Capítulo VI

13 de octubre de 1991. Ayer por la mañana, a las 9:15, nuestra bomba estalló en el edificio del Cuartel General nacional del FBI. Nuestras dudas sobre el tamaño relativamente pequeño de la bomba fueron infundadas; el daño es inmenso. Hemos desorganizado una parte importante de las operaciones de la Oficina Central del FBI durante las próximas semanas al menos, y parece que también hemos logrado nuestra meta de destruir su nuevo centro informático.

Mi día de trabajo empezó ayer un poco antes de las cinco, cuando ayudé a Ed Sanders a mezclar el aceite de calefacción con el fertilizante de nitrato de amonio en el garaje de la unidad 8. Pusimos los sacos de 500 libras en posición vertical de uno en uno, y les hicimos un pequeño agujero en la parte superior con un destornillador, lo suficientemente grande para introducir un embudo. Mientras yo sujetaba el saco y el embudo, Ed vertía un galón de aceite.

Entonces pegamos un trozo grande de cinta adhesiva encima del agujero, y tumbamos los sacos varias veces para mezclar el contenido, mientras Ed llenaba su aceitera en la línea del alimentador de su horno de aceite. Estuvimos cerca de tres horas para preparar los 44 sacos, y el trabajo me dejó agotado.

Mientras tanto, George y Henry estaban fuera para robar un camión. Con sólo dos toneladas y media de explosivos nosotros no necesitábamos un camión demasiado grande, así que decidimos conseguir un camión de reparto perteneciente a una empresa de suministros de oficina. Ellos siguieron el camión que querían en nuestro automóvil hasta que se detuvo para hacer una entrega. Cuando el conductor -un negro- abrió la parte trasera del camión y entró, Henry saltó tras él y lo despachó rápida y silenciosamente con su cuchillo.

Entonces, George continuó en el automóvil mientras Henry conducía el camión al garaje. Ellos entraban la parte trasera del vehículo cuando Ed y yo estábamos terminando nuestro trabajo. Están seguros de que nadie en la calle notó nada extraño.

Tardamos otra media hora en descargar la media tonelada de papel de multicopista y de diferentes artículos de oficina del camión y entonces guardamos con mucho cuidado las cajas de dinamita y los sacos de fertilizante enriquecido en su lugar. Finalmente, conecté el cable y el detonador a través de una grieta entre la zona de carga y la cabina de la camioneta. Dejamos el cuerpo del conductor en la parte de atrás.

George y yo nos dirigimos hacia el edificio del FBI en el coche, mientras Henry nos seguía en la camioneta. Queríamos aparcar cerca de la entrada de carga y descarga en la calle décima y esperar hasta que abrieran la puerta de carga al nivel del sótano para otro camión, mientras Henry aguardaba con el "nuestro" a dos manzanas de distancia. Entonces le daríamos una señal con el walkie-talkie.

Pero cuando conducíamos alrededor del edificio, vimos que la entrada del sótano estaba abierta y no había nadie a la vista. Le dimos la señal a Henry y continuamos otras siete u ocho manzanas, hasta que encontramos aparcamiento. Entonces regresamos caminando, pero despacio, mirando de reojo los relojes.

Estábamos todavía a dos bloques de distancia cuando el pavimento se estremeció violentamente bajo nuestros pies. Un momento después la onda expansiva nos sacudió -un ensordecedor “boom”-, seguido de un ruido como de un choque, enorme y atronador, acentuado por el sonido agudo de los cristales hechos añicos a nuestro alrededor.

Los escaparates del almacén más cercano y docenas de otros que podíamos ver a lo largo de la calle estallaron. Una centelleante y mortal lluvia de vidrios rotos continuaron cayendo a la calle desde los pisos superiores de los edificios cercanos durante unos instantes, y una columna de humo negro se levantaba hacia el cielo delante de nosotros.

Recorrimos las dos manzanas finales y quedamos desalentados al ver lo que, a primera vista, parecía ser un cuartel general del FBI totalmente intacto, excepto, claro, por la mayoría de las ventanas que habían desparecido. Nos dirigimos hacia la entrada de carga de la calle décima por donde habíamos conducido unos minutos antes. Un humo denso y tóxico estaba saliendo de la rampa que lleva al sótano, y era imposible entrar por allí.

