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General Manuel Savio La Movilización Industrial El objetivo de toda la obra de Manuel N. Savio (1892-1948)
fue claro: la Movilización Industrial Argentina, el mismo nombre que llevara
el curso organizado y dirigido por el Teniente Coronel Savio en la Escuela
Superior Técnica del Ejército Argentino, por el año 1933. Su proyecto buscaba
alcanzar cuanto antes la capacidad de producción de materiales y la capacidad
de elaboración de materias primas básicas para la industria manufacturera,
que permitieran al país actuar con completa soberanía, sin la dependencia de
intereses extranjeros que decidieran cuándo y qué industrias la Argentina
podía desarrollar. Su primer paso hacia la industrialización nacional, fue la
creación de la Escuela Superior Técnica tomando como modelo la Ecole
Polytechnique de Francia (fundada en 1794 bajo la dirección de Lazare Carnot,
colaborador de Benjamín Franklin, precursor del Sistema Americano de Economía
Política). En un ejército argentino en vias de ser profesional, capacitado y
bien provisto, gracias a la obra de comienzos del Siglo XX del General Pablo
Riccheri (1859-1936), la Escuela de Savio se convirtió en el semillero del
que surgieron los nuevos ingenieros militares, que se encargarían de la
explotación de yacimientos, construcción de industrias y de toda la
infraestructura para el mencionado Plan Industrial. El siguiente paso de Savio sería la creación de la
Dirección General de Fabricaciones Militares (DGFM), desde la cual, siendo su
director creó un plantel de catorce fábricas propias, participación en ocho
sociedades mixtas y nueve sociedades anónimas con mayoría estatal, entre las
cuales se destaca, Altos Hornos Zapla-Palpalá (1945), planta fundacional de
la industria siderúrgica argentina. Del arte del buen gobierno de Manuel N. Savio surgió la
creación de la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina (Somisa), que
posteriormente construyera la Planta de Punta Argerich, hoy llamada Planta
Siderúrgica “General de División Manuel N. Savio”, que llegó a proveer a la Nación
Argentina con 500.000 toneladas de productos semi terminados de acero. Para Savio, la movilización industrial argentina, se
traduciría “en comida y hogar para muchos argentinos; pero a ese pan y a ese
techo hay que agregarle el valor extraordinario que significa aprender a
fundir, a construir hornos, a preparar refractarios, a manejar máquinas
importantes. ¿Cuánto vale la influencia que tiene en la formación espiritual
de nuestros compatriotas el perfeccionamiento de su capacidad técnica para
sus tareas en medios mecanizados?... Su valor potencial tiene un
extraordinario significado en la independencia argentina, en la argentinidad,
sin ánimos aislacionistas; al contrario, en un sano propósito de cooperar al
bienestar colectivo... Es indispensable para desenvolvernos libres de un
tutelaje que, a esta altura de nuestra vida, resulta una vergüenza y una
afrenta a nuestra dignidad”. La Escuela Superior Técnica Siendo Capitán, y profesor del Curso de Metalurgia y
Acción de Explosivos en el Colegio Militar de la Nación, como miembro de la
Comisión de Adquisiciones en el Extranjero, viaja a Bruselas (Bélgica) con su
familia, en los primeros días del año 1924. Durante su estadía, se interesa
por la obra del capitán Dumez, profesor de la Escuela Superior Técnica de
Artillería, de Francia, a quien trata durante su estadía en París y a cuyas
clases asiste. Deslumbrado por sus enseñanzas, se dedica a traducirlas para
ofrecerlas como textos en el Curso Superior y Especial del Colegio Militar de
la Nación. Estando en Europa, Savio toma conciencia de la escasez de
ingenieros y químicos industriales argentinos, y de que el Curso Superior,
cuya Jefatura había asumido, era insuficiente para formar el plantel técnico
necesario si se quería desarrollar industrialmente a la Argentina. De ahí
surge su idea de que era necesario sustituirlo por una Escuela, abierta a los
oficiales de todas las armas. Tras retornar de Europa, le es asignada en 1929 la cátedra
del “Servicio de Ingenieros” y la de “Organización Industrial Militar”, en el
Curso Superior del Colegio Militar. El 6 de septiembre de 1930, el general
