José de San Martín, El Libertador
José de San Martín nació el 25 de febrero de 1778, en el pequeño pueblo de
Yapeyú, actual República Argentina. Sabido es que la personalidad del ser
humano se forma en sus primeros años de vida, y fue precisamente aquí donde el
futuro Libertador se hizo buen criollo y amante de su Patria.
A la edad de ocho, fue llevado por sus padres a España y, ya con trece, fue
incorporado al ejército español como cadete del regimiento Murcia.
En las filas españolas, se desempeñó en la guerra de Africa, combatió contra
Inglaterra y Portugal y, en 1808, producida la guerra contra Napoleón, cumplió
un relevante papel en la batalla de Bailén, que le valió el reconocimiento
público y su ascenso al grado de Teniente Coronel. Destacamos así, como primer
dato, que cuando San Martín regresó a Nuestra América, en el año de 1812, no
era ningún improvisado ni mucho menos un novato, sino que era un experimentado
militar, joven sí, pero con veinte años de carrera profesional.
Al mismo tiempo que San Martín hacía su experiencia en los ejércitos de la
península, Francisco Miranda iba desarrollando su estrategia para captar
hombres útiles a su proyecto de emancipar a Nuestra América. En este sentido,
después de haber creado la organización política "Gran Reunión
Americana", Miranda procedió a organizar filiales de la misma en España,
donde se encontraba un gran número de militares, profesionales y comerciantes
nacidos en nuestro continente. En este marco se creó, en 1807, la logia "Caballeros
Racionales", con sede en Madrid y en Cádiz. Ésta ultima fue la ciudad
española más frecuentada por San Martín cuando integraba las filas del ejercito
español, y fue justamente en ella donde tuvo conocimiento de los
acontecimientos ocurridos en Nuestra América en 1810.
El propio San Martín, en su correspondencia privada, dejó en claro la forma en
que se produjeron aquellos primeros contactos con gente de las organizaciones
secretas a que hemos hecho referencia:
"Como usted, yo serví en el ejercito español, en la península, desde la edad de trece a treinta y cuatro años, hasta el grado de teniente coronel de caballería. En una reunión de americanos, en Cádiz y, sabedores de los primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había de entablar...". (José de San Martín).
El general Rivadaneira, refiriéndose a su reencuentro con el Libertador,
en 1821, contó que "...me estrechó en sus brazos, recordó nuestra amistad
antigua, nuestros trabajos en la sociedad de Cádiz, para que se hiciese la
América independiente...".
En 1811, ya totalmente compenetrado con los objetivos de la Emancipación de
Nuestra Patria, y participando activamente en la organización política dirigida
por Miranda, San Martín tomó la decisión de abandonar su carrera en las armas
españolas, donde tenía indudablemente un venturoso porvenir, y se fue a Londres
a ponerse a las órdenes de la "Gran Reunión Americana" fundada por el
Precursor.
A fines de ese año, San Martín pudo salir clandestinamente de la península
ibérica y pasar a Londres. Allí, se reunió con otros americanos como ser Carlos
María de Alvear, Zapiola, Manuel Moreno y Tomás Guido. Todos pertenecían a la
"Gran Reunión Americana", que era matriz de las organizaciones
clandestinas de la península; en ella, también Simón Bolívar acababa de prestar
juramento frente al mismo Miranda, antes de regresar a Venezuela en compañía
del ilustre maestro.
Así se ligaron por un mismo juramento y en el marco de la misma organización,
en el viejo continente, el Precursor y los dos grandes Libertadores.
"En los primeros años del siglo XIX habíase generalizado en España una vasta asociación secreta, con la denominación de Sociedad de Lautaro o Caballeros Racionales, vinculada con la sociedad matriz de Londres, denominada "Gran Reunión Americana", fundada por el general Miranda...en sólo Cádiz, donde residía el núcleo, llegó a contar en 1808 con más de cuarenta afiliados, entre ellos algunos grandes de España...". (Bartolomé Mitre).
"San Martín era un americano de raza, un revolucionario por instinto, un republicano por convicción; era, tal vez sin él saberlo, un adepto de Miranda, que debía realizar el sueño del maestro...". (Fernández Cabrelli).
El Teniente Coronel San Martín regresa a la Patria:
El 9 de marzo de 1812, llegó al puerto de Buenos Aires, desde Londres, la
fragata inglesa "Jorge Canning", a bordo de la cual venían San
Martín, Zapiola, Chilavert, Alvear y Holmberg, entre otros. Apenas llegados,
estos hombres crearon la "Logia Lautaro", entidad secreta a semejanza
de la de Londres, con el propósito de ejercer influencia decisiva en los medios
militares y políticos del Río de la Plata.
La Logia Lautaro de Buenos Aires fue creada en 1812 por los cuadros
revolucionarios que pertenecían o estaban relacionados con la "Gran
Reunión Americana" y sus filiales españolas, las cuales, dirigidas desde
su sede londinense por Miranda, trabajaban en la preparación del tercer intento
de levantamiento general en Nuestra América.
A la llegada de San Martín al Río de la Plata, la Revolución no se encontraba
consolidada ni mucho menos; es más: tenía serias dificultades de tipo político,
militar y financiero.
Montevideo estaba en manos de los realistas, constituida en el reducto de la
reacción. Los rioplatenses orientales, encabezados por el gran José Artigas,
estaban en conflicto con el gobierno de Buenos Aires, que pretendía imponer su
autoridad desconociendo sus más elementales derechos y la autoridad de sus
líderes naturales. En el norte, los ejércitos españoles enviados desde el Perú
para atravesar las provincias hasta Buenos Aires y aplastar la Revolución
estaban en mucha mejor posición que las fuerzas patriotas. A tal punto era así,
que Pueyrredón, que hasta entonces había tenido el mando del "Ejército del
Norte", renunció a su puesto, siendo reemplazado por Manuel Belgrano,
abogado patriota convertido, por imperio de las circunstancias, en General. Una
tropa desorganizada, sin moral y sin armas fue lo único que recibió para
enfrentar a las tropas de línea españolas.
Dentro del gobierno de Buenos Aires, a su vez, la elite porteña controlaba el
poder, caracterizándose por una política que no iba más allá de sus propios
intereses de clase, a lo cual subordinaban todo, inclusive los destinos de la
Revolución.
Podemos decir que la situación se caracterizaba por un caos a todo nivel y, lo
que es peor aún, la más absoluta indecisión por parte de la dirigencia política
en cuanto a los caminos que se debían seguir.
La estrategia del Libertador :
Frente a este difícil cuadro de situación, San Martín identificó los
objetivos que se debían lograr para vencer a los colonialistas y estableció la
estrategia a seguir para conquistarlos.
En lo político, debía asegurarse un mínimo de respaldo en el seno del gobierno
de Buenos Aires, sin lo cual no tendría marco apropiado para el resto de las
tareas que debía cumplir. Así, intervino directamente en la destitución del
Primer Triunvirato y su reemplazo por otro, más cercano a sus proyectos, y
presionó para imponer la Declaración de Independencia a todos esos sujetos
calculadores e indecisos que ocupaban el gobierno.
En lo militar, la importante victoria en "San Lorenzo" eliminó
definitivamente el peligro de las incursiones españolas por la cuenca del Río
de la Plata; además, habló con Martín Miguel de Güemes y con Manuel Belgrano
para que se hicieran responsables ante él de impedir como fuera necesario la
penetración de los ejércitos enemigos por el norte argentino. Contenidas las
tropas colonialistas que presionaban por llegar desde el Alto Perú (Bolivia),
San Martín se podría dedicar a organizar el "Ejército de Los Andes"
para cruzar la cordillera y dirigirse a Lima, centro del poder español en América.
Solucionados estos dos aspectos, le faltaba uno que era, tal vez, el más
complicado: consolidar el frente interno de la Revolución en el Río de la
Plata, poniendo fin o por lo menos obligando a postergar la guerra civil entre
Buenos Aires y los caudillos de las provincias. Para ello, estableció contacto
directo con José Artigas y con Estanislao López (los principales caudillos
federales) para convencerlos de la necesidad de no pelear entre hermanos y de
ocuparse del enemigo español.
San Martín escribió a Estanislao López lo siguiente:
"Paisano y muy señor mío: el que escribe a usted no tiene más
interés que la felicidad de la Patria. Unámonos paisano mío, para batir a los
maturrangos que nos amenazan; divididos seremos esclavos, unidos estoy seguro que
los batiremos. Hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos
particulares y concluyamos nuestra obra con honor. La sangre americana que se
vierte es muy preciosa, y debía emplearse contra los enemigos que quieren
subyugarnos.
Unámonos, repito, paisano mío. El verdadero patriotismo en mi opinión consiste
en hacer sacrificios; hagámoslos, y la Patria sin duda alguna es libre, de lo
contrario seremos amarrados al carro de la esclavitud.
Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas .
En fin paisano, transemos nuestras diferencias; unámonos para batir a los
maturrangos que nos amenazan, y después nos queda tiempo para concluir de
cualquier modo nuestros disgustos, en los términos que hallemos por
convenientes, sin que haya un tercero en discordia que nos esclavice...".
(José de San Martín).
El Libertador escribió a José Artigas en estos términos:
"Mi más apreciable paisano y señor: no puedo ni debo analizar las
causas de esta guerra entre hermanos. Y lo más sensible es que siendo todos de
iguales opiniones en sus principios, es decir, de la emancipación e
independencia absoluta de la España. Pero sean cuales fueran las causas, creo
que debemos cortar toda diferencia y dedicarnos a la destrucción de nuestros
enemigos, los españoles, quedándonos tiempo para transar nuestras desavenencias
como nos acomode, sin que haya un tercero en discordia que pueda aprovecharse
de estas críticas circunstancias.
Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al
corazón.
No tengo más pretensión que la felicidad de la Patria; en el momento en que
ésta se vea libre renunciaré el empleo que obtenga para retirarme, teniendo el
consuelo de ver a mis conciudadanos libres e independientes ...". (José de
San Martín).
En cuanto a la actitud de San Martín frente a la elite porteña, fue clara
y contundente: los hombres de Buenos Aires estaban más preocupados por lograr
imponerse a las provincias, en una cuestión de disputa doméstica, que de
contribuir a la Emancipación del continente. Por ello, cuando se vieron en
dificultades para alcanzar sus objetivos, tuvieron el atrevimiento de pretender
ordenarle al Libertador que retornara de Chile y utilizara el Ejército de los
Andes para sus propios fines en la vergonzosa guerra civil, en lugar de que
siguiera al Perú y enfrentara a los españoles.
El Gran Capitán directamente desobedeció la orden y desvinculó al Ejército
Libertador del gobierno de Buenos Aires, tras lo cual marchó al Perú, pasando
por encima de las pretendidas órdenes de un grupo de traidores que le hacía el
juego a los intereses de España y también de Inglaterra.
San Lorenzo:
En octubre de 1812, los marinos españoles asaltaron y saquearon San
Nicolás y San Pedro, en la costa del Río Paraná, afluente del Río de la Plata.
Los impulsaba la necesidad de procurarse víveres y la de hostilizar a los
pueblos ribereños.
A mediados de enero, la escuadrilla realista entró por la boca del Río Guazú,
con un total de once embarcaciones armadas y trescientos cincuenta hombres. El
28, salió San Martín con 125 granaderos escogidos, observándola constantemente
desde la costa. Era sólo una parte del Regimiento de Granaderos a Caballo que
el propio Libertador acababa de crear para defender la Revolución.
Los granaderos marchaban de noche, ocultos a los españoles; San Martín, vestido
de poncho y sombrero campesino, vigilaba personalmente desde la costa.
El 31, los españoles anclaron cerca del pueblo de San Lorenzo, donde prepararon
una expedición para "escarmentar" a los lugareños.
San Martín, atento de la situación, ocultó a sus granaderos detrás de los muros
del convento que existe en el lugar y, cuando al amanecer del 3 desembarcaron
los 250 españoles con sus dos piezas de artillería y en son de guerra, creyendo
que sólo se encontrarían con civiles, los granaderos desplegados en dos alas
salieron de ambos lados del convento. Los españoles apenas tuvieron tiempo de
montar sus cañones y efectuar algunos disparos; la carga los arrolló en menos
de tres minutos. Este fue el bautismo de fuego del Libertador José de San
Martín al mando de sus Granaderos a Caballo.
De regreso a Buenos Aires, se le efectuó un recibimiento triunfal y comenzó a
proponerse a San Martín como futuro Comandante en Jefe del Ejército del Norte,
en reemplazo del General Belgrano, que había sido derrotado en octubre y
noviembre en Vilcapugio y Ayohuma.
Por decreto del 3 de diciembre de 1813, San Martín partió a la cabeza de una
"expedición auxiliadora" del Ejército del Norte, pero sus
instrucciones eran claras en cuanto a que no se debía limitar a
"auxiliar" a Belgrano sino que directamente debía hacerse cargo de la
situación, reemplazándolo en el mando.
Muy a su pesar, y después de intentar negarse en reiteradas oportunidades,
finalmente San Martín cumplió la orden. El respeto y la admiración que sentía
por Belgrano, vencedor en las batallas de Salta y Tucumán, artífice del
"Éxodo Jujeño", eran demasiado grandes como para sentirse complacido
frente a la misión encomendada.
Cuando Belgrano se enteró de que San Martín sería su reemplazante, se apresuró
a escribirle lo siguiente:
"Mi corazón toma nuevo aliento cada instante que pienso que usted se me acerca porque estoy firmemente persuadido de que con usted se salvará la Patria y podrá el ejército tomar un diferente aspecto. En fin, mi amigo, espero en usted un compañero que me ayude y quien conozca en mí la sencillez de mi trato y la pureza de las intenciones que Dios sabe no se dirigen, ni se han dirigido, más que al bien general de la Patria y a sacar a nuestros paisanos de la esclavitud en que vivían. Empéñese usted en volar, si le es posible, con el auxilio y en venir a ser, no sólo mi amigo, sino maestro mío, mi compañero y mi jefe si quiere...". (Manuel Belgrano).
Durante tres años, los sucesivos comandantes del Ejército del Norte
habían estado peleando palmo a palmo con las tropas realistas sin poder definir
la situación. Algunas victorias, algunas derrotas, pero la cuestión seguía en
los mismos términos: los españoles estaban en permanente amenaza de lograr
imponerse y llegar hasta Buenos Aires. San Martín fue el hombre que vino a
terminar con esto. A diferencia de sus antecesores, él era un militar
profesional, lo que es esencial tener en cuenta por su capacidad para analizar
correctamente la situación y plantear la estrategia adecuada.
Su visión abarcó mucho más que la sola situación del norte; en el marco de la
concepción desarrollada con su participación en la "Gran Reunión
Americana", el Libertador analizó la situación de conjunto que se
presentaba en todo el continente, identificando la necesidad de destruir el
punto neurálgico del poder español en América: Lima. Él se dio cuenta de que de
nada valía pelear con las tropas realistas en los demás puntos de Nuestra
América si desde Lima les seguían mandando refuerzos; allí era a donde había
que ir y derrotar a los enemigos. Por eso, cuando asumió el mando del Ejército
del Norte, se dedicó a una tarea más que nada "reorganizadora", de
tal manera de poder dejar una situación mínimamente segura como para impedir el
avance del enemigo desde esa región, mientras él iría luego hacia Lima a través
de Los Andes.
En las inmediaciones de Tucumán, construyó un campo atrincherado, "La
Ciudadela", donde instruía personalmente a sus hombres. Sus objetivos
principales eran disciplinar a la tropa e instruir a los oficiales. Se trataba
de convertir aquellos despojos que había encontrado en un verdadero ejército.
En carta a Rodríguez Peña, de abril de 1814, San Martín le dijo:
"No se felicite, mi querido amigo, con anticipación de lo que yo pueda hacer en éste; no haré nada y nada me gusta aquí. No conozco los hombres ni el país, y todo está tan anarquizado, que yo sé mejor que nadie lo poco o nada que puedo hacer. Ríase usted de esperanzas alegres. La Patria no hará camino por ese lado del norte que no sea una guerra permanente, defensiva y nada más; para eso bastan los valientes gauchos de Güemes con dos escuadrones buenos de veteranos. Pensar en otra cosa es echar en el Pozo de Airón hombres y dinero. Así es que yo no me moveré ni intentaré expedición alguna. Ya le he dicho a usted mi secreto. Un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza, para pasar a Chile y acabar allí con los godos apoyando un gobierno de amigos sólido, para acabar también con los anarquistas que reinan. Aliando las fuerzas pasaremos por el mar a tomar a Lima; es ese el camino y no este, mi amigo. Convénzase usted que hasta que no estemos sobre Lima la guerra no se acabará...". (José de San Martín).
San Martín se puso en contacto con Belgrano y con Güemes, a quienes expuso su estrategia. Cuando éstos le dieron su apoyo, y garantizando Martín Miguel de Güemes que él cuidaría las espaldas de San Martín deteniendo a los realistas que deseaban penetrar por el norte, pidió su relevo y su designación como Gobernador de la región de Cuyo, al pie de la Cordillera de Los Andes. Sus adversarios en la Logia Lautaro (Alvear entre ellos) creyeron ver una oportunidad para "quitarlo del medio", y le concedieron su petición. En Mendoza, al pie de la cordillera, San Martín se encargó de organizar el "Ejército de Los Andes".
