Una salida para la Argentina

El Cronista Comercial

Artículo

(Fecha: 10/30/2001)


Ricardo Hausman, Londres

Es casi demasiado tarde para evitar una catástrofe en la Argentina. La economía se contrae, lo que destruye puestos de empleo, baja la recaudación fiscal y reduce el apoyo político. El gobierno se vio obligado a no cumplir con sus compromisos con los trabajadores, jubilados y gobiernos provinciales en un valiente intento por seguir pagando la deuda pública. Los mercados creen que esto no puede continuar así: los bonos en dólares están cotizando a descuentos de default, mientras que el precio de los bonos en pesos refleja el esperado colapso del régimen cambiario. Las tasas de interés están tan elevadas que es imposible que haya solvencia fiscal, inversión privada y recuperación económica.

Los historiadores y economistas pasarán la próxima década discutiendo sobre las causas de la crisis argentina. Pero la pregunta ahora es cómo salir de ella. La bien estructurada deuda pública de la Argentina y sus sólidos bancos demoraron el colapso, lo que les dio a las autoridades tiempo para pensar. No obstante, en ese tiempo extra no se obtuvo una solución. Algunos piden el default. Otros proponen liberar el tipo de cambio. Y están quienes prefieren ambas cosas.

El problema es que las obligaciones y la depreciación en dólares son un mix explosivo porque deterioran los estados de situación patrimonial de quienes tomaron préstamos y pueden provocar quiebras generalizadas, como ocurrió en Ecuador y en Indonesia.

Frente a estas opciones, el gobierno trató de buscar formas creativas de reducir el peso de la deuda y gradualmente ganar competitividad. Hasta ahora eso no funcionó. Esta semana anunciará otro canje de deuda –como el propuesto en mayo– diseñado para bajar el peso de los intereses, pero esta vez ofreciendo garantías financiadas por instituciones financieras internacionales. A esta estrategia podría estar acabándosele el tiempo.

La alternativa viable tiene dos ingredientes principales. En primer lugar, la desdolarización de la deuda externa, del sistema financiero y el contexto contractual doméstico: en segundo lugar, el tipo de cambio flotante atado a estrictas metas inflacionarias.

Con este plan, la Argentina convertiría los activos y pasivos nominados en dólares del sistema bancario y la deuda pública, excluyendo las obligaciones de los bancos multinacionales y del Fondo Monetario Internacional, en pesos indexados por inflación –al estilo Chile– al tipo de cambio de hoy de un peso por un dólar. Todos los otros términos contractuales, incluso el vencimiento y las tasas de interés, se mantendrían iguales. Una organización independiente (¿por qué no el FMI?) calcularía de manera creíble el índice de precios que sería empleado para ese fin.

También será vital lograr la credibilidad de la política monetaria. La libre flotación del tipo de cambio y las metas inflacionarias pueden conseguirlo, como lo demuestra la experiencia de México, Chile y muchos países desarrollados.

No hay motivos para que la Argentina sea distinta, una vez que se eliminen los efectos fiscales negativos de las deudas en dólares.
El plan también incluiría una política de ajuste fiscal, diseñada por el programa del FMI con importante respaldo financiero.

Como ocurrió en Brasil en 1993, la demanda reducida, la ausencia de desajustes cambiarios y un programa fiscal sólido deberían mantener baja la inflación.

Los inversores deberían preferir esta estrategia antes que una tradicional quita de la deuda. Cuando se lleve a cabo la depreciación del tipo de cambio real, el valor nominal de la nueva deuda en pesos indexada debería caer sustancialmente en términos de dólar. Pero esta verdadera depreciación probablemente sea temporaria.

Cuando llegue el momento de pagar la deuda, dado que el vencimiento promedio de la deuda argentina es de ocho años, el tipo de cambio real podría bien exceder los niveles actuales, en cuyo caso no habría una quita.

Esta es más que una posibilidad teórica: el tipo de cambio real de México se derrumbó durante la crisis del Tequila de 1994, pero hoy está más fuerte que antes de la crisis.
Además, el tipo de cambio real de la Argentina tendería a apreciarse en los buenos tiempos y a depreciarse en los malos, lo que provocaría que el servicio de la deuda se mueva in tándem con la capacidad de pago del país.

Los tenedores de los nuevos bonos en pesos indexados tendrían un activo más seguro.

El plan también protegería la estabilidad del sistema bancario: los préstamos pasarían a ser accesibles para las compañías, y los depositantes no tendrían que preocuparse tanto por la insolvencia de los bancos.

También eliminaría gran parte de la tensión en las políticas de comercio e integración en Argentina y el Mercosur. Con un sistema cambiario más flexible, y más similar al de sus vecinos, Argentina podría adoptar el libre comercio.

Esta estrategia no es libre riesgos. La inflación debe mantenerse controlada. Los depositantes e inversores tienen que comprender y aceptar los nuevos instrumentos indexados por inflación. Habrá que superar los cuestionamientos legales provenientes de los inversores locales y extranjeros. Si se aplica este plan, el año próximo será muy difícil, aunque menos que bajo los escenarios alternativos. Pero después de aplicar este programa, la Argentina quedaría con un régimen monetario al estilo chileno, un sistema bancario fuerte y una economía competitiva. Esos son cimientos sólidos sobre los cuales se recuperaría el crecimiento, la credibilidad y, lo más importante, la esperanza.

El autor del artículo es ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo y profesor de desarrollo económico de la Universidad de Harvard.

Traducción: Mariana I. Oriolo