José F. Uriburu, quien derrocaría al presidente Hipólito Yrigoyen
(1928-1930), se presenta en el Colegio Militar, ganando la adhesión de los
cadetes a su movimiento. Savio se pliega al mismo, siendo nombrado por su
grado, ya de Teniente Coronel, Jefe de las Secciones de Infantería y Ordenes
del Estado Mayor del Comando en Jefe Revolucionario. Siendo presidente Uriburu (1930-1932), Savio, propone la
creación de la Escuela Superior Técnica. Su proyecto es exhumado y dos meses
después, el 6 de noviembre de 1930, se da a conocer el Decreto respectivo,
quedando consolidada la creación de la Escuela Superior Técnica, fuente de
capacitación de carácter militar y técnica a la vez, de la que surgirán los
ingenieros militares que atenderán la movilización industrial que Savio
trazaba para la Argentina, correlacionando las posibilidades de la industria
con las necesidades de la defensa nacional. Designado como su primer
Director, integra el cuerpo de profesores, que al igual que él, trabajarían
ad-honorem en la Escuela, que, aún sin edificio, funcionaba en dependencias
del Colegio Militar, en San Martín, provincia de Buenos Aires. La Escuela Superior Técnica de Savio, no sólo fue el
peldaño fundamental de lo que sería la movilización industrial de la
Argentina sino que después, por 1945, ya recibía oficiales de otros países
iberoamericanos. Como lo planteara el mismo Savio, esta movilización
permitiría, un país listo tanto para la guerra como para la paz, que mediante
las industrias desarrolladas, se propone levantar las sólidas estructuras
industriales que, llegado el caso, sirvan a la defensa. La Dirección General de Fabricaciones Militares Convencido de que la seguridad y la defensa nacional,
estarían estrechamente vinculadas a las industrias básicas, que sirviendo a
la paz, al progreso pacífico, fueran la garantía del país en caso de
conflicto, Savio remarcaba que “el análisis efectuado demuestra la situación
actual de munición y la que es necesaria para satisfacer las necesidades más
indispensables. Debemos convenir que las existencias disponibles resultan
ridículas y que nos encontramos, en realidad, totalmente desarmados”. Como solución, Savio propone incluir las industrias del
Ejército en un organismo autárquico y centralizador, que sea idóneo para
dirigir no sólo las fábricas estatales, sino también las privadas que
pudiesen adaptarse en caso de un conflicto. Organismo que sería delineado en
el proyecto de creación de la Dirección General de Fabricaciones Militares
(DGFM), el cual quedara definido en sus puntos esenciales en septiembre de
1937, y cuyo propósito esencial, como posteriormente explicara Savio, era
“alcanzar lo más pronto posible la propia capacidad para producir en el país las
armas y las balas indispensables para mantener la soberanía y el honor
nacionales; liberándonos a ese respecto de la dependencia del exterior”. El 11 de mayo de 1938, eleva al Poder Ejecutivo un
proyecto de ley auspiciando la creación de la DGFM. Tres años después, el 9
de octubre de 1941 se promulga la Ley 12.709, estableciendo el régimen
orgánico de la DGFM, siendo designado, como su Director General el recién
ascendido coronel Savio. Zapla y la Minería Argentina En el año 1939, con la declaración de guerra de Francia e
Inglaterra a Alemania, quien acababa de invadir a Polonia, se daba inicio a
la Segunda Guerra Mundial. Era previsible que al país iban a faltarle
minerales y suministros importados, esenciales para su funcionamiento. Entre
ellos, estaba el hierro. Por esos días un grupo de campesinos que residían en
la ciudad de San Salvador de Jujuy, había encontrado por casualidad, en los
bosques de Zapla, lo que parecía ser un yacimiento de hierro. Tiempo después, Savio encontró en su mesa de trabajo unas
piedras remitidas por un colega, antiguo jefe suyo, con una carta que decía
que “como sé que usted es muy inquieto por estas cosas, que me han traído
unos paisanos, se las envío para que vea si pueden ser de alguna utilidad
para el país”. Interesado en lo que podría ser un yacimiento de hierro,
imprescindible para su proyecto industrial nacional, encargó a uno de sus
