Entrevista
Clarín del 12 de noviembre de 1996
La imagen parece recortada de una postal barata de algún quiosco de la calle Florida: un señor de barba tupida, mirada torva, tomando mate. Faltaría un ombú y la leyenda Recuerdo de la pampa argentina para que la estampa gauchesca redondeara un perfil definitivo. Pero no. La imagen es falsa, y José Larralde no está hablando ahora de siembras, boliches y cuadreras sino de su pasión por las películas de Van Damme, Schwarzenegger y Stallone y las canciones de José Luis Perales, de los tiempos en que se psicoanalizaba y del amor profundo que siente por el tango. Larralde no deja de ser un personaje sorprendente. Nacido en Huanguelén, un pueblo ubicado en la provincia de Buenos Aires, a 200 kilómetros de Bahía Blanca, cumplió todas las divisiones inferiores de las tareas rurales, empuñó una guitarra y se transformó, como él mismo aclara, "en guitarrero y cantor". Fue, además, mecánico y soldador eléctrico y poco antes de cumplir los 30 vino a probar suerte a Buenos Aires. "He corrido la coneja durante largos años. Viví en cuartuchos en los que, cuando entraba, tenía que dejar la sombra afuera. Siempre tuve que trabajar duro para comer. Aun hoy".
Dice entonces que no puede dejar de cantar porque si no "no come". "Antes era menos difícil. Me llamaban de todos lados. Pero ahora tengo que ir yo a buscar trabajo. Y no me molesta. Lo mío es andar por los caminos, cantando en ciudades y pueblitos. A veces actuando para muy poca gente. Pero bueno, no todo pasa por los grandes teatros. Algunos creen que porque no aparezco en los medios, o no canto en la calle Corrientes, no existo. Mi trabajo principal está en el interior, donde le canto a la gente lo que recién le ocurrió, lo que hizo exactamente antes de ir al teatro: arar la tierra, compartir una rueda de mate. Por eso me escuchan, porque les canto lo que les pasa".
"El hecho de que usted viva en la ciudad hace ya casi 30 años, ¿no modifica el contenido de sus canciones?"
"No. Porque yo la pasé. Es absurdo pensar que para tener autoridad hay que quedarse a vivir toda la vida en el campo. Mirá cómo tengo las manos. Yo hice de todo. Y cuando veo a un albañil haciendo una pared, sé de qué se trata. No me la contaron. Está bien, uno vive en Buenos Aires. Prende la radio o la tele y aparece el caso Coppola, y estas pobres pibas. Todo es un gran burdel. La gente sencilla ve todo ese espectáculo, pero después tiene que ir a laburar, o a buscar laburo. Esa es la gran mayoría que viene a mis recitales".
"A veces no sospecha que en medio de ese "gran burdel", como usted define, su canto se torna algo ingenuo".
"No sé... Yo hago lo mío con honestidad. Puede ser que parezca ingenuo lo mío ¿no?, como si yo fuera un troglodita. Qué sé yo, digo mis verdades. No le soluciono los problemas a nadie. Jamás me bancó ningún ente estatal y dependo de mis pobres huesos para no cagarme de hambre. Es verdad, a veces me siento un cantor ingenuo. Lo que canto es menos duro que la realidad. Y te puedo decir que sufro los mismos problemas que la gente".
"¿Por ejemplo?"
"Tengo dos hijos desocupados. Uno tiene 32 años, es laboratorista y lo echaron como un perro sin pagarle indemnización después de trabajar 16 años en una fábrica. El otro tiene 20, estudia en el Conservatorio Nacional de Música y tampoco consigue nada. Se la rebusca con algún alumno. Y mis amigos, que están todos tirados. Y yo, que si me enfermo estoy sonado".
Larralde vive en San Martín, tiene tres matrimonios y tres hijos. Su hijo laboratorista se llama Carlos Romualdo "por Gardel"; el músico, Julián "por el poeta lunfardo Julián Centeya" y el menor tiene un año y un nombre mapuche: Lautaro Huanguelén. Por ellos, dice Larralde, "no me suicidé".
