Jenin: testimonios de la barbarie
Desde
hace mucho Sharon tenía en su escritorio el plan para destruir el
campamento
La idea era
tan imposible de alejar como el hedor que emana de las ruinas. ¿De veras se
trató de antiterrorismo? ¿Fue venganza? ¿O fue un episodio, el más sucio hasta
ahora, de una larga guerra de Ariel Sharon, acérrimo opositor a los acuerdos de
Oslo, para establecer como permanente la presencia de Israel en la franja
occidental, y obligar a los palestinos a la sumisión total?
Un barrio
había sido reducido a la calidad de paisaje lunar, pulverizado bajo las orugas
de bulldozers y tanques. El macizo de casas de bloques de concreto, que
albergaba a unas 800 familias palestinas, ha desaparecido. Lo que quedó
-montones de concreto quebrado y pertenencias desparramadas- apesta. Los
escombros de Jenin apestan a cuerpos humanos en descomposición, enterrados. Pero
también despiden el tufo del crimen, de un ejército y un gobierno que han
perdido los estribos.
''Este es
un horror que no se puede creer'', dijo Terje Roed-Larsen, enviado de Naciones
Unidas al Medio Oriente, al contemplar la escena. Lo llamó "un baldón que vivirá
para siempre en la historia de Israel", comentario que le valió el vilipendio de
los israelíes. Incluso el enviado estadunidense, tan esmeradamente cauteloso, se
mostró más expresivo que de costumbre al recorrer las ruinas. "Es obvio que lo
que ocurrió en el campo de refugiados de Jenin ha causado enorme sufrimiento a
miles de palestinos inocentes", señaló.
El ejército
israelí insiste en que esta devastadora invasión del campo de refugiados de
Jenin, a principios de este mes, tuvo el objetivo de arrancar de raíz la
infraestructura de las milicias palestinas, en particular a los autores de una
serie de ataques suicidas cada vez más crueles contra israelíes. Ahora dice que
los muertos eran combatientes en su mayoría. Y como siempre -aunque su
comportamiento cotidiano en los territorios ocupados contradice esta
afirmación-, insiste en que hizo todo lo posible por proteger a civiles.
Sin
embargo, The Independent ha desenterrado de las ruinas una historia diferente.
Hemos descubierto que, si bien es claro que la operación asestó un golpe
devastador a las organizaciones militares -al menos a corto plazo-, por lo menos
la mitad de los palestinos muertos identificados hasta ahora eran civiles, entre
ellos mujeres, niños y ancianos. Murieron en una operación despiadada y brutal,
en la cual se cometieron muchas atrocidades, y que Israel trata de ocultar
mediante una gigantesca campaña propagandística.
El asalto
de las fuerzas armadas de Tel Aviv al campo de refugiados de Jenin se inició a
primera hora del 3 de abril. Una semana antes, poco menos de 50 kilómetros al
oeste de la población costera israelí de Netanya, un atacante suicida de Hamas
había entrado en un hotel y había volado un salón lleno de personas que
celebraban la Pascua.
En esta
espantosa matanza, ocurrida en uno de los días más sagrados del calendario
judío, murieron 28 personas, viejas y jóvenes, lo cual la convirtió en el peor
ataque palestino de la intifada, momento de singular maldad incluso medido en
los términos del prolongado conflicto entre los dos pueblos.
Ariel
Sharon y sus ministros respondieron poniendo en acción un plan que desde hacía
mucho tiempo estaba en el escritorio del primer ministro. La Operación Muralla
debería ser la mayor ofensiva militar israelí desde la guerra de 1967.
El campo de
refugiados de Jenin era uno de los principales blancos en la lista. Hogar de
aproximadamente 13 mil personas, era el corazón de la resistencia violenta a la
ocupación que los israelíes han ejercido durante 35 años. Los muros estaban
tapizados de graffitis que proclamaban consignas de Hamas, Fatah y Jihad
Islámica; islamitas radicales y nacionalistas seculares trabajaban hombro con
hombro, olvidando sus diferencias, en nombre de la intifada. Según Israel, 23 de
los palestinos suicidas habían salido de este campo, que era centro de
elaboración de explosivos. Sin embargo, había también muchos, muchos civiles.
Personas como Atuya Rumeleh, Afaf Desuqi y Ahmad Hamduni.