asesores, Luciano Roque Catalano, pionero de la minería argentina, doctor en
Química especializado en geología económica y planificación de la
movilización industrial argentina, la misión de realizar una exploración
minera en la sierra de Zapla, provincia de Jujuy. A su regreso, Catalano advirtió que el descubrimiento del
hierro de Zapla tenía tanta importancia para el país como el hallazgo casual
de petróleo en Comodoro Rivadavia, señalando que “el yacimiento es una cuenca
sedimentaria de hematita cuya potencia visible asegura una reserva de 50
millones como mínimo, tal vez 100, y quizá me quede corto”. Ante el
importante volumen, Savio pidió a la Dirección de Minas del Ministerio de
Agricultura realizase una exploración, determinándose, finalmente que “en la
zona Guacalara-Zapla-Güemes-Salta-Jujuy la potencia probable de hematita de
35 a 45 % de hierro elemental se estima en más de 500 millones de toneladas”. Al mismo tiempo, por esos días, un tradicional matutino
sostenía en un editorial que “no tenemos hierro ni carbón de piedra,
elementos indispensables de la gran industria”, para concluir que “en
realidad no nos debemos quejar de la heredad que nos ha tocado en suerte y no
hemos de ser mineros mientras nos convenga y nos guste ser labradores y
criadores de ganado”. A lo que Savio refutaba indicando que “o sacamos este
hierro de nuestros yacimientos... o renunciamos a salir de nuestra condición
exclusiva de país agrícola-ganadero, renunciando a alcanzar una mínima
ponderación industrial, con todas las graves consecuencias que ello implicará
en el futuro de la Nación”. Al elaborar los fundamentos de la DGFM, Savio
incluyó un capitulo sobre exploración y explotación de minas que como el
mismo definiría un tiempo después creó “una verdadera revolución en cuanto a
la tesis que sobre la materia se sustentó, terminantemente entre nosotros, de
explorar y explotar minas que por intermedio de la DGFM se atribuye, en
adelante, al Estado”. Con esa misión, la DGFM se dedicó a la exploración de las
riquezas minerales de la Argentina cuyos resultados no tardaron en aparecer.
Entre los mas importantes de esos descubrimientos estuvieron: el hierro de
Puesto Viejo, al sur de Zapla; las arcillas y caolines bonaerenses, el uranio
de Comechingones y de la mina “Soberanía”, de Mendoza; el cobre de Los
Aparejos, en Tinogasta, Catamarca; el mineral del Paramillo, de Uspallata,
Mendoza; la mina de hematita La Santa, Pastos Grandes, Salta; y el cobre y la
rodocrosita de Capillitas, entre otras. Cuando por el mes de agosto de 1945 fueron arrojadas las
bombas nucleares en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, Savio de
inmediato reaccionó insistiendo en que “tenemos que intensificar ya,
rápidamente, la búsqueda de uranio en todo el territorio argentino. No se
trata de fabricar la bomba atómica, sino de pesar en el concierto mundial con
la tenencia de uranio”. Asi fue como los 30 geólogos de la DGFM se lanzaron
al relevamiento y la exploración del territorio nacional en busca de uranio
haciendo hallazgos sorprendentes. Dos décadas después, Argentina estaba en el
concierto de las pocas naciones que generaban energía nuclear. Zapla-Palpalá: El nacimiento de la siderurgia argentina Con el descubrimiento de los yacimientos de hierro en
Zapla, la DGFM da inicio a la creación del Establecimiento Altos Hornos Zapla
y la planta experimental de Palpalá, pilares de la nueva siderurgia
argentina. El Coronel Manuel N. Savio explica de forma excelente, la
importancia de formar una “conciencia metalúrgica” , en un discurso
pronunciado en el salón de la Unión Industrial Argentina (UIA) en el mes de
junio de 1942: “Puede decirse que hasta ahora hemos desechado
sistemáticamente todos nuestros yacimientos de minerales... De tal manera,
hemos visto tomar rumbo al extranjero a grandes cantidades de minerales en el
mismo grado de concentración compatible con las tarifas de transporte; hemos
anotado en nuestras estadísticas un valor que acrecentaba los ingresos
ponderados en oro; pero sin dejar el efecto saludable que hubiese podido
proporcionar el trabajo de su industrialización y, como saldo del balance,
sólo debemos consignar un egreso de riqueza, una disminución del potencial...
