A fines del siglo XIX, un español, Don Fructuoso Labriego llegó a la República Argentina, con ayuda de algunos paisanos y ahorrando peso sobre peso, logró arrendar una fracción de campo, al que pobló con unas pocas vacas, consiguió en préstamo un toro y mientras la naturaleza cumplía sus términos, don Fructuoso, haciendo honor a su apellido, cultivaba una huerta, la que no solamente le procuraba alimento, sino que, vendiendo su producido, podía pagar el arriendo, cancelar los préstamos y hasta generar uno ahorros.
Conoció a doña Argentina Próspera, con quien se casó.
Su rodeo se había
multiplicado y con la venta de hacienda, leche, quesos y hortalizas, logró
comprar el campo que había arrendado.
Don Fructuoso y doña
Argentina Próspera tuvieron varios hijos, Constancio, el mayor, ayudaba en las
tareas rurales; Cándida colaboraba con su madre en los menesteres de la casa;
Homero se distraía observando la naturaleza y escribiendo versos a sus
maravillas; el menor, Celestino,
distraía su tiempo en el pueblo, escuchando al caudillo local y recibiendo
algunas de sus dádivas por asistir diariamente al local partidario.
Pasaron los años y
con la infatigable labor de Don Próspero y su hijo Constancio, el patrimonio
familiar se acrecentó notablemente, Doña Argentina Próspera gozaba del
bienestar y orgullosa de su marido y su
hijo los cuidaba con un amor infinito.
Constancio se casó
con Aurora y sus hijos crecieron en ese hogar donde el trabajo, la honestidad y
el amor constituían sus pilares fundamentales.
Cándida de casó con
un empleado de Rentas, el que todos los días trabajaba ocho horas, colocando un
sello a los pocos formularios que se gestionaban.
Homero emigró a un
barrio bohemio de París, recibiendo una mensualidad, que de las utilidades de
la empresa familiar, le enviaba Doña Argentina Próspera.
Celestino,
establecido en el pueblo, destinaba la renta a sostener su campaña política.
Pero un día muere don
Fructuoso y al poco tiempo, agobiada por su ausencia, se enferma doña Argentina
Próspera, Constancio redobla sus esfuerzos para suplir la ausencia del padre;
el marido de Cándida se ofrece a administrar los bienes, ya que considera tener
experiencia burocrática, Homero se queda París, y sigue viviendo su
despreocupada vida.
Celestino reclama una
participación mayor, a cambio de no abrir la sucesión y evitar el
fraccionamiento de la tierra.
De nada servían los
ruegos de Constancio, cada uno pretendía una renta mayor, la que superaba los
ingresos de la empresa familiar.
Reunidos los herederos
en consejo familiar, resuelven por amplia mayoría vender las alhajas de la
madre, total como estaba enferma, estimaban que no las necesitaría.
Cuando se termina ese
dinero, resuelven otra vez votar para hipotecar una parte del campo, hacen una
alianza entre el burócrata y el político y le ofrecen a Homero aumentarle la
mensualidad a cambio de su voto y éste acepta, teniendo la mayoría aprueban
constituir la hipoteca.
El sufrido Constancio
multiplica su labor, se privan él, su mujer y sus hijos de las cosas más
elementales, para honrar las deudas y atender a su madre, cada vez más grave.
Llega un día, en que
el acreedor hipotecario, un viejo gallego que fue amigo de don Fructuoso, les
intima al pago de la deuda o a la entrega de campo y sus herramientas.
Celestino, ya
diputado, aconseja entregar el campo, total él ya cobra una dieta y no tendrá
problemas económicos. El marido de Cándida, en pago a su voto, trabaja como
asesor de Celestino y ya no le interesa continuar pensando en una herencia
deficitaria; Homero, que se consideró exiliado, se sostiene con una beca de una organización sueca de Derechos
Humanos.
Abandonado y sin
reconocimiento, Constancio visita al acreedor y le explica la grave situación,
éste noble gallego, que sabía del esfuerzo y honradez del hijo de su amigo le
ofrece: “Pondré la propiedad a nombre tuyo, serás tú el único dueño y con el
ahorro del dinero que pagabas a esos
inútiles, me pagarás la deuda y podrás comprar herramientas y progresar tú y
tus hijos, así también salvarás a tu madre
Argentina Próspera, que sanará al ver resurgir los frutos de su tierra.”
Así se salvó
Argentina próspera, gracias a su hijo Constancio y la nobleza del acreedor, que
supieron desprenderse de los malos hijos que los esquilmaban.
Este cuento, que
escribí esta madrugada, no tiene otra finalidad que el placer de escribir un
cuento que se me ocurrió.
Encontrarle una moraleja, es labor del
lector.
José Mármol
7 de diciembre de
2001