El siguiente
artículo fue escrito por el ex presidente del Uruguay y publicado el viernes
último por el diario español El País; el autor autorizó expresamente a LA
NACION su reproducción.
Objeto tradicional
de la curiosidad de los visitantes extranjeros, pocos países han merecido, como
la Argentina, tantas crónicas de viajes y comentarios sobre sus peculiares
características. Naturalmente, con las épocas fue variando el centro de los
intereses. En el siglo XIX, como es natural, los visitantes europeos se asombraban
ante el mundo rural, su inmensa pampa, la increíble fertilidad y su personaje
central, el gaucho. Charles Darwin, en su célebre viaje en el Beagle, nos dejó
un relato apasionante, y hasta divertido. Como cuando encontró dos gauchos y
les preguntó por qué no trabajaban. Uno, luego de pensar, le contestó: "El
día es demasiado largo". Y el otro, más meditativo aún: "Porque soy
demasiado pobre...".
Como comentario
general, el científico inglés escribió algo que de algún modo resulta clave
para entender la evolución posterior: "Hay siempre un número de caballos
tan grande y tal profusión de alimentos que no se siente la necesidad de la
industria".
La Argentina todavía
Por
Julio María Sanguinetti ( ex Presidente
de la República Oriental del Uruguay)
El siguiente artículo fue escrito por el ex presidente del
Uruguay y publicado el viernes último por el diario español El País; el autor
autorizó expresamente a LA NACION su reproducción.
.
Objeto tradicional de la curiosidad de los visitantes extranjeros,
pocos países han merecido, como la Argentina, tantas crónicas de viajes y
comentarios sobre sus peculiares características. Naturalmente, con las épocas
fue variando el centro de los intereses. En el siglo XIX, como es natural, los
visitantes europeos se asombraban ante el mundo rural, su inmensa pampa, la
increíble fertilidad y su personaje central, el gaucho. Charles Darwin, en su
célebre viaje en el Beagle, nos dejó un relato apasionante, y hasta divertido.
Como cuando encontró dos gauchos y les preguntó por qué no trabajaban. Uno,
luego de pensar, le contestó: "El día es demasiado largo". Y el otro,
más meditativo aún: "Porque soy demasiado pobre...".
.
Como comentario general, el científico inglés escribió algo que
de algún modo resulta clave para entender la evolución posterior: "Hay
siempre un número de caballos tan grande y tal profusión de alimentos que no se
siente la necesidad de la industria".
.
Cuando se llega al fin del siglo XIX y comienza el XX, la mirada
desde afuera pasa al asombro frente a la prosperidad y el buen gusto. En 1908,
la renta per cápita argentina era superior a la de Francia, Japón y Alemania y
ampliamente se distanciaba de la de España e Italia.
.
En 1910, en ocasión de las celebraciones por el centenario de la
Independencia, Clemenceau llega a decir que "el Teatro Colón es el más
grande y posiblemente el más bello teatro del mundo". Es el momento de la
gran inmigración, que la infanta Isabel solemniza en un rumboso viaje poniendo
la piedra fundamental del hermoso monumento a los españoles, que se inaugurará
seis años más tarde en una gran avenida ya poblada de imponentes esculturas.
.
En 1930, el golpe de Estado del general Uriburu ubica un punto de
inflexión, pues termina con cincuenta años de estabilidad y crecimiento. Desde
ya que mediaban grandes disparidades sociales y las revueltas sindicales habían
terminado con trágico saldo. Pero ello no era distinto del resto del mundo,
donde se vivía el turbulento aflorar de ese nuevo tiempo.
.
A partir de allí, desde la propia Argentina se expandieron las
críticas más agudas sobre su sociedad, su comportamiento, sus hábitos
políticos, su moralidad administrativa. Así como España construyó su
"leyenda negra" sobre la colonización americana, desde Bartolomé de
las Casas en adelante, también la intelectualidad rioplatense esparció una
visión amarga, que comenzaba siempre desde el pasado histórico, interpretado
clásicamente por Sarmiento en la dicotomía "civilización y barbarie",
que oponía de un lado a los europeizados doctores y del otro a los
"salvajes"´ caudillos populares. Ese debate no ha cesado hasta hoy, y
el gran historiador H. S. Ferns encuentra en ese espíritu contencioso la
explicación de esa inestabilidad que se hizo endémica.