muy poco, pues, es lo que ha quedado como beneficio fuera de miserables
jornales de extracción”. El 23 de enero de 1943 el presidente Ramón S. Castillo
(1942-1943) suscribía el respectivo Decreto que mandaba crear el
Establecimiento Altos Hornos Zapla. Se licitó la construcción de la planta
experimental de Palpalá, obra que quedó adjudicada a la empresa sueca
“Svenska Entreprenad A.B.”, asumiendo el proyecto y la supervisión de la
instalación del alto horno. A cargo del capitán Enrique Lutteral, ayudado por el geólogo
Victorio Angelelli, se elaboró la galería principal de la mina de Zapla,
bautizada “9 de octubre” en homenaje a la fecha de la fundación de la DGFM.
Construida a dos puntas sobre una longitud de 500 metros, o sea a partir de
sus extremos, tratando de empalmar en su parte media. Un método inusual,
contrario a todas las prácticas universales, adoptado porque los equipos de
perforación –trabajando con barretas y martillos por la carencia de elementos
mecánicos y automáticos- no podían avanzar más de un metro por día, mientras
el plazo estricto fijado por Savio requería otro ritmo. Había que construir un cable carril desde la sierra de
Zapla a Palpalá, para asegurar la bajada del mineral. Varios técnicos
recorrieron el país en su búsqueda. En una mina riojana abandonada llamada
“La Mexicana” encontraron uno. Hurgando sin descanso consiguieron varios
tramos. La habilidad de los técnicos permitió una instalación aérea con
cables adquiridos en trozos, como si fueran géneros, que soldaron con
perfección, disimulando las uniones. Una doble línea de cable carril tendida
a lo largo de doce kilómetros y medio con cinco estaciones tensoras y 109
torres de hierro en forma de T, plantadas sobre basamento de hormigón, unió a
Palpalá, ubicada a 1.105 metros sobre el nivel del mar, con el extremo más
cercano del yacimiento, a 1.500 metros de altitud. El 7 de marzo de 1944, después de un año de estudios
previos, comenzó la construcción de la planta industrializadora de Palpalá. Y
en dieciocho meses se levantó el alto horno que, caso único en el mundo, se
construyó de hormigón armado por la carencia de los materiales clásicos. Para
la fábrica eléctrica y los soplantes, especie de ventiladores gigantes que
hacen las veces de pulmón del alto horno, se requería un motor de 500 HP y en
el país se fabricaban apenas de 80 HP. Savio reunió a los industriales
argentinos y por último, el ingeniero Torcuato di Tella se comprometió a
construir seis motores de 85 HP para seis soplantes en paralelo de manera que
la presión de uno no ahogara al otro. Se debía quemar el gas del alto horno
en una caldera y pasarlo a turbina. En Bahía Blanca se halló un motor viejo
de 1.200 HP con dos décadas de uso, que se reacondicionó. Mientras Chile, Brasil y México para sus emprendimientos
siderúrgicos contaban con la colaboración norteamericana, Savio –condicionado
por la política exterior argentina, que se mantuvo neutral durante la Segunda
Guerra- construía la planta piloto de Palpalá apelando a piezas en desuso
recogidas a lo largo de todo el país. En un astillero viejo de San Fernando
se compraron dos calderas antiguas, casi chatarra. Como no se pudieron
obtener ladrillos refractarios para el interior del horno, una firma nacional