Decenas de las personas corrían alrededor de la entrada que conducía al patio central, algunas iban y otras venían. Muchos estaban sangrando abundantemente por los cortes, y todos tenían expresiones de horror y aturdimiento en sus caras. George y yo tomamos aire y nos adentramos rápidamente a través de la entrada. Nadie nos detuvo o sospechó de nosotros.

La escena en el patio era de una devastación absoluta. El ala completa del edificio que daba a la Avenida de Pennsylvania, como pudimos ver entonces, se había derrumbado, en parte sobre el patio central del edificio y en parte sobre la misma avenida. Había abierto un cráter gigantesco en el pavimento del patio y un poco más lejos estaban los escombros de la edificación derruida, y era de este agujero de donde salía la mayor parte de la columna de humo negro.

Camiones y automóviles volcados, mobiliario destrozado de las oficinas, y escombros esparcidos de forma desordenada -y también los cuerpos de un gran número de víctimas. Suspendido sobre todas las cosas, un paño mortuorio de humo negro, abrasándonos los ojos y los pulmones y reduciendo la mañana luminosa a la casi oscuridad más absoluta.

Nos adentramos unos pasos en el patio para evaluar mejor el daño que habíamos causado. Tuvimos que abrirnos paso entre un mar de papeles que se habían desparramado de una enorme confusión de armarios de oficina a nuestra derecha, quizás miles de ellos. Parecía como si se hubiesen deslizado en bloque al patio desde uno de los almacenes superiores del ala destruida, y había una maraña de armarios de oficina destrozados y reventados de 20 pies alto por 80 a 100 pies de largo con sus contenidos desparramados, que cubrían la mayor parte del patio central de papeles.

Cuando estábamos boquiabiertos con una mezcla de horror y júbilo ante la devastación, la cabeza de Henry apareció de repente a unos pies de distancia. Él estaba subiendo por una brecha en la montaña de pedazos de armarios de oficina. Nos sobresaltamos al verlo, porque él había pensado dejar la zona una vez que hubiera aparcado el camión y entonces esperar a que lo recogiésemos en el punto de reunión.

Nos explicó atropelladamente que todo había ido como una seda en el sótano y que había decidido esperar por allí cerca a que tuviese lugar la explosión. Había accionado el interruptor del dispositivo de tiempo de la bomba cuando descendía con el camión por la rampa hasta el interior del edificio, para que no pudiera haber ninguna posibilidad de contratiempos, que le obligaran a cambiar de plan. Pero no hubo dificultad alguna. No tuvo contratiempos, salvo una indicación sin importancia de un guardia negro, cuando entraba en el sótano. Otros dos camiones estaban descargando en una plataforma, pero Henry condujo por detrás de ellos y detuvo su camión, según sus cálculos, bajo el ala del edificio que daba a la Avenida de Pennsylvania.

Él tenía un buen juego de documentos de reparto para dar a cualquiera que se los exigiera, pero nadie lo hizo. Caminó pasando por delante del distraído guarda negro, apoyado en la rampa, y salió a la calle.

Esperó cerca de un teléfono público a una manzana de distancia, hasta un minuto antes de la explosión como habían acordado, entonces llamó a la redacción del Washington Post. Su breve mensaje era: "Hace tres semanas, ustedes y los suyos mataron a Carl Hodges en Chicago. Nosotros estamos igualando el marcador con sus camaradas de la policía política. Pronto aumentaremos el marcador con ustedes y todos los demás traidores. ¡La América blanca vivirá!"

¡Eso debe conmover su jaula lo bastante para provocar unos buenos titulares y editoriales!

Henry había regresado al edificio del FBI en menos de un minuto, pero lo había aprovechado bien. Él señaló a unas volutas de humo ligero y parduzco que estaban empezando a subir del amasijo de armarios de oficina de donde él había salido antes, y entonces nos dirigió una mueca sonriente mientras soltaba el encendedor en su bolsillo. Henry es un miliciano excelente.

Cuando nos dirigíamos a la salida, oí un gemido y miré hacia abajo hasta ver a una muchacha, de unos 20 años, con medio cuerpo bajo una puerta de acero y otros restos. Su bonita cara estaba ennegrecida y arañada, y ella parecía estar apenas consciente. Yo retiré la puerta y vi que tenía una pierna aplastada, rota por muchas partes, y la sangre estaba brotando de un corte profundo en su muslo.