San Martín: la Independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica:
El año de 1816 encontró a San Martín cumpliendo una serie de actividades
que, de hecho, lo convertían en el hombre más esclarecido política y militarmente
en el Río de la Plata en ese momento, y conduciendo la marcha de los
acontecimientos en función de su estrategia para derrotar al colonialismo
español en América.
A pesar de las enormes dificultades de todo tipo con que tropezaba, logró ir
solucionando cada una de ellas, de la manera más conveniente, de tal forma de
poder concretar sus planes. Así, mientras gobernaba Cuyo y convertía esa región
en un campo de reclutamiento y de entrenamiento para la creación del
"Ejército de Los Andes", presionaba en el seno del Congreso de
Tucumán para que, a pesar de la resistencia de otros sectores de la Logia
Lautaro, se declarara la Independencia, cosa que finalmente se hizo.
Justamente sobre este tema escribió San Martín a Tomás Godoy Cruz, diciendo lo
siguiente:
"¿Hasta cuando esperamos declarar nuestra independencia! no le
parece a Ud. una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cocarda
nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree
dependemos?
¿Qué nos falta más que decirlo?, por otra parte, ¿qué relaciones podremos
emprender cuando estamos a pupilo?, los enemigos, y con mucha razón, nos tratan
de insurgentes, pues nos declaramos vasallos. Esté Ud. seguro que nadie nos
auxiliará en tal situación, y por otra parte, el sistema ganará un cincuenta
por ciento con tal paso. ¡Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho
las empresas!" (José de San Martín).
San Martín pensaba en la Independencia de toda Nuestra América. Pero la
única forma de independizar al todo era, inevitablemente, luchar una y otra vez
en cada una de sus partes, en el marco de una estrategia adecuada. Así, la
victoria sobre los colonialistas en las Provincias Unidas y en Chile no era el
fin último de su acción sino un medio, un instrumento, un paso inevitable para
llegar a donde quería: Lima, donde se encontraba el centro del poder español en
América.
Su primer paso fue entonces garantizar la Independencia en el Río de la Plata,
y así lo hizo. Si bien no participó personalmente en el "Congreso de
Tucumán" de 1816 (en el cual se proclamó la Independencia) fue el
principal responsable político de este hecho.
Quienes intervinieron en dicho Congreso se hallaban divididos en cuanto a la
conveniencia de declarar la Independencia, y fueron justamente los hombres
enviados por el Libertador quienes forzaron la decisión de romper el vínculo
con la metrópoli extranjera. Con la solemne Declaración, el Gran Capitán de Los
Andes se aseguró de que la Revolución fuera ya irreversible, a pesar de las
intenciones oscuras de muchos de sus contemporáneos. Por otra parte, dicho
Congreso se pudo llevar a cabo en el marco de una mínima seguridad en las
provincias, provista justamente por la victoria de San Martín en "San
Lorenzo" y por la presencia de las tropas del norte y de Cuyo
reorganizadas por él.
Para la Declaración de Independencia, San Martín se impuso militarmente a los
españoles y políticamente a aquellos sectores vinculados a la elite de Buenos
Aires que ya estaban negociando tanto con España como con Inglaterra.
José de San Martín trabajó incansablemente para la preparación de las
condiciones que harían posible la puesta en práctica de su proyecto. Si bien
las dificultades fueron muchas y de toda índole, nada pudo contra su espíritu,
su férrea voluntad y su implacable decisión de vencer.
"Es increíble lo mortificado que estoy con la demora del director: la primavera se aproxima y no alcanza el tiempo para lo que hay que hacer. Ha dado el congreso el golpe magistral con la declaración de la independencia; sólo hubiera deseado que se hubiese hecho una pequeña exposición de los justos motivos que tenemos los americanos para tal proceder. En el momento que el director me despache, volveré a mi ínsula cuyana; la maldita suerte no ha querido el que yo me hallare en mi pueblo para el día de la celebración de la independencia, crea usted que hubiera echado la casa por la ventana...". (José de San Martín).
San Martín: la Independencia de Chile:
En todo momento, el Libertador demostró tener cuatro cualidades que son las que, en definitiva, marcaron la enorme distancia que había entre él y el resto de los hombres que lo seguían: visión panorámica, resolución firme, cabeza fría y voluntad terca.
"El primer escuadrón de Granaderos a Caballo fue la escuela rudimental en que se educó una generación de héroes. En este molde se vació un nuevo tipo de soldado animado de un nuevo espíritu, como dice Cromwell en la revolución de Inglaterra, empezando por un regimiento para crear el tipo de un ejército y el nervio de una situación. Bajo una disciplina austera que no anonadaba la energía individual, y más bien la retemplaba, formó San Martín soldado por soldado, oficial por oficial, apasionándolos por el deber, y les inculcó ese fanatismo frío del coraje que se considera invencible, y es el secreto de vencer...con estos elementos organizó una academia de instrucción práctica que él personalmente dirigía, iniciando a sus oficiales y cadetes en los secretos de la táctica, a la vez que les enseñaba el manejo de las armas en que era diestrísimo, obligándolos a estudiar y a tener siempre erguida la cabeza ante sus severas lecciones, una línea más arriba del horizonte, mientras llegaba el momento de presentarla impávida a las balas del enemigo...en cuanto a los soldados, los elegía vigorosos, excluyendo todo hombre de baja talla. Los sujetaba con energía paternal a una disciplina minuciosa, que los convertía en maquinas de obediencia. Los armaba con el sable largo de los coraceros franceses de Napoleón, cuyo filo había probado en sí, y que él mismo les enseñaba a manejar. Por último, daba a cada soldado su nombre de guerra, por el cual únicamente debía responder, y así les daba el ser, les inculcaba su espíritu y los bautizaba...a mediodía dirigíase a la cocina y elegía dos platos (generalmente puchero y asado), que a veces despachaba de a pie, y por postre dulce mendocino, tomando dos copas de vino. En seguida daba un corto paseo fumando un cigarrillo de tabaco negro, si era invierno, y volvía luego a la tarea. En verano dormía una siesta de dos horas sobre un cuero tendido en el corredor de la casa. En ambas estaciones, su bebida habitual era el café que él mismo preparaba. Después volvía al trabajo, y por la noche inspeccionaba los establecimientos públicos. Por la noche, recibía las visitas con las que tertuliaba en variada conversación, de la cual estaba excluida la política o echaba una partida de ajedrez, juego en que era fuerte, y a las 10 en punto las despedía. A esa hora tomaba una ligera colación, y descansaba o continuaba su trabajo interrumpido, pasándose muchas noches en vela y sin acostarse por efecto de las dolencias que le aquejaban..." (Bartolomé Mitre).
Uno de los más serios obstáculos que debió superar el Libertador fue la
falta de recursos para organizar y mantener al Ejército de los Andes; sin
ellos, la empresa estaba condenada al fracaso.
En sus interminables cartas al gobierno de Buenos Aires solicitando el envío de
recursos, manifestó que "...todas las tropas excepto el batallón de
cazadores que está en San Juan, entraron en el campo de instrucción el 30 (de
septiembre de 1816), es un dolor no tener siquiera una frazada para arroparlos
de la intemperie...por la Patria vea Ud. al director a fin de que me remita los
vestuarios para cazadores, granaderos y numero ocho; que estén a más tardar a
mediados de diciembre; sin este auxilio no se puede realizar la expedición,
pues es materialmente imposible pasar los Andes con hombres enteramente
desnudos...". (José de San Martín).
En carta a Guido expresó, con férrea voluntad y energía, que "...si no
puedo reunir las mulas que necesito me voy a pie; es menester hacer el último
esfuerzo en Chile, pues si esta la perdemos, todo se lo lleva el
diablo...". (José de San Martín).
El director Pueyrredón contestó finalmente los pedidos hechos, aunque sólo en
parte. En su correspondencia se puede apreciar la dramática situación que se
vivía en aquellos momentos: "Como ayer fue día de todos los santos no se
ha podido buscar entre los comerciantes libranzas para los 30.000 pesos, pero
haré la diligencia con empeño...Van ahora 500 frazadas, mil arrobas de charqui,
vestuarios, camisas, 400 recados, 200 sables con los dos únicos clarines que he
encontrado, 200 tiendas de campaña y no hay más; va el mundo, va el demonio, va
la carne, y no sé yo cómo me irá con las trampas en que quedo para pagarlo
todo, y me voy yo también para que Ud. me dé algo del charqui que le mando; y
!Carajo! no me vuelva a pedir más, si no quiere la noticia de que he amanecido
ahorcado en un tirante de la fortaleza...". (Juan Martín de Pueyrredón).
