Capítulo X

16 de noviembre de 1991. La respuesta del Sistema al ataque con mortero de la última semana está tomando forma. En primer lugar ahora es más difícil moverse en público. La policía y el ejército han aumentado sus registros al azar y están parando a todo el mundo, tanto a peatones como a los vehículos. Hay anuncios en la radio cada hora que advierten a las personas que serán detenidas en el acto si no pueden identificarse cuando les sea solicitado.

La Organización ya ha podido facilitarnos carnets de conducir falsos a algunos de nosotros y otras identificaciones falsificadas, pero pasará algún tiempo antes de que todos en el área de Washington estén preparados. Ayer Carol tuvo un encuentro directo. Ella había ido a un supermercado para comprar los víveres de la semana para nuestra unidad y una patrulla policial llegó mientras estaba esperando en la caja. Apostaron hombres en cada salida y pedían a todos los que salían del local que les mostrasen sus identificaciones para confirmarlas.

Justo cuando Carol estaba lista para salir, hubo un incidente en una de las puertas de salida. La policía había estado interrogando a un hombre que al parecer no llevaba la identificación y él se puso agresivo. Cuando los policías intentaron ponerle las esposas les dio un golpe e intentó correr.

Ellos lo atraparon antes de que hubiera podido avanzar unos metros, pero los policías que vigilaban las otras puertas corrieron a ayudar. Carol pudo escabullirse con su compra por una de las puertas que habían quedado sin vigilancia momentáneamente.

Toda esta campaña de comprobación de identidad ha desviado a la policía de sus deberes habituales y los negros y otros elementos delictivos están aprovechándose de ello. Algún personal del Ejército también está participando en la comprobación de identidad y otras funciones policiales, pero su tarea principal es todavía guardar los edificios gubernamentales y medios de comunicación.

El acontecimiento más interesante es que los Concejos de Relaciones Humanas también han recibido poderes policiales de emergencia y ellos estás “delegando” en muchos negros las tareas de asistencia pública, de la misma forma que hicieron en los Decomisos de Armas. En Washington y en Alexandria algunos de estos negros delegados están fanfarroneando y deteniendo a los blancos en las calles.

Hay rumores de que están exigiendo sobornos a aquellos que detienen, amenazándolos con arrestarlos si no pagan. Y han estado llevando a mujeres blancas a sus “cuarteles generales de campo” para “interrogatorios”. ¡Allí ellas son desnudadas, violadas en grupo y golpeadas –¡todo en nombre de la ley!

Los medios de comunicación no dicen ni una palabra sobre tales atrocidades, claro, pero la noticia está en la calle. La gente está enfurecida y alarmada, pero no saben qué hacer. Sin armas, poco pueden hacer. Están por completo a merced del Sistema.

Es difícil imaginar por qué el Sistema está agitando los ánimos deliberadamente delegando en los negros otra vez, después del enorme resentimiento que causó hace dos años. Lo hemos hablado entre nosotros en la unidad, y nuestras opiniones están divididas. Todos excepto yo parecen pensar que los acontecimientos últimos han provocado el pánico en el Sistema y los ha llevado a reaccionar de forma desproporcionada una vez más.

Quizá, pero yo pienso que no. Ellos han tenido dos meses para acostumbrarse a la idea de una guerra de guerrillas contra nosotros. Y han pasado casi cinco semanas desde que ensangrentamos sus hocicos con la voladura del edificio del FBI.

Ellos saben que nuestra fuerza clandestina a escala nacional no podría ser de más de 2,000 -y también que están desgastándonos. Creo que están dejando mano libre a los negros con los blancos como medida preventiva. Asustando a la población blanca, nos harán más difícil captar nuevos miembros, acelerando nuestro final.

Bill defiende, por el contrario, que la reacción blanca a las nuevas actividades de los Consejos de Relaciones Humanas y sus bandas de "delegados" harán el reclutamiento más fácil para nosotros. Hasta cierto punto eso era verdad en 1989, pero los americanos blancos se han acostumbrado al descaro creciente de la tiranía del Sistema en los últimos dos años, por lo que yo creo que el último movimiento servirá más para intimidar que para despertarlos. Veremos.

Mientras tanto, me espera una montaña de trabajo. El Mando de Operaciones en Washington (WFC) me ha pedido que les proporcione 30 nuevos transmisores y 100 nuevos receptores antes del fin del año. No sé cómo podré hacerlo, pero cuanto antes empiece mejor.