Le quité rápidamente el cinturón de tela de su vestido y lo usé para hacer un torniquete. El flujo de sangre se detuvo un poco, pero no lo bastante. Rasgué entonces un trozo de su vestido y lo doblé en una compresa que apreté contra el corte de su pierna mientras George se quitaba los cordones y los usaba para atar la compresa. Tan delicadamente como pudimos George y yo la recogimos para dejarla sobre la acera. Ella se lamentó cuando la pierna rota quedó enderezada.

La muchacha parecía no tener ninguna lesión seria salvo la de su pierna, y ella probablemente saldrá bien de esta. Aunque no será así para muchos otros. Cuando me incliné para atender a la muchacha que estaba sangrando, me di cuenta por primera vez de los gemidos y gritos de docenas de otras personas en el patio. A no más de veinte pies, otra mujer estaba inmóvil, su cara cubierta con sangre y una herida abierta en un lado de su cabeza -una visión horrible que todavía puedo ver cuando cierro los ojos.

Según la última estimación conocida, murieron aproximadamente 700 personas en la explosión o como consecuencia de los daños. Eso incluye una estimación de 150 personas que estaban en el subsótano en el momento de la explosión y cuyos cuerpos no han sido aún recuperados.

Pueden tardar más de dos semanas antes de que los escombros hayan sido limpiados para permitir el acceso a ese nivel del edificio, según ha informado el reportero de las noticias de televisión. Ese informe y otros que hemos oído ayer y hoy hacen que parezca casi seguro que los nuevos bancos de memoria de la computadora en el subsótano han sido totalmente destruidos o al menos seriamente dañados.

Todo el día ayer y la mayor parte del de hoy nosotros lo hemos pasado viendo por televisión a las tripulaciones de rescate sacando muertos y heridos del edificio. Es una pesada carga de responsabilidad para nosotros, puesto que la mayoría de las víctimas de nuestra bomba eran sólo peones que no estaban comprometidos en la filosofía enferma o en los objetivos de destrucción racial del Sistema más de lo que lo estamos nosotros.

Pero no hay ninguna manera de poder destruir el Sistema sin herir a muchos miles de inocentes. Es un tumor demasiado arraigado en nuestra carne. Y si no destruimos el Sistema antes de que nos destruya -si nosotros no extirpamos el tumor de nuestra carne-nuestra raza entera morirá.

Le hemos dado muchas vueltas a esto, y estamos completamente convencidos de que lo que nosotros hicimos está justificado, pero todavía es muy duro ver a nuestra propia gente sufrir tanto debido a nuestros actos. Es porque los americanos durante muchos años han sido incapaces de tomar decisiones desagradables por lo que nos obligan ahora a tomar decisiones muy severas.

¿Y es que acaso no existe una clave del problema? La corrupción de nuestro pueblo por la plaga democrático-igualitaria del judeoliberalismo que nos aflige se manifiesta más claramente en nuestro pensamiento blando, en nuestra desgana para reconocer las duras realidades de la vida, que en ninguna otra cosa.

El liberalismo es una visión del mundo esencialmente femenina, sumisa. Quizás un adjetivo mejor que femenino sea infantil. Es la visión del mundo de hombres que no tienen la dureza moral, la fuerza espiritual para ponerse de pie y afrontar la vida como viene, que no pueden acostumbrarse a la realidad de que el mundo no es una enorme guardería, de color rosa y mullida, en la que los leones retozan con los corderos y todos viven felices para siempre.

Ni deberían los hombres espiritualmente saludables de nuestra raza incluso querer que el mundo fuera de esa manera, si pudiera ser. Ése es un modo de vida extraño, oriental, la visión del mundo de esclavos más que de hombres libres de Occidente.

Pero ha penetrado en toda nuestra sociedad. Incluso aquellos que no aceptan las doctrinas liberales conscientemente han sido corrompidos por ellas. Década tras década el problema racial en América se ha ido poniendo peor. Pero la mayoría de aquellos que querían una solución, que querían preservar una América Blanca, nunca fueron capaces de reunir el coraje para afrontar las soluciones obvias.

Todo lo que los liberales y los judíos habían hecho era empezar a chillar acerca de "inhumanidad" o "injusticia" o "genocidio," y la mayoría de los que había buscado una solución habían afrontado el problema como conejos temerosos. Porque no habrá nunca una manera de resolver el problema racial que sea justa para todos o por la cual todos los implicados puedan ser convencidos educadamente para que la acepten sin quejas ni desagrado, ellos intentarían ignorarlo, mientras esperaban a que se solucionase solo. Y lo mismo vale para el problema judío y el problema de la inmigración y el problema de la superpoblación y el problema eugenésico y mil problemas más relacionados con estos.