El ejército
esperaba una rápida victoria. Tenía abrumadora superioridad de armas: mil
hombres de infantería, en su mayoría reservistas, acompañados por tanques
Merkava, vehículos blindados, bulldozers y helicópteros Cobra, armados con
misiles y ametralladoras pesadas. En contra de esta fuerza había unos 200
palestinos, miembros de las milicias -Hamas, las Brigadas de Al-Aqsa y Jihad
Islámica- luchaban junto con las fuerzas de seguridad de Yasser Arafat, armadas
en su mayoría con rifles Kalashnikov y explosivos. La resistencia que opusieron
los refugiados sorprendió a los soldados. Ocho días después de su irrupción, el
ejército de Tel Aviv finalmente obtuvo la victoria, pero a un alto precio.
Perecieron 23 soldados israelíes, 13 en una emboscada, y un número desconocido
de palestinos. Además, una amplia zona habitacional, de 400 por 500 metros,
quedó totalmente devastada: escenas que las autoridades israelíes sabían que
escandalizarían al mundo no bien aparecieran en las pantallas de televisión. "No
creímos que combatieran tan bien", dijo un agotado reservista al prepararse para
volver a su casa.
Durante
cinco días, después del 10 de abril, cuando terminaron los intensos combates, se
impidió la entrada a periodistas y trabajadores humanitarios mientras el
ejército israelí limpiaba la zona. The Independent pasó cinco días entre los
escombros del campo, realizando largas y detalladas entrevistas con
sobrevivientes, en compañía de Peter Bouckaert, investigador de Human Rights
Watch. Muchas de las entrevistas se llevaron a cabo en edificios a punto de
caer, en salas abiertas a la calle porque sus muros habían sido derruidos por
los bulldozers. De ellas surgió un cuadro alarmante de lo que había ocurrido.
Hasta ahora
50 cadáveres han sido identificados. The Independent posee una lista de nombres.
Los palestinos se sentían orgullosos, incluso contentos al decirnos cuáles de
los muertos eran luchadores de Hamas, de Jihad Islámica, de las Brigadas de
Al-Aqsa, cuáles pertenecían a las fuerzas de seguridad, y cuáles eran civiles.
Alrededor de la mitad fueron identificados como civiles. No todos habían caído
en el fuego cruzado; algunos, según los testimonios, fueron cazados a propósito
por los soldados israelíes.
Sami Abu
Sba'a relató cómo su padre, Mohammed Abu Sba'a, de 65 años, fue muerto a tiros
por militares de Tel Aviv cuando salió a advertir al conductor de un bulldozer
que su casa estaba llena de familiares que se protegían de los combates. El
bulldozer dio media vuelta, relata Abu Sba'a, pero al mismo tiempo a su padre le
dieron un balazo en el pecho, allí donde estaba.
Los
soldados también mataron a una enfermera palestina que trataba de ayudar a un
joven herido. Hani Rumeleh, un civil de 19 años, fue baleado cuando trató de
echar un vistazo al exterior por su puerta delantera. Fadwa Jamma, enfermera que
visitaba a su hermana en una casa cercana, escuchó gritar a Hani y corrió a
ayudarlo. Su hermana, Rufaida Damaj, también corrió y fue herida, pero
sobrevivió. En su cama del hospital de Jenin nos contó lo ocurrido. "A las 3:30
de la mañana nos despertó una fuerte explosión. Oí que habían herido a un
muchacho afuera de su casa. Mi hermana y yo fuimos a cumplir nuestro deber de
ayudarlo y darle primeros auxilios. Había unos tipos de la resistencia afuera y
tuvimos que pedirles permiso para movernos. Les dije que mi hermana era
enfermera y solicité que nos dejaran acercarnos al herido. Antes que terminara
de hablar los israelíes comenzaron a disparar. Me dieron un balazo en la pierna,
caí y me rompí la rodilla. Mi hermana trató de acercarse a ayudarme. 'Estoy
herida', le dije. 'Yo también', contestó. Le habían dado en el costado. Luego
volvieron a dispararle en el corazón. Le pregunté dónde le habían dado, pero no
hubo respuesta, hizo un ruido horrible e intentó jalar aire tres veces."
Cuando los
soldados le dispararon, Jamma llevaba un uniforme blanco de enfermera claramente
marcado con una media luna roja, emblema de los trabajadores médicos palestinos.
La joven Damaj dijo que los militares podían ver con claridad a las mujeres
porque estaban sentados bajo una luz brillante, y que pudieron oír sus gritos de
ayuda porque estaban "muy cerca". Cuando Damaj pidió auxilio a los luchadores
palestinos los israelíes dispararon de nuevo: una segunda bala le llegó al
pecho. Más tarde se permitió que una ambulancia entrara a rescatarla. Su hermana
ya estaba muerta. Fue una de las últimas veces que se permitió el ingreso de una
ambulancia al campo de Jenin antes del fin de la batalla.