.
* * *
.
Más allá de vaivenes y debates, la riqueza agrícola y la
expansión industrial de los años cuarenta y cincuenta permitieron financiar
sueños populistas o solventar invocaciones al orden. Todavía en 1948 había más
teléfonos en la Argentina que en Japón o en Italia, y en 1950 la renta per cápita
estaba arriba del promedio mundial. Hasta que aquellas fuentes de riqueza
disminuyeron su peso relativo y la economía comenzó a rebelarse frente a la
política. El último tiempo de euforia fue el del primer gobierno de Menem,
hasta caerse en la crisis que arrastró a De la Rúa.
.
No hay duda de que la Argentina cayó al abismo. Cuatro
presidentes en veinte días, una declaración de default en pleno Parlamento
(como si fuera un acto de emancipación y no el reconocimiento de una quiebra),
un congelamiento bancario y una caída del PIB sin precedentes, configuran la
crisis económica mayor de la historia.
.
Crisis que también nos llevó por delante a sus vecinos uruguayos.
Pero el hecho es que desde hace ocho meses el país camina en el fondo del
precipicio sin ayuda de nadie, ni un dólar de afuera, y prácticamente aislado
del sistema financiero internacional. Pese a lo cual hoy aparecen signos de
estabilización. El dólar se mantiene, la exportación tímidamente se recupera,
la recaudación algo mejora, el turismo de invierno ha llenado las estaciones de
esquí y la propia Buenos Aires acoge a chilenos y brasileños que si no son más
es porque la violencia urbana genera temores inhibitorios.
.
* * *
.
Todo indica, entonces, que se tocó fondo y que ahora algo se mueve.
Aletea aún la sorprendente Argentina "compuesta por millones de habitantes
que quieren hundirla, pero no lo logran", como dijo una vez el actor
mexicano Cantinflas en una recordada visita.
.
Quien allí llega es verdad que observa en la televisión terribles
noticias sobre crímenes, pero también que un buque de la Armada, con
modestísimos marineros a bordo, penetra en los hielos antárticos para salvar
otro buque extranjero y lo logra.
.
La crónica musical nos dice que el pianista argentino Daniel
Barenboim terminó un ciclo de cinco recitales en los que interpretó las sonatas
de Beethoven, con el Teatro Colón colmado para escuchar a este artista que
dirige permanentemente nada menos que las orquestas sinfónicas de Chicago y
Berlín.
.
Leemos en los diarios que un médico argentino dirigió el equipo
que separó a las mellicitas siamesas en Estados Unidos y que un investigador
local ha establecido los mecanismos cerebrales del apetito. Un tenista
argentino llega por vez primera a la final de Wimbledon, mientras sus
futbolistas se cotizan en el mundo entero como los mejores. Los cineastas
llegan hasta las nominaciones del Oscar y una nueva generación de escritores
alumbra ya por debajo de los clásicos, como Sabato, que allí sigue, haciendo
escuchar de a rato su voz de la conciencia. San Juan se ha repoblado de olivos,
los vinos se proyectan al mundo como nunca antes, los productores de cereales
llenarán ahora el vacío de la sequía norteamericana...
.
* * *
.
Es una Argentina de la gente que hace cosas, preservando viva la
esperanza de quienes anhelamos su reencuentro, su reverdecer, aunque sea lento.
Se sabe que ya no tendrá la riqueza de antes, pero que tampoco es pobre porque
tiene un patrimonio de inteligencia que hoy es más importante que la posesión
de materias primas.
.
Eso sí, me confieso: da miedo el debate político, demasiado
enconado, personalizado, intentando descalificar más que discutir sobre cómo
transitar en los grandes temas. Si el reclamo de la gente y una eficaz docencia
periodística lograran revertir ese clima, quizá la esperanza no sería sólo un
deseo, sino un posible proyecto de futuro.
.