los ofreció de sílice, siendo aceptados finalmente por los ingenieros suecos,
pero sin ofrecer garantía. Como combustible se utilizó carbón de leña del Chaco,
Santiago del Estero y Salta. Inmediatamente, las voces de la prensa
ecologista de ese entonces, clamaron “no se puede levantar la siderúrgica con
carbón vegetal, vamos a quedarnos sin montes”. A lo que Savio respondió
activando el Vivero de Pirané e iniciando las plantaciones de 15.000
hectáreas de eucaliptos en la zona Zapla-Palpalá, formando un bosque de 30
millones de árboles, que al dia de hoy, permiten la realización de cortes
cada siete años. Se acercaba el día ansiado en que el horno entraría en
funcionamiento. Se suscitó entonces una cuestión grave: no se contaba con los
repuestos imprescindibles en caso de avería, que debían ser comprados en el
exterior, y era claro que Zapla iba a ser jaqueada por el extranjero, debido
a la importancia que remitía a la soberanía y defensa nacional. El riesgo a
correr era inmenso, pues si se interrumpía la operación del alto horno el
tiempo suficiente para que se enfriara y solidificase el material, su
inutilización sería definitiva, y volarlo su destino sin remedio. Savio
sopesó las circunstancias y dijo “Adelante”, asumiendo toda la
responsabilidad; la suerte lo acompañó pues el horno trabajó dos años sin
problemas y a esa altura los repuestos ya estaban a mano. El día 11 de octubre de 1945, surgiría el primer chorro
brillante de hierro que, en palabras de Savio, “iluminara el camino ancho de
la Nación Argentina”. Sin demora, el capitán Lutteral se tomó desquite: envió
al sabio alemán Schlagimtweit, el mismo que tres años atrás sostuviera que
“el mineral de Zapla no es reductible”, un trozo de lingote con una simple
tarjeta: “Para que le clave los dientes”. Así, Palpalá se fue convirtiendo, como lo quería Savio, en
un centro de irradiación industrial, a la vez que elevaba el nivel cultural y
social de la región, transformando al pueblito que en 1940 tenía tan solo
tres casas, en el tercer centro poblacional de Jujuy, con más 30.000
habitantes, viviendas espléndidas, escuelas primarias y técnicas, y centros
culturales. Industrias bélicas para la paz En el ya citado discurso a la Unión Industrial Argentina,
en el mes de junio de 1942, Savio definió los lineamientos de lo que sería la
planificación de la nueva industria, destacando primordialmente la “necesidad
de protección, por lo menos en la etapa inicial”, señalando que “¿Es esta la
suerte a que debemos dejar librado nuestro plan de obtención de las materias
primas esenciales para nuestras industrias?... Me siento en el deber de
expresar, sin eufemismos, que sin una franca protección del Estado, todo este
plan y cualquier otro, correrá igual suerte; porque es un secreto a voces que
la producción universal de todos los productos que he enunciado está
controlada por organizaciones poderosas, con medios suficientes para
determinar crisis decisivas donde y cuando convengan”. El descubrimiento casual de una mina de azufre, por parte
de un grupo de exploradores en el sudoeste de la provincia de Salta, a unos
5.200 metros de altura, sería el comienzo de la industria azufrera argentina.