27 de noviembre. Hasta hoy, yo había estado trabajando a destajo, día y noche, intentando conseguir los equipos de comunicaciones que necesita el Mando Operativo de Washington (WFC). Hace tres días –el martes- yo encontré el último de los componentes que necesitaba y preparé una línea de montaje aquí en la tienda, apremié a Carol y Katherine para que me ayudaran. Encargándoles algunas tareas sencillas en el montaje, al final pude cumplir la fecha fijada para la entrega.

Ayer, sin embargo, recibí una llamada del WFC que me mantuvo lejos de la tienda desde muy temprano hasta las 10 de la noche. Uno de los propósitos de la cita era una "prueba de lealtad".

Yo, sin embargo, no lo sabía antes de llegar a la dirección que me habían dado. Era la pequeña tienda de regalos donde tuvo lugar el juicio de Harry Powell.

Un guardia me condujo a una oficina pequeña en el sótano de un almacén. Dos hombres me estaban esperando allí. Uno era el Mayor Williams del Mando Revolucionario a quien ya conocía. El otro era el Dr. Clark -uno de nuestros miembros legales- y, como comprendí pronto, un psicólogo clínico.

Williams me explicó que la Organización había desarrollado un proceso de examen para los nuevos reclutas clandestinos. Su función era determinar las verdaderas motivaciones y actitudes del recluta y mantener fuera a los infiltrados enviados por la policía secreta, así como aquellos juzgados incapaces por otras razones.

Además de los nuevos reclutas, sin embargo, están probándose también con varios miembros veteranos de la Organización: a saber, aquellos cuyos deberes les han dado acceso a información que sería de valor especial a la policía secreta. Mi conocimiento detallado de nuestro sistema de comunicaciones bastaría por sí solo para incluirme en esa categoría, a lo que se suma que mi trabajo también me ponía en contacto con muchos miembros de otras unidades.

Nosotros planeamos originalmente que ningún miembro de una unidad clandestina sabría la identidad -o la situación de la unidad- de cualquier miembro fuera de la suya. En la práctica, sin embargo, hemos incumplido ese plan. De la forma en que se han desarrollado las cosas en estos dos últimos meses, hay algunos de nosotros ahora en el área de Washington que podrían traicionar -voluntariamente o por medio de tortura- a un gran número de otros miembros.

Pusimos gran cuidado en el reclutamiento y evaluación de nuevos miembros después de los Decomisos de Armas, pero nada parecido a lo que yo estaba siendo sometido esta mañana. Había inyecciones de algunas drogas -al menos dos, pero yo estaba flotando ya después de la primera y no puedo estar seguro de cuántas fueron- y media docena de electrodos colocados en varias partes de mi cuerpo. Una luz brillante e intermitente cegaba mis ojos, y perdí toda noción de mi entorno, excepto por las voces de mis interrogadores.

La siguiente cosa que recuerdo es estar bostezando y desperezándome cuando desperté después en un camastro en el sótano, casi tres horas más tarde, aunque me dijeron que el interrogatorio en sí duró menos de media hora. Yo me sentí refrescado, sin efectos secundarios por las drogas que me dieron.

El vigilante vino hacia mí cuando me estaba poniendo de pie. Me llegaban voces apagadas de la oficina ya cerrada, alguien más estaba siendo interrogado. Y vi a otro hombre que dormía en un camastro a pocos metros del mío. Creo que había pasado recientemente por el mismo proceso que yo.

Me llevaron a otro cuarto del sótano, un cubículo diminuto que contaba sólo con una silla y una pequeña mesa de metal, con una máquina de escribir. Sobre la mesa había una carpeta de plástico negro, de varios centímetros de grosor, del tipo que sirven para recoger informes mecanografiados. El vigilante me dijo que debía leer todo el contenido de la carpeta con mucho detenimiento y que el Mayor Williams hablaría otra vez conmigo. Cerró la puerta al salir.

Apenas me había sentado cuando una muchacha me trajo un plato de bocadillos y un jarro de café caliente. Se lo agradecí a la muchacha y como estaba hambriento tomé unos sorbos de café y devoré un bocadillo mientras leía despreocupadamente la primera página del material de la carpeta.

Cuando terminé la última página unas cuatro horas más tarde me di cuenta de que los bocadillos -incluyendo un trozo de uno que no había terminado de comer- estaban en el plato. El jarro estaba casi lleno de café completamente frío. Era como si yo simplemente hubiera vuelto a la tierra -al cuarto- después de un viaje de mil años a través del espacio.