"El Ejército de Los Andes fue creado de la nada. Fue necesario fabricarlo todo y para ello dentro de la falta absoluta de medios, sin embargo, San Martín con su talento múltiple, montó fabricas, formó depósitos, capacitó operarios y fabricó desde la canana hasta el propio ajuste del cañón. Fue el creador en América de la artillería de montaña a lomo y sobre prensa-zorra. Fue el primer conductor sudamericano que dispuso de un estado mayor organizado. Fue también el creador de los servicios de estado mayor, revelándose un maestro en las informaciones y organización de aprovisionamientos y reabastecimientos La aplicación de sus recursos políticos, económicos, financieros, industriales, en el servicio de estado mayor, representan hoy un ejemplo a imitar. Sus planes de operaciones pueden servir de modelo al ejército más moderno de nuestra época...". (Juan Domingo Perón).
San Martín tenía la idea de acabar la Guerra de Independencia con una
campaña marítima sobre Perú, y para prepararla solicitó que se le confiara la
gobernación de Mendoza, dejando a otro el mando del Ejército del Norte. Como
Chile estaba todavía en poder de los patriotas, se proponía ir a ayudarlos en
su guerra con los españoles, y una vez afirmados, emprender juntos la guerra
por mar, al tiempo que el Ejército del Norte marcharía contra Lima por el
altiplano. Un movimiento de pinzas cuyo objetivo final sería la capital
peruana. Pero la derrota de las fuerzas bajo el mando de O'Higgins en la
batalla de "Rancagua", el 2 de octubre de 1814, le obligó a tener que
comenzar el plan con la reconquista de Chile.
Comenzó el Libertador con lo que el llamó "guerra de zapa", destinada
a preparar el terreno para la posterior ofensiva con el Ejército de Los Andes:
se trataba de alarmar a Chile, seducir las tropas realistas, promover la
deserción, figurar los sucesos, desconceptuar los jefes, infundir temor a los
soldados y procurar desconcertar los planes de Marcó del Pont (jefe
colonialista en Chile). Es decir que se planteó como objetivo trabajarle el
frente interno al enemigo, para desorganizarlo, confundirlo y debilitarlo.
En enero de 1817, se llevó a cabo el cruce de la cordillera de Los Andes por el
Ejército Libertador. La columna principal lo hizo por el paso de "Los
Patos" y para distraer al enemigo e impedir que lo taponase, otros
destacamentos efectuaron el cruce por los pasos de "Uspallata",
"Come-Caballos", "Guana", "Planchón" y
"Portillo".
"Las dificultades que se tuvieron que vencer para el paso de las cordilleras, sólo pueden ser calculadas por el que las haya pasado. Las principales eran la despoblación, la construcción de caminos, la falta de leña, y sobre todo de pastos. El ejército arrastraba 10.600 mulas de silla y carga, 1600 caballos y 700 reses, y, a pesar de un cuidado indecible, solo llegaron a Chile 4300 mulas y 511 caballos en muy mal estado, habiendo quedado el resto muerto o inutilizado en las cordilleras...". (José de San Martín).
Chacabuco y Maipo:
La guerra revolucionaria en Chile fue concluida por San Martín mediante
dos aplastantes victorias: "Chacabuco" y "Maipo". La
primera, el 12 de febrero de 1817, y la segunda, el 5 de abril de 1818.
Después de la batalla de "Chacabuco", el Libertador envió un mensaje
al gobierno de Buenos Aires en el que, entre otras cosas, se ocupó de decir que
"...sin el auxilio que me han prestado los brigadieres Soler y O'Higgins
la expedición no hubiera tenido resultados tan decisivos; les estoy sumamente
reconocido, asimismo a los individuos del estado mayor cuyo segundo jefe el
coronel Beruti me acompañó en la acción y comunicó mis órdenes, así como lo
ejecutaron a satisfacción mía mis ayudantes de campo el coronel D. Hilarrión De
La Quintana, D. José Antonio Alvarez, D. Antonio Arcos, D. Manuel Escalada, y
D. Juan Obrrain. La premura del tiempo no me permite expresar a V.E. los
oficiales que más se han distinguido, pero lo verificaré luego que sus jefes me
pasen los informes que les tengo pedidos, para que sus nombres no queden en el
olvido...en una palabra el eco del patriotismo resuena por todas partes a un
tiempo mismo, y al Ejército de Los Andes queda para siempre la gloria de decir:
en 24 días hemos hecho la campaña, pasamos las cordilleras más elevadas del
globo, concluimos con los tiranos, y dimos la libertad a Chile...". (José
de San Martín).
Después de esa batalla, el día 14 San Martín entró en la capital en medio del entusiasmo general del pueblo. Convocó a un cabildo abierto que a su vez designó tres electores; éstos aclamaron el 15 a San Martín como Director Supremo de Chile con "facultades omnímodas". Pero el Libertador, sabiendo que aún no había cumplido su meta de llegar al Perú y que su paso por Chile era sólo una etapa en dicho camino, no aceptó. Declinó el nombramiento a favor de su "amado compañero de armas, O'Higgins". Por su parte, el gobierno de Buenos Aires le informó su ascenso a la suprema jerarquía militar: Brigadier de los Ejércitos de la Patria. Pero también lo rechazó, mediante elocuente nota remitida a dicha autoridad:
"Antes de ahora, tengo empeñada solemnemente mi palabra de no admitir grado ni empleo alguno militar ni político...Sacrificaré gustoso mi existencia en obsequio de la Patria....". (José de San Martín).
Con la entrega de una suma de diez mil pesos oro que se le hizo como recompensa por los servicios prestados, por parte del cabildo de Santiago, ordenó la construcción de una biblioteca pública:
"Permítame que destine útilmente ese fondo a un establecimiento que haga honor a ese benemérito reino: la creación de una biblioteca nacional perpetuará para siempre la memoria de esa municipalidad. La ilustración y fomento de las letras es la llave maestra que abre las puertas de la abundancia y hace felices a los pueblos...". (José de San Martín).
También rechazó San Martín el sueldo de General en Jefe del Ejército de Chile y una vajilla de plata que le obsequiaron. En relación a esto le escribió a su amigo O'Higgins, diciéndole:
"A mi regreso de Buenos Aires encontré que la generosidad de V.E. había puesto a mi disposición una vajilla completa de plata. No estamos en tiempo de tanto lujo. El Estado se halla en necesidades y es necesario que todos contribuyamos a remediarlas. Por lo tanto, doy orden para que se ponga a disposición de V.E. dicha vajilla, como, asimismo, el sueldo que se me tiene asignado por ese Estado, con advertencia de que del que he tomado daré a V.E. una noticia reservada de los fines en que ha sido empleado...". (José de San Martín).
Para contribuir a consolidar la situación en Chile, desde un punto de
vista fundamentalmente político, San Martín y O'Higgins resolvieron declarar la
Independencia, cosa que se cumplió el 12 de febrero de 1818 en la plaza de
Santiago, en el aniversario de la batalla de Chacabuco, frente al entusiasmo de
todo el pueblo.
Después de Chacabuco, la victoria en Maipo tuvo una importancia estratégica
para consolidar la Independencia de las Provincias Unidas y de Chile, y para
poder iniciar la Campaña al Perú, asegurando así la suerte de todo el
continente.
Con Bolívar derrotando a los españoles en el norte y San Martín haciendo otro
tanto en el sur, los territorios dominados por los colonialistas se fueron
reduciendo cada vez más; sus recursos se fueron extinguiendo y su resistencia
cada vez fue más débil. La dominación española tenía sus días contados.
Maipo fue una batalla cruenta; los colonialistas dejaron 2000 cadáveres, y
cerca de 3000 fueron tomados prisioneros, entre ellos 190 jefes y oficiales,
con todo el armamento, el parque y cuatro banderas. El Ejército Libertador tuvo
alrededor de 1000 muertos. Iniciada a mediodía, la batalla culminó a las seis
de la tarde.
Después de su histórica victoria en Maipo, el Libertador escribió en carta al
gobierno de Buenos Aires lo siguiente:
"Nada existe del ejército enemigo. El que no ha sido muerto es prisionero. Artillería, ciento sesenta oficiales, todos sus generales, excepto Osorio, están en nuestro poder. Yo espero que a este último me lo traigan hoy... En una palabra: ya no hay enemigos en Chile. Dios guarde a V.E. muchos años. Cuartel general en el campo de Maipo". (José de San Martín).