Hani
Rumeleh fue llevado al hospital, pero estaba muerto. Para su madre adoptiva, sin
embargo, la tragedia apenas empezaba. Al día siguiente, su marido, Atiya, de 44
años, también civil, fue asesinado. Mientras relataba su historia, sus hijos se
apretujaban a su lado. "Hubo tiros por toda la casa. A eso de las 5 de la tarde
salí a revisar, y le dije a mi marido que había dos bombas en la casa. Fue a
ver. Después de dos minutos me llamó, y oí que tenía dificultad para hablar. Fui
con los niños. Aún estaba de pie; nunca me han visto en mi vida como él me miró.
'Estoy herido', me dijo, y comenzó a sangrar por la boca y la nariz. Cayó; los
niños se pusieron a llorar. La pregunté qué pasaba, pero no podía hablar. Sus
ojos se dirigieron a los niños, los miró uno por uno y luego a mí. Después todo
su cuerpo comenzó a temblar. Entonces vi que tenía una bala en la cabeza. Traté
de llamar una ambulancia, gritaba que alguien llamara una ambulancia. Llegó una,
pero los israelíes le ordenaron retirarse." Era el 4 de abril; había comenzado
el bloqueo contra el rescate de heridos. Afuera los combates arreciaban, y la
señora Rumeleh no podía salir de la casa para buscar ayuda. Finalmente logró
trenzar con pañoletas una cuerda con la que bajó por la ventana de atrás a su
hijo Mohammed, de siete años, para que buscara ayuda. La familia, temerosa de
ser tiroteada si se atrevía a salir, quedó atrapada con el cadáver durante una
semana.
A unas
puertas de allí escuchamos el relato sobre Afaf Desuqi. Su hermana, Aysha, nos
dijo cómo la mujer, de 52 años, pereció cuando los israelíes detonaron una mina
para volar la puerta de su casa. La señora Desuqi había oído acercarse a los
soldados e iba a abrir la puerta. Aysha nos mostró los restos de la mina, un
cilindro metálico grande. La familia pedía a gritos una ambulancia, pero no se
permitió que ninguna pasara. Ismehan Murad, otra vecina, nos dijo que los
soldados la usaron como escudo humano cuando volaron la puerta: primero llegaron
a la casa de la joven y le ordenaron caminar delante de ellos para que no les
dispararan.
Jamal Feyed
murió enterrado vivo en los escombros. Su tío, Saeb Feyed, nos contó que Jamal,
de 37 años, padecía discapacidad física y mental, y no podía caminar. La familia
lo trasladaba de casa en casa para protegerlo de los combates. Cuando el tío vio
que se acercaba un bulldozer a la casa donde estaba su sobrino, corrió a
advertirle al conductor. Pero la máquina derruyó el muro de la casa, y éste
aplastó a Jamal.
Si bien
evacuaron a un número significativo de civiles, los israelíes se valieron de
otros como escudos humanos. Rajeh Tawafshi, hombre de 72 años, nos dijo que los
soldados le ataron las manos y lo obligaron a caminar delante de ellos mientras
buscaban de casa en casa. Momentos antes habían matado a tiros, delante de él,
al octogenario Ahmad Hamduni, que había buscado refugio en casa de Tawafshi,
pero los militares habían volado la puerta de metal, parte de la cual cayó junto
a los dos hombres. Hamduni estaba jorobado por la edad; Tawafshi cree que quizá
los militares pensaron que llevaba una bomba en el cinto y le dispararon al
verlo.
Ni siquiera
los niños se salvaron de la matanza. Faris Zeben, de 14 años, fue asesinado a
sangre fría por soldados israelíes. No había combates en ese momento. El toque
de queda se había levantado por unas horas y el chico salió a comprar
provisiones. Esto ocurrió el jueves 11 de abril. El hermano de Faris, Abdel
Rahman, de ocho años, estaba con él cuando murió. Jalándose nerviosamente la
chaqueta, con la vista clavada en el suelo, nos contó lo que ocurrió. "Ibamos yo
y Faris, otro muchacho y algunas mujeres que no conozco. Faris me dijo que me
fuera a casa, pero no quise. Pasamos frente al tanque. Luego vimos que éste se
movía hacia nosotros y me espanté. Faris volvió a decirme que me fuera a casa,
pero no le hice caso. El tanque comenzó a disparar, Faris y el otro muchacho
corrieron. Me caí y vi caer a Faris, pensé que era sólo una caída. Luego vi
sangre en el piso y me acerqué. Luego dos de las mujeres llegaron y pusieron a
Faris en un coche." Abdel Rahman nos llevó al lugar donde ocurrió. Lo
recorrimos: el tanque estaba a unos 80 metros. El niño nos dijo que sólo se oyó
un tiro de ametralladora, e imitó el ruido. Los soldados del tanque no dieron
ningún aviso, nos dijo. Y tampoco hicieron nada después de disparar a
Faris.
