos por
Perón, por la Patria y por su pueblo.
La historia de los pueblos es, en síntesis, como lo veremos en
nuestra próxima clase, la historia de sus luchas por conseguir esta unidad y
este espíritu del que estoy hablando, porque los pueblos saben que solamente
este espíritu y esta unidad podrán salvarnos de los períodos vacíos en los que
la noche cae sin ninguna estrella, aun sobre los pueblos que creyeron alcanzar
el privilegio de la eternidad.
Es necesario que repasemos todas estas cosas de la historia universal
para entender nuestro movimiento peronista y apreciarlo debidamente. Al pueblo
argentino hay que mirarlo a través de sus vicisitudes y también, por qué no
decirlo, a través de las vicisitudes de los demás pueblos. Tendríamos que
analizar el problema de la conciencia social que nuestro Líder proclamó como
necesidad fundamental.
El general Perón hace unos días, al inaugurar el Congreso
Interamericano de Seguridad Social, proclamó que él ambicionaba crear una
conciencia nacional y que creía que todos los pueblos deberían tratar de
lograrla, para que los pueblos, una vez que la tuvieran, pudieran aplicarla a
los gobernantes que se desviaran del buen camino, para que cumplieran sus
inquietudes y sus esperanzas. Únicamente un hombre sincero y honrado, un gobernante
de los quilates del general Perón, puede hablar con esa sinceridad, con la
sinceridad de un apóstol. Únicamente el general Perón puede decir, con la
frente bien alta, que quiere que el pueblo, en cualquier momento y en todo
instante, le señale el camino. El General sólo quiere –cosa rara en este
siglo- auscultar los latidos del corazón popular.
Y tendremos que buscar en la historia de los grandes hombres, la
unidad que nos permita medir la grandeza de nuestro Líder.
Será éste nuestro primer trabajo. Empezaremos por estudiar la
pequeña grande historia de estos años de la revolución peronista. Yo invito a
los alumnos de esta escuela superior para que hagan el camino conmigo, aunque
yo no pueda guiarlos con toda la ciencia necesaria. Ustedes me podrán perdonar
pensando que pongo en este trabajo, que para mí es tan difícil, todo mi amor,
mi fe y mi fervor peronista.
Los críticos de la historia dicen que no se puede escribir la
historia ni hablar de ella, si se lo hace con fanatismo, y que nadie puede ser
historiador si se deja dominar por la pasión fervorosa de una causa
determinada. Por eso yo me excluyo de antemano. Yo no quiero, en realidad,
hacer historia, aunque la materia se llame así. Yo no podría renegar jamás de
mi fanatismo apasionado por la causa de Perón. Yo solamente quiero hacer lo que
dije aquí el día que inauguramos esta Escuela: que aprendamos, si es posible,
que aprendamos a querer aun más al general Perón. Eso es lo que voy a hacer y
lo confieso honradamente pensando en Perón, en su doctrina y en el movimiento.
Desde aquí yo trataré de hacer la historia del peronismo.
Yo quisiera que las compañeras y los compañeros alumnos, en la
próxima clase que dictaré en esta Escuela Superior Peronista, quieran hacerme
llegar cualquier pregunta para aclarar cualquier punto de vista dentro de las
líneas doctrinarias en que hemos encarado estos cursos. Yo voy a hacer aquí la
historia del peronismo al servicio de la doctrina, de Perón y de la causa.
Puedo tal vez hacerlo porque saben bien todos ustedes los peronistas de la
Patria, que Eva Perón, por ser Eva Perón, es una misma cosa con Perón: donde
está Perón, está Eva Perón. Y yo pretendo ser eso, porque quiero que cuando
vean llegar a Eva Perón ustedes sientan la presencia superior del Líder de la
nacionalidad. No ambiciono nada más que comprenderlo en sus inquietudes, en sus
sueños y en sus ideales patrióticos. En estos ocho años de mi vida junto al
Líder, no he hecho más que auscultar su corazón, para interpretarlo y conocerlo
y también para llegar mi pensamiento a los compañeros que luchan por ideales
comunes.
Ustedes habrán visto que Eva Perón jamás ha hecho una cuestión
personal; y como yo sé que es desgraciado aquel que no se equivoca nunca,
porque no hace nada, al equivocarme he reconocido inmediatamente el error y me
he retirado, para que no fuera a ser yo la causa de un error que pudiera
perjudicar al movimiento.
Así deben ser ustedes, honrados para reconocer cuando se
equivocan, y honrados y valientes para hacer llegar, en cualquier momento, a todos
los peronistas, la voz sincera, valiente y doctrinaria de nuestra causa. Ha de
ser grande la causa del General cuando nosotros, en lugar de someternos y
conformarnos con los viejos comités, escuchando la voz del Líder, formamos
unidades básicas de la Nueva Argentina en la vida política, tanto en lo que se
refiere a los compañeros como a las compañeras.
Pero no nos conformamos con eso los peronistas, porque el general
Perón es hombre de creaciones y de realizaciones. Es por eso que se ha creado
esta Escuela Superior Peronista, para esclarecer mentes, para que conozcan,
sientan y comprendan aún más, si es posible, esta doctrina, de la cual algunos
de ustedes serán los realizadores y otros, como dijo nuestro querido Presidente
y Líder, los predicadores, que irán por todos los caminos polvorientos de la
Patria desparramando las verdades de esta Nueva Argentina y de un genio al que
debemos aprovechar: no se olviden que –según dijo Napoleón- los genios
son un meteoro que se queman para iluminar un siglo.
|
Verdadero Peronismo |
|