Al frente de los gauchos salteños, Martín Miguel de Güemes había cumplido la importantísima misión de "cubrirle las espaldas" al Ejército Libertador, impidiendo que los colonialistas penetraran por el norte mientras aquél cruzaba la cordillera y cumplía con la campaña en Chile. A él, San Martín escribió lo siguiente:
"Mi amigo amado: hemos triunfado completamente de los godos, y hemos asegurado la libertad en Chile. Sé cuánto agradará a V. esta noticia. Probablemente La Serna se retirará precipitadamente, y las Provincias del Perú serán libres; vamos amigo a trabajar con tesón ya que la Causa de la Patria va ganando terreno. Yo parto esta noche para Buenos Aires a objetos del servicio; si en aquella o en cualquier distancia puedo serle útil, mande con franqueza a su afectísimo paisano y amigo. Q. B. S. M. José de San Martín".
Manuel Belgrano, el otro hombre en quien el Libertador había puesto su confianza, le escribió desde Tucumán: "Al enemigo...no se le ocurrió por lo visto que aún existía el general San Martín y que capaz de transmitir su heroísmo al último de sus subalternos, haría prodigios aún con la espada...". (Manuel Belgrano).
El secretario de una comisión norteamericana en Chile, sr. Brackenridge, le escribió al presidente de su país, Jaime Monroe, informándole acerca de José de San Martín, y le dijo que "...la América del Sur tiene también su Washington...La república independiente de la Plata y Chile, mediante San Martín, con toda probabilidad, por este tiempo, ha dado libertad e independencia a sus hermanos del Perú."
En 1819, habiendo finalizado totalmente su misión en Chile y ya en camino de cumplir con la expedición al Perú, San Martín consideró oportuno dejar en claro a nuestros hermanos chilenos que ponía formalmente en sus manos los destinos del país, advirtiéndoles, inclusive, que el enemigo que deberían enfrentar de ahí en más sería, no ya España, sino el grupo de ambiciosos que fomentaban la división y la anarquía:
"Individuos del Ejército de Chile: el General que ha tenido el honor de mandaros, y de contribuir a la formación de vuestros cuerpos, se despide de vosotros reconocido a la honorable comportación que habéis observado; vuestra Patria queda a vuestro cuidado, sostenida con la honradez que habéis manifestado; no son sólo los españoles los que hay que batir. Los ambiciosos y díscolos no son mejores enemigos; sostened el orden: con él afianzaréis la libertad, independencia y felicidad del hermoso Chile". (José de San Martín).
El escritor cubano José A. Benitez, en su libro "El pensamiento revolucionario de los hombres de Nuestra América", expresó lo siguiente: "Chacabuco y Maipo, ciertamente, fueron dos batallas de la Independencia llamadas a representar un papel primordial en la Historia de América del sur por la significación que tuvieron en el mapa político del continente y en los acontecimientos que se desarrollaron posteriormente...El mérito militar de la batalla de Chacabuco ha sido reconocido por todos, pero la acción también obedecía a un plan político de San Martín relacionado con los destinos del continente. La batalla de Chacabuco, en el contexto de ese plan, no solamente aseguró la revolución argentina, sino que ganó una base de operaciones en el mar y en las costas del Pacífico contra el colonialismo español...la victoria de Maipo abrió las puertas a los soldados de la independencia suramericana para que pasaran a combatir en Perú, corazón de la dominación colonialista, y el 9 de julio de 1821 San Martín hacía su entrada en la capital peruana, y el 28 del mismo mes proclamó la Independencia de Perú y con ella vio cumplida la Empresa que se había trazado al cruzar Los Andes...si no se hubieran dado las batallas de Junín, Chacabuco y Maipo, no habría sido posible la de Ayacucho." (José A. Benitez).
San Martín: la Independencia del Perú:
La Campaña de Chile había sido terminada con éxito, y ahora faltaba marchar al Perú y encontrarse con Bolívar, que venía desde el norte, y concluir la gran obra revolucionaria. Pero en tales circunstancias, llegó la noticia de que Fernando VII, rey de España, preparaba una poderosa expedición que a principios de 1820 debería zarpar para Nuestra América con el pretendido objetivo de reconquistarla para la corona. Fue entonces que el Libertador dio su famosa "Orden General" del 27 de julio de 1819, para su tropa y para todo nuestro pueblo, a fin de impulsarlos, una vez más, a continuar la lucha revolucionaria hasta las ultimas consecuencias:
"Orden General del 27 de Julio de 1819.
Compañeros del exercito de los Andes.
...La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos: sino tenemos
dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos tiene de faltar: cuando se acaben
los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras
mugeres, y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: seamos
libres, y lo demás no importa nada...
...Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano, hasta ver el país
enteramente libre, ó morir con ellas como hombres de corage.
San Martín."
Mientras San Martín llevaba adelante la lucha por la Independencia, el gobierno
de Buenos Aires, que no representaba los intereses de todas las provincias del
Río de la Plata sino exclusivamente los de la elite porteña, se preocupaba más
por imponerse en la insensata guerra civil que había promovido que en otra
cosa. Así, pretendió poner al Ejército del Norte a pelear por sus intereses de
clase contra los caudillos provinciales. Recordemos que ése era el ejército que
San Martín había reorganizado y que había dejado para que le cubriera las
espaldas contra los españoles que pretendían penetrar desde el Alto Perú.
Afortunadamente, la conciencia de los oficiales que estaban a cargo de esas
tropas hizo que no se dejaran utilizar para una cuestión tan indigna y
antipatriótica, que además ponía en peligro el proyecto del Libertador. El 5 de
enero de 1820, se sublevó en Arequito el Ejército del Norte, precisamente para
poder continuar la Guerra de la Independencia. Ante semejante acontecimiento, y
sin más recursos para su alocada guerra civil, el gobierno de Buenos Aires
pretendió que el Libertador dejara de lado la guerra contra los colonialistas y
que, en lugar de marchar al Perú, regresara a Buenos Aires para pelear contra
nuestras provincias. Frente a esto, San Martín optó por renunciar al mando de
sus tropas, pues ni siquiera podía caber en su cabeza la más mínima idea de
utilizar al Ejército de Los Andes contra nuestro propio pueblo. Pero sus
oficiales, formados según los valores de patriotismo y de honor que el
Libertador les había inculcado, rechazaron su renuncia por medio de la solemne
"Acta de Rancagua", en la cual expresaron, entre otras cosas, que
"...la autoridad que recibió el señor general para hacer la guerra a los
españoles y adelantar la felicidad del país, no ha caducado, ni puede caducar,
porque su origen, que es la salud del pueblo, es inmutable".
San Martín, entonces, decidió mantener el mando del Ejército de Los Andes y
desconoció la autoridad del gobierno de Buenos Aires, ubicándose a sí mismo y a
sus tropas bajo la autoridad exclusiva del gobierno de Chile.
La conciencia americana de San Martín permitía que concibiera la posibilidad de
poner a su ejército (como efectivamente lo hizo) ya fuera bajo la bandera de
las Provincias Unidas o bajo la bandera de Chile o de la del Perú
indistintamente, ya que para él, al fin y al cabo, eran todas regiones de una
misma Patria.
"La bandera chilena cubría la expedición con su responsabilidad nacional, según lo convenido con San Martín, concurriendo Chile a ella con la decisión de su pueblo y su gobierno, con su escuadra, su tesoro y con la recluta con que había engrosado los dos cuerpos aliados que formaban el Ejército Unido...". (Busaniche).
El Gran Capitán debió emprender la Campaña al Perú no sólo con muy
escasos recursos y con débil apoyo político, sino también con una salud
absolutamente quebrantada, hecho que había estado presente a lo largo de toda
la Campaña de Chile y que, en esos momentos, se había agravado.
Recordemos alguno de los informes de su médico personal, en los cuales se
decían cosas como las siguientes: "La Patria, el honor y la gratitud me
obligan a dar a V. S. la pesadumbre que yo siento. Preveo muy próximo el
término de la vida apreciable de nuestro general si no se le distrae de las
atenciones que diariamente le agitan; a lo menos por el tiempo necesario de
reparar su salud, atacada ya en el sistema nervioso. El cerebro viciado con las
continuas imaginaciones y trabajos, comunica la irritabilidad al pulmón, al
estomago y a la tecla vertebral, de donde resulta la hematoe, o sangre por la
boca, que si antes fue traumática o por causa externa, hoy es por lo que ya he
dicho. El mismo origen tienen sus dispexias y vómitos, sus desvelos e
insomnios, y la consunción a que va reduciéndose su máquina. Empeñe Ud. toda su
amistad para que este hombre todo del público se acuerde alguna vez de sí
mismo, y que dejando de existir no servirá a esa Patria para quien debía vivir,
y por quien él se hace inaccesible al consejo. Yo me enternezco...". (Dr.
Juan Isidoro Zapata, en carta a Guido).
Mientras contemplaban los barcos que se habrían de utilizar para la Campaña del
Perú, O'Higgins le dijo a San Martín lo siguiente: "Tres barquitos dieron
a los reyes de España la posesión del nuevo mundo; cuatro o seis se la van a
quitar...".