"¿Cómo?"
"Fue hace cuatro o cinco años. Yo estaba en un pozo depresivo terrible. Pensé: bueno, agarro un bufoso y chau. Después me di cuenta que de ese modo le cagaba la vida a mis hijos".
"¿Cómo salió de ese estado?"
"Fui a una psicóloga. Era bravo, porque cuando uno está deprimido no sabe contra quién pelea. Las causas deben estar en lo más profundo del inconsciente. Pude salir por los amigos, por mis hijos y por la que es hoy mi señora".
Hincha de Independiente, con sangre árabe y vasca y 59 años, Larralde se presentará este fin de semana en el Coliseo. Va a cantar las canciones de siempre y, sobre todo, las de Como quien mira a una espera, el álbum con el que volvió a grabar después de 10 años. "Anda bien el disco. Creo que vendió algo así como 40 mil unidades. Si lo comparo con otros discos es nada: cuando salió Herencia para un hijo gaucho, por ejemplo, vendió 270 mil en una semana", dice.
Cuando se pone a recordar, a Larralde le brillan los ojos. Evoca con curioso cariño cuando "vivía cayendo preso en las comisarías". El cargo más común era la portación de barba. "Corría la época de Onganía. Yo recién había llegado a la ciudad, vivía en Sarandí y era un tiernito. Estaba harto de dormir adentro. Hasta que un día, por diversas circunstancias, me hice amigo del comisario de la segunda de Lanús. Un buen tipo. Le conté mi problema, y me hizo una autorización para usar barba. El papel decía: "El ciudadano José Larralde es artista, y los artistas pueden usar barba y pelo largo".
Recuerda Larralde. Y sigue: "Soy un asco de nostálgico. Y llorón. Hay cosas, por ejemplo, que no puedo escuchar. Es el caso de José Luis Perales, el gallego. La dulzura que tiene este tipo cuando canta es increíble. Yo creo que hace tango. Bah, creo que no te puede pasar nada en la vida que no esté en el tango".
"¿Nunca pensó en cantarlos?"
"No, hay gente que lo sabe hacer bien. Grabé Afiche en el último disco, pero como una travesura. En mi casa tengo un piano y ahí sí que me largo a tocar tangos. La yumba, Derecho viejo... Me gusta mucho Julio De Caro. Y como cantantes Gardel, Corsini, Charlo. Y Rosita Quiroga, Nelly Omar... quizás hagamos algo juntos con Nelly".
"De folclore nada..."
"A mí me llaman folclorista... No sé... yo soy cantor orillero. Y me gustan el Turco Cafrune, Atahualpa, Zitarrosa, y también Beethoven, Sinatra, Aznavour, Los Beatles. Me gusta Sandro, me parece un lindo atorrante. Pero mi música es el tango".
"Tiene algo en común con Sandro: el misterio".
"Sí, no me gusta dar notas. Mis opiniones están en el canto. Es verdad, tenemos algo en común. El también es orillero, canta mucho en los suburbios. Mi mujer enloquece por él..."
Sigue hablando José Larralde. Conversa suave, sin apuro, con una zeta arrastrada bien de paisano. Habla en un lunfardo intenso: dice bolacear, o La Federica para referirse a la Policía. Dice que se levanta todos los días a las cinco de la mañana, y que escucha los informativos de la radio mientras baja pavas y pavas de mate. Dice que enloquece con las películas de acción, "esas de Van Damme, Schwarzenegger y el Rambo", y que se "muere de risa" con los sketches de Susana Giménez y Emilio Disi de Hola Susana. Y dice que tiene los huesos cansados. "Ya estoy grande..."
"Le tiene miedo a la vejez..."
"No tanto. A lo que le tengo miedo es a volverme un viejo choto".
Por Mariano del Mazo
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