Lo que yo había leído –equivalente a un libro de 400 páginas mecanografiadas- me había elevado fuera de este mundo, fuera de mi existencia diaria como un luchador clandestino para la Organización, y me había llevado a la cima de una montaña elevada desde la que podía ver el mundo entero ante mis ojos, con todas sus naciones, tribus y razas. Y yo podía ver las épocas extendidas ante mí, desde los pantanos primordiales y brumosos de hace cien millones de años a las posibilidades ilimitadas que los siglos y los milenios fueron acumulando para nosotros.

El libro situaba la lucha presente -la Organización y sus objetivos y lo que está en juego- en un contexto mucho más grande de lo que yo nunca había imaginado en toda mi vida anteriormente. Es decir, yo había pensado antes muchas de las cosas tratadas en el libro, pero nunca las había visto reunidas en un lugar único y coherente. Nunca había visto tan claramente el cuadro entero. (Nota para el lector: es obvio que Turner está refiriéndose al Libro. Nosotros sabemos por otra evidencia que fue escrito aproximadamente diez años antes del Registro de los Mártires en que es mencionado, probablemente en algún momento del año 9 antes de la Nueva Era (BNE), o 1990 según la cronología antigua. Turner habla de “páginas mecanografiadas”, pero no está claro si él quería decir que eran reproducciones de páginas mecanografiadas o los originales mismos. ¡Si se tratara de esto último, entonces nosotros podemos tener aquí la única referencia existente a la copia original del Libro! Numerosas reproducciones del texto mecanografiado editado en carpetas según la descripción de Turner han sobrevivido y han sido conservadas en los Archivos, pero los arqueólogos todavía no han encontrado ningún rastro del original.)

Por primera vez entendí el significado más profundo de lo que nosotros estamos haciendo. Entiendo ahora por qué no podemos fallar, no importa lo que debamos hacer para ganar y no importa cuántos de nosotros deban perecer haciéndolo. Todo lo que ha sido y todo lo que es aún depende de nosotros. Nosotros somos de verdad los instrumentos de Dios en el cumplimiento de Su Gran Plan. Éstas pueden parecer palabras extrañas viniendo de mí, que nunca he sido religioso, pero son palabras absolutamente sinceras.

Yo estaba sentado todavía allí, pensando sobre lo que había leído, cuando el Mayor Williams abrió la puerta. Me pidió que fuera con él, hasta que notó que yo no había terminado mis bocadillos. Él trajo otra silla al cuarto diminuto y me invitó a terminar de comer mientras hablábamos.

Aprendí varias cosas muy interesantes durante nuestra breve conversación. Una es que, contrariamente a mi creencia inicial, la Organización está consiguiendo un caudal estable de nuevos reclutas. Ninguno de nosotros lo había comprendido, porque el WFC ha estado poniendo a los recién llegados en las nuevas unidades. Éste es el motivo por el que se necesitan los nuevos equipos de comunicaciones.

Otra cosa de la que me enteré es que un porcentaje significativo de los nuevos reclutas estaba formado por espías de la policía secreta. Afortunadamente, la dirección de la Organización previó esta amenaza e inventó un remedio a tiempo. Ellos comprendieron que, una vez que fuésemos clandestinos, la única manera en la que podríamos continuar el reclutamiento con seguridad sería cribar a los nuevos reclutas de una forma fiable.

Esta es la manera en que funciona: cuando nuestros legales tienen alguien que dice que quiere unirse a la Organización, se envía inmediatamente al Dr. Clark. El método de interrogatorios del Dr. Clark no da lugar a evasión o engaño. Como me explicó el Mayor Williams, si el candidato suspende la prueba nunca se despierta de su pequeña siesta.

Así, el Sistema nunca puede averiguar por qué sus espías están desapareciendo. Hasta ahora, dijo, nosotros hemos cogido a más de 30 presuntos infiltrados, incluyendo a varias mujeres.

Yo me estremecí al pensar lo que habría pasado si mi propio interrogatorio me hubiera revelado como demasiado inestable o carente de la lealtad necesaria con lo que yo sé. Sentí un instante de resentimiento porque el Dr. Clark, que ni siquiera es un miembro clandestino, tuviese en sus manos la decisión sobre mi vida o muerte.

El resentimiento pasó rápidamente, sin embargo, cuando consideré que no hay ningún estigma por ser un legal. La única razón de que el Dr. Clark no estuviera en la clandestinidad es que su nombre no figuraba en la lista de arrestos del FBI en septiembre. Nuestros legales juegan un papel tan vital en nuestra lucha como aquellos que somos clandestinos. Son vitales en nuestra propaganda y en los reclutamientos -nuestro único contacto íntimo con el mundo fuera de la Organización- y corren más riesgo de ser localizados y arrestados que nosotros.