Sí, la incapacidad para afrontar la realidad y tomar decisiones difíciles, ese era el síntoma principal de la enfermedad liberal. Siempre intentando evitar cualquier cosa desagradable ahora, para que algo más desagradable llegue inevitablemente más tarde, siempre posponiendo cualquier responsabilidad hacia el futuro -ésa es la manera en que funcionan las mentes de los liberales.

No obstante, cada vez que la cámara de televisión enfoca el cadáver mutilado de alguna chica digna de lástima -o incluso de un agente del FBI- siendo extraído de las ruinas, se me hace un nudo en el estómago y no puedo respirar. Es una tarea terrible la que tenemos ante nosotros.

Y ya está claro que los medios de comunicación controlados piensan convencer al público de que lo que nosotros estamos haciendo es terrible. Están enfatizando el sufrimiento que nosotros hemos causado mezclando deliberadamente primeros planos de las víctimas ensangrentadas con entrevistas lacrimógenas con sus parientes.

Los entrevistadores están realizando preguntas capciosas del tipo: “¿Qué clase de bestias humanas piensa que podrían hacerle algo así a su hija? Ellos han tomado la decisión claramente de describir el atentado contra el edificio del FBI como la atrocidad del siglo.

De hecho, es una acción de una magnitud sin precedentes. Todos los atentados con bombas, incendios provocados, y asesinatos llevados a cabo por la Izquierda en este país han sido de poca monta en comparación.

Pero hay una actitud diferente en las noticias que dan los medios ya que recuerdo una larga serie de actos de terror marxistas, durante la guerra de Vietnam, hace 20 años. Se incendiaron o dinamitaron algunos edificios gubernamentales, y varios transeúntes inocentes murieron, pero la prensa siempre retrató tales cosas como actos idealistas de "protesta."

Había una banda de negros revolucionarios armados, que se llamaban "Panteras Negras." Cada vez que tenían un tiroteo con la policía, la prensa y los de la televisión les hacían entrevistas emotivas a las familias de los miembros de la banda negra – no a las viudas de los policías. Y cuando una negra que pertenecía al Partido comunista ayudó a planear un tiroteo en un tribunal e incluso proporcionó la escopeta de caza con la que un juez fue asesinado, la prensa formó una sección de apoyo en su juicio e intentó convertirla en una heroína popular.

Bien, cuando Henry avisó al “Washington Post” ayer, nosotros comenzamos la cuenta. Algún día tendremos una prensa verdaderamente americana en este país, pero habrá que degollar antes a muchos editores.

16 de Octubre. Regreso con mis viejos amigos de la unidad 2. Estas palabras están siendo escritas a la luz de la linterna en el lugar que ellos han preparado en el desván de su granero para Katherine y yo. Un poco frío y primitivo, pero por lo menos tenemos absoluta privacidad. Esta es la primera vez que hemos tenido una noche entera para nosotros.

En realidad no vinimos para un revolcón en el heno sino para recoger una caja de municiones. Los compañeros de la unidad 8, que fueron enviados aquí la semana pasada para conseguir los explosivos para el trabajo del FBI tuvieron éxito al menos en parte: ellos no consiguieron muchos explosivos a granel, y llegaron demasiado tarde con lo que lograron, y casi consiguieron que los mataran- pero se hicieron con una buena cantidad de materiales variados para la Organización.

No me dijeron los detalles, pero pudieron conseguir un camión de 2 toneladas y media en la Zona de Pruebas de Aberdeen, a unas 25 millas de aquí, cargarlo con las municiones, y salir de allí -con la ayuda de uno de nuestros infiltrados. Desgraciadamente, fueron sorprendidos durante el asalto a un búnker de almacenamiento y tuvieron que disparar a la salida. En el transcurso de la acción uno de ellos fue herido seriamente.

Consiguieron despistar a sus perseguidores y llegar hasta la granja de la unidad 2, a las afueras de Baltimore, y han estado escondidos aquí desde entonces. El hombre que fue herido casi se murió del susto y por la pérdida de sangre, pero ningún órgano importante había sido dañado y parece que va a salir de esta, aunque todavía está demasiado débil para ser movido.