Comenzada a explorar, a cielo abierto, por una compañía privada, Savio tomó
contacto con ella y en 1943 se organizó la Sociedad Mixta Azufrera Salta. Al
año siguiente, mediante el apoyo de Savio como director de la DGFM, empezó a
producir 31.000 toneladas de azufre, utilizadas en su mayor parte para la
obtención de ácido sulfúrico, sulfuro de carbono para la pólvora negra y
aspersiones contra insectos hongos, entre otros. El 30 de enero de 1938 se inaugura la Fábrica Militar de
Pólvoras y Explosivos “Villa María”, ubicada en la localidad cordobesa de
igual nombre, y que Savio completara y pusiera en funcionamiento en agosto de
1942, con las plantas de éter y pólvoras de nitrocelulosa. Poco tiempo
después, se instalaría el segundo conjunto fabril químico de la DGFM en Río
III. De su producción, las Fuerzas Armadas sólo consumen apenas
el 4 por ciento, el resto lo absorbe la industria privada, que utiliza la
nitrocelulosa para la elaboración de pinturas, esmaltes, lacas, barnices y
películas radiográficas, mientras diversos explosivos se destinan a minería,
obras viales y sismográficas. La carencia de neumáticos –cubiertas y llantas- durante la
2ª Guerra había creado enormes dificultades al país. Savio aplicó a que la
DGFM obtuviera caucho sintético, para lo cual creó por concurso la Sociedad
Mixta Atanor, que si bien no pudo resolver su producción, empezó a satisfacer
la demanda de agua oxigenada, cloro soda, metanol y soda cáustica. El 26 de agosto de 1942, bajo la dirección de Savio, la
DGFM creaba en las proximidades de Campana, provincia de Buenos Aires, la
Fábrica Militar de Tolueno Sintético: era el comienzo de la petroquímica en
el país. Con la colaboración de Y.P.F. inauguró el 31 de diciembre de 1943 la
producción del tolueno para la obtención del explosivo TNT. Y su desarrollo
llegó a abastecer a la industria con solventes aromáticos y parafínicos,
aguarrases y thinners. El 4 de agosto de 1942, en la ciudad de San Francisco,
provincia de Córdoba, se instalaba la Fábrica de Munición de Guerra y Armas
Portátiles, que cuatro años después producía cartuchos de guerra y de fogueo,
y posteriormente elementos de uso civil como motores eléctricos, discos para
arado, material ferroviario como vagones y furgones, entre otros. Dos meses
después, el 3 de octubre de 1942, se colocaba la piedra fundamental de la
actual Fábrica Militar de Armas Portátiles “Domingo Matheu” en la ciudad de
Rosario. El 1º de abril de 1947 Savio inauguraba la Fábrica Militar
de Material de Comunicaciones y Equipos, en la localidad de San Martín,
provincia de Buenos Aires con la finalidad de fabricar equipos de dotación de
las Fuerzas Armadas, al tiempo que empezó a producir, también, equipos
electrónicos como transmisores, receptores y equipos de televisión.
Preocupado por los requerimientos de la industria del cobre para las Fuerzas
Armadas y el uso civil, en 1944 adquirió la Sociedad Electrometalúrgica SEMA,
de origen alemán que pasó a llamarse Fábrica Militar de Vainas y Conductores
Eléctricos. Ubicado en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, este
establecimiento empezó fabricando latón militar para vainas, metales para la
industria manufacturera y una amplia gama de conductores eléctricos. En 1945, se creó la Fábrica Militar de Materiales
Pirotécnicos, con asiento en Pilar, provincia de Buenos Aires que abasteció a
las Fuerzas Armadas y cubrió las necesidades de explosivos de uso civil como
la elaboración de cargas para las perforaciones petrolíferas y mineras. La Fábrica Militar de Aceros, de Valentín Alsina, que
fundara en 1936 el general Reynolds y completara Savio en 1938, para 1969 era
la única planta que producía en el país laminados planos de alto carbono y de
acero al silicio para los que antes se dependía exclusivamente de la
importación. Catorce fábricas propias –o “núcleos de paz”, como las
llamara Savio-, participación en ocho sociedades mixtas y nueve sociedades
anónimas con mayoría estatal, tal es el panorama resplandeciente legado por
Savio como Director de la DGFM. Somisa: El Plan Siderúrgico Nacional Alarmado al comparar que treinta años atrás –en el decenio
1905-1914- la Argentina consumía 150 kilogramos de hierro y acero por
habitante, y que en esos días de 1943 había descendido peligrosamente a menos
de 50, sumado a que, a diferencia de la época de la Primera Guerra, la
Segunda Guerra Mundial interrumpía el suministro a una Argentina que
demandaba camiones, autos, locomotoras y demás, Savio proyecta un programa
siderúrgico que comprenda “la ejecución anual de alrededor de 315.000 toneladas
de acero en una etapa inicial”. Sostenía que “necesitamos barcos,
ferrocarriles, puertos y máquinas de trabajo, y no nos podemos detener a la
espera de milagros... ello es ya un imperativo en nuestro progreso, porque es
un mandato de la argentinidad, porque lo requiere nuestra soberanía dentro de
un programa que no persigue ninguna autarquía deformada por exacerbado
nacionalismo, sino porque aspira a contar con un mínimo de independencia”. El 24 de enero de 1946 tenía entrada en la Presidencia de
la Nación el proyecto de ley suscrito por el general de brigada Manuel N.