<< Comienzo de la nota
Objeto
tradicional de la curiosidad de los visitantes extranjeros, pocos países han
merecido, como la Argentina, tantas crónicas de viajes y comentarios sobre sus
peculiares características. Naturalmente, con las épocas fue variando el centro
de los intereses. En el siglo XIX, como es natural, los visitantes europeos se
asombraban ante el mundo rural, su inmensa pampa, la increíble fertilidad y su
personaje central, el gaucho. Charles Darwin, en su célebre viaje en el Beagle,
nos dejó un relato apasionante, y hasta divertido. Como cuando encontró dos
gauchos y les preguntó por qué no trabajaban. Uno, luego de pensar, le
contestó: "El día es demasiado largo". Y el otro, más meditativo aún:
"Porque soy demasiado pobre...".
Como
comentario general, el científico inglés escribió algo que de algún modo
resulta clave para entender la evolución posterior: "Hay siempre un número
de caballos tan grande y tal profusión de alimentos que no se siente la
necesidad de la industria".
Cuando se
llega al fin del siglo XIX y comienza el XX, la mirada desde afuera pasa al
asombro frente a la prosperidad y el buen gusto. En 1908, la renta per cápita
argentina era superior a la de Francia, Japón y Alemania y ampliamente se
distanciaba de la de España e Italia.
En 1910, en
ocasión de las celebraciones por el centenario de la Independencia, Clemenceau
llega a decir que "el Teatro Colón es el más grande y posiblemente el más
bello teatro del mundo". Es el momento de la gran inmigración, que la
infanta Isabel solemniza en un rumboso viaje poniendo la piedra fundamental del
hermoso monumento a los españoles, que se inaugurará seis años más tarde en una
gran avenida ya poblada de imponentes esculturas.
En 1930, el
golpe de Estado del general Uriburu ubica un punto de inflexión, pues termina
con cincuenta años de estabilidad y crecimiento. Desde ya que mediaban grandes
disparidades sociales y las revueltas sindicales habían terminado con trágico
saldo. Pero ello no era distinto del resto del mundo, donde se vivía el
turbulento aflorar de ese nuevo tiempo.
A partir de
allí, desde la propia Argentina se expandieron las críticas más agudas sobre su
sociedad, su comportamiento, sus hábitos políticos, su moralidad
administrativa. Así como España construyó su "leyenda negra" sobre la
colonización americana, desde Bartolomé de las Casas en adelante, también la
intelectualidad rioplatense esparció una visión amarga, que comenzaba siempre
desde el pasado histórico, interpretado clásicamente por Sarmiento en la
dicotomía "civilización y barbarie", que oponía de un lado a los
europeizados doctores y del otro a los "salvajes"´ caudillos
populares. Ese debate no ha cesado hasta hoy, y el gran historiador H. S. Ferns
encuentra en ese espíritu contencioso la explicación de esa inestabilidad que
se hizo endémica.
Más allá de
vaivenes y debates, la riqueza agrícola y la expansión industrial de los años
cuarenta y cincuenta permitieron financiar sueños populistas o solventar
invocaciones al orden. Todavía en 1948 había más teléfonos en la Argentina que
en Japón o en Italia, y en 1950 la renta per cápita estaba arriba del promedio
mundial. Hasta que aquellas fuentes de riqueza disminuyeron su peso relativo y
la economía comenzó a rebelarse frente a la política. El último tiempo de
euforia fue el del primer gobierno de Menem, hasta caerse en la crisis que
arrastró a De la Rúa.
No hay duda
de que la Argentina cayó al abismo. Cuatro presidentes en veinte días, una
declaración de default en pleno Parlamento (como si fuera un acto de
emancipación y no el reconocimiento de una quiebra), un congelamiento bancario
y una caída del PIB sin precedentes, configuran la crisis económica mayor de la
historia.