Los otros dos se han mantenido ocupados trabajando en su camión, que está aparcado bajo el nuestro. Ellos lo han repintado y le han hecho un par de cambios más, para no ser reconocidos cuando por fin regresen a Washington en él.

Sin embargo, no se llevarán el grueso de las municiones con ellos. La mayor parte se guardará aquí y abastecerá a las unidades de la zona. El Mando Operativo de Washington permite a nuestra unidad escoger una buena parte de este material.

Hay bastante variedad. ¡Probablemente lo más valioso son las 30 cajas de granadas de fragmentación –¡qué son 750 granadas de mano! Nos llevaremos dos cajas.

Hay aproximadamente 100 minas de tierra de varios tipos y tamaños – buenas para hacer trampas con explosivos. Cogeremos dos o tres.

Y hay detonadores y cebos en abundancia. Cajas de detonadores para bombas, minas, granadas, etc. Y ocho bobinas de cable detonador. Una caja de granadas thermite. Y muchas otras cosas.

Y una bomba convencional de 500 libras. Hicieron tal alboroto intentando meter todo eso en el camión, que un guardia les oyó. Pero nos lo llevamos todo. Está rellena con unas 250 libras de tritonal, una mezcla de TNT y pólvora de aluminio, y nosotros podemos extraerlo de la carcasa de la bomba y usarlo para bombas más pequeñas.

Katherine y yo estamos muy felices al poder hacer este viaje juntos, pero las circunstancias son preocupantes. George nos pidió a Henry y a mí que fuéramos, pero Katherine se opuso. Ella se quejó de que no se le había dado una oportunidad para participar en las actividades de nuestra unidad y, de hecho, apenas había estado fuera de nuestros dos escondites durante el último mes. Dijo que no tenía ninguna intención de ser nada más que cocinera y ama de casa para el resto de nosotros.

Estábamos bajo la enorme tensión que siguió a la gran explosión, y Katherine estaba chillando –casi como una feminista. (Nota al lector: "La liberación de las Mujeres" era una forma de psicosis de masas que tuvo lugar durante las últimas tres décadas de la Era Antigua. Las mujeres afectadas por ésta, negaron su feminidad e insistieron en ser "personas," no "mujeres." Esta aberración fue promovida y animada por el Sistema como un medio de dividir a nuestra raza). George protestó acaloradamente que ella no estaba siendo discriminada, que sus habilidades de maquillaje y disfraz habían sido particularmente valiosas para nuestra unidad, y que él asignaba las tareas solamente sobre la base de cómo pensaba que iban a funcionar con más efectividad.

Yo intenté calmar las cosas sugiriendo que quizás sería mejor un hombre y una mujer manejando un transporte de contrabando que dos hombres. La policía había estado deteniendo automóviles al azar en el área de Washington en los controles de los últimos días.

Henry estuvo de acuerdo con mi sugerencia, y George aceptó de mala gana. Me temo, sin embargo, que él sospecha que buena parte del arrebato de Katherine se debe a que ella prefería estar conmigo en lugar de con él durante un día entero.

Nosotros no hemos aireado nuestra relación, así que no es probable que Henry o George hayan adivinado por ahora que Katherine y yo somos amantes. Eso crea una situación bastante embarazosa para todos nosotros. Completamente aparte del hecho de que George y Henry son hombres sanos y Katherine es la única mujer entre nosotros, está el problema de la disciplina de la Organización.

La Organización ha permitido matrimonios cuando el marido y la esposa son miembros de la misma unidad, y que los maridos tengan poder de veto sobre cualquier orden dada a sus esposas. Pero, salvo esa excepción, las mujeres están sujetas a la misma disciplina que los hombres, y, a pesar de que prevalece cierta informalidad en casi todas las unidades, cualquier infracción de la disciplina Orgánica es una cuestión sumamente seria.

Katherine y yo hemos hablado sobre esto, y aunque nos negamos a considerar nuestra creciente relación como puramente sexual, sin obligaciones, no nos sentimos inclinados a formalizarla todavía. En primer lugar, todavía tenemos mucho que aprender el uno sobre el otro. Por otra parte, cada uno de nosotros tiene un compromiso más importante con la Organización y con nuestra unidad, y no debemos hacer nada a la ligera que pudiera infringir ese compromiso.

No obstante, nosotros tendremos que resolver pronto las cosas, de una manera u otra.


 

Prólogo

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Volver al índice