"El día más celebre de nuestra revolución está próximo a amanecer; voy a dar la última respuesta a mis calumniadores: yo no puedo hacer más que comprometer mi existencia y mi honor por la causa de mi país, y sea cual fuere mi suerte en la campaña del Perú, probaré que desde que volví a mi Patria, su Independencia ha sido el único pensamiento que me ha ocupado, y no he tenido más ambición que la de merecer el odio de los ingratos y el aprecio de los hombres virtuosos...". (José de San Martín).
El 20 de agosto de 1820, zarpó la Expedición Libertadora al Perú. El
ejército tenía 2300 soldados del Río de la Plata, 1800 de Chile, con 35 piezas
de artillería y repuesto de armamento y vestuario para equipar 15000 hombres.
La escuadra naval estaba compuesta por ocho buques de guerra y 16 transportes,
con los cuales se trasladaron desde las costas de Chile hasta las del Perú. Las
Heras era Jefe del Estado Mayor; Arenales, Luzurriaga y Guido estaban entre los
generales; Alvarez Jonte iba como auditor y Monteagudo de secretario. El
General San Martín, su máximo conductor.
Como lo había dicho el propio Libertador, su plan desde un comienzo había sido
organizar un fuerte ejército que cruzara Los Andes, que libertara a Chile y que
de ahí marchara al Perú. Mientras tanto, el Ejército del Norte haría una guerra
defensiva, hasta el momento indicado: al llegar San Martín al Perú, entre los
dos ejércitos actuarían como tenaza sobre las tropas colonialistas,
exterminándolas.
"Póngase usted a la cabeza del ejército que debe operar sobre Salta; la campaña es segura si usted me apoya los movimientos que 4500 hombres van a hacer por intermedios al mando de Alvarado; éste lleva órdenes de ponerse a las de usted. Yo espero un buen resultado; la Patria lo exige y el honor de nuestras provincias lo reclama. No hay que perder un momento, mi amigo; la cooperación de esa división va a decidir enteramente la suerte de la América del Sud...". (José de San Martín).
Pero el Libertador fue traicionado; las tropas, oficiales y jefes del Río
de la Plata tuvieron que permanecer inmóviles, sin avanzar, por falta de armas
y dinero. Esos recursos Buenos Aires los tenía, y de sobra, pero no los envió.
El 8 de septiembre de 1820, el "Ejército Unido" desembarcó en la
Bahía de Paracas, Perú. El mismo día el Gran Capitán de Los Andes se dirigió en
solemne proclama a sus tropas diciendo lo siguiente:
"Ya hemos llegado al lugar de nuestro destino, y sólo falta que el valor consuma la obra de la constancia. Acordáos que vuestro gran deber es consolar a la América, y que no venís a hacer conquista sino a libertar pueblos...". (José de San Martín).
El 12 de julio de 1821, San Martín entró en Lima ante la apresurada huida
del virrey español.
Según relató Basilio Hall, testigo de aquellos gloriosos momentos, "...el
28 de julio se celebraron ceremonias para proclamar y jurar la Independencia
del Perú. Las tropas formaron en la plaza mayor, en cuyo centro se levantaba un
alto tablado, desde donde San Martín, acompañado por el gobernador de la ciudad
y algunos de los habitantes principales, desplegó por primera vez la bandera
independiente del Perú, proclamando al mismo tiempo con voz esforzada:
'...¡desde este momento el Perú es libre e independiente por voluntad general
del pueblo y por la justicia de su causa, que Dios defiende!'. Luego, batiendo
la bandera, exclamó: '!Viva la Patria! !Viva la Independencia! !Viva la
Libertad!', palabras que fueron recogidas y repetidas por la multitud que
llenaba la plaza y las calles adyacentes, mientras repicaban todas las campanas
y se hacían salvas de artillería entre aclamaciones tales como nunca se habían
oído en Lima...". (Basilio Hall).
San Martín recibió una carta de Sucre, futuro Gran Mariscal de Ayacucho, en la
cual éste le manifestó lo siguiente:
"Mi alma ha gozado el placer más puro y singular cuando he recibido
la noticia fausta del acontecimiento más brillante con que V.E. va a terminar o
ha terminado ya la Campaña del Perú guiado siempre por la filantropía que lo
distingue.
Los rasgos célebres de la vida militar de V.E. se disputan en preferencia; pero
es cierto que la realización de un inmenso país y de una sección inmensa de
América sin comprometer una batalla, es el resultado de los cálculos más bien
combinados y de la dirección más rara en una campaña en que el arte y la prudencia
han suplido al poder colosal del enemigo. Nada debe V.E. a la fortuna y puede
decirse más bien que la fortuna le ha seguido sus pasos.
La división de mi mando presenta a V.E. las felicitaciones más respetuosas y
fraternales. Sírvase V.E. aceptarlas...". (Antonio José de Sucre).
"La Causa del continente americano me lleva a realizar un designio que halaga mis más caras esperanzas. Voy a encontrar en Guayaquil al Libertador de Colombia; la enérgica terminación de la guerra que sostenemos, y la estabilidad del destino a que con rapidez se acerca la América, hacen nuestra entrevista necesaria, ya que el orden de los acontecimientos nos ha constituido en alto grado responsables ("árbitros") del éxito de esta sublime empresa...". (José de San Martín, en carta a Simón Bolívar).
"En los últimos años he estado ocupado constantemente contra los españoles, o mejor dicho, a favor de este país, porque yo no estoy contra nadie que no sea hostil a la causa de la Independencia. Todo mi deseo es que este país se maneje por sí mismo y solamente por sí mismo. En cuanto a la manera de gobernarse, no me concierne en absoluto. Me propongo únicamente dar al pueblo los medios de declararse independiente y de establecer una forma de gobierno adecuada; y verificado esto consideraré hecho bastante y me alejaré...". (José de San Martín).
"Nada presenta la Historia comparable con el paso de Los Andes por el General San Martín; no merece ciertamente entrar en paralelo el de los Alpes y el de San Bernardo por Aníbal y Napoleón...". (Ricardo Gual y Jean).
"Se carteaba mucho San Martín con los hombres políticos: "existir es lo primero, y después ver cómo existimos"...vio, sólo, el peligro que corría la libertad de cada nación de América mientras no fuesen todas ellas libres: !mientras haya en América una nación esclava, la libertad de todas las demás corre peligro! ...nunca en las cosas de América pensó en un pueblo u otro como entes diversos, sino que, en el fuego de su pasión, no veía en el continente más que una sola nación americana...". (José Martí).
Conferencia de Guayaquil y culminación de la Guerra de Independencia:
26 de Julio de 1822: el encuentro de los Libertadores.
Desde un punto de vista militar, la Guerra de Independencia concluyó con
la batalla de Ayacucho, bajo la conducción del Mariscal Sucre; desde un punto
de vista estrictamente político, finalizó con la reunión en Guayaquil entre los
Libertadores José de San Martín y Simón Bolívar. Como dijeron ellos mismos, a
esa altura de las circunstancias, la Independencia de Nuestra América era ya
irreversible.
En carta a Bolívar, San Martín manifestó que "Sean cuales fueren las
vicisitudes de la presente guerra, la independencia de la América es
irrevocable...". (José de San Martín).
Muchas batallas se habían ganado y poco quedaba del poderío español en el
continente; pero además de esto, la propia conciencia nacional de los criollos
se había desarrollado a tal punto que ya no concebían la posibilidad de volver
a la condición de vasallos del rey de España.
Tanto las condiciones concretas como la propia mentalidad de la gente habían
evolucionado de tal modo de hacer francamente imposible un retorno a la
situación de esclavitud que se había vivido hasta entonces. De esto tenían
clara conciencia San Martín y Bolívar, y por eso se reunieron en Guayaquil para
establecer, de común acuerdo, la mejor forma de concluir la Guerra de
Independencia.
Ambos habían desarrollado un extraordinario esfuerzo para darle la victoria a
la Patria; los dos encontraron ante sí una dura realidad de anarquía,
desorganización, falta de moral, ausencia de recursos humanos y materiales
apropiados, y sin embargo organizaron grandiosos Ejércitos Libertadores de la
nada, como si los hubieran dibujado en un papel y después, por simple arte de
magia, les hubieran dado vida.
Instruyeron a cada uno de sus hombres, uno por uno, pacientemente, con
dedicación, inculcándoles determinados valores y principios, y predicando en
todo momento con su propio ejemplo.
Tanto San Martín como Bolívar estaban obsesionados por conquistar el objetivo
de la Independencia y la organización en Estado nacional de Nuestra América. Y
fue justamente el hecho de estar como "poseídos" lo que les permitió
concentrarse en las cuestiones verdaderamente importantes, dejando de lado las
pequeñeces.