Mohammed
Hawashin, de 15 años, fue asesinado cuando trató de cruzar el campo. Aliya
Zubeidi nos dijo que iba hacia el hospital para reconocer el cuerpo de su hijo
Ziad, miliciano de las Brigadas de Al-Aqsa, que había muerto en el tiroteo.
Mohammed la acompañaba. "Oí disparos", relató la señora Zubeidi. "El muchacho
estaba sentado cerca de la puerta. Creí que se estaba escondiendo de las balas.
De pronto dijo 'Auxilio'. No pudimos hacer nada: le habían disparado en la
cara."
En un
camino desierto de la periferia encontramos los restos aplastados de una silla
de ruedas. Había quedado planchada, como en una caricatura. En mitad de los
escombros yacía una bandera blanca. Durar Hassan relató cómo su amigo Kemal
Zughayer fue muerto cuando trataba de salir del camino girando las ruedas de la
silla. Los tanques israelíes deben de haber pasado sobre el cuerpo, porque
cuando Hassan lo encontró le faltaban una pierna y los dos brazos, y la cara,
dijo, había sido partida en dos. Zughayer, de 58 años, había sido herido en la
primera intifada palestina. No podía caminar y no tenía trabajo. Hassan nos
mostró el lastimero cuartito donde vivía su amigo, cuyo único mueble era un
sucio colchón tirado en el piso. Zughayer solía llegar todos los días en la
silla de ruedas a la gasolinera donde trabajaba Hassan, porque se sentía solo.
Hassan lo lavaba, fue él quien puso la bandera blanca en la silla de su amigo.
"Pasadas las 4 de la tarde, como todos los días, lo empujé hacia la calle", dijo
Hassan. "Luego oí que se acercaban los tanques, cuatro o cinco. Oí disparos,
creí que serían tiros de advertencia para que se moviera del camino." Hasta la
mañana siguiente Hassan pudo salir a ver qué había ocurrido. Encontró la silla
aplastada en el camino y el cuerpo desmembrado de Zughayer, unos metros allá, en
la hierba.
The
Independent cuenta con más narraciones semejantes. Simplemente no hay espacio
suficiente para reproducirlas todas. Bouckaert, investigador de Human Rights
Watch, quien prepara un informe, dijo que ya el solo número de relatos resulta
convincente. "Realizamos extensas entrevistas en el campo, y los testimonios de
docenas de personas son enteramente consistentes entre sí en cuanto a la
extensión y el tipo de abusos cometidos en el campo", señala Bouckaert, quien ha
investigado violaciones a los derechos humanos en una docena de zonas de guerra,
entre ellas Ruanda, Kosovo y Chechenia. "Una y otra vez los testigos nos dieron
relatos similares de atrocidades cometidas. Aun en los casos de hombres jóvenes,
en la sociedad palestina los parientes no tienen empacho en decir que eran
combatientes. Se enorgullecen de que sus jóvenes sean lo que llaman 'mártires'.
Cuando las familias palestinas afirman que los parientes asesinados eran
civiles, les damos un alto grado de credibilidad."
Los
acontecimientos de Jenin -que han pasado casi sin cuestionamiento dentro de
Israel- han creado una crisis en las relaciones de Tel Aviv con el resto del
mundo. Ahora hay cada vez más preguntas en Europa sobre si Ariel Sharon libra en
realidad una "guerra al terror", o si trata de infligir una derrota que ponga
fin a toda posibilidad de crear un Estado palestino. Estas sospechas arreciaron
esta semana, al conocerse imágenes del daño causado por el ejército israelí en
otras partes de la franja occidental durante la operación: los soldados
redujeron a escombros instituciones como los ministerios de Salud y Educación.
Para contrarrestar las críticas internacionales, el gobierno de Tel Aviv ha
lanzado una enorme campaña de relaciones públicas para justificar la operación
de Jenin. Sus esfuerzos han recibido gran ayuda del liderazgo palestino, que de
inmediato y sin prueba alguna declaró que había ocurrido una masacre en la que
perecieron 500 personas. Los grupos palestinos de derechos humanos empeoraron
las cosas al divulgar relatos disparatados y claramente falsos.