El Mayor Williams debe haber intuido mis pensamientos, porque puso su mano en mi hombro, sonrió, y me aseguró que mi prueba había ido muy bien. Así que yo iba a ser iniciado en una estructura selecta e interna dentro de la Organización. La lectura del libro que yo había terminado fue el primer paso de esa iniciación.

El siguiente paso tuvo lugar aproximadamente una hora más tarde. Fuimos reunidos seis en un impreciso semicírculo en la tienda de arriba. Ya había terminado el horario comercial y las persianas estaban firmemente echadas. La única luz venía de dos velas grandes situadas en la parte de atrás de la tienda.

Yo estaba junto al último que entró en la habitación. Al final de la escalera, la misma muchacha que me había traído los bocadillos me detuvo y me dio una túnica de algún material tosco y gris con una capucha –parecida a la túnica de un monje. Después de ponerme la túnica ella me mostró dónde colocarme y me dijo que permaneciera callado.

Con sus facciones oscurecidas por las capuchas, yo no podía distinguir las caras de ninguno de mis compañeros en esa reunión reducida y extraña. Cuando el sexto participante alcanzó la puerta al final de la escalera, me volví y me sobresalté al vislumbrar a un hombre alto y corpulento con el uniforme de sargento de la Policía Metropolitana del Distrito de Columbia asomando por la túnica.

Finalmente, por otra puerta, en la parte de atrás, entró el Mayor Williams. Él también vestía una de las túnicas grises, pero no llevaba subida su capucha para que las dos velas, una a cada lado, iluminaran su cara.

Él nos habló con voz serena, mientras iba explicando que cada uno de nosotros al haber sido seleccionado para ser miembro de la Orden había pasado la prueba de la Palabra y la prueba de la Acción. Es decir, que todos nosotros habíamos sido puestos a prueba, no sólo a través de una actitud correcta hacia la Causa, sino también a través de nuestros actos en la lucha a favor de la Causa.

Como miembros de la Orden nosotros somos los portadores de la Fe. Sólo de nuestras filas saldrán los futuros líderes de la Organización. Él nos dijo también muchas otras cosas, reiterando algunas de las ideas que yo había leído.

La Orden, explicó, permanecerá secreta incluso dentro de la Organización, hasta la realización exitosa de la primera fase de nuestra tarea: la destrucción del Sistema. Y él nos mostró la Señal por la que nosotros podríamos reconocernos unos a otros.

Y entonces prestamos el Juramento -un Juramento poderoso, un Juramento impresionante que me estremeció los huesos e hizo que se me erizase la piel del cuello.

Cuando fuimos llamados uno a uno para salir, a intervalos de aproximadamente un minuto, la muchacha que estaba en la puerta tomó nuestras túnicas y el Mayor Williams puso una cadena de oro con un pendiente pequeño alrededor de cada uno de nuestros cuellos. Ya nos había hablado de esto. Dentro de cada pendiente había una pequeña cápsula de vidrio. Debíamos llevarlos en todo momento, día y noche.

Siempre que el peligro fuera inminente y corriéramos peligro de ser capturados, debiéramos sacar las cápsulas de los pendientes y llevarlas a nuestras bocas. Y si nosotros somos capturados y no vemos ninguna esperanza de escape inmediato, deberemos romper las cápsulas con nuestros dientes. La muerte será sin dolor y casi instantánea.

Ahora nuestras vidas pertenecen de verdad sólo a la Orden. En cierto sentido, hoy nací de nuevo. Yo sé ahora que nunca podré mirar el mundo o a las personas de mi entorno o mi propia vida de la misma manera que antes.

Cuando yo me desnudé anoche en la cama, Katherine inmediatamente notó mi nuevo colgante y me preguntó por él. Ella también quiso saber lo que yo había estado haciendo todo el día.

Afortunadamente, Katherine es la clase de mujer con la que uno puede ser completamente sincero –de hecho, una joya rara. Yo le expliqué a ella la función del pendiente y le dije que era necesario debido a una nueva tarea que yo estaba emprendiendo para la Organización -una tarea cuyos detalles estaba obligado a no decir a nadie, por lo menos por ahora. Ella tenía evidentemente curiosidad, pero no me presionó más.


 

 

Volver al índice