Trataron de impedir la lucha entre las distintas facciones de americanos, y
cuando no pudieron lograrlo, directamente ignoraron esos conflictos, tomando
distancia, y se dedicaron a su Empresa Libertadora. No sólo no contaron en
muchas oportunidades con el apoyo de las elites que se habían entronizado en el
gobierno, sino que inclusive tuvieron que esmerarse para no caer en sus
conspiraciones. Así, vemos que los Libertadores tuvieron que enfrentar no sólo
a los españoles, sino a la naciente oligarquía local, que en esos momentos los
enfrentaron y conspiraron contra ellos, inclusive con atentados a sus propias
vidas, y después de muertos los "reivindicaron" hipócritamente como
fundamento de las distintas repúblicas en que dividieron a Nuestra América. A
ellos, Simón Bolívar reclamó: "No seáis los asesinos de la Patria..."
(Simón Bolívar).
Bolívar enfrentó la rebelión de La Mar, la rebelión de Córdoba, y las
conspiraciones de Páez, entre otras. Algunos grupos de estudiantes y de hombres
de letras se reunieron en secreto y comenzaron a planear el asesinato del
Libertador.
Florentino González, uno de los cabecillas de la conspiración contra el hombre
que les acababa de dar la libertad, contó por sí mismo acerca del asunto:
"Ya no podíamos lisonjearnos de triunfar sino con la impresión del terror
que causase en nuestros contrarios la noticia de la muerte de Bolívar, y ella
fue resuelta en aquel momento supremo..." (Florentino González).
Una noche penetró en el palacio donde dormía el Libertador un grupo numeroso de
conspiradores armados con la intención de cumplir con su eliminación física;
Bolívar salvó la vida gracias al oportuno aviso de su amante.
Por su parte, San Martín regresó de la entrevista de Guayaquil a Mendoza donde
tenía intención de permanecer alejado de la vida pública, dedicándose
exclusivamente a su hija y a su chacra, pero ni siquiera esto le permitieron
hacer. Bernardino Rivadavia y sus secuaces, que expresaban los intereses de la
naciente oligarquía porteña vinculada a Inglaterra, se ocuparon de conspirar en
su contra hasta hacerlo abandonar el continente rumbo a Europa.
"Rivadavia me ha hecho una guerra de zapa, sin otro objeto que minar mi opinión, suponiendo que mi viaje a Europa no ha tenido otro objeto que establecer gobiernos en América; yo he despreciado tanto sus groseras imposturas, como su innoble persona...en todo el tiempo de la administración de Rivadavia mi correspondencia ha sufrido una revista inquisitorial, la más completa, yo he mirado esta conducta con el desprecio que se merecen sus autores...confinado en mi hacienda de Mendoza y sin mas relación que con algunos vecinos que venían a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar a la desconfiada administración de Buenos Aires; ella me cercó de espías, mi correspondencia era abierta con grosería, los papeles ministeriales hablaban de un plan para formar un gobierno militar, bajo la dirección de un soldado afortunado, etc., etc., en fin, yo vi claramente que no era posible vivir tranquilo en mi Patria, ínterin la exaltación de las pasiones no se calmase, y esta certidumbre fue la que me decidió pasar a Europa...entonces se me manifestó una verdad que no había previsto, a saber: que yo había figurado demasiado en la revolución para que me dejasen vivir en tranquilidad...". (José de San Martín).
Finalmente, el hombre que nos había dado la libertad fue obligado a dejar
nuestra tierra; marchó a Europa, desde donde no se cansó de repetir que
"... prefiero la vida que seguía en mi chacra a todas las ventajas que
presenta la culta Europa...". (José de San Martín).
Desde el viejo continente, su mirada y su pensamiento se fijaban
permanentemente en nuestra Patria: "A pesar de haberme tratado como un
ecce homo y saludado con los honorables dictados de ladrón y tirano, la amo y
me intereso mucho, mucho, en su felicidad...". (José de San Martín).
Entre los papeles del cónsul norteamericano en Río de Janeiro, Henry Hill, se
encontraron constancias de la existencia de una conspiración para asesinar a
San Martín, en la cual estaba implicado el cónsul norteamericano en Buenos
Aires.
En estos papeles está escrito que "Una conspiración ha sido detectada para
asesinar a Pueyrredón y al General San Martín, con otros jefes, en la cual
sospechas han recaído sobre el Sr. Halsey, su ultimo cónsul... La conspiración
iba a ser realizada en lo que concierne al General San Martín, y los últimos
arreglos de los conspiradores serían llevados a cabo en Chile con la ayuda de
cierto número de franceses, que habían partido con ese propósito, al mismo
tiempo que el Sr. Halsey...".
El 26 de julio de 1822, llegó San Martín a Guayaquil y ese mismo día, por la
tarde, se entrevistaron los dos Libertadores. Mucho se ha dicho sobre los temas
tratados en esa conferencia, pero son todas especulaciones pues la misma se
efectuó a puertas cerradas, sin testigos, con la sola presencia de Bolívar y de
San Martín. Lo que sí resulta posible analizar es la importancia política de
semejante encuentro, que es justamente sobre lo que han querido mantenernos
distraídos.
Dicen que el tero es un animal que, para proteger el nido, intenta desconcertar
a quienes lo amenazan, chillando en un lugar distante del mismo. Y acá pasa
igual; mientras nos tienen discutiendo acerca de lo que se habló en Guayaquil
(sobre lo cual no existen constancias verídicas), consiguen que no pensemos en
la verdadera importancia de fondo de dicho evento, en lo realmente
trascendental.
La importancia política de la Conferencia de Guayaquil está en que constituye
todo un símbolo para nosotros los americanos, que nos muestra cómo los
Libertadores trabajaron en forma coordinada por la Emancipación y cómo tuvieron
que ponerse de acuerdo hasta en el último momento para concluir su genial obra.
Guayaquil es todo un símbolo que, indudablemente, nos señala el camino que
debemos seguir: se trata de ponernos de acuerdo, de coordinar la acción para
vencer; de lograr la necesaria unidad de concepción y unidad de acción para
poder enfrentar a nuestro enemigo con posibilidad real de vencer. Porque como
dijo San Martín, "... divididos seremos esclavos, unidos estoy seguro que
los batiremos..."; y como dijo Bolívar, "... una debe ser la Patria
de todos los americanos...".
Junín y Ayacucho: el final de la guerra:
Existen muchas teorías, como ya dijimos, acerca de lo hablado en la
Conferencia de Guayaquil entre nuestros Libertadores. Indudablemente, aquello
tuvo una importancia determinante en cuanto a lo que ocurrió después, en la
ultima etapa de la Campaña Emancipadora. Lo que rescatamos de Guayaquil es que
los dos grandes de América se pusieron de acuerdo en que, dado los triunfos
obtenidos hasta entonces por ambos, nuestra Independencia era irreversible, y
que sólo faltaba darle el golpe final a las fuerzas realistas que se habían
refugiado en las sierras del Perú. Si bien éstas eran considerables en número,
lo importante desde el punto de vista estratégico es que estaban aisladas
totalmente, encerradas entre territorios que, en todas direcciones, estaban
ocupados por las fuerzas patriotas, y sin posibilidad de recibir refuerzos a
tiempo de la lejana España. En realidad, los Ejércitos Libertadores dominaban
la totalidad del continente, y era absolutamente imposible, por más que las
españolas fueran tropas numerosas, que pudieran lograr algo.
Los Libertadores ya tenían conciencia de su triunfo militar, lo que les daba el
convencimiento político acerca de lo irreversible de nuestra Independencia.
Después de la conferencia, San Martín renunció al mando de sus tropas y
emprendió el regreso al Río de la Plata. Dejó en el Perú un considerable ejército
de 8000 hombres bajo el mando del General Alvarado y de Arenales. A ellos
encargó la tarea de colaborar con las tropas de Bolívar para finalizar la
guerra; ambas fuerzas, actuando en conjunto sobre los últimos realistas que
quedaban en Nuestra América, alcanzaron la victoria final.
Bolívar se dedicó entonces a preparar a sus tropas para el último asalto;
fundamentalmente, solicitó refuerzos humanos y materiales al gobierno de
Colombia.
El 6 de agosto de 1824, Bolívar se impuso a las fuerzas del español Canterac en
una aplastante victoria en la planicie de Junín. El ejército patriota estaba
compuesto por fuerzas americanas de Colombia, de Perú (a las órdenes de La
Mar), de Chile (bajo el mando de Pedro Juan Luna), y del Río de la Plata
(conducidas por Necochea).