Crisis que
también nos llevó por delante a sus vecinos uruguayos. Pero el hecho es que
desde hace ocho meses el país camina en el fondo del precipicio sin ayuda de
nadie, ni un dólar de afuera, y prácticamente aislado del sistema financiero
internacional. Pese a lo cual hoy aparecen signos de estabilización. El dólar
se mantiene, la exportación tímidamente se recupera, la recaudación algo
mejora, el turismo de invierno ha llenado las estaciones de esquí y la propia
Buenos Aires acoge a chilenos y brasileños que si no son más es porque la
violencia urbana genera temores inhibitorios.
Todo indica,
entonces, que se tocó fondo y que ahora algo se mueve. Aletea aún la
sorprendente Argentina "compuesta por millones de habitantes que quieren
hundirla, pero no lo logran", como dijo una vez el actor mexicano
Cantinflas en una recordada visita.
Quien allí
llega es verdad que observa en la televisión terribles noticias sobre crímenes,
pero también que un buque de la Armada, con modestísimos marineros a bordo,
penetra en los hielos antárticos para salvar otro buque extranjero y lo logra.
La crónica
musical nos dice que el pianista argentino Daniel Barenboim terminó un ciclo de
cinco recitales en los que interpretó las sonatas de Beethoven, con el Teatro
Colón colmado para escuchar a este artista que dirige permanentemente nada
menos que las orquestas sinfónicas de Chicago y Berlín.
Leemos en
los diarios que un médico argentino dirigió el equipo que separó a las
mellicitas siamesas en Estados Unidos y que un investigador local ha
establecido los mecanismos cerebrales del apetito. Un tenista argentino llega
por vez primera a la final de Wimbledon, mientras sus futbolistas se cotizan en
el mundo entero como los mejores. Los cineastas llegan hasta las nominaciones
del Oscar y una nueva generación de escritores alumbra ya por debajo de los
clásicos, como Sabato, que allí sigue, haciendo escuchar de a rato su voz de la
conciencia. San Juan se ha repoblado de olivos, los vinos se proyectan al mundo
como nunca antes, los productores de cereales llenarán ahora el vacío de la
sequía norteamericana...
Es una
Argentina de la gente que hace cosas, preservando viva la esperanza de quienes
anhelamos su reencuentro, su reverdecer, aunque sea lento. Se sabe que ya no
tendrá la riqueza de antes, pero que tampoco es pobre porque tiene un
patrimonio de inteligencia que hoy es más importante que la posesión de
materias primas.
Eso sí, me confieso: da miedo el
debate político, demasiado enconado, personalizado, intentando descalificar más
que discutir sobre cómo transitar en los grandes temas. Si el reclamo de la
gente y una eficaz docencia periodística lograran revertir ese clima, quizá la
esperanza no sería sólo un deseo, sino un posible proyecto de futuro. Cuando se llega al fin del siglo XIX y
comienza el XX, la mirada desde afuera pasa al asombro frente a la prosperidad
y el buen gusto. En 1908, la renta per cápita argentina era superior a la de
Francia, Japón y Alemania y ampliamente se distanciaba de la de España e
Italia.
En 1910, en ocasión de las celebraciones por el
centenario de la Independencia, Clemenceau llega a decir que "el Teatro
Colón es el más grande y posiblemente el más bello teatro del mundo". Es
el momento de la gran inmigración, que la infanta Isabel solemniza en un
rumboso viaje poniendo la piedra fundamental del hermoso monumento a los
españoles, que se inaugurará seis años más tarde en una gran avenida ya poblada
de imponentes esculturas.
En
1930, el golpe de Estado del general Uriburu ubica un punto de inflexión, pues
termina con cincuenta años de estabilidad y crecimiento. Desde ya que mediaban
grandes disparidades sociales y las revueltas sindicales habían terminado con
trágico saldo. Pero ello no era distinto del resto del mundo, donde se vivía el
turbulento aflorar de ese nuevo tiempo.
A partir de
allí, desde la propia Argentina se expandieron las críticas más agudas sobre su
sociedad, su comportamiento, sus hábitos políticos, su moralidad
administrativa. Así como España construyó su "leyenda negra" sobre la
colonización americana, desde Bartolomé de las Casas en adelante, también la
intelectualidad rioplatense esparció una visión amarga, que comenzaba siempre
desde el pasado histórico, interpretado clásicamente por Sarmiento en la dicotomía
"civilización y barbarie", que oponía de un lado a los europeizados
doctores y del otro a los "salvajes"´ caudillos populares. Ese debate
no ha cesado hasta hoy, y el gran historiador H. S. Ferns encuentra en ese
espíritu contencioso la explicación de esa inestabilidad que se hizo endémica.