Nada
contiene al contrataque propagandístico israelí. El ejército, sabiendo que
muchos periodistas no se molestarán en ir a Jenin o no tendrán posibilidades de
hacerlo, ha emprendido incluso el orwelliano esfuerzo de alterar los hechos
duros físicos en el campo. Se afirmó que los reportes publicados sobre la
devastación en la zona son exagerados, y que sólo abarca 100 metros cuadrados,
que son la vigésima parte de la extensión real. Un vocero, el mayor Rafi
Lederman, jefe de brigada, dijo el sábado en una conferencia de prensa que las
fuerzas armadas israelíes no dispararon misiles de sus helicópteros Cobra,
aseveración que un experto militar occidental que ha recorrido el campo rechazó
con una palabra: "Pamplinas". Según el mayor, "casi no hubo víctimas inocentes";
falso también.
El objetivo
principal de la campaña propagandística es dirigir la culpa hacia otra parte.
Los funcionarios israelíes acusan a la oficina de Naciones Unidas para
refugiados de guerra por permitir que en campamentos bajo su control se
desarrollara una "infraestructura terrorista". Los directivos del organismo
mundial responden que la agencia no administra el campamento, proporciona
servicios, sobre todo escuelas y clínicas. El ejército israelí ha fustigado al
Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y a la Media Luna Roja, a cuyas
ambulancias se les impidió la entrada al campo durante siete días, del 9 al 15
de abril. Los ha acusado de negarse a permitir que el ejército registrara sus
vehículos y de sacar palestinos disfrazados de heridos. El CICR ha rechazado
estos señalamientos y ha puntualizado que la prohibición, que viola la
Convención de Ginebra, es "inaceptable".
El ejército
israelí dice que derribó edificios después de que la batalla terminó, en parte
porque estaban minados, pero también porque había peligro de que se derrumbaran
sobre los soldados o civiles palestinos. Pero después que los bulldozers se
fueron, The Independent encontró varias familias, muchas con niños, viviendo en
hogares severamente dañados y que estaban en grave peligro de colapso.
El tema de
la campaña propagandística israelí es alegar que los palestinos volaron su
vecindario y obligaron al ejército a derruirlo. Es cierto que había una cantidad
significativa de minas en el campamento, pero no está claro cuántas. Las minas
son un recurso típico de una fuerza en retirada contra una que avanza. Aquí los
palestinos no tenían adónde ir.
Lo que está
fuera de disputa es que la miseria de Jenin no ha terminado. Aún hay palestinos
que buscan personas desaparecidas, aunque no está claro si están detenidas por
los israelíes, enterradas bajo los escombros o sepultadas en otra parte. Abundan
sospechas de que el ejército de Tel Aviv se está llevando cadáveres, a juzgar
por las cuentas diferentes que ha divulgado de los muertos durante la operación:
primero dijo que eran unos 100, luego que cientos de muertos y heridos, y
finalmente que unas docenas. Lo más perturbador es que fuentes militares
israelíes habían dicho primero que había planes de retirar los cuerpos del
campamento y sepultarlos en un "cementerio especial". Ahora dicen que el plan
fue archivado, después de que los activistas de derechos humanos le salieron al
paso y lograron que la suprema corte israelí lo prohibiera.
Cada día,
mientras entrevistábamos a los sobrevivientes, había explosiones cuando alguien
tropezaba con una bomba o un cohete de los que tapizan el campo. Una hora
después de que Fadl Musharqa, de 42 años, nos hablara de la muerte de su
hermano, fue llevado a un hospital con el pie destrozado por pisar un explosivo.
En el hospital se nos acercó un hombre que llevaba algo en la palma de la mano.
Eran unos bultitos de carne, de color oscuro: los dedos de los pies de su hijo
de 10 años que había pisado unos explosivos. El niño había perdido ambas piernas
y un brazo.
Los
explosivos que quedaron en el campo son tanto las rudimentarias bombas de mecha
de los palestinos como los artefactos israelíes de alta tecnología: las bombas y
minas con que volaban puertas, los cohetes disparados desde helicópteros hacia
hogares civiles. Estos son los hechos que el gobierno israelí no quiere que el
mundo sepa. A ellos debe agregarse la conclusión preliminar de Amnistía
Internacional, que ha encontrado pruebas de severos abusos de derechos humanos,
incluso ejecuciones extrajudiciales, y ha demandado una investigación de
crímenes de guerra.
Al momento
de escribir esto, Israel ha retirado su cooperación a una misión de recopilación
de datos enviada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para averiguar
qué ocurrió en Jenin. Tal actitud, dado lo que sabemos de los crímenes cometidos
aquí, no tiene nada de sorprendente.
© The
Independent