Aquí está nuevamente la lección de la Historia, la más importante de todas: la
Independencia de Nuestra América sobrevino como consecuencia de la acción
conjunta y de los esfuerzos sumados de todos los americanos, porque de una
forma o de otra, en mayor o menor medida, todos aportaron a la Causa. No
hubiera sido posible de no ser así, y no será posible conquistar la segunda y
definitiva Independencia de Nuestra América sino aprendemos esa lección y nos
decidimos a luchar todos juntos, unidos frente al mismo enemigo.
Después de la batalla de Junín, Bolívar anunció su marcha para la costa del
Pacífico y designó a Antonio José de Sucre como Comandante Supremo de las
fuerzas patriotas en la sierra. Si bien las instrucciones de Bolívar le
indicaban a Sucre esperar para enfrentarse a las tropas enemigas, éste no tuvo
paciencia para ello: "La guerra defensiva es tan desagradable y a mi
entender tan desventajosa que confieso que me atormenta estar sujeto a oponer
cuando más una tranquila presencia a las maniobras del enemigo, y mucho más con
nuestras tropas que son de obrar a la ofensiva..." (Sucre en carta a
Bolívar).
El 9 de diciembre de 1824, el Mariscal Antonio José de Sucre presentó batalla a
las últimas fuerzas colonialistas españolas en la planicie de Ayacucho. En esa
oportunidad, confió el ala izquierda a La Mar y el ala derecha a Córdoba;
además, había una pequeña reserva que estaba también a las órdenes de La Mar.
El combate fue duro y cruento; en un momento, el enemigo pareció asegurarse el
triunfo al lograr quebrar el ala izquierda del Ejército Libertador. En momentos
en que Sucre recibía el pedido de socorro de esa parte de su ejército, el
Mariscal Monet inició su ataque contra las tropas de Córdoba, en el ala
derecha. Entonces ordenó a La Mar usar su pequeña reserva en el ala izquierda y
resistir hasta morir. A partir de ahí, José María Córdoba, con ejemplar sangre
fría y sin vacilar un sólo instante ante la ofensiva enemiga que le caía
encima, ordenó a su tropa que esperara inmóvil al enemigo, y en el momento
oportuno, con el temple que caracteriza a los héroes de máxima jerarquía, dio
su histórica orden: "¡Soldados! ¡Armas a discreción, paso de
vencedores!".
La victoria patriota fue total y completa; en su informe, Sucre manifestó:
"Se hallan, en este momento, en poder del Ejército Libertador, los
tenientes generales Laserna y Canterac; los mariscales Valdés, Carratala, Monet
y González; los generales de brigada Bedoya, Ferraz, Camba, Somocursio, Cancho,
Atero, Landazuri, Vigil, Pardo y Tur, con dieciséis coroneles, setenta y ocho
tenientes coroneles, cuatrocientos ochenta y cuatro mayores y oficiales, más de
dos mil prisioneros de tropas, inmensa cantidad de fusiles; todas las cajas de
guerra, municiones y cuantos elementos militares poseían; mil ochocientos
cadáveres y setecientos heridos han sido en la batalla de Ayacucho las víctimas
de la obstinación y de la tenacidad española. Nuestra pérdida es de trescientos
diez muertos y seiscientos nueve heridos..." (Antonio José de Sucre).
Tal cual lo expresó José A. Benítez, "Ayacucho no solamente representó la
Independencia de Perú, cimentada por San Martín, sino que fue el punto
culminante de la epopeya de los pueblos de América del Sur y expulsó,
definitivamente, el colonialismo de una región sobre la cual había ejercido su
poder durante tres siglos...". (José A. Benítez).
La lucha por la Emancipación de Nuestra América fue llevada adelante por una
generación de compatriotas bajo la conducción de Francisco Miranda (el
Precursor de nuestra Independencia) y de Simón Bolívar y José de San Martín
(los Libertadores). Para ello se utilizaron recursos humanos y materiales de
todos los rincones del continente: hombres de los actuales Argentina, Uruguay,
Bolivia, Chile, Perú, Venezuela, Colombia, Brasil, Panamá, Cuba y Ecuador,
fueron los soldados que nutrieron las filas de los Ejércitos Libertadores.
Los recursos materiales, en dinero, armas, alimentos, vestuarios, animales de
carga y de transporte, etc., fueron provistos por los Cabildos y las Juntas de
todas las gobernaciones.
La bandera bajo la cual actuaron los Libertadores fueron indistintamente la de
una región o de otra, sin prestar mayor atención a ello. Cuando San Martín
efectuó el cruce de la cordillera con el "Ejército de los Andes",
utilizó la bandera de las "Provincias Unidas"; cuando llevó adelante
la campaña para la libertad del Perú, con el "Ejército Unido", lo
hizo bajo la bandera de Chile. Estos datos demuestran en forma indiscutible que
nuestra Primera Campaña Emancipadora fue una empresa americana en su totalidad
y en el más amplio sentido de la palabra.
"Ante la causa de América esta mi honor; yo no tendré patria sin él y no puedo sacrificar un don tan precioso por cuanto existe en la tierra." (José de San Martín).
"No hay respeto humano que deba guardarse cuando se trata de la seguridad y libertad americanas." (José de San Martín).
"Querer contener con la bayoneta el torrente de la opinión universal de la América es como intentar la esclavitud de la naturaleza." (José de San Martín).
"El placer de un triunfo para un guerrero que pelea por la felicidad
de los pueblos sólo lo produce la persuasión de ser un medio para que gocen de
sus derechos; mas hasta afirmar la libertad del país, sus deseos no se hallan
cumplidos, porque la fortuna varía de la guerra muda con frecuencia el
aspecto de las más encantadoras perspectivas. Un encadenamiento prodigioso de
sucesos ha hecho ya indudable la suerte futura de América, y la del pueblo
peruano sólo necesitaba de la representación nacional para fijar su permanencia
y felicidad. Mi gloria es colmada, cuando veo instalado el congreso
constituyente; en él dimito el mando supremo que la absoluta necesidad me hizo
tomar contra los sentimientos de mi corazón, y lo he ejercido con tanta
repugnancia que sólo la
memoria de haberlo obtenido acibarará, si puedo decirlo así, los momentos del
gozo más satisfactorio; si mis servicios por la causa de América merecen
consideraciones al congreso, yo los represento hoy, sólo con el objeto de que
no haya un solo sufragante que opine sobre mi continuación al frente del
gobierno. Por lo demás, la voz del poder soberano de la nación será siempre
oída con respeto por San Martín, como ciudadano del Perú, y obedecida y hecha
obedecer por el mismo, como el primer soldado de la libertad." (José de
San Martín).
"Sean cuales fueren las vicisitudes de la presente guerra, la
independencia de la América es irrevocable." (José de San Martín).
"El amor a la Patria me hace echar sobre mí toda responsabilidad si
contribuyo a salvarla, aunque después me ahorquen." (José de San Martín).
"Ayacucho... es el triunfo intelectual de todos los grandes capitanes,
desde la fantasía fascinadora que se llamó Bolívar hasta la conciencia
impasible que se llamó San Martín." (Eugenio María de Hostos).
"En todo el siglo XX, América no ha dado otro Bolívar ni otro San
Martín, hombres que trepaban a las montañas para no ahogarse en el egoísmo ni
morirse de indiferencia. Para aquellos titanes, la libertad de una nación no
estaba garantizada si en las vecindades había todavía pueblos esclavos."
(Juan José Arévalo).
"Los hombres dignos de Nuestra América debemos imitar a Bolívar,
Hidalgo y San Martín... si los gobiernos de las naciones que van a la cabeza de
Nuestra América estuvieran presididos por un Simón Bolívar, un Benito Juárez o
un San Martín, otro sería nuestro destino, porque ellos sabrían que cuando la
América Central estuviese dominada por los piratas rubios, seguirían su turno
México, Colombia, Venezuela, etc...". (Augusto Sandino).
"Libres se declaran los pueblos todos de América a la vez.
Surge Bolívar, con su cohorte de astros... hablándoles a sus indios va el
clérigo de México. Con la lanza en la boca pasan la corriente desnuda los
indios venezolanos. Los rotos de Chile marchan juntos, brazo a brazo, con los
cholos del Perú. Con el gorro frigio del liberto van los negros cantando,
detrás del estandarte azul. De poncho y bota de potro, ondeando las bolas, van,
a escape de triunfo, los escuadrones gauchos. Cabalgan, suelto el cabello, los
pehuenches resucitados, voleando sobre la cabeza la chuza emplumada. Pintados
de guerrear vienen tendidos sobre el cuello los araucos, con la lanza de
tacuarilla coronada de pluma de colores; Y al alba, cuando la luz virgen se
derrama por los despeñaderos, se ve a San Martín, allá sobre la nieve, cresta
del monte y corona de la Revolución, que va, envuelto en su capa de batalla,
cruzando los Andes." (José Martí).