Más
allá de vaivenes y debates, la riqueza agrícola y la expansión industrial de
los años cuarenta y cincuenta permitieron financiar sueños populistas o
solventar invocaciones al orden. Todavía en 1948 había más teléfonos en la
Argentina que en Japón o en Italia, y en 1950 la renta per cápita estaba arriba
del promedio mundial. Hasta que aquellas fuentes de riqueza disminuyeron su
peso relativo y la economía comenzó a rebelarse frente a la política. El último
tiempo de euforia fue el del primer gobierno de Menem, hasta caerse en la
crisis que arrastró a De la Rúa.
No hay duda de
que la Argentina cayó al abismo. Cuatro presidentes en veinte días, una
declaración de default en pleno Parlamento (como si fuera un acto de emancipación
y no el reconocimiento de una quiebra), un congelamiento bancario y una caída
del PIB sin precedentes, configuran la crisis económica mayor de la historia.
Crisis que también
nos llevó por delante a sus vecinos uruguayos. Pero el hecho es que desde hace
ocho meses el país camina en el fondo del precipicio sin ayuda de nadie, ni un
dólar de afuera, y prácticamente aislado del sistema financiero internacional.
Pese a lo cual hoy aparecen signos de estabilización. El dólar se mantiene, la
exportación tímidamente se recupera, la recaudación algo mejora, el turismo de
invierno ha llenado las estaciones de esquí y la propia Buenos Aires acoge a
chilenos y brasileños que si no son más es porque la violencia urbana genera
temores inhibitorios.
Todo indica,
entonces, que se tocó fondo y que ahora algo se mueve. Aletea aún la
sorprendente Argentina "compuesta por millones de habitantes que quieren
hundirla, pero no lo logran", como dijo una vez el actor mexicano
Cantinflas en una recordada visita.
Quien allí llega es
verdad que observa en la televisión terribles noticias sobre crímenes, pero
también que un buque de la Armada, con modestísimos marineros a bordo, penetra
en los hielos antárticos para salvar otro buque extranjero y lo logra.
La crónica musical
nos dice que el pianista argentino Daniel Barenboim terminó un ciclo de cinco
recitales en los que interpretó las sonatas de Beethoven, con el Teatro Colón
colmado para escuchar a este artista que dirige permanentemente nada menos que
las orquestas sinfónicas de Chicago y Berlín.
Leemos en los
diarios que un médico argentino dirigió el equipo que separó a las mellicitas
siamesas en Estados Unidos y que un investigador local ha establecido los
mecanismos cerebrales del apetito. Un tenista argentino llega por vez primera a
la final de Wimbledon, mientras sus futbolistas se cotizan en el mundo entero
como los mejores. Los cineastas llegan hasta las nominaciones del Oscar y una
nueva generación de escritores alumbra ya por debajo de los clásicos, como
Sabato, que allí sigue, haciendo escuchar de a rato su voz de la conciencia.
San Juan se ha repoblado de olivos, los vinos se proyectan al mundo como nunca
antes, los productores de cereales llenarán ahora el vacío de la sequía
norteamericana.
Es una Argentina de
la gente que hace cosas, preservando viva la esperanza de quienes anhelamos su
reencuentro, su reverdecer, aunque sea lento. Se sabe que ya no tendrá la
riqueza de antes, pero que tampoco es pobre porque tiene un patrimonio de
inteligencia que hoy es más importante que la posesión de materias primas.
Eso sí, me confieso:
da miedo el debate político, demasiado enconado, personalizado, intentando
descalificar más que discutir sobre cómo transitar en los grandes temas. Si el
reclamo de la gente y una eficaz docencia periodística lograran revertir ese
clima, quizá la esperanza no sería sólo un deseo, sino un posible proyecto de
futuro.