Savio, director general de la DGFM, con el objetivo de elevar el Plan
Siderúrgico. Al someterlo al Congreso señala: “su finalidad esencial consiste
en crear una real capacidad para la producción nacional de acero, en
condiciones tales que aseguren el desenvolvimiento económico de la siderurgia
argentina y su ulterior afianzamiento”. “La actividad industrial que encara
este plan es vital, la necesitamos, como hemos necesitado nuestra libertad
política, como hemos necesitado en su oportunidad nuestra independencia”. “La
industria del acero es la primera de las industrias; y constituye el puntal
de nuestra industrialización”. El 21 de junio de 1947 el Poder Ejecutivo promulgaba el
Plan Siderúrgico convertido en la Ley Nro. 12.987, nombrando a Manuel N.
Savio como Presidente de la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina (Somisa). En
primer lugar, decide la ubicación de la planta siderúrgica en Punta Argerich,
sobre el río Paraná, en el partido de Ramallo, provincia de Buenos Aires. El
13 de marzo de 1948, en su carácter de Presidente de SOMISA, suscribe el
contrato con la Armco argentina por el cual se encargan los planos y
estudios, supervisión de la instalación y de la puesta en marcha de la planta
a instalarse. El 26 de junio de 1948, el Directorio de Somisa aprueba el plan
definitivo presentado por Armco, optando por un complejo para elaborar
500.000 toneladas de productos semiterminados de acero. Imprevisiblemente, y en mitad de la realización de su
proyecto industrial para la Argentina, el sábado 31 de julio de 1948, el
general de división Manuel N. Savio, muere a los 56 años de edad. En
adelante, el 31 de julio sería celebrado como el Día de la Siderurgia
Nacional. Su Plan Siderúrgico se vería aplazado por casi una década, siendo
Arturo Frondizi (1958-1962), aquel diputado que integrara la comisión
especial de la Cámara de Diputados para estudiar el Plan de Savio, quien en
1958, ya ungido presidente de la República, quien haría uso manifiesto del
préstamo de 60 millones de dólares que, en 1955, el Eximbank (Export and
Import Bank of United States) le concediera al gobierno de Juan D. Perón para
financiar las adquisiciones de equipos y servicios a efectuarse en Estados
Unidos para la instalación de la planta de Punta Argerich, que pasaría a
llamarse Planta Siderúrgica “General de División Manuel N. Savio”. El 20 de
abril de 1960 se produce, en la planta de Punta Argerich, el primer
deshornado de coque apto para fines metalúrgicos; el 20 de junio, la primera
colada de arrabio y el 5 de mayo de 1961, la primera colada de acero. El 25
de julio de ese 1960, trece años después de la promulgación de la Ley 12.987,
se realiza la inauguración oficial de la planta con la asistencia del
presidente Arturo Frondizi. Durante la inauguración, al dirigirse a los
presentes el teniente general Castiñeiras recordó que la planta fue
contratada en 1958: “eso equivale a decir que en tres años se ha llegado a
producir acero en el país. Con el acto de hoy se desmiente a quienes
sostenían que se tardaría quince años en lograr lo que es hoy una realidad
nacional”. El presidente Frondizi, quien concluyera durante su
gestión la planta de Punta Argerich, dijo sobre Manuel N. Savio: “Es un
hombre que honro los estudios económicos dentro del país. La figura del
general Savio estará ligada a toda una serie de acontecimientos fundamentales
para el desarrollo económico del país; y no se podrá hablar en el futuro de
la industrialización argentina sin tener en cuenta las ideas y los conceptos
del general Savio, quien fijó con precisión los límites y el significado del
proceso económico nacional”. |